Lunes, Noviembre 26th, 2007
Durante este frío fin de semana, hemos dejado Julia y yo metamorfoseada nuestra casa en magia y luces de presagiada Navidad, anticipando la llegada, en pocas semanas, de nuestra hija… Mientras, en los helados atardeceres, bandadas de innumerables pájaros oscuros se ofrendaban en danza inquieta al cielo de Córdoba que se enmarca, entre rojizas pinceladas de sol poniente, tras de nuestros ateridos cristales…
Y, a propósito de vuestros comentarios sobre el amor, quería insistir –desde una dolorosa experiencia de mi actividad clínica de estos días- en que ya terminó la etapa de “las medias naranjas”, cuando dos seres incompletos se unían para completarse, en una especie de hermafroditismo psicosocial. A eso no se le puede llamar amor, en cuanto que el amor es la expresión más auténtica de la plenitud y de la autorrealización de la persona. Eso es pura inmadurez psicológica y palmaria indigencia humana, como lo asegura Erich Fromm en “El arte de amar”, donde afirma que cuando una persona le dice a otra ‘no puedo vivir sin ti” no está expresando su amor, sino su propia insuficiencia y dependencia. Tampoco se trata de lo San Buenaventura conceptuó como “amor extático”: amar es salir de sí mismo para fundirse con la persona amada. En esta etapa de nuestro desarrollo sociocultural y humano se necesitan “sí mismos completos”, seres autónomos y autosuficientes que se aman sin dejar de ser ellos mismos, se vinculan, participan, se comprometen, crean y crecen juntos, como crecen los árboles, hacia una frutal y floreciente maduración progresiva.
En la práctica, el ejercicio del amor necesita, al mismo tiempo, la cercanía y la distancia, la diferenciación y la convergencia, la compañía y la soledad. “Estad juntos, pero no demasiados juntos; bebed del mismo vino, pero en distintas copas; comed del mismo pan, pero en pedazos repartidos…” clamaba el profeta iraní Gisbram.
De lo contrario se crea una amalgama, con frecuencia confusa y tensionada que, como en los campos magnéticos, al menor roce produce chispas. Recuerdo a este respecto un “martirio chino” que, según he leído, se practicaba antiguamente en Asia. Consistía en castigar a los amantes adúlteros metiéndolos desnudos en un pozo estrechísimo en el que tenían que permanecer pegados piel a piel, cuerpo a cuerpo, hasta que…terminaban los amantes devorándose de rabia y desesperación.