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	<title>Comentarios en: </title>
	<link>http://blogs.enplenitud.com/confesionesdeunpsicoterapeuta/2008/01/22/111/</link>
	<description>Confidencias,reflexiones y relatos sobre temas diversos como el arte y la poesía, la lingüística, la política y la educación, sobre problemas psicológicos o psicopatológicos, sobre las emociones y las pasiones, sobre las utopías, las ilusiones, los sueños, los valores, a medida que van surgiendo en mi vida cotidiana de  psicoanalista</description>
	<pubDate>Sun, 22 Nov 2009 00:28:11 +0000</pubDate>
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		<title>By: José María Carrascosa</title>
		<link>http://blogs.enplenitud.com/confesionesdeunpsicoterapeuta/2008/01/22/111/#comment-9196</link>
		<author>José María Carrascosa</author>
		<pubDate>Wed, 23 Jan 2008 19:49:45 +0000</pubDate>
		<guid>http://blogs.enplenitud.com/confesionesdeunpsicoterapeuta/2008/01/22/111/#comment-9196</guid>
		<description>Esta mañana he leído despacio tu entrada, Antonio, al blog. Hacía días que, por mil razones, teníamos abandonada el Ágora, y me ha resultado, de nuevo, estimulante sentir la palabra del amigo y analizar las ideas que nos aporta. Sentir de nuevo la riqueza del Ágora...

Efectivamente, la maldición bíblica, en el tema del trabajo, nos ha perseguido siempre: hemos considerado que transformar la realidad  con nuestro esfuerzo era algo que había que hacer trabajosamente como consecuencia de aquella “caída” primordial, pecaminosa, de nuestros recordados “protoparentes”... Pareciera que, por una inducida maldición divina, era necesario establecer la diferencia entre el “Paraíso perdido” y el mundo que se nos ofrecía como “mal menor”... La vida “beatífica” quedaba ya fuera de nuestras posibilidades. Trabajar, conseguir nuestro cotidiano pan, enfermar, morir..., era una consecuencia necesaria y obligada de la “mala” acción cometida... Era necesaria nuestra “redención” en el trabajo...  Occidente, con su cultura “literal” bíblico-cristiana, se encargó de poner de relieve lo difícil que era vivir y remansar nuestro revuelto espíritu... Por eso, Antonio, me ha gustado la diferencia que estableces entre “trabajo” y “quehacer diario”. Muchas de nuestras deformaciones, y creo que ésta lo es, tienen su causa en análisis incorrectos de tradiciones o enseñanzas originalmente religiosas.

Recuerdo, a este propósito, que cuando me jubilé, todos los amigos, buenos compañeros de trabajo, me preguntaban con una cierta preocupación por mi futuro, que a qué me iba a dedicar a partir del momento de mi cercana jubilación, que cuál iba a ser mi trabajo de “jubilado”... Es cierto que el trabajo está unido al hombre, con él construye el mundo, con él se hace y con él es. Pero había en la pregunta que me hacían la idea de que sin el esfuerzo cotidiano era difícil realizarse, seguir “siendo”. Yo les respondía, con cierta ironía, pero con bastante convencimiento, que ahora iba a aprender a no “hacer nada”. Claro que “no hacer nada” ya era hacer algo. Yo estimaba como programa posible ser sencillamente “testigo” de mi propia vida, sin urgencias, sin hojas de ruta pretrazadas, dejando que la “rareza de vivir”, de Carmen .M. Gaite, de la que nos habla Antonio, consistiera en tomar la vida siguiendo el devenir tranquilo de los días sin urgencias trascendentes. Vivir sin el agobio o la urgencia de cumplir un deber. Ser espectador de la propia vida. No tener la obligación de representar un papel laborioso. Tocar en el vacío de las urgencias cotidianas la plenitud del espíritu. Y todo esto, asumiendo lúcidamente el “trabajoso” ser del hombre. 

