Enero 13th, 2008

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COSAS PEQUEÑITAS

Enero 13th, 2008

COSAS PEQUEÑITASAllí estaba el  jardín en la espesa noche, terriblemente fría y oscura, del pasado sábado como escenario privilegiado de un cuadro tan dramático y admirable que no sólo atrajo mi atención sino que desafiando frío, oscuridad, tráfico… quise inmortalizar  en unas casi imposibles fotografías.La historia del evento, de la que fui testigo, comenzaba hacia el mediodía: dos perros cruzaban la carretera, justo en el momento que también yo circulaba por allí. De repente, un coche arrolló a uno de los perros. El otro, pegado al asfalto, junto al amigo muerto, corría igual suerte, por lo que, bajándome del coche, arrastré al siniestrado animal hasta el borde del colindante jardín. Allí quedaron los dos. Me alejé, me olvidé… Pero a la noche,  al pasar justo por el lugar, observé que el perro vivo no se había movido: seguía allí, valiente, fiel… Yo diría que velaba a su amigo, que lo protegía, que tal vez esperaba que se pusiera de pie y pudieran continuar su camino. Por entre las copas de los árboles grandes, una preciosa luna casi llena. Por la carretera, riada de coches. Sumergida en el dramático esplendor del espectáculo, esta mujer que, apoyada en una farola, a boleo, lanzaba fotografías.  Cosas tan pequeñitas como para no gastar “tinta” en ellas, pero confieso que, como hacía en mis años de niña cuando quería llorar, hubiese deseado encontrar un tejado donde verter mis lágrimas. Sí, desde la altura de mi casa, rodeada de tejados, lloraba en la ingenua creencia  de que allí, para siempre, quedaría aquel  fluir de mis ojos, motivado por  minúsculos aconteceres.De lo grande, si bien entre falacias, exageraciones, y malos entendidos, todo el mundo sabe: los medios de comunicación  son como vociferantes altavoces colocados  en la plaza de un pueblo pero, ¡son tantas las pequeñas grandes cosas  que pasan  desapercibidas! “Yo soy una parte de todo aquello que encuentro en mi camino”. Y, fidelidad, amistad o simplemente instinto, por la mañana temprano, ya sin luna, ya sin noche, los volví a encontrar. Son esas “migajas” las que impiden nos convirtamos en estatuas… de SAL. 

 

RAFAEL, DOLOR EN EL ALMA

Junio 23rd, 2007

RAFAEL, DOLOR EN EL ALMA

Él era un niño de diez años de mi Centro, y era unos ojazos que, conociendo pronto el dolor de la vida, miraban desde una inmensa tristeza, matizada, de vez en cuando, de ingenua felicidad.

Él era tierno tallo herido apenas despuntar que sobrevoló por mi vida, cual estrella fugaz de las que más bien queda el recuerdo de un destello que la certeza de haber sido testigos de su fulgurante realidad.

Él era Rafael -su verdadero nombre que no omito porque cuento con el beneplácito de la familia-,  un chavalillo pálido, transparente, aficionado a la escuela, a sus maestros, a sus libros…

Pero aquel pequeño se nos fue de pronto. Un día de escuela, mientras sus com­pañeros en clase compartían la difícil tarea de la educación y el aprendizaje, mien­tras, cada cual en su trabajo, olvidados de la provisionalidad que es la vida, con afanes desmedidos, con nimiedades y absurdos, y sin caer en la cuenta de que vivi­mos inmersos en el funeral eterno de los tiempos, hacíamos planes de futuro en feli­cidad y bienestar, mientras  su silla vacía, como otras veces, esperaba la súbita lle­gada tarde de Rafael. y sus palabras de disculpa: He tenido que ir al médico…

Y ni siquiera una corazonada, un telepático presagio; nada. La vida del pequeño Rafael, como blanquísima espuma de mar, se desvaneció con el viento.

