Cursos GRATUITOS de salud para toda la comunidad

Abril 17th, 2009 by mujerbanfield

img007_2.jpg     “Controle su estrés en 5 días” y “Deje de Fumar en 5 días”.  Estos cursos se dictarán desde 21 al 25 de Abril de 2009 en el salón AUGUSTO sito en Maipú 527, Banfield Este.
El Curso “Controle su estres en 5 días” será en el harario de 19:15 a 20:45 horas y el Curso “Deje de Fumar en 5 días” será en el horario de 20:45 a 22:30 horas.
Estos cursos serán dados por profesionales y médicos especialistas en el tema y están auspiciados por el Centro de Vida Sana de Puiggari. Todas las noches películas Informativas.
Si tiene estres, depresión, angustia, concurra. Si desea dejar de fumar, acérquese, si tiene algún familiar que fuma, acompañelo no lo deje sólo.

A repartir volantes!!!!!!

Abril 12th, 2009 by mujerbanfield

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Desde nuestro nuevo Templo nos estabamos preparando para repartir 2000 volantes. Salimos todos los hermanos de la Congregación, como resultado concurrieron un promedio de 10 adultos y 4 niños. Las predicaciones estuvieron a cargo de Cristian Capalvo y Cristian Vetancour. Agradecemos a Dios por todas la bendiciones y esperamos que las siga derramando sobre nosotros.

Impacto Esperanza

Octubre 10th, 2008 by mujerbanfield

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Impacto Esperanza

Octubre 10th, 2008 by mujerbanfield

1-033_2.jpgImpacto Esperanza

LAS HUELLAS

Agosto 4th, 2008 by mujerbanfield

Una noche soñé que caminaba con el Señor sobre la arena de la playa y, a través del firmamento, se dibujaban escenas de mi vida.

Para cada escena veía dos juegos de pisadas en la arena, uno era mío, el otro del Señor.

Cuando la última escena de mi vida relució ante mis ojos miré hacia atrás para ver las pisadas en la arena y noté que varias veces, a lo largo del camino de mi vida, había solamente un juego de pisadas. Noté, también, que esto sucedió durante la época más triste de mi vida.

Realmente me molesté y pregunté al Señor: “Señor, tú me dijiste que, una vez que hubiera yo decidido seguirte, caminarías a mi lado todo el camino, pero he notado que durante la época más difícil de mi vida, hay solamente un juego de pisadas. No comprendo por qué precisamente cuando más te necesitaba, me has abandonado”.

El Señor contestó: “Mi hijo amado, yo te quiero mucho y nunca, nunca te abandonaría.

En los tiempos de prueba y de dolor. Cuando tu veías solamente un juego de pisadas, eso significaba que yo te llevaba en mis brazos

Una luz de esperanza

Agosto 4th, 2008 by mujerbanfield

Estableciendo contacto con el Infinito

El tan esperado mensaje llegó apenas como un débil susurro. La señal que lo transportó, de una potencia de tan sólo diez millonésimas de kilovatio, debio atravesar todo nuestro vasto sistema solar recorriendo los casi cinco mil millones de kilómetros que mediaban entre su fuente de origen y nuestro planeta. Tan débil era que fueron necesarias 38 enormes antenas de radio para que los cuatro continentes escucharan el mensaje.

Con indescriptible asombro el mundo pudo observar cómo el vehículo espacial Voyager II calmosamente transmitía los detalles correspondientes a la descripción de ese maravilloso cuerpo celeste llamado Neptuno, el octavo de la familia de planetas del sistema solar. El mensaje llegó desde muy lejos, desde el borde mismo de nuestro sistema solar, de ese límite más allá del cual se extiende la enorme vastedad del espacio infinito, ese grandioso plus ultra estelar. Pero, ¿cuál fue el mensaje que envió el Voyager II a nuestro solitario planeta? ¿Dijo algo más de lo que los científicos ya esperaban?

El estudio que la astronomía hace del espacio es realmente fascinante. Por esta razón fueron muchos los que siguieron con profundo interés y gran entusiasmo las alternativas del histórico viaje del Voyager II. Un recorrido de más de seis mil millones de kilómetros por el espacio en una ruta que le permitió observar de cerca cuatro de los planetas externos de nuestro sistema solar: Júpiter, Saturno, Urano, y por último, esa hermosa esfera azul casi al borde del sistema solar, Neptuno. Esa alineación planetaria no volvería a darse hasta 176 años más tarde. Era una oportunidad demasiado buena como para pasarla por alto.

