LUNES

                        
                                                                                  
Los  atardeceres, a estas alturas del invierno, se encienden en un tímido color rosáceo y malva, por encima de las ramas ateridas del parque de Vallellano que se enmarca, como un cuadro romántico, en el rectángulo de mi ventana.
                                                                                  
Nuestra hija, Julia Victoria, llegó a Madrid ayer hacia las 8. Nosotros ya estábamos de vuelta en Córdoba. Por la noche, casi de madrugada, nos llamó por teléfono: tenía fiebre de 39 y medio, le dolia el pecho, tosia y no podía dormir. Le dio Julia las indicaciones de emergencia: tomar  Espidifen, leche caliente etc. Esta mañana le había bajado la fiebre, pero todavía tenía 37 y medio. Le hemos dicho que no vaya a la Guardería, donde está haciendo las prácticas, y Julia ha cogido el Ave de las 9 para llevarla al médico y pedir que le hagan una exploración a fondo. Es extraño que después de una semana tomando antibióticos todavía tenga estos accesos de fiebre. Yo me he encargado de llamar a su directora y también al Colegio de Julia…
El problema que ha traido a mi consulta a M., profesional casado de 40 años, es que  ha perdido los papeles. No sabe cómo resituarse en las distintas situaciones de su vida (laboral, de pareja, familiar, etc.) y la tensión se le acumula de tal modo que parece que se le van a triturar las mandíbulas.  El papel de bueno, de formal, de sumiso, siempre complaciente, simpático, es el que ha configurado predominantemente su personalidad desde la infancia, como respuesta a las expectativas de su madre, que se compensa con él de la dureza, la antipatía y el desagrado “de tu padre”. Pero este papel lo hace débil ahora, ante el rechazo que su madre le manifiesta contra su mujer “que le ha arrebatado a su querido hijo”. Reactivamente, ha ensayado frente a sus suegros el papel contrapuesto de distante, de duro, de cortante, para aplacar los celos de su madre y para que “no seduzcan a sus hijas”  (inconscientemente se está defendiendo, en ellas, de la influencia sobre él de su propia madre). Pero esta actitud, este rol, le hace entrar en conflicto con su mujer, con la que quiere representar un rol de complicidad, del leal compañero, amante, participativo, comprensivo, entregado. Por otra parte, ha ensayado compensatoriamente el papel de triunfador en el arte de la escultura, en el que en poco tiempo ha conseguido un desarrollo increíble, obteniendo premios y selecciones en diversos certámenes. Con esto satisface su necesidad de recibir muestras de admiración, reconocimiento y valoración, fuera de ese rol de complaciente, simpático y sumiso que lo hace sentirse débil y manipulado. Pero teme que en el terreno de su empresa, donde representa un papel de trabajador incondicionalmente entregado, se le considere ventajista y desertor.
                        Es este tan fuerte  conflicto de papeles vitales en colisión, lo que me trajo ayer a M, hipertensionado y exhausto, a ensayar el nuevo rol de el que necesita ayuda psicológica y, a través de él, lograr integrar y armonizar sus necesidades con sus valores, sus actitudes existenciales y sus comportamientos interpersonales, familiares y laborales

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