Y era un bonito día de principio de primavera, y el sol siguió su curso, y las margari­tas y las amapolas, en un frondoso salvaje, parecían entonar el más solemne himno de la alegría, y en las calles, el tráfico de siempre, los ruidos, las prisas… pero, en medio de esta eclosión de vida, un pequeño féretro me llenaba de tristeza tal que, mis días, durante un tiempo, se vistieron de luto.

Y aún hoy, años ha, frente a mi ordenador, lugar preferente de mi vida, noto que unas lágrimas me emborronan las palabras, y no sólo es recuerdo de pasado, sino más bien, es presente, algo así como un poderoso árbol que se me crece y cuyas raíces y ramas y hojas y flores… si bien amainaron en las estrellas, dentro de mi corazón marcaron profunda huella.

Tus libros me gustan -me repetía en una ternura infinita-, y son muy bonitos, y mi madre me ha comprado algunos, y, por las noches, cuando no me duele la cabeza,  los leo y son guay, y también tengo tu foto del periódico y la guardo porque también me gusta. 

Y, mientras balbuceaba tan maravillosas palabras, una ligera sonrisa asomaba a su rostro, pegado tantas veces a la mesa de clase en un intento de mitigar aquel dolor de cabeza, ¡maldita sea!, que se lo llevó.

Mi fe es lucha en un Dios que no comprendo, pero en el que, desde mi pequeñez, confío y espero. Por eso creo que Rafael está con Dios y está con nosotros.

¡Mi pequeño y agradecido niño! Jamás olvidaré que unos cuentos míos, unas poesías mías, aliviaban el dolor que, de mesa en mesa, soportabas!

Nunca, hasta ahora, me lo había planteado: bien merece la vida, si en ella se puede escribir un cuento que haga feliz a un niño, aún en el lecho de su muerte.

¡Échame una mano, tú que estás en el cielo!, y espérame. Entre tanto, escribiré mejores cuentos, me haré mejor foto para el periódico…  Te lo prometo.

UN ALUMNO PERDIDO

Junio 17th, 2007

 

 

 

Los mayores de la clase me pusieron sobre la pista:

 

En una casa cerca del río hay un chaval que se droga. Estuvo un año con usted. ¿No se acuerda? Era un nene alto que vivía con el padre…. Ahora vive solo. 

Durante unos días, anduve inquieta.  Lo recordaba perfectamente. Sí, ¿Cómo no lo iba a recordar? Puntualmente,  cada día de aquel curso, siempre limpio, impecable ocupaba su sitio, al final de la clase, ya que dada su estatura podía impedir la visión de los demás. Era inteligente, silencioso, trabajador. Aparentemente era un alumno sin problemas. Sólo en una ocasión hablé con el padre que se expresó con toda claridad: Mi  Jose -no era su nombre - y yo vivimos solos. Mi mujer nos dejó y se fue a Mallorca con otro. Nos ha hecho polvo, sobre todo a mí. El niño no lo lleva mal.

 

Me pareció que, no obstante la opinión del padre, aquel muchacho debería estar sufriendo un drama. De ahí que hablara con él. Pero fue escueto, reservado, cauteloso en su respuestas:  Me da igual. Si se ha ido, ella sabrá. Yo vivo con mi padre…

 

No quise inmiscuirme más en el tema. Tenía la impresión de que para “José” era incómodo el hablar de su madre y de su actual situación, pero no dejé de estar pendiente de cualquier gesto que me pudiera dar oportunidad de acercarme a él. Pero no hubo tal. José terminó brillantemente el curso. Al despedirme de cada alumno en particular, él me dijo: Ya no vuelvo más a este colegio, porque me voy  al pueblo con mi abuela… ¿Y eso? -le pregunté algo extrañada- Es que mi padre se va a trabajar a Barcelona y no puede llevarme. ¿Te gusta ir al pueblo? Me da igual -contestó en un tono de total indiferencia. Bueno, pues acuérdate de nosotros. Escríbeme, si quieres, alguna vez…

 

Habían pasado  justo diez años, cuando los alumnos de sexto me pusieron sobre su pista.  No descansaba a gusto. En mi cabeza, aquel muchacho,  alumno  que dejó de preocuparme en la creencia  de que todo le iría bien.

