A propósito de la entrada del otro Antonio, y de su nobilísimo ‘oficio’,  se me ha ocurrido para empezar la semana este slogan arquitectónico: Construirnos y re-construirnos cada día con los mejores ladrillos de uno mismo… Con esta ilusión es cómo avanzamos en nuestra efusion vital, orientando nuestro deseo y nuestros sueños hacia la utopía del propio perfeccionamiento y, en definitiva, del de la Humanidad.            

                El cerebro humano, que es la estructura orgánica de mayor y más admirable complejidad y perfección lograda en el proceso evolutivo de las especies, es primordialmente un órgano de supervivencia, igual que lo son las garras del animal de presa. Pero también es verdad y evidente que nuestro cerebro está diseñado, dotado y dispuesto para funciones mucho más diversificadas y evolucionadas que la de esa función elemental, aunque imprescindible, de sobrevivir, que es en lo que desgraciadamente la emplean y la agotan casi en exclusividad ( a veces, por necesidad y, a veces, por estulticia) una enorme cantidad de personas en el estado actual de nuestra llamada “civilización”.            

               Recuerdo que Albert Camus escribió en su libro “La chute”, entre amargo y decepcionado, que si alguna vez hubiera que describir al ser humano de su generación, lo único que se podría decir de él es que “fornicaba y leía los periódicos”.  Y pienso con desaliento que, a estas alturas de nuestro “progreso humano”, la actividad de leer periódicos, que considero sana y útil porque aprovecha al menos una base muy válida de inteligencia, está sustituida por “mirar los programas del corazón”…            

                Por favor, que no se nos intente hacer creer que la vida (“la vida en directo” como se anuncia el programa Gran Hermano) es solamente eso, y que no se nos desaliente en la humadísima empresa de aprovechar nuestras capacidades mentales para alcanzar la cima de muchas ilusiones soñadas.              

               Me vienen a la memoria unos versos sentenciosos de Miguel de Unamuno ya citados en las primeras entradas de este blog: “El secreto del alma redimida: / Vivir los sueños / al soñar la vida”.    

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5 Responses to “”

  1. Fernando Pinzon Says:

    Nuestra amiga Isabel Agüera me manda este artículo suyo, publicado en un periódico local, y tiene gusto de compartirlo con nosostros:

    “¡Vaya si me daba miedo aquel catafalco que en mis años de niña se colocaba en medio de la iglesia durante todo el mes de noviembre! Yo creía que debajo de aquella colosal mole estaban los muertos y con mi velo hasta las rodillas asistía a los solemnes responsos, cuya música de fondo era un ininterrumpido doblar de campanas. Pero los muertos estaban también en los cementerios, y allí, de tumba en tumba, el sacerdote de turno, hisopo en mano y rodeado de monaguillos responseaba, mientras las monedas caían ruidosamente en los cepillos. Sí, cada año los cementerios se colman de gente que asiste a conmemorar el día de los difuntos. Nada tengo que objetar a este culto a los muertos, fiesta internacional de origen religioso en la que se conjugan lo mágico y espiritual.
    Es cierto que en todas las culturas encontramos una fiesta dedicada a los antepasados, a los que en unos casos se llama difuntos, en otros santos, y mucho más atrás en la cultura romana, lémures, lares o manes. Pero resulta que ya los muertos no están solo debajo de los catafalcos –¡qué disparate!– ni están solo en los cementerios o en el reino de los cielos, los muertos en estos tiempos andan en coches fúnebres delante o detrás de los nuestros, en caravanas de tráfico, embotellamientos o, sencillamente, a gran velocidad por nuestras calles y avenidas ante la indiferencia absoluta del personal. Es decir, los muertos, como una mercancía más, están ahí, como está el camión del butano o la coca-cola.
    Tan sólo un instante, deberíamos guardar silencio, dejar paso a esos coches, cargados de coronas, que soportan el último paseo que un ser humano hace por lo que fue su escenario de vida. La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir, y yo creo que sí, que todos somos un poco cadáveres, porque la maravillosa práctica de vivir la hemos deshumanizado, “mercanciado”.