¡Y qué viaje fue ese! Excedió en mucho las mayores expectativas de los más destacados científicos. El Voyager II envió más de 5 billones de unidades de datos, suficientes como para llenar 6.000 colecciones de la Enciclopedia Británica. ¡Todo un alud de nueva información! No sin razón, algunos de los maravillados científicos, se quejaron humorísticamente que cualquier intento que pudiera hacerse para absorber todo ese caudal informativo sería algo así como tratar de beber un sorbo de agua de la manguera de un camión de bomberos.

A más de 20 años desde su lanzamiento, el Voyager II continúa introduciéndose, más y más, en el vasto espacio interestelar, pero lo hace silenciosamente, porque sus agotados generadores están ya demasiado débiles como para enviar mensajes al pequeño planeta Tierra, que se encuentra a millones de kilómetros de distancia.

Es cierto, sus señales han cesado; y, sin embargo, continuamos recibiendo mensajes, los mensajes eternos, los mensajes de Dios, que nos llegan desde el mismo Centro de Control Maestro de todo el universo, desde el trono de Dios.

El viaje del Voyager II me impresionó profundamente, porque me habla, no solamente de extraordinarios logros humanos innegables, sino de algo más. Mucho más. Permíteme invitarte a extraer conmigo algunas reflexiones de ese viaje al espacio.

En primer lugar, es impresionante comprobar lo que el hombre puede hacer. Sí, el Voyager II fue un logro extraordinario. ¿Sabes? Ese viaje tuvo un comienzo poco auspicioso, porque a poco de comenzar su vuelo, su computadora sufrió un “vértigo robótico”, y pareció no saber hacia dónde dirigir la nave. Luego falló uno de los circuitos, destruyendo parte de la memoria. Siguieron a esto dos serios problemas que afectaron aún más su funcionamiento: la falla de uno de los radioreceptores y un atascamiento de la plataforma de la cámara. No fue sin razón que, al acercarse el vehículo espacial a Neptuno, un periodista describiera el módulo como “artrítico, casi sordo, y afectado de senilidad”.

De alguna manera, al final, todo funcionó bien, al punto de que al llegar a las cercanías del planeta, después de seguir una trayectoria de seis mil millones de kilómetros, cuidadosamente diseñada por una sofisticada computadora con años de anticipación, se comprobó que se había desviado apenas unos 35 kilómetros de su ruta. ¡El equivalente cósmico de embocar una pelota de golf en el hoyo después de lanzarla desde una distancia de 3.600 kilómetros!
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 ¿Cuánto combustible fue necesario para enviar al Voyager II a semejante distancia? El secreto estuvo en los campos gravitacionales de los planetas cerca de los cuales fue pasando. Cada uno de estos campos lo tomaba y lo lanzaba hacia el planeta siguiente a velocidades cada vez mayores, al punto de que al acercarse a Neptuno, navegaba en el espacio a la increíble velocidad de 97.600 kilómetros por hora. Esos impulsos gravitacionales redujeron el viaje que normalmente habría requerido 32 años a tan sólo 12 años de duración.

Las fotografías de esa hermosa esfera enviadas por el Voyager II también representaron un milagro, porque Neptuno recibe solamente una milésima parte de la luz solar que recibe la Tierra. Eso determinó exposiciones de 15 segundos de duración, lo que a la velocidad de 97.600 kilómetros por hora representó una fantástica hazaña tecnológica.

Las cámaras de televisión tenían que tomar vistas panorámicas para evitar que el astro apareciera borroso en ellas, lo que demandó ir ajustando su posición mediante la plataforma giratoria que sostenía las cámaras. Esto fue lo que hizo posible que las fotos fueran perfectas. ¿Te imaginas lo que requirió manejar ese complejo equipo desde una distancia de millones de kilómetros?

Sí, debemos otorgar tributo a los hombres y mujeres que hicieron posible la realidad de ese sueño de explorar el espacio. El viaje del Voyager II es un monumento a la visión científica y a la tecnología humanas.

Pero, en la atmósfera de alabanzas y felicitaciones por el logro humano, ¿no corremos a veces el riesgo de olvidar al Poder que creó a esos planetas y los colocó en sus órbitas perfectas?

Pensemos en esto por un momento. El Voyager II fue un logro humano rayano en lo increíble, no lo negamos. No obstante, fue mucho mayor el de colocar en órbita esos inmensos planetas, milenios antes de que nuestros antepasados soñaran siquiera con volar.