 

Pero las palabras de aquellos alumnos, repentinamente me hicieron sentir una tremenda responsabilidad. Lo imaginaba como abandono, como olvido… al que yo había contribuido y hacia el cual me sentía comprometida con urgencia.

 

Hablé con el director. Sí; lo recordaba. Su nombre figuraba en las actas más antiguas del colegio, y su baja por motivos de desplazamientos, y su brillante expediente de aquel curso y de los anteriores

Con ayuda de algunos alumnos de los más responsables y con toda prudencia, pude encontrarlo.  Me acompañaron hasta una casa de vecinos con reminiscencias de tiempos perdidos. ¡Ahí es! - exclamaron - ¡En la puerta gris!

 

Y, por indicación mía, se alejaron. Allí,  me encontré, a boca­jarro, en un patio compartido en el que, pegadas a sus respectivas ventanas, diez o doce personas clavaban sus miradas inquisidoras en mí. Una puerta gris, con muchas manos de pintura, se abrió, tras golpearla sigilosamente varias veces. Frente a mí una buhardilla descuidada con intenso olor a tabaco negro.  ¿Puedo entrar..? -pregunté al hombre que era ya José y que con mal aspecto, barba descuidada, ropas  desarrapadas, con la cabeza perdida entre los hombros, sólo  como respuesta exclamó, dando un portazo y mirando de reojo a las mujeres del patio: ¡Tías putas y marranas!

 

Como único mobiliario, una cama catre cubierta por una manta de cuadros y, como única decoración, una estampa de María Auxiliadora, sujeta, por cuatro chinchetas, a la pared. El chaval, mi desconcertante descubrimiento, se quedó allí, agazapado en el catre: ciego, sordo, mudo…  Pero yo había oído su voz, había advertido, en los instantes que mediaron entre abrirme la puerta y el regreso a su retiro, la corpulencia y cierta distinción de su fi­gura. No obstante, fue todo tan rápido que más bien se me antojo un ligerísimo visaje.

 

Echada en la pared, opté por una postura serena y casi reverente, como si temiera romper, con mi presencia, el vaso de barro de algún recóndito maleficio, o profanar la intimidad sagrada de un místico retiro.Pasaron unos minutos. El muchacho, con un leve movimiento de su cuerpo, me invitó a sentarme junto a él en la única silla que, como todo confort acompañaba a la cama catre. Fue entonces, cuando me decidí a pronunciar las primeras palabras: ¿Te acuerdas de mí?……   Me han dicho que estabas aquí  y…

 

Sin levantar la cabeza, silenciando con un gesto mi boca, simultaneando quejidos y silencios, largos y angustiosos silencios, suspiros y lágrimas, prorrumpió en un dra­mático monólogo: Sí la recuerdo, pero todo está escrito. Por favor, no diga nada. Todo está dicho. ¡Qué terrible oscuri­dad! Todo es negro como en mis miedos de niño. Todo está encantado por la mano siniestra del destino. Detrás de mí, no hay nadie. Mis sueños están rotos en mil peda­zos. Todo está muerto, ¡muerto, muerto! -repetía en una apocalíptica desola­ción-  Es mejor estar muerto que vivir en la sombra de un recuerdo: ¡Mi madre! Ella era mi mamá. Sabía bordar, pintar… Tenía las manos finas como la seda! ¡Maldita sea! Se fue. Yo tuve juegos de niño, y besos, y días de Reyes, y Primera Comunión, y cumpleaños… Ahora no sé cómo fueron aquellos días… ¿qué puedo hacer yo? La droga me consume, pero… Mi viejo no sabe. Me manda dinero pero no sabe…”

Lo interrumpí, con un hilo de voz:  ¿Desde cuando estás metido en esto..? Siempre creí que tenías bien asumido lo de tu madre Mi padre me mandaba dinero y me vine a estudiar… Casi termino medicina, pero… Estaba escrito…. ¡Mi madre! ¡Maldita sea! ¿Por qué tuvo que irse?

