La deshumanización de ciertos médicos
Diciembre 6th, 2007En el año 2001, a comienzo del siglo XXI donde la complejidad de la cibernética, la tecnología y la ciencia, etc., etc. han avanzado a pasos agigantados, aparentemente para mejorar nuestra calidad de vida, me pregunto: ¿Dónde queda posicionado el ser humano frente a estos logros? ; ¿Y las relaciones entre unos y otros? Específicamente con respecto a los profesionales de la salud con sus pacientes.
Los médicos que supuestamente han desarrollado el intelecto, beneficiándose con una formación especial y enriquecedora, se diferencian de todas aquellas personas que no han elegido esa profesión, pues no han tenido la posibilidad de hacerlo o de estudiar una carrera universitaria. Pero eso no significa la obligatoriedad de construir una relación asimétrica, omnipotente, con el otro. Que puede ser su paciente, los familiares del mismo o simplemente allegados. Esta conclusión deriva de un hecho paradójico que me sucedió al respecto. Ser testigo presencial del maltrato, que incluyo en la mala praxis de un médico oncólogo, de unos treinta y pico de años, frente a su paciente, una mujer de setenta años perfectamente lúcida, familiar directo mío.
Todo comenzó cuando en un hospital público, especializado en vías respiratorias, mi hermana se realizó un chequeo de rutina anual y la sorprendió un diagnóstico dramático. Un tumor en el pulmón con ramificaciones en las suprarrenales. La médica que la atendía era amiga de la familia. Entonces le presentó a un colega, investigador en oncología. Quien le propuso hacer un tratamiento gratuito, de experimentación de una nueva droga, en un sanatorio cinco estrellas. La evaluación era seguida por análisis periódicos. Esto le dio una perspectiva de optimismo sobre la reversión del cuadro. El procedimiento se inició en mayo. Al principio ella se veía más repuesta. Todos habíamos alimentado una esperanza, pero lamentablemente sólo fue una ilusión. Los análisis no devolvieron el mismo resultado y el seis de enero del 2002, el mismo especialista, después de haberle hecho conjuntamente el procedimiento de una serie de medicación por boca más una serie de quimioterapia, le dijo: “el tratamiento fracasó”. Como familiar ante esas palabras, solo atiné a abrazarla. Sin sospechar que lo peor vendría después. En otro momento de la misma charla, mi hermana preguntó, dígame Dr. ¿Qué tengo tomado? -Refiriéndose a la metástasis-. Más allá que el paciente quiera saber la verdad sobre su enfermedad y sobre su cuerpo, conjuntamente con su derecho a saberla, está el de ser contenido, cuando se le informa un diagnóstico actualizado tan cruel. “El doctor comenzó a enumerar los diversos órganos afectados. Nosotras sabíamos los resultados de los primeros estudios, pero ella necesitaba saber dónde estaba parada. El facultativo sin ningún reparo comenzó a enumerar una lista de esas partes del cuerpo afectadas. Indolente e impávido, con un tono indiferente. Como si se tratara del relato de elementos inertes, como si frente a él no estuviera un ser humano, un semejante, un prójimo,… Además, ella inquirió: ¿y ahora cómo sigue todo? El le manifestó que no podía atenderla más y le extendió la derivación a la obra social que le correspondía. En su desesperación ella seguía insistiendo. La pregunta era, ¿cómo, me va a dejar así? El profesional le dijo que no se preocupara que ella podría consultarlo en el hospital público y que debería seguir con las sesiones de quimioterapia. Pero que, principalmente, se atuviera a las indicaciones del médico de cabecera de su obra social. Más allá de que haya sido una experimentación y fuera avisado. Se hacía con un ser humano. Quiere decir que si la misma hubiera prosperado se hubieran quedado acompañando al paciente, por el rédito que se recibiría. Entonces ¿cuál es la responsabilidad del sanatorio, del médico y del laboratorio que hacen estas pruebas? ¿Cuál es la autoridad máxima que fiscaliza este tipo de propuestas de tratamientos?