  2. Faustina Says:

    Tras el telón, con cientos de cierres rojos entre sus pliegues, espera doña Inés del alma suya. Alma de pendenciero galán con mil historias, que , entre bravuras y engaños, se redime por amor. Amor que escapa de palacios, de conventos y de tumbas y se arrulla frente al río con versos de tragedia, de pasión , de sentir puro. Amor que traspasa la muerte o la desea si no lo tiene :

    “D Juan, D Juan, yo lo imploro
    de tu hidalga compasión:
    o arrancame el corazón
    o ámame, porque te adoro. ”

    Siglos antes, Quevedo describía el sentimiento amoroso imperecedero, rematando un soneto magistral con unos versos de extraordinaria fuerza poética:

    “… médulas, que han gloriosamente ardido
    su cuerpo dejarán, no su cuidado.
    Serán ceniza , mas tendrá sentido.
    Polvo serán, más polvo enamorado.

    Y desde siempre, en la poesía de doncellas y galanes, en las tragedias de amores prohibidos, en el suspirar de butacas de cine, se ha soñado con el amor eterno, el que consigue traspasar los límites de la existencia terrenal.
    Y desde Doña Inés, revivimos el mito literario cada año. Y revivimos también, junto a él, el rito de la muerte y sus flores y sus lápidas limpias, con el recuerdo de amores que se fueron sin retorno. Porque el rito es caduco y el mito es eterno.

    Yo quiero sentirme Doña Inés un rato de mi vida al año. Y suspirar a orillas de mis rios o en el interior de mis celdas, mientras una sociedad que consume extranjerismos, disfraza fiestas de calabazas y brujas con música de discoteca.
    Entonces, me atreveré a versionar a Zorrilla y diré:
    ” Cuán gritan esos malditos
    pero, mal rayo me parta,
    si, en concluyendo la carta,
    no logro olvidar sus gritos.

  3. Isabel Agüera Says:

    Fernando, gracias por ser de alguna manera portavoz de mis sencillas pero auténticas reflexiones. Leo con frecuencia este blog, y tus cálidas y sabias palabras son siempre un estímulo en el rutinario -para mí maravilloso- correr de los días.

  4. José María Carrascosa Says:

    Isabel Agüera y Faustina han descrito con plasticidad el rito de difuntos y las viejas tradiciones de este día. He recordado, casi con nostalgia, el “D. Juan Tenorio” de la Noche de Difuntos, repetido como un ritual inexcusable, por Televisión Española. La costumbre ha perpetuado, durante largo tiempo, estos ritos. Pero van siendo devorados, como apunta Isabel, por las nuevas culturas…

    (Recuerdo, como en un sueño antiguo, aquellas carrozas mortuorias que atravesaban nuestras calles, tiradas por caballos negros… En ellas iba el féretro, rodeado de coronas de flores… El cochero, por supuesto, también vestía de negro. Abría el cortejo el sacerdote, ataviado con su negra capa pluvial. Entonaba el “Libera me Domine, de morte aeterna”, con voz monótona y cansada, porque la salmodia, si había más de un enterramiento al día, había que repetirla varias veces… Los hombres, al pasar la carroza, se quitaban la gorra o el sombrero e inclinaban respetuosamente la cabeza… Eran tiempos antiguos… En el cementerio, había luces y flores sobre las tumbas. Especialmente, el día de los difuntos, se esperaba que el sacerdote de turno derramara con el hisopo una buena cantidad de agua bendita sobre la tumba del difunto… Con el tiempo, aquellas luces mortuorias, que tanto me fascinaron de niño, fueron dejando de ser pequeñas mariposas, nadando sobre un recipiente de aceite, para convertirse en diminutas bombillitas eléctricas. También al cementerio fue llegando la modernidad…).

