En estos días felices de la Navidad se nos ha recordado reiteradamente -pues es lo que justifica estas fiestas- lo que nos dijo el Primer Libro, el Biblos: que la Palabra es lo que existió desde el principio y que por la Palabra se ha hecho todo lo que existe, y que la Palabra (Verbum, Logos) se vino, como algo nuestro, a habitar entre nosotros…

          Y he venido recapacitando y meditando en que ser humano es, por esencia, un ser metafísico; es decir que está abocado a trascender lo físico, lo material, lo perceptible, y a extra-limitarse. Y que este fenómeno de trascendencia y extra-limitación (simbolizado en estos días en la magia de las luces, los festejos, y las palabras ambles que nos dedicamos) lo realiza, como “por excelencia” -gracias al don soberano de la palabra que posee (o por el que está poseído)- el poeta, el “vate”, el iluminado, el que habla y canta en representación de todos los demás. Y es así porque la palabra poética es la que se libera de las contaminaciones del uso cotidiano y vulgar, la que sigue siendo palabra primal e inocente, la que “existía desde el principio de los tiempos” y que recupera en la voz del poeta su aura de inocencia, de profundidad y de trascendencia. La palabra poética es la culminación creativa de la transparencia metafísica, “La transparencia, dios, la transparencia” del clamor de Juan Ramón Jiménez. Y en este escenario anual de la Navidad todos somos un poco poetas, transparentes y transcendidos…

          Es ese encuentro metafísico en el espacio intemporal de la palabra, lo que confiere al presente la dimensión de lo permanente, y a lo concreto, dimensionable en el espacio y en el tiempo, la dimensión de lo atemporal y de lo eterno. Porque “cada vez que digo una palabra se hace un milagro”, dijo el poeta Luis Rosales. Y es que morirá una madre, todas morirán algún día, pero seguirán existiendo, inextinguibles y plenas, en el interior incesante de la palabra “Madre”.

         De alguna manera, todo lo que nosotros reconocemos, y con lo que pensamos y vivimos, de cuanto existe, es elaboración y magia del lenguaje. Dice también el poeta Luis Rosales: “Cada vez que se dice, por vez primera, una palabra se ensancha el mundo conocido”,y cuando digo la palabra envidia el mundo amarillea”, “y al pronunciar la palabra azucena se va abriendo una flor

          Todo esto lo corrobora el filósofo Kirkegard: “La realidad no existe: la construimos con nuestras palabras”. El Adán que pervive dentro de cada uno de nosotros, al darle el nombre a cada cosa, igual que en aquel Edén inaugural, le va delineando su entidad, le va concediendo su peso de valor, la va distinguiendo, identificando, comprendiendo, interiorizando… , dentro de ese espacio divino de su mente donde el mundo es reiteradamente creado y recreado, descubierto, reorganizado, retocado y embellecido (por eso los griegos le llamaron “cosmos”, de donde viene nuestra palabra “cosmética”, que significa lo que embellece). Yahvé Dios no dejó su obra completa. Quiso que el hombre, el Adán y la Eva que somos cada uno de nosotros, la fuéramos completando y embelleciendo día a día, para poder ser felices en él, con la herramienta primordial –“por la que todo fue hecho”- : con la Palabra.

          Así cantó Juan Ramón a la palabra pura, original y trascendente: “¡Palabra, cáliz único, / único pecho, urna sola, / el olor de una rosa / es en ti el de todas las rosas, / la voz de una mujer, / la voz de todas las mujeres, / el de una luz, el de las luces todas; / palabra, eterno olor, eterna luz, / música eterna!”.

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3 Responses to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    Especialmente, Fernando, me ha cautivado el análisis que, con motivo de la Navidad, haces de la palabra: lo que existió desde el principio, la que hizo lo que existe, la que habitó entre nosotros… En una reflexión ajustada y fina das a la palabra, sobre todo a la poética, la transparencia de lo trascendente. Y todos, en estos días navideños, somos transcendentes en el sentimiento, porque todos tocamos, aunque sea débilmente, el misterio poético en la inocencia y profundidad de lo que nos trasciende.

    El carácter metafísico que conlleva el poder “decir” la palabra, es importante no sólo en “el Libro”, como tú señalas, sino en toda la literatura y tradición oriental. En el fondo, pronunciar la “Palabra”, manifestar el “Logos”, encierra un contenido que va más allá de un simple y sencillo “decir”.

    En los antiguos pueblos orientales y en las culturas primitivas, la palabra no era sólo la expresión de un pensamiento o de un deseo. Era mucho más: el “verbo” se convertía en un objeto concreto que existía realmente. Era eficaz por sí mismo y estaba cargado con la fuerza del alma que lo pronunciaba.

