A mi regreso, con Julia, de una noche soñada sobre el río Guadiana y el puente romano que  atraviesa manso su fluyente misterio, en Badajoz, con frío en la anochecida y clima gozosamente luminoso y cálido en el amanecer de hoy, me encuentro con un e-mail de nuestra amiga Isabel A., al que acompaña "un texto que no sé cómo calificar" (me dice), escrito después de una noche con dolorosas neuralgias y nieblas densas…
            
                Le he contestado que yo si lo sé calificar, que es un bellísimo poema, amasado con nostalgia, ternura, fantasía, realismo, esperanza, ilusión, y…mucho amor. Con toda su lealtad a una amistad que envejece con nosotros desde hace treinta años, y que, igual que los vinos envejecidos, con el tiempo regusta más acabado sabor y más hondas sensaciones.           
               Os copio aquí el poema que me dedica nuestra amiga Isabel:  
¡TAN SÓLO UN DÍA! 
Déjame, Dios, un día más. ¡Uno siquiera!
Para chapotear  los charcos en el otoño.
Para  sentir la brisa del azahar en la primavera.
Para abrazarme, una vez más,
a la maravillosa  luz del alba.
Para subir al autobús
y acariciarme con el polvo de la gente.
Para recibir a los pájaros emigrantes
y entregarles, sin merma, sus nidos.
Para jugar con los niños a  pillar y al esconder. 
 Déjame, Dios, un día más. ¡Uno siquiera!  
Para dibujar el rastro de mi paso en el albero.
Para sentir el abrazo de los plataneros en el jardín.
Para regar con una lágrima la muerte
de mi rosa en la maceta.
Para escuchar el eco de nombres que ruedan
en la imparable noria de mis recuerdos.
Para seducir a la luna que, coqueta, pasea por mi ventana.
    
Déjame, Dios, un día más. ¡Uno siquiera!
Para pasar  la hoja del almanaque                      
y darle cuerda a mi reloj.
Para sentir el dolor y mirar hacia atrás  
y descubrir su rastro.
Para escuchar campanadas catedralicias                                                       en calle empedradas.
Para encontrar una moto sin nombre                                                 en la espesura de la niebla.
Para decirle a Fernando que lo quiero.
¡Tan sólo un día más, Dios! 
Déjame, Dios, un día más. ¡Uno siquiera!
Para que siembre mi  maceta de albahaca…
Sí, aquella que tengo pendiente, aquella que sueño                                  en los ojos de cada madrugada.
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2 Responses to “”

  1. Isabel Agüera Says:

    Gracias, Fernando. Son tus palabras las que dan categoría a mis sencillas creaciones, nacidas, en este caso, y como bien dices, en el repente de un gran desconcierto, vorágine de dolor, niebla, abatimiento y renovado deseo de seguir viva. Me llegó la foto de un amigo cariñoso y sensible que supo captar la débil voz de un momento. Es cierto que tenemos poderes para comunicar vida a la vida. Gracias, amigo de tantos años y de tantas vivencias. ¡Cómo no quererte! Isabel

  2. Antonio Espinosa Says:

    Tiempo de vida

    Leyendo algunas páginas, seleccionadas al azar, simplemente abriendo el libro “Encuentros en el Ágora” por cualquier sitio, uno encuentra algún pensamiento en el que distraer la mente, una mente atormentada por el quehacer diario; y digo quehacer y no hablo de trabajo diario, como habréis podido observar, porque la transformación del trabajo -obligación contraída- por el quehacer -sinónimo de ocupación, negocio, algo que ha de hacerse-, la sustitución, digo, de una palabra por otra, dulcifica lo que en la Escrituras se plantea como un castigo. Sea quehacer o sea trabajo lo que realizamos cada día, éste o aquél provocan una sensación de cansancio o fatiga que raya, a veces, en la sensación de agobio. En esos momentos se hace necesario distraer, entretener, engañar a nuestra mente, sacarla fuera de la realidad o construir otra realidad en la que se acueste, una especie de cuna en la que puedan mecerse nuestros pensamientos. Ésa ha sido la sensación que he experimentado ante la sabiduría de Fernando y José María. He abierto el libro al azar, cualquier día es bueno, y me los he encontrado hablando de la amistad. En algún momento he leído algo así como que el matrimonio es necesario porque es una forma de tener siempre un espectador de nuestra vida. Bellísimo pensamiento, siempre que se aplique en todas las direcciones posibles, es decir, uno también es espectador de la vida que vive el otro o la otra. Y entonces me he acordado de Carmen Martín Gaite y de su libro “Lo raro es vivir”. Y me he quedado como parado, detenido en mis pensamientos que trataban de ver cómo, siendo lo raro vivir, se puede aceptar que se vive para ser testigo de la vida de los otros, o de algunos de los otros. La idea es interesante, nadie existe si estuviese solo en el universo, o mejor, nadie existe siendo el único universo. Y, queridos amigos, por un momento me he acongojado, porque estaríamos admitiendo la vida calderoniana, en la que cada uno juega el papel que termina por dar significado y valor al papel de los otros. Bueno, no deseo seguir calentando vuestras mentes, ya sometidas al quehacer de hoy, con pensamientos filosóficos de quien no sabe absolutamente nada de filosofía, con digresiones de quien no conoce el objeto principal del debate. Pero, en el fondo de la cuestión, lo que me estoy planteando y os lo planteo también a vosotros, es si tiene sentido conocer para qué estamos aquí y por qué estamos aquí, o simplemente, sería, que conste que he empleado un condicional, más provechoso simplemente aprovechar el momento que existe entre las dos infinitudes que nos rodean -antes de nacer y después de morir- y vivir nuestro tiempo de vida.

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