Archive for Diciembre, 2007

Miércoles, Diciembre 26th, 2007

          En estos días felices de la Navidad se nos ha recordado reiteradamente -pues es lo que justifica estas fiestas- lo que nos dijo el Primer Libro, el Biblos: que la Palabra es lo que existió desde el principio y que por la Palabra se ha hecho todo lo que existe, y que la Palabra (Verbum, Logos) se vino, como algo nuestro, a habitar entre nosotros…

          Y he venido recapacitando y meditando en que ser humano es, por esencia, un ser metafísico; es decir que está abocado a trascender lo físico, lo material, lo perceptible, y a extra-limitarse. Y que este fenómeno de trascendencia y extra-limitación (simbolizado en estos días en la magia de las luces, los festejos, y las palabras ambles que nos dedicamos) lo realiza, como “por excelencia” -gracias al don soberano de la palabra que posee (o por el que está poseído)- el poeta, el “vate”, el iluminado, el que habla y canta en representación de todos los demás. Y es así porque la palabra poética es la que se libera de las contaminaciones del uso cotidiano y vulgar, la que sigue siendo palabra primal e inocente, la que “existía desde el principio de los tiempos” y que recupera en la voz del poeta su aura de inocencia, de profundidad y de trascendencia. La palabra poética es la culminación creativa de la transparencia metafísica, “La transparencia, dios, la transparencia” del clamor de Juan Ramón Jiménez. Y en este escenario anual de la Navidad todos somos un poco poetas, transparentes y transcendidos…

          Es ese encuentro metafísico en el espacio intemporal de la palabra, lo que confiere al presente la dimensión de lo permanente, y a lo concreto, dimensionable en el espacio y en el tiempo, la dimensión de lo atemporal y de lo eterno. Porque “cada vez que digo una palabra se hace un milagro”, dijo el poeta Luis Rosales. Y es que morirá una madre, todas morirán algún día, pero seguirán existiendo, inextinguibles y plenas, en el interior incesante de la palabra “Madre”.

         De alguna manera, todo lo que nosotros reconocemos, y con lo que pensamos y vivimos, de cuanto existe, es elaboración y magia del lenguaje. Dice también el poeta Luis Rosales: “Cada vez que se dice, por vez primera, una palabra se ensancha el mundo conocido”,y cuando digo la palabra envidia el mundo amarillea”, “y al pronunciar la palabra azucena se va abriendo una flor

          Todo esto lo corrobora el filósofo Kirkegard: “La realidad no existe: la construimos con nuestras palabras”. El Adán que pervive dentro de cada uno de nosotros, al darle el nombre a cada cosa, igual que en aquel Edén inaugural, le va delineando su entidad, le va concediendo su peso de valor, la va distinguiendo, identificando, comprendiendo, interiorizando… , dentro de ese espacio divino de su mente donde el mundo es reiteradamente creado y recreado, descubierto, reorganizado, retocado y embellecido (por eso los griegos le llamaron “cosmos”, de donde viene nuestra palabra “cosmética”, que significa lo que embellece). Yahvé Dios no dejó su obra completa. Quiso que el hombre, el Adán y la Eva que somos cada uno de nosotros, la fuéramos completando y embelleciendo día a día, para poder ser felices en él, con la herramienta primordial –“por la que todo fue hecho”- : con la Palabra.

          Así cantó Juan Ramón a la palabra pura, original y trascendente: “¡Palabra, cáliz único, / único pecho, urna sola, / el olor de una rosa / es en ti el de todas las rosas, / la voz de una mujer, / la voz de todas las mujeres, / el de una luz, el de las luces todas; / palabra, eterno olor, eterna luz, / música eterna!”.