Es probable que hayamos leído acerca de las diversas teorías que se fueron sugiriendo durante el viaje del Voyager, en otros tantos intentos por contestar inquietantes preguntas. ¿Cómo se formaron esos planetas? ¿Cómo se colocaron uno a uno en esas órbitas perfectas en que realizan sus revoluciones alrededor del sol? ¿Cuáles son las fuerzas que los mantienen en sus órbitas mientras se desplazan a esas increíbles velocidades?

¿Y qué decir acerca de las lunas? ¿Cómo y cuándo se formaron? Los científicos quedaron muy asombrados al descubrir nuevas lunas en estos planetas, tales como las 52 lunas de Júpiter y las 8 de Neptuno, muchas más de las que alguna vez hubieran imaginado. ¿Quién las puso allí?

Más allá de nuestro sistema solar se abre la incon-mensurable vastedad del espacio infinito. Al referirnos a ella ya no alcanza hablar de miles de millones de kilómetros. El viaje del Voyager II a la velocidad de 97.600 kilómetros por hora, fue relativamente corto, ya que apenas alcanzó a rozar una esquinita, por así decirlo, del universo. Pero el Voyager continúa su viaje. Los científicos predicen que dentro de 42.000 años pasará por las proximidades de la estrella Ross 248, y que dentro de 296.000 años podría estar a mas o menos 4 años-luz de Sirio, la brillante estrella de la constelación del Can Mayor, la estrella más brillante de nuestro cielo nocturno, después del sol. ¡296.000 años, desplazándose a 97.600 kilómetros por hora, sólo para asomarse al vecindario de una de las estrellas más cercanas!

La pregunta se impone: ¿Quién creó todo esto? Amigo y amiga, cuando oigas de teorías que juegan con millones de años o con explosiones galácticas como explicación del origen del universo, y de lunas que fueron originadas por OVNIS o por marcianos suicidas, permíteme sugerirte que busques la verdad en otra fuente, en ese antiguo libro que registra la bondadosa e infalible revelación divina, la Biblia. La humanidad, es cierto, ha entrado en un nuevo siglo de logros cintíficos, pero la sonora verdad de la primera página de este libro permanece intacta: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).

No podría habérselo dicho con mayor claridad. Fue Dios quien lo creó todo. Todos los planetas del sistema solar, irresponsablemente designados con nombres de divinidades paganas, como Mercurio, Júpiter, Neptuno, etc., fueron creados por la poderosa palabra de nuestro Dios. Tan sólo unos pocos versículos más adelante, esta misma solemne verdad es repetida en forma más específica todavía: “ He hizo Dios las grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas” (Génesis 1:16).

Los extraordinarios milagros humanos relacionados con la investigación y la exploración sirven tan sólo para exaltar el milagro más grandioso de la historia: la creación tal como la describe el Génesis. Este maravilloso universo, con sus estrellas, constelaciones y galaxias, cuyo tamaño se mide no ya en millones ni billones de kilómetros, sino en años-luz, demanda un Creador. Y el viaje del Voyager II es un rayito de luz que ilumina y respalda la verdad contenida en el Libro del Creador: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmos 19:1).

Es bien sabido que nuestra confianza en una persona aumenta a medida que comprobamos lo que es capaz de realizar. Al ver lo que Dios ha hecho mediante su poder creador, ¿aumenta nuestra fe en él? ¿Sentimos que podemos confiar más en él?

Fue él quien colocó todos esos planetas en su lugar y en perfecto orden ¿No podría él hacer lo mismo en nuestras vidas? Es él quien mantiene un equilibrio perfecto en todo el universo, haciendo todo de tal manera que prevalezcan un orden y una belleza armoniosos. ¿No será que podemos confiar en él para que haga lo mismo en nuestra relación diaria con él? Esto es algo en lo que deberíamos meditar.

Sí, si Dios pudo crear ese bellísimo planeta azulado, Neptuno, allá en el espacio remoto, poner en delicado equilibrio sus anillos de hielo, hacer que sus ocho lunas se desplacen con un orden y simetría perfectos, y hacer que todo el sistema se mueva a enorme velocidad en su inmensa órbita de 165 años en torno al sol, debo concluir, y lo creo con todo mi corazón, que puedo confiarle mi vida toda.