    “Pensar” y “Hablar”, en estas culturas, derivan de la misma raíz y se designan con idéntico término: hablar es manifestar lo que el corazón expresa. La palabra no es sólo un sonido. Es algo invisible, pero real: igual que el aliento que, juntamente con la palabra, abandona la boca. Es espíritu vital. Cuando ha sido dicha, subsiste en sí misma. Es eficaz. Por esto, en la tradición oriental, la bendición o la maldición que se dice con la palabra, no puede revocarse. Vive en sí y por sí misma. Subsiste.

    Este sentido filosófico y metafísico de la palabra, envuelve su decir en un decir poético: la palabra ensancha el mundo conocido, construye realidades, todo se hace por ella… Este es el sentido mistérico y sacro, a la vez que poéticamente cosmogónico, de la palabra bíblica: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios… Todo fue hecho por ella y sin ella nada se hizo…” (Juan 1,1). Hermosa perífrasis para expresar y concretar una profunda y misteriosa hipóstasis…

    En la narración bíblica de la “palabra creadora”, hay un concepto de base alejandrino-plotiniano (no es ahora el momento de profundizar en ello), hondamente metafísico: Dios se hace logos, vive en la palabra, es en ella. Se convierte así, mediante la Palabra, en realidad y actividad creadora: une, mágicamente, lo “uno” eterno con lo “múltiple” temporal. Verifica en su esencia, una y creadora, una perfecta identidad hipostática en la que su ser y su aliento creador “emanan” de su “alma”.

    El poeta bíblico lo dijo así: el “Verbo”, la “Palabra”, “se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros”. En Navidad, el Niño es la Palabra poética, sacra, metafísica que se dice a los hombres. Es la explicación mistérica del papel recreador de Dios entre nosotros.

  2. Marina Segura Says:

    Con palabras, escritas en algo tan etéreo como este medio, que más parecen señales de humo; quiero enviaros mis deseos de salud y alegría a todos los participantes del Blog. Espero que la comunicación, por el medio que sea, se mantenga entre todos: para sentirnos hojas de un mismo árbol, gotas de una misma lluvia, colores de un mismo arco iris…
    ¡Un venturoso 2008 para todos!
    Besos,
    Marina

  3. Antonio Espinosa Says:

    Después del ajetreo de la vida familiar intensa e indescriptible, un fenómeno que aunque año tras año sucede jamás es repetible, me reincorporo al ágora, deseando un gran año para todos.
    Mientras yo disfrutaba de la lluvia, ese meteoro que da impulso a la vida horizontal, de reflejos translúcidos, de protagonismo de las olas que se acercan con decisión para desvanecerse al tocar tierra, de predominio de los grises que invitan a la reflexión, mientras yo disfrutaba de ese mundo interior, alguien se empeñaba en hacernos creer que el mundo debe ser así o de esta otra manera, alguien se ofuscaba en hacernos creer que no existe más verdad que la que ellos proponen, ya sea una verdad religiosa, una certidumbre política, social o ambas a la vez. Entonces me llegaron a la mente, como impulsadas por una extraña fuerza oculta, llena de magia y de sutileza no buscada pero sí deseada, las palabras de Albert Einstein: Hay dos maneras de vivir la vida, la primera es creer que todo es un milagro, la segunda es considerar que nada es un milagro”. Y la traigo aquí, al ágora, para su consideración. No se trata de una cuestión de palabrería más o menos refinada o acertada, sino de intencionalidad en lo que se dice. La vida, que nadie sabe qué es, se puede vivir de varias maneras, dos para el eminente científico. No se trata de que haya diferentes formas de vida, sino de que se puede vivir de varias formas. Al final de su comentario, el padre de la teoría de la Relatividad, sentenció: “De lo que estoy seguro es de que dios existe”. Dejo aquí el tema planteado, “aún existiendo dios, la vida se puede vivir de varias maneras”.
    Otro aspecto que me gustaría plantear hoy y aquí también es el que se deriva de la lectura del libro “El viento de la luna”, de Muñoz Molina, en el que se plantea la imaginación como una forma de vivir la vida, no importa ni dónde ni cuándo. ¡Ay!, la vida soñada, imaginada, espontánea, ingenua, y no dirigida debe provocar un sentimiento de felicidad comparable con la que Einstein debió alcanzar cuando llegó a la conclusión que he citado más arriba.
    Y yo lo traigo aquí porque creo que este mundo que nos rodea cada instante de nuestra vida está lleno de gente con poca imaginación y con gran tendencia a hacernos creer que “lo raro es vivir”.
    Que se cumplan vuestros sueños en este año, amigos/as del ágora

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