Sus palabras impusieron  tal silencio, tal dramatismo que mi larga ya experiencia en el trato con chavales, quedó reducida a un no saber qué hacer, qué decir… Al fin, notándome impotente dije algo, echándole un brazo por los hombros No sé muy bien qué puedo hacer por ti, pero no voy a dejarte…  ¡Seguro, seguro..! No se preocupe -me contestó en un gesto que me pareció dulce-. Todo está es­crito, todo está hecho..

 

Desde luego, no lo abandoné. Hice gestiones en  Asuntos Sociales del barrio. Movilicé a gente, se tomaron medidas de rehabilitación a las que el chaval colaboró.

Hoy sé por él mismo que terminó la carrera de medicina y es un excelente médico de pueblo. Está casado, tiene hijos…  Cuando lo encontré, tenía veintidós años.

MALA HISTORIA DE VIDA

Junio 5th, 2007

 

MI QUERIDA ZORA

Casi no puedo recordar los años que me separan de aquella chiquilla de ojos vivara­chos y mejillas azuladas que encontré en un pequeño pueblo de la campiña cordo­besa. No obstante el tiempo transcurrido, mi querida niña -hoy serás una mujer-  tu re­cuerdo ha permanecido vivo en mi memoria, con la frescura de aquella mañana pri­mera, cuando entraste en mi vida. Un maestro, ¿sabes? es como una esponja gigante que, gota a gota, sin perder ni una, se va empapando de los sueños, del amor, de la alegría de los problemas de sus alumnos. Por eso, tú, mi pequeña, compendio de tantos desamores e incomprensiones, te que­daste para siempre, y en lugar privilegiado, en la historia de mi vida.

 

Zora era de esos niños que exasperan a padres y maestros, porque su comporta­miento estaba lejos de  ajustarse al modelo convencional  que la lógica de los adultos ha dictado e impuesto como ley,  mediante la cual todos los seres humanos deben ser moldeados en cadena. No había nada más que ver los brazos de fideo de la pequeña, siempre acardenalados, y oír sus desconcertantes e ingenuas explicaciones, para intuir el tremendo drama que era su vida: Es que mi madre me da pellizcos, y mi padre me pega porque no aprendo a leer, y la maestra me castiga, y los nenes… 

Efectivamente, por tercer año consecutivo, Zora repetía primer curso. Entre sus compañeros de clase destacaba, que les sacaba la cabeza, por su estatura y, sobre todo, por una especie de rutinaria agilidad con la cual se adelantaba a cual­quier situación.  Era como si de memoria se hubiese aprendido, en aquellos largos años de permanen­cia en la misma historia, una rutinaria retahíla que, invariablemente, repetía en voz alta, tratando de despabilar a los pequeños, de por si lentos y distraídos: ¡Venga, a leer, a escribir, a la fila, al recreo, a los servicios..!

 

Y les ayudaba a descolgarse las carteras, y les ataba los cordones de los zapatos, y les abrochaba los babis, y los ordenaba en las filas, y los ponía en orden en la fuente, pero el gran empeño de Zora era peinarlos una y otra vez. Incansable, con una vieja pei­neta y un  botecillo de agua, recorría mesa por mesa, provocando las incesantes pro­testas de los pequeños: Zora me ha deshecho la cola. Zora me ha tirado del pelo”.  Zora me ha mojado…

 

Llevaban razón, mi querida niña. Pero no podía soportar la inmovilidad en aquella mesa, que le llegaba a las rodillas, ni aquel reducido espacio que  correspondía a su silla enana. No quería, ni podía, soportar, cinco horas repitiendo, pasivamente, nú­meros y letras. En mi agenda guardo algunas de tus pintorescas fantasías: A veces pienso –me contaba-  que soy una lechuga metida en un frigorífico, y que me sacan, me cortan en ensalada y me comen. A veces creo que soy un lápiz que se va a terminar de tanto sacarle punta.