¿Sabías que mientras se va adentrando más y más en las profundidades del espacio, el Voyager II está llevando un CD adentro? Se trata de un disco de cobre en el que se registran las instrucciones completas para su operación. Fue idea de algunos astrónomos de la NASA ponerlo en la nave, en la suposición de que en algún rincón del espacio, algún día, algún ser inteligente podría encontrarse con el Voyager II y escuchar nuestro mensaje de paz.
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¿Qué es lo que contiene ese CD? Saludos desde la tierra en unos 60 idiomas (¡incluyendo el lenguaje de las ballenas!), sonidos naturales de nuestro planeta tales como truenos, el croar de las ranas, el llanto de un bebé, y hasta un saludo amistoso de quien fuera el presidente de los Estados Unidos en aquel entonces, Jimmy Carter, quien presidió el lanzamiento del Voyager II.

El mensaje de Carter reza así: “Este es un regalo enviado desde un mundo pequeño y distante. Estamos tratando de sobrevivir los azares de nuestra era para poder vivir alguna vez en la vuestra. Este mensaje representa nuestra esperanza y nuestra determinación, y nuestra buena voluntad hacia este inmenso y solitario universo”.

La verdad es que no se me ocurre quién podría alguna vez recibir este mensaje. Pero lo que sí sé, es que cada noche, cuando salgo al patio de mi casa, aquí en Thousand Oaks, California, y miro hacia el cielo, recibo una señal procedente de la vasta bóveda celeste.

Y ese mensaje que desciende titilante hasta donde estoy, me llega a mí y a todo el que quiera recibirlo en forma perfectamente clara. Dios, el Diseñador del universo, continúa en los controles. Todavía guía a Neptuno y a todos los demás planetas en sus órbitas; y con especial ternura sostiene a este pequeño y maltrecho planeta en la palma de su mano. Todavía tiene planes para este mundo que le resulta tan especial. Y yo me alegro de que sea así.

Es por eso que aprecio tanto el cuadro del artista Harry Anderson, que tengo en mi escritorio, que lleva el título, “El mundo en sus manos”. Lo considero un mensaje invalorable, que llega directamente del cielo a mi hogar y a mi corazón.

El Voyager II me hace recordar otro milagro que experimentamos cada día. Hace un momento hice referencia a las débiles señales de radio que, atravesando millones de kilómetros de espacio, penetraron nuestra atmósfera y fueron captadas por esa cadena mundial de enormes antenas esparcidas por todo el globo terráqueo. Eran señales tan débiles que su potencia era de tan sólo una veinte mil millonésima de lo que se necesita para hacer funcionar un reloj digital de pulsera. ¿Sabías tú que, aún desplazándose a la velocidad de la luz, esa minúscula señal necesitó más de cuatro horas para hacer ese viaje relativamente corto? Y mes tras mes esa señal se fue 32 UNA LUZ DE ESPERANZA

haciendo progresivamente más y más débil, hasta que el Voyager II desapareció silenciosamente, envuelto en las tinieblas impenetrables del espacio sin fin, fuera ya de nuestro alcance.

Sin embargo, cuando tú y yo, mañana tras mañana, doblamos nuestras rodillas y enviamos mensajes a nuestro Padre Celestial, esas señales le llegan inmediatamente. Viajan mucho más lejos y más rápido que la velocidad de la luz, y sin embargo no se pierden en el espacio, sino que llegan a Dios claras como el cristal. Esas antenas divinas celestiales funcionan perfectamente las 24 horas del día, y perciben con nitidez la oración más débil que susurren labios humanos. Honestamente ¿no es esto algo realmente maravilloso?

Y las señales que él nos envía a ti y a mí, desde una distancia mucho mayor que los cinco mil millones de kilómetros que nos separan de Neptuno, nos llegan claras como el repicar de una campana. La Biblia, la Palabra de Dios, me envía mañana tras mañana, mensajes tan claros y tan frescos como cuando fueron escritos en los antiguos pergaminos.

Los mensajes de Dios nos llegan mediante su Palabra, mediante sus siervos los profetas, y mediante los suaves toques y orientaciones del Espíritu Santo. Y también, como lo venimos viendo, mediante el libro de la naturaleza.

Me siento tan agradecido a Dios por el sistema de comunicación del cielo, el cual sobrepasa en mucho las mayores maravillas de la NASA ¿Recuerdas aquella oración fervorosa que, hace muchos siglos, elevó el profeta Daniel?

¿Cuánto demoró su mensaje en llegar a destino? ¿Cuánto demoró la respuesta divina en llegar?

“Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde” (Daniel 9: 20, 21).

