Nuestro amigo José Mª se caló de nuevo el birrete (“se caló el chapeo”, que dijo el clásico) y tejió una muy bien trabada clase magistral. Nos presenta la conciencia de una vocación universal y el sentimiento de pertenencia  (así se llama en psicología), de “lo mío”, traspasando los límites de las pequeñas circunscripciones, como una suprema conquista del espíritu humano. Eso es lo que tan bellamente contiene el poema de Miguel Hernández: “La familia del hijo será la especie humana”…            

                        Frente a este espléndido panorama iluminado por el sol que a todos nos calienta, nos hemos vuelto a ensombrecer, a horrorizar, por la última acción del fanatismo terrorista.

                       Ese sentimiento de Pertenencia, imprescindible para nuestra personal supervivencia y para la supervivencia de la especie humana, se realiza y se actualiza, como nos explica magistralmente José Mª; en distintas esferas o grupos a lo largo y ancho de nuestras vidas (pertenencia al grupo familiar, o social,  o nacional, o profesional,  o religioso, o político, o deportivo….) y lo expresamos, profesamos  e interiorizamos con el persistente posesivo mi, “mi familia”, “mi religión”, “mi club deportivo”, “mi partido político”, “mi nación”…. 

 

                           El ataque de alguien externo a cualquiera de esos grupos de pertenencia (ataque a mi familia, a mi religión, a mi nación, o a mi equipo de fútbol…), afecta a todo el sistema neurovegetativo y psicosomático del individuo, hace segregar las glándulas suprarrenales, estimula emociones apasionadas, acumula adrenalina en la sangre acelerando los latidos del corazón, moviliza y agiliza la función motora…como si el propio individuo fuera el objeto directo y único del ataque. Esto lo hemos experimentado todos alguna vez, y entra dentro de la función normal del sentimiento de Pertenencia.      

                         Sin embargo, cuando se absolutiza y  maximaliza este sentimiento identificador de  nuestras limitadas Pertenencias, son insospechables y terribles, por su ferocidad, irracionalidad y destructividad, las reacciones que el individuo, amasado vital y emocionalmente con su grupo de Pertenencia, puede llegar a activar. Cualquier acción (incluso la acción terrorista más ignominiosa y destructora) que aniquile o castigue a quienes   se opongan al reconocimiento de la propia grandeza, identificada con la del grupo de Pertenencia (nación, región, religión, partido político, o equipo de futbol…) estará fanáticamente justificada, incluso premiada eternamente con la “imperecedera gloria” nacionalista, o con el Paraíso de los fundamentalistas islámicos…  

 

                           Desde el punto de vista de la Psicopatología, este sentimiento de Pertenencia absolutizado y fanatizado puede quedar inscrito dentro del cuadro nosológico conocido como Trastorno narcisista de la personalidad, que viene a ser como la perversión patológica de la necesidad personal y del deseo normal de reconocimiento y de autoestima.  Porque al fanatizar la grandeza nacional o regional, lo mismo que al absolutizar y maximilizar el valor de un pensamiento de fundamentalismo religioso, o de un partido político, o las creencias de una secta, o la adhesión a un equipo de fútbol, se está engrandeciendo al propio Yo, absolutizado y maximilizado narcisísticamente en virtud de ese sentimiento indentificador de Pertenencia, hasta el extremo de poder llegar a inflarlo de una megalomanía tan perversa que le justifica la potestad y el derecho, como un redivivo Caín bíblico, a decidir sobre la vida o la muerte de sus hermanos y a manchar con su sangre, ¡maldito sea!,  sus manos fraticidas

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3 Responses to “”

  1. Antonio Espinosa Says:

    He visto que el tema se ha reavivado con las dos excelentes aportaciones de los dos grandes maestros que animan el diálogo, Fernando y José María. Yo ya me había quedado en ese pajarillo que hace lo que puede…, pero ahora debo sufrir otra evolución -como se dice en la jerga de los Pokémon; se nota que tengo nietos- y agarrarme de nuevo a mi particular péndulo. Magistrales ambos, uno con el concepto de “lo mío” y otro con el del fanatismo de lo mío”, quisiera hacer mención de una novela que me impactó. Se trata de “La vida nueva” del Premio Nobel turco 2006 Oehan Pamuk. Alguien, unos jóvenes, entre ellos uno de los protagonistas, lee un libro y transforma su vida, que a partir de ese momento se transforma en un viaje eterno en autobus en busca de La Vida Nueva. La acción se desarrolla en Turquía que, como en otros sitios, está dividida en dos Turquías conceptualmente diferentes. No quiero contar nada más por si alguien se interesa por la novela. La conclusión a la que llega Pamuk es la conclusión a la que se llega siempre. Y está más cerca del fanatismo que de lo mío o lo nuestro. La activación del tema ha tenido la propiedad de sacarme de mi posición de pajarillo. Ahora no se puede permanecer utópicamente en ese lugar: búsqueda de La Vida Nueva. Ahora toca saber por dónde caminar.