 

Decididamente tenía que encontrar  la forma de acabar con la tragedia, con los malos sueños de mi querida Zora.  Y fue un pacto, un sencillo acuerdo que me dictó el amor  y la intuición  hacia  aquella pequeña, pacto  que nos comprometía mutuamente, y que era el contexto desde el cual, Zora podía sentirse a gusto: Tú me peinas  -le propuse-, y yo te enseño a leer. ¡Vale! ¿Y te puedo echar una poquita de agua? ¿Y te puedo poner rulos.? Y te puedo hacer una trenza?

 

Al día siguiente por la mañana  le llevé una bolsita con peine, rulos, pinzas, colonia etc. ¡Qué cara la de aquella niña, cuando, con aquel pequeño tesoro, para ella, entre las manos, lo examinaba en un incesante sacar,  ordenar… cada cosa!  Desde mi sitio la observaba. Una sonrisa se eternizó en sus labios y, sintiéndose importante, se peinaba, se echaba colonia y, mucho más relajada, paseaba por el aula con la bolsita debajo del brazo, en un deseo de recibir una palabra, una mirada, un gesto mío:

¡Vaya si es verdad que pareces una peluquera! Sí, pero hasta la tarde…“Entre tanto: toma y pega; toma y recorta; baja al director; limpia la papelera… Tú Eres muy capaz de todo y vas a aprender mucho… 

Y, cada tarde, cuando los alumnos salían, y el sol frío y nostálgico se perdía por el horizonte, en la soledad de aula, en el silencio del Centro, las manos cálidas de la pequeña Zora se deslizaban por mis cabellos, en todo tipo de experiencias peluqueras,  al tiempo que, por primera vez en su vida, repetía, con gusto, letras, sílabas, palabras de la cartilla  Palau.

 

 

En poco tiempo, tras el peinado, escribiendo y leyendo en la pizarra, aprendió a poner su nombre, el mío, el de sus padres, el nombre de cosas que a ella le gustaban: flor, sol, nata, fresa, cielo, rojo, etc. 

Cuando terminó el curso, ya leía en la tercera cartilla, y hacía cuen­tas de sumar, restar, multiplicar… Y hacía manualidades: dibujos, recortables, flores, muñecos de esponja y, bueno, muchas cosas más.

 

Tuve que irme a otro pueblo; estaba allí provisional. La tarde que nos despedimos,  mi querida niña, más que ningún otro alumno, me besaba, me abrazaba… Parecía un pajarillo jugueteando con un trozo de manzana. Su aliento olía a leche con galletas migadas, y su pelo, a brillantina barata. Cuando arranqué el coche, cayó sobre mi falda un puñado de jaramagos que, de un salto, me arrojó por la ventanilla: Para ti que eres muy buena y muy guapa  y te quiero mucho.

 

Pasó un año. Al terminar el curso, decidí visitar a Zora y, nada más entrar en el Cen­tro, alguien se apresuró a darme la noticia:¡Por fin hemos conseguido una maestra de educación especial!. ¡Por fin Zora  está bien atendida y se le nota cómo se va portando cada día mejor..! Desde que tú te fuiste, ha sido un desastre… ¡Ni la o con un canuto!

Un escalofrío me corrió de pies a cabeza. Me acerqué a la sala de profesores, convertida, provisionalmente, en aula. La pequeña, con  tres o cuatro niños más, sentada en torno a la gran mesa sobre la que medio apoyaba la barbilla, hacía unos extraños movimientos con las manos, con la cabeza…¡Zoraya, Zora!  -la llamé desde la puerta.

Pero aquella niña de mejillas azuladas, toda imaginación y ternura, no hizo ni un sólo movimiento al escuchar mi voz, no hizo ni un sólo gesto al acercarme a ella e insis­tirle: ¿No me conoces? ¿No te acuerdas de mí? -le pregunté, dándole un beso-. ¿Ya no quieres ser mi peluquera?

 

Por respuesta recibí, y jamás podré olvidarlo, unas rutinarias e impersonales medio palabras: Te-no  muchos co-lo-res -dijo, sacando de una prosaica cartera un puñado de lápi­ces que arrojó sobre la mesa.

