Quiero terciar en las argumentaciones de los  amigos Antonio y José Mª,  recordando el axioma de que no hay desarrollo humano, en cualquiera de las  etapas de nuestro proceso evolutivo vital (incluso en la etapa de la jubilación y la entropía), sin vencimiento de resistencias. Nuestra energía interior sólo logrará  expresarse y desarrollarse, para nuestro crecimiento humano y realización personal, venciendo las resistencias que ineduliblemente se nos presenta en el camino fluvial de la vida, a cualquier edad, en cualquiera de sus previsibles o insospechables encrucijadas y meandros…  

                         Eso es ‘trabajo’, o eso es el ‘quehacer diario’. No es condena, sino oportunidad de autorealización y de creatividad. Cualquier inversión de energías personales, para vencer las resistencias del quehacer vital, es acción creativa, ya que se va a realizar a través de la singularidad de un individuo, de su originalidad inamputable; a través de una mente única, de una configuración psicobiológica irrepetible que va a enriquecer la vida colectiva con nuevas maneras constructivas de vivirla, de pensarla; de crear también y de amar… 

                         ¿No es eso, al mismo tiempo, ‘solidaridad’? Saber que el peso del mundo y de la vida lo portamos entre todos –digo ‘todos’, sin excepción-, sobre el esfuerzo de los hombros de cada uno; ¿no es el gozo de pensar que con el ‘quehacer’ de todos, entre todos  construimos la Pirámide? 

                         Y para eso sugiero hoy la disposición cognitiva (‘inteligencia emocional’) de no contemplar los problemas o ‘trabajos’ de cada día, como “condena divina”, o como obstáculos insalvables en el camino de la vida. Sino como ocasión y oportunidad de ser psíquicamente mejores, de movilizar los mejores recursos en reserva, los más válidos, creativos  y originales que almacenamos en el interior de nosotros mismos.  

                         Leo que, en un libro de Rudyard Kipling, el lama pronuncia estas palabras: “Has lanzado un acto al mundo y, al igual que una piedra arrojada al estanque, también se extenderán sus consecuencias, sin que puedas saber hasta dónde…” . Con tal, digo, que esa piedra de nuestro ‘quehacer’ de cada día sea para construir y no para malherir.  

                        (Esta sentencia del lama se me ha evidenciado dramáticamente viendo anoche, con Julia, una estremecedora película, entre sones del Claro de Luna de Debussy. La película se titula: “Expiación”)

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