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	<title>Comentarios en: </title>
	<link>http://blogs.enplenitud.com/confesionesdeunpsicoterapeuta/2008/01/09/109/</link>
	<description>Confidencias,reflexiones y relatos sobre temas diversos como el arte y la poesía, la lingüística, la política y la educación, sobre problemas psicológicos o psicopatológicos, sobre las emociones y las pasiones, sobre las utopías, las ilusiones, los sueños, los valores, a medida que van surgiendo en mi vida cotidiana de  psicoanalista</description>
	<pubDate>Sat, 21 Nov 2009 22:02:32 +0000</pubDate>
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		<title>By: José María Carrascosa</title>
		<link>http://blogs.enplenitud.com/confesionesdeunpsicoterapeuta/2008/01/09/109/#comment-8363</link>
		<author>José María Carrascosa</author>
		<pubDate>Thu, 10 Jan 2008 10:51:43 +0000</pubDate>
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		<description>DIVAGANDO SOBRE EL TIEMPO


Antonio Espinosa, nos felicita el año. Nos desea, cosa que hacemos siempre, paz, felicidad, bonanza... Cuando las bambalinas de la fiesta se oscurecen, lo que nos queda a todos es desearnos, con ilusión esperanzada, un nuevo tiempo que nos permita vivir  de forma inteligente, “milagrosa”, imaginativa..., lo que nos queda  siempre por delante.  

Fernando, desde su “microscopio del alma”, nos analiza las diversas maneras de vivir la vida: hermoso juego, el que nos pinta, de complejos diálogos entre los múltiples estímulos que nos solicitan y las respuestas singulares que les vamos dando. Es la rica gama de la “vida vivida”. Lo más  nuestro. Lo más irrepetiblemente nuestro.

Todos los años repetimos los mismos rituales: belenes domésticos (que nos recuerdan un misterioso e inconcebible tiempo que fue de ayer, pero que aún tiene vigencia en el presente), lucecitas entre ramas de pino, uvas, campanadas, alegría desbordante... Muy probablemente sabemos, al menos lo intuimos, en medio del artificioso júbilo de la noche vieja, que el año que está naciendo va a ser una sencilla repetición del que ya se ha ido. En el fondo, percibimos un tiempo cíclico que, aunque con apariencias distintas, puede vaciar de contenido el progreso futuro. A pesar de esta intuición profunda, quizás tan frágil como la transitoriedad de su mensaje, los hombres necesitamos esperar y tener tiempos nuevos, un buen tiempo futuro en nuestra “nueva vida”. Anhelamos el cambio en la rueda del tiempo. No pensamos siquiera, -sería negar a nuestra historia su peso y su sentido- que es posible que el futuro esté escrito en esta “rueda” circular y, quizás, casi de necesario cumplimiento.  

Necesitamos el cambio. Debemos mirar el horizonte con objetivos de progreso y avance. Nos es urgente ver el tiempo de mañana, no como un ciclo que ha de retornar ineludiblemente, sino como un camino que progresa hacia un destino último de manera lineal y ascendente. Lo “sucesivo-temporal” viene dado por un ayer, un hoy y un mañana. Instantes de un “continuo” en progresivo avance. 

Nuestro tiempo encaminado así a los “tiempos futuros”, nace y pervive gracias a una larga concepción escatológica, desarrollada de manera especial en occidente,  por una clara influencia de la religión del “Libro”: desde el momento en que Dios interviene, como protagonista, en la historia del hombre ya no hay opciones para fatalismos.   Los tiempos en oriente, sin embargo, tienen otro  sentido: un retorno fijo, inamovible, en el que el cambio es sólo una apariencia de lo que siempre subyace y permanece.

