Después de una larga ausencia, vacío el escenario de nuestros encuentros, desmontados en el hogar los Nacimientos, los Árboles, las luces y las añoranzas de la Navidad, he abierto la ventana iluminada del ordenador, por donde también pasa la vida, fluida como los ríos, para volcar también yo el fluido de mis propios pensamientos. Y me he encontrado la voz cálida de Antonio, quien nos recuerda que hay modos distintos, incluso diversos, de vivir la vida…            

                        Os confieso haber dedicado mucho tiempo a observar, desde mi privilegiado “puesto de mira” psicológico (o desde mi “microscopio del alma”, como lo definió el clérigo psicoanalista Oscar Pfister) cómo cada persona va amasando, a través de toda su trayectoria vital,  sus sentimientos predominantes ante los acaeceres de la vida, de donde surgen sus respuestas singulares a los estímulos que recibe. Y así es como se configura y  que perfila ese “carácter” que hace de cada persona un ser único, irrepetible y especial.

              Todos hemos conocido a personas generosas cuyo sentimiento característico puede ser la admiración valorativa de las demás, mientras que en otra persona su emoción dominante es la envidia,  o la emulación competitiva, o la rivalidad, o el menosprecio altanero de todo lo que no es lo suyo. En otras personas opera con predominio la pena compasiva hacia otros, o hacia sí mismo;  o la cólera, o la culpabilidad atosigante, o la angustia, o la ambición o la alegría permanente…. Son modos diversos de “vivir la vida”.             

              Sin embargo todos experimentamos de algún modo la gama total de las emociones, que son como “pilotos” automáticos de nuestro “aparato” interior, que señalizan nuestro camino existencial.                  

                Por ejemplo, cuando se enciende el “piloto” del miedo, se estimula la actitud de precaución, o que aconseja la evitación ante un posible mal inminente; la esperanza alienta el deseo hacia la consecución de un bien posible sin desfallecer por los obstáculos; la desesperanza opera como afecto disuasivo, ante la imposibilidad de superar los obstáculos, para no malgastar energías orgánicas en un esfuerzo que sería inútil; la ilusión  moviliza energías biológicas para acelerar el paso hacia la posesión posible del bien previsto, el amor concentra las energías para la conservación definitiva de ese bien poseído, la aversión (repugnancia, odio, antipatía) aconseja el desprendimiento o la retirada de lo que es o se está convirtiendo en un mal amenazante, la cólera dispone las energías vitales y las acrecienta para la superación, enfrentamiento o destrucción de los obstáculos; la tristeza supone la toma de consciencia de la dimensión del bien perdido, o de la presencia inevitable de un mal, para disponer el ánimo hacia la reorganización del psiquismo en una posible reposición de bienes posibles o de superación futura de la situación actualmente dolorosa; la alegría es la expresión afectiva de la posesión de un bien o de su posibilidad esperanzada…            

               Por esto es por lo que nunca considero que las emociones puedan ser malas, ni dañinas para el bienestar y el equilibrio psicológico: el miedo, la pena, la alegría, la rabia, el displacer, el amor, la aversión…son movimientos psíquicos necesarios y benéficos para el equilibrio de la mente y para la orientación vital de la persona en la existencia, lo mismo que los fenómenos de la naturaleza son necesarios para el equilibrio cósmico: frío, calor, lluvia, tormentas, vientos, tempestades…  

            La palabra “emoción  que deriva del latín “e-movere” , nos viene a significar que las emociones son como movimientos del espíritu para nuestra conducción adecuada entre los complicados vericuetos de esta vida, de la que estamos iniciando el nuevo trayecto del 2008.

 

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One Response to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    DIVAGANDO SOBRE EL TIEMPO

    Antonio Espinosa, nos felicita el año. Nos desea, cosa que hacemos siempre, paz, felicidad, bonanza… Cuando las bambalinas de la fiesta se oscurecen, lo que nos queda a todos es desearnos, con ilusión esperanzada, un nuevo tiempo que nos permita vivir de forma inteligente, “milagrosa”, imaginativa…, lo que nos queda siempre por delante.

    Fernando, desde su “microscopio del alma”, nos analiza las diversas maneras de vivir la vida: hermoso juego, el que nos pinta, de complejos diálogos entre los múltiples estímulos que nos solicitan y las respuestas singulares que les vamos dando. Es la rica gama de la “vida vivida”. Lo más nuestro. Lo más irrepetiblemente nuestro.

    Todos los años repetimos los mismos rituales: belenes domésticos (que nos recuerdan un misterioso e inconcebible tiempo que fue de ayer, pero que aún tiene vigencia en el presente), lucecitas entre ramas de pino, uvas, campanadas, alegría desbordante… Muy probablemente sabemos, al menos lo intuimos, en medio del artificioso júbilo de la noche vieja, que el año que está naciendo va a ser una sencilla repetición del que ya se ha ido. En el fondo, percibimos un tiempo cíclico que, aunque con apariencias distintas, puede vaciar de contenido el progreso futuro. A pesar de esta intuición profunda, quizás tan frágil como la transitoriedad de su mensaje, los hombres necesitamos esperar y tener tiempos nuevos, un buen tiempo futuro en nuestra “nueva vida”. Anhelamos el cambio en la rueda del tiempo. No pensamos siquiera, -sería negar a nuestra historia su peso y su sentido- que es posible que el futuro esté escrito en esta “rueda” circular y, quizás, casi de necesario cumplimiento.

    Necesitamos el cambio. Debemos mirar el horizonte con objetivos de progreso y avance. Nos es urgente ver el tiempo de mañana, no como un ciclo que ha de retornar ineludiblemente, sino como un camino que progresa hacia un destino último de manera lineal y ascendente. Lo “sucesivo-temporal” viene dado por un ayer, un hoy y un mañana. Instantes de un “continuo” en progresivo avance.

    Nuestro tiempo encaminado así a los “tiempos futuros”, nace y pervive gracias a una larga concepción escatológica, desarrollada de manera especial en occidente, por una clara influencia de la religión del “Libro”: desde el momento en que Dios interviene, como protagonista, en la historia del hombre ya no hay opciones para fatalismos. Los tiempos en oriente, sin embargo, tienen otro sentido: un retorno fijo, inamovible, en el que el cambio es sólo una apariencia de lo que siempre subyace y permanece.

    Sabemos, desde Kant, que el tiempo es más una “entelequia” (una “forma a priori” de la sensibilidad), que algo existente en sí, con existencia autónoma. El tiempo es lo que dura, percibido así por “los sentidos”. Ante ese tiempo, siguiendo nuestra tradición occidental, hay que apostar a la carta futura con la ilusión del jugador que sabe que en el mañana esta escrito el progreso. Contemplar lo que viene con la mirada, trascendente, cercana al panteísmo, de Parménides , implica trascender la superficialidad de lo aparente percibiendo, bajo un agua que se escapa imparable (lo decía así Heráclito), lo eterno de lo Uno. Pero nuestra cultura es de occidente y el tiempo va pasando de forma insoslayable y, en verdad, irrepetible.

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