Entre las nadas, de las que habla Antonio, quizás exista una nueva “nada”, que es nuestra plenitud y nuestro profundo ser. Y todo esto, claro, buscando, a través de nuestra limitada plenitud, la transformación posible de nuestra “circunstancia”. Creo que es  auténtica y fecunda la idea de que transformando el mundo nos transformamos a nosotros mismos. No es bueno sentir en el quehacer diario la expiación de una culpa por primordial que sea. Nuestra pequeña finitud se expresa siempre con realidades finitas, cierto, pero que muchas veces, saben a  infinito..., quizás... porque lo son.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Esta mañana he leído despacio tu entrada, Antonio, al blog. Hacía días que, por mil razones, teníamos abandonada el Ágora, y me ha resultado, de nuevo, estimulante sentir la palabra del amigo y analizar las ideas que nos aporta. Sentir de nuevo la riqueza del Ágora&#8230;</p>
<p>Efectivamente, la maldición bíblica, en el tema del trabajo, nos ha perseguido siempre: hemos considerado que transformar la realidad  con nuestro esfuerzo era algo que había que hacer trabajosamente como consecuencia de aquella “caída” primordial, pecaminosa, de nuestros recordados “protoparentes”&#8230; Pareciera que, por una inducida maldición divina, era necesario establecer la diferencia entre el “Paraíso perdido” y el mundo que se nos ofrecía como “mal menor”&#8230; La vida “beatífica” quedaba ya fuera de nuestras posibilidades. Trabajar, conseguir nuestro cotidiano pan, enfermar, morir&#8230;, era una consecuencia necesaria y obligada de la “mala” acción cometida&#8230; Era necesaria nuestra “redención” en el trabajo&#8230;  Occidente, con su cultura “literal” bíblico-cristiana, se encargó de poner de relieve lo difícil que era vivir y remansar nuestro revuelto espíritu&#8230; Por eso, Antonio, me ha gustado la diferencia que estableces entre “trabajo” y “quehacer diario”. Muchas de nuestras deformaciones, y creo que ésta lo es, tienen su causa en análisis incorrectos de tradiciones o enseñanzas originalmente religiosas.</p>
<p>Recuerdo, a este propósito, que cuando me jubilé, todos los amigos, buenos compañeros de trabajo, me preguntaban con una cierta preocupación por mi futuro, que a qué me iba a dedicar a partir del momento de mi cercana jubilación, que cuál iba a ser mi trabajo de “jubilado”&#8230; Es cierto que el trabajo está unido al hombre, con él construye el mundo, con él se hace y con él es. Pero había en la pregunta que me hacían la idea de que sin el esfuerzo cotidiano era difícil realizarse, seguir “siendo”. Yo les respondía, con cierta ironía, pero con bastante convencimiento, que ahora iba a aprender a no “hacer nada”. Claro que “no hacer nada” ya era hacer algo. Yo estimaba como programa posible ser sencillamente “testigo” de mi propia vida, sin urgencias, sin hojas de ruta pretrazadas, dejando que la “rareza de vivir”, de Carmen .M. Gaite, de la que nos habla Antonio, consistiera en tomar la vida siguiendo el devenir tranquilo de los días sin urgencias trascendentes. Vivir sin el agobio o la urgencia de cumplir un deber. Ser espectador de la propia vida. No tener la obligación de representar un papel laborioso. Tocar en el vacío de las urgencias cotidianas la plenitud del espíritu. Y todo esto, asumiendo lúcidamente el “trabajoso” ser del hombre. </p>
<p>Entre las nadas, de las que habla Antonio, quizás exista una nueva “nada”, que es nuestra plenitud y nuestro profundo ser. Y todo esto, claro, buscando, a través de nuestra limitada plenitud, la transformación posible de nuestra “circunstancia”. Creo que es  auténtica y fecunda la idea de que transformando el mundo nos transformamos a nosotros mismos. No es bueno sentir en el quehacer diario la expiación de una culpa por primordial que sea. Nuestra pequeña finitud se expresa siempre con realidades finitas, cierto, pero que muchas veces, saben a  infinito&#8230;, quizás&#8230; porque lo son.</p>
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