MIERCOLES
Cuando cada mañana abro la ventana del ordenador y, como por arte de magia la ilumino con un leve toque de mi dedo, percibo en el estómago una sensación entre ilusionada y expectante, quizás también inquieta. ¿Quién me esperará hoy detrás de la ventana?
Esta mañana he encontrado, esperándome, la sonrisa recuperada de J.S., antiguo paciente y perenne amigo, que quería contarme un cuento. Se lo agradezco especialmente, después de leerlo, porque lo voy a introducir en el epílogo del libro que estoy rematando (o culminando) para mandárselo al editor. El cuento es éste:
Hubo una vez una competición de sapos. El objetivo era llegar a lo alto de una gran torre. Se reunió en el lugar una gran multitud, mucha gente dispuesta a aclamarlos y animarlos.
Comenzó la competición. Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era: “¡Qué pena! Esos pobres sapos no lo van a conseguir… ¡Es demasiado difícil!” .
Los sapitos comenzaron a desistir. Pero había uno que persistía y continuaba subiendocon constancia y firmeza en busca de la cima. La multitud continuaba gritando: “¡ Qué pena! ¡ No lo vais a conseguir!…” Y los sapitos, uno tras otro, se iban dando por vencidos…
Salvo aquel sapito que seguía y seguía tranquilo, constante, cada vez con más fuerza. Ya llegando el final de la competición todos habían abandonado, menos ese sapito que curiosamente, en contra de todos, seguía con paso firme, manteniendo todo su esfuerzo, hasta llegar a la cima.
Los otros querían saber qué le había pasado. Alguien se acercó a preguntarle cómo él sólo había conseguido ganar la prueba. Y entonces descubrieron que ese sapito vencedor… ¡era sordo!
Creo que la moraleja es evidente: Ser siempre sordos cuando alguien nos quiera hacer creer que no podemos alcanzar la cima de nuestras ilusiones soñadas. Y me vienen ahora a la memoria unos versos sentenciosos de Miguel de Unamuno:
“El secreto del alma redimida:
Vivir los sueños.
al soñar la vida”.
