Hoy yo me pregunto y si ¿al especialista se le propusiera un cambio de roles? ¿Y el fuera el paciente? ¿Qué sentiría al respecto?
Después de atravesar esta experiencia, ¿volvería a tratar a su paciente de la misma forma?
Ciertos médicos son incapaces de acompañar al paciente terminal hasta el final. La pregunta es, ¿será la falta de formación profesional, que nunca contempló esta parte del tratamiento en ninguna materia?
O bien, como sostienen Maslach y Jackson (1982), padecen el “Síndrome de Burnout” que se manifiesta con un estrés crónico, propio de los profesionales de servicios de salud, cuya tarea implica una atención intensa y prolongada con personas que están en una situación de necesidad o de dependencia. El Burnout es una respuesta a un estrés emocional cuyos rasgos principales son: agotamiento físico y psicológico, actitud fría y despersonalizada en relación con los demás, y un sentimiento de inadecuación con respecto a las tareas a realizar.
¿Cuánto hay de profesional y de personal en la falta de contención del paciente en este tramo final de la vida?; ¿Hay previsión del daño psíquico de familiares y del personal del equipo, relacionado con la esperanza y el duelo?; ¿Qué ocurre con el vínculo? Se ignora que puede fortalecer o debilitar psicológicamente al enfermo. Más allá de la distancia óptima necesaria e imprescindible que se requiere para ejercer una profesión, hay una cercanía que se olvida a la hora de decir un diagnóstico, por ejemplo. Yo sigo preguntando: Si la vocación de un médico es curar a un ser humano ¿qué pasa frente a la muerte del mismo, que no se lo puede acompañar hasta su último suspiro? ¿Las leyes de la economía o el sistema son los responsables? Quizás, las mismas que dictaminan que no hay camas que alcancen, ni en los sanatorios ni en los hospitales públicos…
Una vez que las soluciones médicas se acaban y la muerte solo es una cuestión de tiempo, se abandona al paciente, sin más. ¿Será que se sienten fracasados en las terapias que implementaron, ignorando otros designios que no dependen de ellos y abandonan el barco antes de que se hunda?
El paciente y sus allegados, frente a la enfermedad, se entregan en confianza plena al profesional. Sin dudar, ni analizar qué pasa si la medicina no alcanza y no sirve para remediar el mal o curarlo. ¿Acaso el paciente no merece una calidad de vida digna hasta el último minuto?
Antaño había un solo médico. Se lo llamaba “de cabecera”. Que sin mayores pretensiones de especialización, daba con un diagnóstico certero, porque en principio “escuchaba” a su paciente, lo acompañaba en todo momento y si terminaba internado en un hospital, hasta allá se iba para verlo. Era su paciente hasta el final. Hoy avanzó todo. Hay especialidades que cubren desde el pie, hasta la coronilla. Pero llegado el momento de la partida definitiva, no hay médico que contenga.
Desde el estado ¿qué protección hay para estas situaciones específicas que se reiteran sucesivamente? Acaso ¿sería necesaria la implementación de áreas que puedan contener estos reclamos y darle una solución viable? ¿Sería necesaria la inclusión de psicólogos clínicos y sociales para hacer una labor interdisciplinaria y abordar el ámbito vincular “médico-paciente”?
El médico ocupa un lugar de poder, porque siempre se lo ha idealizado y el paciente en su posición, se atiene a las consideraciones del profesional, sin cuestionamientos. Pero es un error tomar la relación entre ambos como algo ajeno a la terapéutica, la forma de trato hacia el paciente es parte del servicio del médico y es pertinente a las áreas sociales y gubernamentales del sistema de salud.
Mi dignidad mueve al reclamo y desde un profundo dolor escribo, para que pueda ser escuchado y así prevenir situaciones similares.
Graciela M. Barretta
Psicóloga Social