Una amiga de las lejanas tierras del Paraguay, y colega, me manda estos pensamientos, que sugieren alguna respuesta a esa inquietud que no expresa Antonio Espinosa sobre cómo vivir nuestra finitud entre las dos infinitudes…
Después de un tiempo aprendes la sutil diferencia entre dar una mano y encadenar un alma.
Y aprendes que el amor no significa sumisión y la compañía no significa seguridad.
Y empiezas a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas.
Y empiezas a aceptar tus derrotas con la cabeza en alto y los ojos abiertos, con el donaire de un adulto, no con el dolor de un niño.
Y aprendes a construir todos tus caminos en base al presente.
Después de un tiempo aprendes que hasta el sol quema, si lo recibes en exceso.
Por eso, siembra tu propio jardín y decora tu propia alma en vez de esperar que te traigan flores.
Y aprende que realmente puedes soportar… Que eres realmente fuerte.
Y que de veras tienes valor.

























Enero 23rd, 2008 at 4:49 pm
Esta mañana he leído despacio tu entrada, Antonio, al blog. Hacía días que, por mil razones, teníamos abandonada el Ágora, y me ha resultado, de nuevo, estimulante sentir la palabra del amigo y analizar las ideas que nos aporta. Sentir de nuevo la riqueza del Ágora…
Efectivamente, la maldición bíblica, en el tema del trabajo, nos ha perseguido siempre: hemos considerado que transformar la realidad con nuestro esfuerzo era algo que había que hacer trabajosamente como consecuencia de aquella “caída” primordial, pecaminosa, de nuestros recordados “protoparentes”… Pareciera que, por una inducida maldición divina, era necesario establecer la diferencia entre el “Paraíso perdido” y el mundo que se nos ofrecía como “mal menor”… La vida “beatífica” quedaba ya fuera de nuestras posibilidades. Trabajar, conseguir nuestro cotidiano pan, enfermar, morir…, era una consecuencia necesaria y obligada de la “mala” acción cometida… Era necesaria nuestra “redención” en el trabajo… Occidente, con su cultura “literal” bíblico-cristiana, se encargó de poner de relieve lo difícil que era vivir y remansar nuestro revuelto espíritu… Por eso, Antonio, me ha gustado la diferencia que estableces entre “trabajo” y “quehacer diario”. Muchas de nuestras deformaciones, y creo que ésta lo es, tienen su causa en análisis incorrectos de tradiciones o enseñanzas originalmente religiosas.
Recuerdo, a este propósito, que cuando me jubilé, todos los amigos, buenos compañeros de trabajo, me preguntaban con una cierta preocupación por mi futuro, que a qué me iba a dedicar a partir del momento de mi cercana jubilación, que cuál iba a ser mi trabajo de “jubilado”… Es cierto que el trabajo está unido al hombre, con él construye el mundo, con él se hace y con él es. Pero había en la pregunta que me hacían la idea de que sin el esfuerzo cotidiano era difícil realizarse, seguir “siendo”. Yo les respondía, con cierta ironía, pero con bastante convencimiento, que ahora iba a aprender a no “hacer nada”. Claro que “no hacer nada” ya era hacer algo. Yo estimaba como programa posible ser sencillamente “testigo” de mi propia vida, sin urgencias, sin hojas de ruta pretrazadas, dejando que la “rareza de vivir”, de Carmen .M. Gaite, de la que nos habla Antonio, consistiera en tomar la vida siguiendo el devenir tranquilo de los días sin urgencias trascendentes. Vivir sin el agobio o la urgencia de cumplir un deber. Ser espectador de la propia vida. No tener la obligación de representar un papel laborioso. Tocar en el vacío de las urgencias cotidianas la plenitud del espíritu. Y todo esto, asumiendo lúcidamente el “trabajoso” ser del hombre.
Entre las nadas, de las que habla Antonio, quizás exista una nueva “nada”, que es nuestra plenitud y nuestro profundo ser. Y todo esto, claro, buscando, a través de nuestra limitada plenitud, la transformación posible de nuestra “circunstancia”. Creo que es auténtica y fecunda la idea de que transformando el mundo nos transformamos a nosotros mismos. No es bueno sentir en el quehacer diario la expiación de una culpa por primordial que sea. Nuestra pequeña finitud se expresa siempre con realidades finitas, cierto, pero que muchas veces, saben a infinito…, quizás… porque lo son.