Sabemos, desde Kant,  que el tiempo es más una “entelequia” (una “forma a priori” de la sensibilidad), que algo existente en sí, con existencia autónoma. El tiempo es lo que dura, percibido así por “los sentidos”. Ante ese tiempo, siguiendo nuestra tradición occidental, hay que apostar a la carta futura con la ilusión del jugador que sabe que en el mañana esta escrito el progreso. Contemplar lo que viene con la mirada, trascendente, cercana al panteísmo, de Parménides , implica trascender la superficialidad de lo aparente  percibiendo, bajo un agua que se escapa imparable (lo decía así Heráclito), lo eterno de lo Uno. Pero nuestra cultura es de occidente y el tiempo va pasando de forma insoslayable y, en verdad, irrepetible.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>DIVAGANDO SOBRE EL TIEMPO</p>
<p>Antonio Espinosa, nos felicita el año. Nos desea, cosa que hacemos siempre, paz, felicidad, bonanza&#8230; Cuando las bambalinas de la fiesta se oscurecen, lo que nos queda a todos es desearnos, con ilusión esperanzada, un nuevo tiempo que nos permita vivir  de forma inteligente, “milagrosa”, imaginativa&#8230;, lo que nos queda  siempre por delante.  </p>
<p>Fernando, desde su “microscopio del alma”, nos analiza las diversas maneras de vivir la vida: hermoso juego, el que nos pinta, de complejos diálogos entre los múltiples estímulos que nos solicitan y las respuestas singulares que les vamos dando. Es la rica gama de la “vida vivida”. Lo más  nuestro. Lo más irrepetiblemente nuestro.</p>
<p>Todos los años repetimos los mismos rituales: belenes domésticos (que nos recuerdan un misterioso e inconcebible tiempo que fue de ayer, pero que aún tiene vigencia en el presente), lucecitas entre ramas de pino, uvas, campanadas, alegría desbordante&#8230; Muy probablemente sabemos, al menos lo intuimos, en medio del artificioso júbilo de la noche vieja, que el año que está naciendo va a ser una sencilla repetición del que ya se ha ido. En el fondo, percibimos un tiempo cíclico que, aunque con apariencias distintas, puede vaciar de contenido el progreso futuro. A pesar de esta intuición profunda, quizás tan frágil como la transitoriedad de su mensaje, los hombres necesitamos esperar y tener tiempos nuevos, un buen tiempo futuro en nuestra “nueva vida”. Anhelamos el cambio en la rueda del tiempo. No pensamos siquiera, -sería negar a nuestra historia su peso y su sentido- que es posible que el futuro esté escrito en esta “rueda” circular y, quizás, casi de necesario cumplimiento.  </p>
<p>Necesitamos el cambio. Debemos mirar el horizonte con objetivos de progreso y avance. Nos es urgente ver el tiempo de mañana, no como un ciclo que ha de retornar ineludiblemente, sino como un camino que progresa hacia un destino último de manera lineal y ascendente. Lo “sucesivo-temporal” viene dado por un ayer, un hoy y un mañana. Instantes de un “continuo” en progresivo avance. </p>
<p>Nuestro tiempo encaminado así a los “tiempos futuros”, nace y pervive gracias a una larga concepción escatológica, desarrollada de manera especial en occidente,  por una clara influencia de la religión del “Libro”: desde el momento en que Dios interviene, como protagonista, en la historia del hombre ya no hay opciones para fatalismos.   Los tiempos en oriente, sin embargo, tienen otro  sentido: un retorno fijo, inamovible, en el que el cambio es sólo una apariencia de lo que siempre subyace y permanece.</p>
<p>Sabemos, desde Kant,  que el tiempo es más una “entelequia” (una “forma a priori” de la sensibilidad), que algo existente en sí, con existencia autónoma. El tiempo es lo que dura, percibido así por “los sentidos”. Ante ese tiempo, siguiendo nuestra tradición occidental, hay que apostar a la carta futura con la ilusión del jugador que sabe que en el mañana esta escrito el progreso. Contemplar lo que viene con la mirada, trascendente, cercana al panteísmo, de Parménides , implica trascender la superficialidad de lo aparente  percibiendo, bajo un agua que se escapa imparable (lo decía así Heráclito), lo eterno de lo Uno. Pero nuestra cultura es de occidente y el tiempo va pasando de forma insoslayable y, en verdad, irrepetible.</p>
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