    Siempre me pregunté por qué las flores y las luces tenían que adornar e iluminar las tumbas de los muertos. Incluso, comprobé, a veces, que personas de cultura elevada, no dejaban pasar el día de los difuntos sin encargar a un electricista que iluminara adecuadamente el nicho de sus antepasados… ¿Por qué todo esto?

    La muerte, para el hombre, siempre ha sido un hecho misterioso. El “más allá” le ha causado miedo. Y todo lo relacionado con ese nuestro trasmundo lo ha tratado con “temor y temblor”. Ha simbolizado y recreado ritos que han manifestado su creencia y familiaridad con el mundo funerario. Ha puesto luces a los muertos, ha adornado con flores la tumba, le ha dejado comida preparada al difunto, para que éste sea “bueno” con los familiares y su “mana” (poder) no sea peligroso para ellos. A los muertos hay que tenerlos “contentos”, pensaba el hombre. Incluso, por eso, durante algún tiempo (aún existe la costumbre en algunas tribus primitivas) es conveniente enterrar al cadáver en la misma casa familiar. El muerto sigue perteneciendo a la familia. El difunto debe saberlo así. No es bueno ni conveniente apartarlo del núcleo familiar, al menos durante algún tiempo… Después, pasado el tiempo ritual, se trasladaba el enterramiento a un lugar “sagrado” destinado a ello.

    Levy-Bruhl, al estudiar el pensamiento primitivo, afirmaba que este hombre ignoraba el principio de identidad, por lo que se sentía parte del grupo en que vivía. Esta identidad con el clan, en muchas culturas, abarcaba también a los difuntos familiares. Levy-Bruhl presenta la vida del primitivo como un círculo cerrado, familiar, impelido por ritos circulares en los que tras la muerte, el entierro y el periodo luctuoso, se vuelve de nuevo a una nueva vida, en un renacimiento que, tras iniciación y edad adulta, desemboca, de nuevo, en una nueva muerte. (Esta es la razón por la que algunas tribus entierran a sus muertos en “cuclillas”. Era la posición del embrión que esperaba un nuevo nacimiento).

    En algunas tribus del África Occidental, al nacer un niño se le ofrecían objetos usuales de muertos familiares: pipa, cuchillo, lanza, etc. Si el niño tendía la mano hacia alguno de esos objetos, la tribu entendía que el difunto reconocía su “pipa” o su objeto querido… El antepasado había vuelto a la vida: se había reencarnado en un nuevo niño de la tribu. Si, por el contrario, el recién nacido abandonaba esos objetos, la madre diría: “nos equivocamos al pensar que podías ser “fulano” o “mengano”…

    De los difuntos, como veis, puede hablarse mucho. También de las tradiciones y costumbres que envuelven el misterio de la vida y la muerte. Hablaremos, sin duda, más adelante, de ello. Ahora, como botón de muestra, siguiendo a Isabel A. y Faustina, sólo he querido añadir algún brochazo para enriquecer un poco más este pintoresco cuadro de nuestra amplia cultura funeraria.

  5. Antonio Espinosa Says:

    Cuando hablamos de la muerte, como magistralmente habéis hecho todos vosotros, amigos/as del blog, nos liberamos del miedo o temor que nos produce su existencia. Tradicionalmente, asociamos a ese término todas las connotaciones negativas posibles…, excepto en las religiones. Me pregunto que por qué será así. Cualquier cosa, incluido el amor, nos puede llevar a la muerte. Yo os voy a recordar una pequeña fábulaJuan de Dios para llegar a mi casa. Reconozco que las pulsaciones alcanzaban valores patológicos y que mis pies chocaban en mi trasero. A lo mejor por eso he desdramatizado el tema de la muerte y la veo ahora de otra manera.
    Ahora me pasa lo que al gatito pequeño.

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