 

La maestra, todo fervor de éxito, se me acercó murmurándome al oído: Ya he conseguido que vaya haciendo ejercicios de prelectura y preescritura y, sobre todo, ya se va quedando quietecita en la silla.

 

Zora, mi querida Zora, alguien cometió un gran error contigo. Muchos debieron creer que, en vez de árbol, tú te quedarías en lechuga, y te “sacaron del frigorífico”, te hicieron pedazos y te comieron, y te sacaron tanta “punta” que te gas­taron y sólo dejaron de ti, hermoso árbol,  las virutas de un  lápiz.

 

Me alejé con lágrimas en los ojos. ¡Qué pena! ¡Era tan maravillosa!

 

No, no tengo comentarios, sólo un reproche: ¡Maldita  hora  en la que decidimos que los alumnos deben estar sentaditos y callados, aceptando, sin más, nuestras manidas obsesiones.

CARMELILLA

Junio 5th, 2007

 

Al amanecer de este día he viajado a Sevilla en el tren de cercanías.Sí, me siguen gustando estos trenes, menos rápidos, pero en los que se saborean todos los colores del viaje: casillas que pasan como en lento vuelo, gente que habla y  se le oye, refrescos en las estaciones, el adormecedor soniquete del tren que me siguen sugiriendo cancioncillas: “cuesta arriba, cuesta abajo, qué fatiga, qué trabajo… que te pillo, que te mato, que te doy con el zapato, cuesta arriba, cuesta abajo…”Pues el caso es que iba yo leyendo el Diario, un tanto compungida por noticias del terrorismo. De pronto, mientras parados en una estación, dábamos paso al TALGO, unas voces en el andén me sacaron de mi melancólico éxtasis.¡He dicho -gritaba un hombre de autoridad- que aquí no podéis quedaros! ¡Que os subáis al tren, coño! ¡Aquí no queremos gentuza! y, si os quedáis, os meto en chirona”Como un rayo, abandoné mi ensimismamiento sobre el tema del Diario y, con medio cuerpo fuera de la ventanilla, presté atención a lo que estaba sucediendo.Si no tienen billete -oí en tono más suave, pero contundente, al revisor-, aquí no pueden subir. ¡Si no tenemos dinero ni pa comer!  -se justificaba una pobre mujer, “fartuscona”, que sostenía con su débil cuerpo, los vaivenes de su hombre, borracho como una cuba que, con los ojos transpuestos, y sin dejar de balbucear palabras de otra lejana historia, se quitaba y ponía, mecánicamente, un raído sombrero de paja con el que hacía reverencias a diestra y siniestra. Pues de aquí tenéis que iros; no podéis viajar sin billete -repetía  el revisor, embelesado en otros asuntos.La mujer, pelada a lo macho y con lágrimas en los ojos, sacó un pequeño envoltorio del bolsillo de un viejo delantal, casi único ropaje.-¿Hay bastante? - preguntó, mostrando algo de calderilla.-¡Bastante para que os piréis de aquí ya! -fue la respuesta.Medio a empujones, entraron al fin en el  tren. La mujer rompió en lamentos y lloriqueos:-Si mi mama viviera… Con mi mama no se metía nadie. Si nosotros vamos a Córdoba, ¿por qué nos meten en un tren que va para Sevilla?El hombre, de vez en cuando, amagando a vomitar, le echaba un brazo por encima y la consolaba tiernamente con palabras que apestaban a vino barato:-No llores, Carmelilla; ya llegaremos. Tú lo vas a ver, pero no llores.Me cambié de departamento. Decidí acompañarlos hasta Sevilla pero, ante mi sorpresa, su desconcierto e inútil resistencia, nada más parar el tren en la primera estación, la voz rotunda del revisor irrumpió de nuevo:-¡Ea, abajo; se acabó el billete!Por unos instantes, los vi de nuevo en el andén desconocido de una estación cualquiera, al tiempo que otra voz, repetía:-Aquí no pueden quedarse.En un arrebato de indignación, pena y no sé cuántas cosas más, levanté la voz:-Suban, suban de nuevo al tren; yo les pagaré los billetes”.Carmelilla, sin cesar de limpiarse las lágrimas con el volante del delantal, me daba las gracias, al tiempo que, incesantemente, repetía:-Si mi mama viviera, a mi nadie me hacía esto. Mi mama era valiente… Gracias, señorita. Nosotros somos de Córdoba. Hemos venío a Lora al entierro de mi mama… ¡mama, mama…! -repetía acentuando sus lágrimas- ¿Qué vamos a hacer en Sevilla? Nosotros vamos a Córdoba…”Al fin, conseguí que Carmelilla y su marido se encaminaran hacia su destino. Ella, besándome las manos exclamaba:-Usted es como mi mama. Usted nos ha salvao de ¡sabe Dios dónde nos querían llevar! 