Martes, Diciembre 18th, 2007

                Precioso el relato, Antonio, de tu viaje bajo la lluvia, abriéndote paso en coche entre  luces horizontales, contemplando un mar con camisa gris de rayas blancas, sin cielo que le guiñase estrellas, dejando atrás “el ómnibus perdido” de John Steinbeck, pensando en eso tan normal y sencillo del paisaje “que casi siempre habla sin ruidos”, dices (a veces con truenos y zumbidos espirales de tornados, digo yo); de ese paisaje –qué bellamente lo dices- que siempre “nos habla y nos cuenta historias”…

                Es verdad, Antonio, el paisaje nos habla con imágenes, como la mejor Publicidad de nuestra supertecnificada Sociedad de Consumo, pero sin manipularnos: Sin crearnos necesidades artificiales para ofrecer enseguida ofertas de falsa satisfacción inmediata al insaciable deseo de nuestra condición de seres anhelantes (como nos definió Píndaro, cinco siglos antes de nuestra era); sin hacernos confundir “felicidad” con “satisfacción”, como si la felicidad estuviera en las masivas “satisfacciones” de la oferta publicitaria, cuando la palabra satisfacción deriva del término latino “satis” (“ya tengo bastante”, “no quiero más”, significa), cuando el “truco” de la Publicidad  y su efectividad consiste precisamente en hacernos sentir que “nunca tengo bastante”;  sin hacernos creer, sobretodo, que “soy más cuanto más tengo”, con la añagaza del reloj “Viceroy”, “no por lo que tengo sino por lo que soy”, cuando el valor de “lo que soy” va a depender de la adquisición de ese reloj que se nos publicita con el misterio de Antonio Banderas…

               De todo esto les hablé hace pocos días a los simpáticos reporteros de Canal Sur TV, para el programa “Los Reporteros” que se retransmitirá el día 21, con la intervención también de José Antonio Marina.

                Amigo Antonio Espinosa, ahora que estás en la “normalidad de la vida”, a dos días de “ese atardecer en el que el mar era gris y blanco”, quiero decirte que, además de buen científico y buen catedrático de farmacia, eres un buen escritor y descriptor…

Domingo, Diciembre 16th, 2007

Hola, amigos: Venía pensando, en esta soleada mañana invernal, acercarme aquií, a la plaza, al Ágora digital, a encontrarme con vosotros; traía los ojos todavía deslumbrados y heridos por el imponente testimonio fotográfico, expuesto en la Sala Museística de esta ciudad, de deshechos humanos, victimas de guerras, sequías, hambrunas, epidemias, cataclismos, miseria…, como una metáfora de la venganza de crueles dioses ancestrales, entre los grandiosos paisajes africanos de montañas, llanuras infinitas, desiertos habitados, animales salvajes, plantas del Paraíso…

        Fotos estremecedoras, tomadas por Sebastiâo Salgado en Nigeria, Namibia, Sudán, Etiopía, Ruanda… Me había fascinado una de ellas, de refugiados exhaustos en el campo de Kalema, al oeste de Tigray, tras una noche entera caminando para no ser ametrallados por la fuerza aérea de Etiopía, envueltos por una nube de arenas espectrales entre las que se filtraban los rayos tenuamente luminosos del sol amanecido…

            Contrastaban estas imágenes, con los preciosos adornos y las luces de Navidad  que adornan las calles y avenidas de nuestras bulliciosas ciudades, enderezadas y regeneradas, también, de guerras y miserias…

 

            …Venía pensándolo para comentarlo con vosotros, cuando… me he caído en plena calle, he dado con la cara en el suelo, me han ayudado a levantarme, me han acompañado al cercano hospital de la Cruz Roja, he llamado por el móvil a Julia…, y aquí estoy, con vosotros en la plaza digital, con la nariz como un pimiento rojo, abierta en el arco y recosida, el labio partido, un diente roto, las manos desolladas…  “No somos nadie”, es lo que suele decirse.

        Pero, después, leyendo las profundas y bellamente expuestas  reflexiones de José Mª, me he preguntado ¿no es verdad que “podemos desterrar –venciéndolo- al invasor”?

