VIERNES
De mis años de profesor universitario me ha quedado la convicción de que la Universidad tiene que ser selectiva por esencia. No me refiero, por supuesto, a una selección injusta por privilegios de clases sociales o de suficiencias económicas. Sino a la selección natural de la convicción, de la decisión personal, desde una motivación individual profunda. En otras palabras: la Universidad como vocación intelectual. La masa no se determina por vocación, sino guiada ab extrínseco, empujada, condicionada por la propaganda, por los convencionalismos sociales o familiares, que en este caso se resumen en “buscarse un apaño para toda la vida”, no el que uno elija, sino el que le permitan las estrechas rendijas entre los “numeros clausos”. Esta es la razón por la que esta Universidad masificada ha dejado de ser sementera de formación intelectual y de cultura humanística y ha devenido en puramente tecnocrática, es decir: proporcionadora de un entrenamiento técnico -siempre fatalmente insuficiente- en las diversas materias disciplinares, para “ir aprendiendo después con la práctica”. Mi contraargumento frente a la orgullosa autosatisfacción de mi excolega es que la Universidad tecnocrática hace de la mediocridad un ideal social. Por eso echo de menos una universidad de “elites” intelectuales (no, por supuesto, de clases sociales o poder económico), entendiendo por elite el grupo, más o menos extenso, de personas vocacionadas y movilizadas por ideas superiores.
Los exámenes de “selectividad”, que pretenderían, por su mismo nombre, una selección eficaz de los intelectualmente aptos e intrínsecamente motivados, solo ha venido sirviendo para desalentar a unos pocos (que evidentemente no estaban motivados por una genuina motivación intelectual), aunque no a otros, social o familiarmente coaccionados o movilizados confusamente por el slogan ideo-operativo de “llegar a ser alguien en la vida”. La mayoría de los restantes quedan frustrados y existencialmente desorientados por tener que conformarse, en virtud del numerus clausus, con unos estudios que no corresponden a su aspiración inicial o a su auténtica vocación. El resultado se constata en unas aulas amorfas, repletas de una masa indolente, frustrada, desmotivada y desorientada, cuya única aspiración es la de “ir pasando” sucesivos exámenes, de materias cada vez más fraccionadas, para que puedan medio abarcarse en los pocos días que le dedican al estudio de “los folios” que las totalizan. Profesores que dictan apuntes, “dictadores”, como antes de que existieran las fotocopias y las imprentas, han sustituido al “Maestro universitario”, que piensa, enseña a pensar, a razonar y argumentar, al mismo tiempo que inspira, trasmite, ilusiona, abre horizontes mentales…, en lugar de limitarse a repetir o a dictar, como es usual en las clases universitarias de hoy en día, lo que ya está en los manuales o lo que se podría repartir, con economía de tiempo, de esfuerzo y de errores, en folios multicopiados.
