EL INVÁLIDO

Junio 5th, 2007

 En su rostro, pálido y deforme se dibujaba una sonrisa. Una sonrisa que brotaba de la tristeza infinita de su alma, como brotan las gotas del rocío en la noche y amanecen cristalinas sobre los campos marchitos.Sus manos largas y puntiagudas se agitaban en un temblor sin retorno.Sus pies, que colgaban secos de unas piernas muertas, eran enormes zapatos que se aposentaban  sobre el plateado peldaño de una silla de ruedas grande y ligera que, al deslizarse, hacía un ruido macizo.Su cabeza, mata de pelo negro, retorciendo agitadamente el cuello, era la expresión viva de una alegría nueva, aquella mañana primera de escuela.Un autobús blanco, impecable, con una cruz roja en las puertas, era la gran sorpresa de aquel día soleado de octubre.Los niños y niñas del colegio lo rodeamos. Las puertas del autobús se abrieron. Una plataforma, como si fuera un ascensor de juguete, descendió automáticamente, transformándose en una divertida rampa. Por allí bajaron al inválido, con aquella sonrisa triste eclipsada en su rostro.Lo conocí entonces. Era su primer día de colegio.Desde entonces, cada mañana y cada tarde, esperaba feliz al autobús que transportaba a Manuel, y esperaba, con impaciencia, la hora del recreo para empujar su carro de ruedas por entre los mil alumnos que jugaban alegres en las pistas.Hoy, después de muchos años transcurridos, pienso, de nuevo  en aquel niño inválido, en aquel amigo de mi infancia, que un día faltó al colegio y ya no regresó más Se ha ido al cielo -me dijeron.    Yo, al recordarlo, siempre me pregunto: ¿Por qué mi amigo tuvo que nacer inválido?  ¿Por qué tuvo que morirse tan pronto?Y en mis sueños, lo veo, en  un carro de estrellas que empujan ángeles de esa escuela divina donde Dios nos aguarda a todos, y lo veo alado y celeste, escribiendo su nombre en la infinita pancarta del universo.¡Espérame, amigo inválido! ¡Volveremos a estar juntos! Te lo prometo, pero entretanto ayúdame a caminar sin dejar espinas a mi paso. Como tú sólo quiero “andar sobre ruedas” para no herir, para no golpear la tierra que piso.

 

UN CIELO PARA GATOS

Mayo 30th, 2007

UN CIELO PARA GATOSISABEL AGÜERA ESPEJO-SAAVEDRA


Sí, estaba muerto; no había duda. En medio de la  carretera. Atropellado por un vehículo cualquiera.  Y la gente transitaba con indiferencia, y los coches se apartaban por no salpicar de sangre sus ruedas, y un grupo de niños lo miraba triste  desde la acera.  

Era un gato callejero; era mi gato por adopción. Su hogar, los bajos de un coche. Desde allí, y con recelo, observaba. Logré ganarme su confianza y casi comía de mi mano. A veces, me parecía sentir que me pedía un rinconcito de mi gran piso, todo entero para mí sola.

Pero  hacía oídos sordos, porque… ¿un gato…? ¡Demasiado problema! Y mi conciencia quedaba tranquila con la limosna que le daba  de comida y agua.