Jueves, Diciembre 13th, 2007

                          Leyendo los comentarios de Antonio y de José Mª, tan humanos y tan bellos, me bailan las neuronas en medio del bosque del cerebro y se me aquietan los vientos en la explanada del corazón… (Reconozco que esto me ha salido muy cursi, pero es que me han llenado de regusto las confidencias de mis amigos). ¡Qué bonito, qué profundo! eso que dice Antonio, así, tan sencillamente, de que la belleza del exterior va, en buena parte, en el interior de uno, ¡como el amor! Y su insistencia en querer encontrar la belleza en lo normal de la vida, con todas sus imperfecciones y limitaciones, porque lo bello no está en las cosas sino en cómo las miremos con los ojos del corazón, y la capacidad de amar –también lo pensaba Erich Fromm en El Arte de Amar- no está en el mayor o menor atractivo del objeto o ser amado sino de la proyección de belleza, generosidad y plenitud que uno sea capaz de proyectar. Su recuerdo de Carmen Martín Gaite, de quien leí en mi juventud su primera novela “Entre visillos”, que colmó de asombros mis propias rutinas diarias. Con un poso de serena melancolía…La evocación de José Mª de fascinaciones infantiles ante en escenario, anualmente reencendido, de la Navidad; su sutil referencia al cántico de amor Juan de la Cruz, “¡Oh cristalina fuente / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente/ el rostro deseado/ que tengo en mis entrañas dibujados…”  

             Y no me resisto, en medio de las tragedias de los tiempos que vivimos, y las con las esperanzas de la cercana Navidad, a alzar la mirada y hablar de otro amor, expresado en un bellísimo poema de Neruda, canto al amor universal frente al terrorismo y la desesperanza, y testimonio de nuestra pertenencia a una sociedad global de seres humanos y humanizados:        

     “Vamos, poema de amor, levántate de entre los vidrios rotos, que ha llegado la hora de cantar. /Ayúdame, poema de amor, a restablecer la integridad, cantar sobre el dolor. /Es verdad que el mundo no se limpia de guerra, no se lava de sangre, no se corrige del odio. Es verdad. / Pero es igualmente verdad que nos acercamos a una evidencia: los violentos se reflejan en el espejo del mundo y su rostro no es hermoso, ni para ellos mismos. /  Y sigo creyendo en la posibilidad del amor. Tengo la certidumbre de el entendimiento entre los seres humanos., / logrado sobre los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados”. 

            Y me marcho rápidamente que vienen esta mañana a mi despacho “Los Reporteros” de Canal Sur, a hacerme una entrevista sobre “consumo y consumismo”…

Domingo, Diciembre 9th, 2007

           
            … Y Madrid era una fiesta, igual que el París de Hemmingway, un tumulto, en el puente de la Constitución, un holgorio: nunca vi más bulla ni bullicio por Gran vía, calle Preciados, Puerta del Sol, Plaza Mayor, la Cibeles… Tal abarrotamiento que no se podía avanzar, en un Madrid cálido y helado al mismo tiempo, deshabitado de madrileños, inundado de visitantes…
 

            Hoy, bajo las luces encendidas de la cercana Navidad, le querría sugerir a José Mª que quizás en la ciudad del amor no existan “otros”, ni “el otro”, ni “tú” ni “yo”. La ciudad del amor sólo está habitada por “nosotros”…

               he estado recordando (también al calor de la Navidad) que, en mi diaria experiencia clínica, cuando he aplicado el “Test de Asociaciones Condicionadas”, encuentro una palabra que se repite como eco recurrente en muchas personas de cualquier género o edad: la palabra es cambiar,  mi mayor deseo es cambiar”, “algún día cambiaré”, “sería feliz si cambiara”…  Y recuerdo siempre aquello que escuché a mi gurú indio Antony de Mello: “No queráis cambiar: el deseo de cambiar es enemigo del amor…”, nos avisaba. Y es porque el verdadero amor exige  incondicionalidad, es amor sin condiciones. Es por esto por lo que el amor auténtico no compagina el deseo condicionante de cambiar, de ser otro, distinto, como muchas personas expresan con dolor y desesperación, para ser digno de amor, para concitar en alguien la mirada del amor, “para que me quieran”…¿Cuándo, dónde, se inocularía este virus maléfico en el pensamiento de tantas personas? ¿Quién les induciría a tan cruel negatividad consigo mismo? Como si hubieran interiorizado en las cavernas de su pensamiento la agria presencia de un progenitor exigente, reprochador incesante, implacablemente despreciativo.               