  2. José María Carrascosa Says:

    Antonio Espinosa, científico, profesor y, sobre todo, amigo, en su última entrada, deja abierta una pregunta, nada retórica, que exige respuesta. No se puede permanecer utópicamente siendo pajarillo, dice. “Ahora toca saber por dónde caminar” para “la búsqueda de la Vida Nueva”… En realidad darle vueltas al tema, proclamar la utopía, no significa conseguirla. Es sólo un lejano norte, quizás marcado por una soñada e imaginada rosa de los vientos que, muchas veces se nos queda lejos.

    Quizás sea necesario para obtener respuestas, para encontrar al hombre, redefinir el sentido de aspectos tan vitales como el de la elección, la libertad, el sentido de pertenencia, la integración de lo “mío” en el “nosotros”… En definitiva, la “Vida Nueva”. La inmersión en una omnipresente globalización, nos obliga a tomar partido en responsabilidades fundamentales, nunca imaginadas. Cada individuo se halla activa y pasivamente, a la vez, presente en cualquier rincón de nuestra tierra. Es coextensivo a todos. Es dueño de casi todo, pero quizás no sea aún dueño de sí mismo. Puede destruir todo vestigio de vida, si quiere, pero, igualmente, puede abrir caminos de existencias múltiples, casi insospechadas. Se necesitará, probablemente, una pedagogía social y antropológica para encontrar los caminos “humanos” necesarios, muchas veces perdidos.

    Hoy voy a abrir un pequeño paréntesis. No es ajeno del todo a lo tratado. Quizás tenga otra música. Pero sólo es la música… No, la letra.

    Revolviendo unos viejos papeles, he encontrado unos apuntes en los que Fernando y yo habíamos garrapateado unas sencillas notas. Y, entre ellas, había un poema de Stephem Crane en el que el poeta pintaba un hombre caótico, perdido en su egoísmo. Recuerdo que el poema nos llamó la atención. Era una pintura cruda, sin pasteles de “color caramelo”. La pincelada era descarnada, porque así era la realidad para el poeta. Decía así: “EN EL DESIERTO VI UNA CRIATURA DESNUDA, BESTIAL, / QUE, EN CUCLILLAS EN EL SUELO, / TENIA ENTRE LAS MANOS SU CORAZÓN / Y COMÍA DE ÉL. / LE PREGUNTÉ: “¿ES BUENO, AMIGO?” / Y ÉL ME CONTESTÓ: “ES AMARGO…, MUY AMARGO, / PERO ME GUSTA… PORQUE ES AMARGO / Y PORQUE ES MI CORAZÓN”.

    ¿Qué os parece? Triste pintura. Buena ejecución… Pero duro paisaje. Si es esto todo lo que tenemos, mejor es olvidarnos de seguir pintando… Pero, lo más seguro es que aún podamos intentar cambiar los tonos, los colores, la atmósfera de ambiente. Con pinceles gastados y, quizás, con colores mediocres, sea tiempo aún de transformar nuestro cuadro y lograr que lo que era ocre y apagado, vuelva a lucir de nuevo. Con la argamasa de una vieja obra, podremos, seguro, mezclándola de nuevo, levantar un edificio alto, resistente a los vientos. Vale la pena, al menos, intentarlo.

  3. Antonio Espinosa Says:

    Os lo venía diciendo, sois dos grandes maestros en el arte del diálogo, queridos amigos Fernando y José María. Pero el tema está en una posición justa para hablar de nuevo de la Utopía. Stephen Crane relata lo que sucede cada día en cada uno de nosotros. El corazón amargo es nuestro alimento. Considero que ni las religiones ni los credos políticos solucionan nuestros problemas como hombres y mujeres individuales, aunque lo puedan hacer sobre nuestra colectividad. Y esto hace que el coeazón amargo sea nuestro alimento, sin saberlo, sin desearlo y sin quererlo, cada día. Por eso, como hombres y mujeres individuales, debemos dejar volar nuestra Utopía. Creo que esto centra el tema y lo lleva a terrenos solucionables. Y mi Utopía os la transmito en modo de poema. José María me ha insistido mucho en que lo haga. Pues aquí va, os invito a dar Un Paseo por el Caos conmigo.

    Paseo por el caos

    Quisiera realizar un viaje al universo
    del desorden,
    reino del respeto innato,
    fundamento de todo lo ordenado,
    libre, sincero,
    mundo de vida y no de muerte.

    Me dirijo allí, no sé dónde,
    ¿será éste un lugar inexistente,
    algo que se encuentre sólo en mi mente?
    Debo hallar gente que, como yo,
    deseen emprender juntos ese viaje
    al desorden.

    Me han hablado de un sitio perdido
    en un bello monte,
    allí no llegan dogmas, ideologías,
    ni gente de orden,
    en ese lugar un pino es un pino,
    y un hombre es un hombre.

    Yo soy un viajero infatigable, buscador
    de la verdad libre,
    sin excusas, inadaptable,
    un rebelde
    que busca las puertas cerradas del campo
    con el deseo cierto de abrirlas.

    Y en esta búsqueda incesante,
    una luna, un poema y un mar con esquinas
    me hicieron contigo encontrarme,
    ¡ay!, amor, acompaña a este viajero
    en su viaje al monte perdido
    en ese espacio que vida llamamos.

    ¿Viene alguien?

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