SÁBADO

En una de las sesiones terapéuticas de ayer, tuve la impresión de estar frente a una adolescente que se pregunta lo que voy a ser, o  hacer, cuando sea mayor…Esto contrasta con la imagen real que tenía ante mí: es una mujer mayor que reflejaba en sus rasgos, en su tono de voz, en su postura y compostura, una dulzura y delicadeza todavía azul (o rosa) adolescente y romántica.  Está casada (todavía no piensa en hijos), tiene terminada la carrera de arquitectura, ha conseguido, después de buscarlo y desearlo mucho, un trabajo que… ahora “no le gusta”.
                                   En algún momento yo me pregunto –lo hice en alta voz ante ella- si le gustará al minero bajar a la mina, o al albañil subir al andamio, a la madre ama de casa preparar cada día esa comida que tantas veces a los hijos  no les gusta,  o al psicólogo (psicóloga) ir merodeando todos durante todas sus horas por los barrios bajos de la mente donde se agazapan las angustias y las desdichas más sangrantes. La valoración “me gusta-no me gusta” pertenece más al lenguaje del niño que fuimos (o del niño que todavía llevamos dentro) que al adulto que enfrenta cada día su compromiso y su tarea existencial; más se asemeja “los caballos emocionales e impulsivos del carro de Platón, que al auriga que los dirige con mano firme hacia sus metas vitales”.
            Sorprendida al principio, reacciona inteligentemente completando mi reflexión con el recuerdo de una película, Desayuno con diamantes, que había visto anoche con su marido: La protagonista que vivía sin querer poner los piés en la tierra, que se resistía a pertenecer a nada ni a nadie…tiene que escuchar a su coprotagonista enamorado, quien le hace ver que a lo que realmente tiene miedo y se resiste es a enfrentarse consigo misma y con su limitada realidad. Que el problema y la dificultad estaba en ella  y que, aunque huyese al fin del mundo, siempre terminaría encontrándose con ella misma.
                                   Me admira la sinceridad y la honestidad con que es capaz de desmaquillarse y de contemplar su propia realidad, sin intentar escamotearla. Estoy convencido de que nadie  es capaz de conocer a otra persona mejor de lo que ella puede llegar a conocerse a sí misma. Uno hace a veces de espejo, o de compañero de camino en este largo viaje hacia uno mismo, hacia el propio reconocimiento.
                                    Me dice que sabe que está huyendo de sí misma, que está viviendo la vida como en un sueño y que le es urgente ya despertar a la realidad. Le respondo, como el sabio de la fábula,  que la adolescencia es un sueño, y que la edad madura comienza al despertar.
 

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