                Yo pienso que todo ser humano, a cualquier edad y de cualquier género, necesita para sobrevivir la interiorización positiva de una dulce imagen materna, un componente intrapsíquico personal que nos reconcilie permanentemente con nosotros mismos, que nos acepte, que nos valore, que nos reconozca, que nos defienda, que nos respete. Esto es lo que nos llena el vaso del amor, si es que queremos dar de beber a otros de él. Me hablan de un  libro de  J. V. Bonet, “Sé amigo de ti mismo”, escrito con el propósito de hacernos comprender que esta es la base de la verdadera autoestima, condición ineludible para lograr el equilibrio psíquico, la felicidad, incluso la salud mental.            

             Pero aunque, como vengo diciendo, el verdadero amor no compagina con la autoexigencia obsesionante por cambiar (que traduce autorrechazo y déficit de autoestima) sí es auténtico amor el deseo ilusionado de superarse,  de progresar, de completarse y autorrealizarse, de ser mejor cada día…Porque amar, como nos dice José Mª es tocar con los dedos el infinito…

Domingo, Diciembre 2nd, 2007

                         Enmedio de los fríos de este apresurado invierno en anticipo, me han estado calentado vuestras reflexiones sobre el amor y me ha encantado, por su impactante realismo, la interpretación que del amor nos da Antonio Espinosa, como “la felicidad imperfecta”…Porque la felicidad perfecta es una utopía que requeriría, para su realización total, un genuino y también perfecto amor a uno mismo, que es adonde se dirige, con todo su potencial energético natural, la dinámica biológica de nuestro instinto.

 

            Y quiero insistir en que el amor a sí mismo no es egoísmo, que la persona egoísta es precisamente la que no se ama, no sabe amarse (o no se lo han enseñado), y  por eso pretende ansiosamente llenar su vacío afectivo con el amor, o el interés, o la preocupación, o el cuidado de los demás. Tampoco el amor a uno mismo es arrogancia: la arrogancia no pertenece al lenguaje del amor, sino al del miedo. Ni es vanidad: la vanidad es un maquillaje, falsamente autocomplaciente, de la inseguridad personal.

 

            Amarse a sí mismo, en la teoría de Wilhein Reich, supone saber dirigir la energía cósmica en la propia dirección centrípeta.  Según esta teoría, el universo está energetizado, y cada uno de nosotros es como un condensador de energía cósmica. El amor es la fuerza catalizadora y distribuidora de esa energía que mantiene al Universo cohesionado y equilibrado. Y cada persona particular es también un universo, un microcosmos cohesionado y en equilibrio gracias a la condensación y conservación dentro de su organismo de esa energía cósmica canalizada y regenerada  por el amor. Está claro, como diría Antonio E., que esto no es ciencia; tampoco creencia. Es simplemente un paradigma clarificador del pensamiento.

 

            El razonable amor a uno mismo es sustancialmente depósito surtidor del amor hacia los demás. No podré dar a beber a otro de mi copa de amor si la tengo vacía.  Es tan urgente y tan necesaria esta reconversión del potencial dinámico del amor hacia nosotros mismos, que ha movilizado todo un nuevo sistema pedagógico empeñado en promover y reforzar la llamada Autoestima. La necesidad de Autoestima, así como la de Autoafirmación y la de Autoprotección, que son tres modos esenciales de amor a uno mismo,  constituyen las tres necesidades básicas, derivadas del instinto primario de conservación, para garantizar la vida y el progreso del ser psíquico en la existencia: saber amarse es también lograr mantenerse firme en la vida y procurar defenderse de las amenazas e insidias que nos acechan en el cotidiano camino de vivir…