Hoy ya no tengo gato que alimentar. ¿Qué haría en medio de la carretera? ¿Por qué no tendría un hogar? Desconocía, seguro, los peligros de la calle, y de ella había hecho su mejor mansión. Seguro que, acostumbrado al viejo coche parado, que era su casa  se olvidó de tantas ruedas potentes que ni tan siquiera advertirían la pasada por su frágil y párvulo cuerpo.

Y yo lo encontré caliente todavía. ¡Claro que lo  lloré!, y los niños me ayudaron y  lo enterramos en el jardín, debajo de un  naranjo cubierto de azahar.  Pero tarde ya, y su voz se me agigantaba: Llévame a tu casa. ¡Si sólo soy un gato!

¡Pobres gatos callejeros! Son tan gatos como yo, como todos… Parafraseando un proverbio de la Biblia, digo: Hay tres cosas que no logro comprender, y una cuarta que ignoro por completo: el vuelo del águila en el cielo; el camino de la culebra sobre las piedras, el rumbo de los barcos en el mar, la insensatez  del hombre, cuando  con todas frivolidad mira y no ve que el mundo está lleno de “gatos” sin hogar, sin amor: negros, pobres, ancianos, niños…  No puedo imaginar un mapa genético sin que, en sus cuatro puntos cardinales, aparezca como factor por excelencia, el amor, la comprensión, la ternura.

Y unas imágenes  en la tele han desplazado para otra ocasión mis espléndidas reflexiones sobre la primavera, la semana Santa, y… Cientos de seres humanos, llegados en negras y odiosas pateras, embaucados por siniestras mafias, escondidos en aciagos agujeros, exhaustos de caminos,  con miradas de sorpresa, súplica, incomprensión…  

Crea, Dios, un cielo para gatos para que, cuando la rueda implacable y potente de la  vida atropelle nuestro frágil cuerpo, te  encontremos, porque de lo contrario… No, no somos  más que pobres gatos.   . 

 

CAMBIO DE PRISIÓN

Mayo 30th, 2007

CAMBIO DE PRISIÓN                          ¡Ya lo creo que compadezco al delincuente! Lo sabía desde siempre pero ayer, cuando aquí, a la puerta de mi casa,  el despliegue policial  para el transporte de presos  era  impresionante, me sentí especialmente afectada.  Dentro de mi coche observaba, al tiempo que mis reflexiones y también  mis lágrimas me asfixiaban en un vaivén  de pensamientos cuya dirección no era otra que la de aquel alumno, adolescente él,  que pasó un mes en el aula de uno de mis muchos destinos. ¡Tan sólo un mes!, porque la mala pata de una gripe me ausentó de mi trabajo. Cuando regresé ya no estaba: había sido expulsado. Padres permisivos y despreocupados, maestros que sólo tuvieron para él palabras de reproches y  rincones de castigo, calle que lo contaminó del ambiente fácil de la delincuencia  y sociedad que lo anatematizó y condenó a la pena máxima para un joven: privación de libertad e internamiento en no sé qué cárcel de España.El primer sonajero y el hisopo final se parecen  demasiado - Gómez de

la Serna -. Sí, los primeros años de un niño -yo también lo digo-  son definitivos para el resto de su existencia, porque la naturaleza humana es idéntica para todos; la diferencia está en la educación, y aquel chaval, torrente de feroz adolescencia, era, cuando lo conocí, herida sin drenar, agujero negro, por donde, no obstante, un rayo de esperanza oteaba por el universo de su mirada, mezcla de picardía y ternura.

Y mis lágrimas, al recordarlo, era, son, como una incesante súplica: No, él no precisaba coches blindados, ni esposas, ni grilletes… Él sólo hubiera necesitado, y puede que aún lo siga necesitando, un poco de amor. En esta noche de luna llena, donde con tantos amigos me conjuro, él sigue siendo presencia viva en mis pensamientos. Mañana esta cárcel estará vacía y presta para ser convertida en solar. No pido para mí, al menos por esta noche, riquezas, ni amor, ni amigos que me correspondan, sólo deseo un cielo como techo y un camino para los pies de tantos delincuentes que entre todos no le permitimos conocer.