Daniel nos dice que estando aún en oración, el ángel Gabriel se puso a su lado trayéndole la respuesta. Exactamente lo mismo puede ocurrir con nosotros. Nuestra comunicación con el trono del universo viaja a velocidades celestiales en ambas direcciones. Jamás se pierde o se desvanese un mensaje.
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¿Has orado recientemente, para luego temer que tus baterías espirituales se hubieran agotado? ¿O que tus señales de angustia sean demasiado débiles como para llegar al cielo?

Si así fuera, ¡ten ánimo! Dios promete escuchar y contestar, porque así lo prometió: “Jehová oirá cuando yo a él clamare” (Salmo 4:3).

Tal vez te resulte difícil creer en esa promesa. Tal vez te parece que Dios está demasiado ocupado con la inmensidad del espacio y con los billones de astros, constelaciones y galaxias, y te preguntas, ¿será posible que atendiendo la multiplicidad de cuidados de todo su enorme universo aún podría quedarle tiempo como para pensar en mí? ¿Será que se interesa por alguien tan pequeño e insignificante como lo somos tú y yo?

Para estas inquietantes preguntas la Biblia nos proporciona una consoladora respuesta: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aún vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:29-31). ¿No es todo esto algo realmente increíble? Dios es tan grande, tan inmensamente poderoso, que no sólo es capaz de controlar todo lo que ocurre en el espacio infinito, sino que aún tiene tiempo para conocernos íntima y personalmente. De hecho, él conoce hasta el átomo más pequeño de nuestro ser.

Pero volvamos ahora por un momento al pequeño Voyager II, mientras continúa adentrándose en la oscuridad y el silencio del espacio. Empequeñecido ante el tamaño de los planetas en cuyas vecindades pasó, ya hace años que avanza velozmente por esa inmensa oscuridad, donde las distancias se miden con los parámetros inconcebiblemente grandes de los años-luz.

¡Es tan oscuro allá arriba! tan solitario. Aún desplazándose a esa gran velocidad de 97.600 kilómetros por hora, no encuentra nada más que silencio y el vacío. Pero no todas las cosas son así en el vasto universo de Dios.

En un lugar allá arriba, querido amigo y amiga, muy arriba, hay una ciudad. Una ciudad real y verdadera. Una ciudad brillantemente iluminada. No la habitan criaturas extrañas y misteriosas, como las que inventa Hollywood, sino gente real, seres que pertenecen a la familia de Dios. Jesús está allá. Dios está allá. Hay muchos ángeles allá, y también seres humanos transformados como Enoc, Elías y Moisés. Y, sin embargo, esa ciudad todavía está vacía, a la espera de quienes serán sus bienaventurados habitantes.

Es cierto, sus ciudadanos todavía estamos sobre este minúsculo planeta, el planeta llamado Tierra, muy lejos de aquel lugar. Sí, tú y yo estamos todavía aquí. Pero un día, muy pronto, podremos hacer ese viaje, ese inolvidable viaje a través de las maravillas del espacio, hacia la ciudad de Dios. Imaginemos por un momento ese viaje. Millones y más millones de kilómetros viajando a una velocidad que los inventores del Voyager jamás imaginaron como posible. Jesús y sus amigos atravesaremos el sistema solar y avanzaremos raudos por el espacio dejando atrás estrellas cercanas y lejanas, para finalmente detenernos frente al majestuoso pórtico que se abre hacia esa ciudad espacial, la ciudad de Dios.

¿Pero no es todo esto algo sencillamente increíble? No, porque Jesucristo lo prometió y él nunca falló en el cumplimiento de sus promesas. Es más. Su anhelo es conducirnos en ese viaje lo antes posible. Sí, él anhela llevarnos a la morada de su Padre. Yo estoy haciendo planes definidos de participar de ese viaje. ¿Y tú? ¿Has aceptado a Jesús como tu Salvador, como tu Amigo, y como tu Piloto para ese grandioso viaje por el espacio?

Si no lo hiciste todavía, ¿por qué no lo haces ahora? ¿Qué es lo que te detiene?

Padre eterno, nuestros corazones han sido conmovidos al abrir nuevas páginas y nuevas puertas que nos revelan más acerca de tu universo y de tu poder creador. Las bellezas de Neptuno y de todos los otros planetas, tus creaciones esparcidas por los confines del universo, nos hablan de tu poder y de tu amor. Hoy queremos agradecerte por el interés que tienes en este insignificante planeta, nuestra tierra, y también por tu interés en cada uno de nosotros. Hoy seguimos esperando ese grandioso viaje a través del espacio, con la plena certeza que muy pronto iremos a morar contigo a la gran ciudad que has preparado. Ven pronto, Señor Jesús. Te lo rogamos. Amén.