Mientras mi hija volaba a Madrid entre las veloces  plumas plateadas del Ave, Julia y yo volvimos al mar, a mirarnos en sus espejos… Espejos esta vez empañados y ensombrecidos por una niebla tenaz, que el sol, desde la mañana del sábado, intentaba desgarrar con sus dedos de oro hasta dejarlos, desde el amanecer del domingo, calmosamente azul, refulgentes de cielo y agua…  Panta rei”, todo cambia, todo es un continúo fluir,  meditaba el viejísimo Heráclito, mientras yo intentaba escuchar, en el viaje de vuelta, alguna onda de interés y de esperanza, cambiando ansiosamente el dial de la radio…            

                Y siempre la palabra “cambio” me sugiere, fuera de los habituales usos políticos o mercantiles, el título de un libro clásico del comunicólogo y psicólogo alemán Paul Watzlawick, un libro de intencionalidad netamente psicoterapéutica: clarificar, ordenar conceptos, y propiciar una estrategia para la maduración y el ajuste del psiquismo individual, y colaborar en el saneamiento psicológico de nuestra desajustada sociedad.            

                El autor del libro viene a decir que existen dos modalidades operacionales de cambio: el cambio-uno y el cambio-dos. El cambio-uno opera por la introducción de modificaciones, más o menos substanciales, dentro de un sistema total que debe permanecer  inalterable. El cambio-dos supone la modificación, el re-cambio, de las bases del sistema total.            

                Los partidos políticos que anuncian y  se pronuncian con el escatológico slogan del “Cambio” lo que en definitiva consiguen ejecutar, como en el desafortunado parto de los montes, son una serie de insatisfactorios, a veces frustrantes, siempre incompletos, cambios-uno. Mientras el sistema total permanece inalterable, si no agigantado, reforzando y justificando en su supervivencia por efecto de esos mismos provisionales y desencantadores cambios. Esto es evidente mientras no se plantee el auténtico recambio (cambio-dos) de un sistema esencialmente competitivo, injusto y bronco, donde la única solución de supervivencia es hacerse fuerte con las armas y armaduras en uso (las económicas), y donde los posibles beneficios para la subsistencia sólo se obtiene arando la tierra del consumo y de la competición despiadada con los poderosos bueyes monetarios.              

               Frente a este hecho desolador, son oxigenantes del espíritu las palabras del viejo maestro psicoanalista Erich Fromm, pregonando proféticamente la necesidad de un re-cambio, la urgencia de un cambio-dos, que él  sólo supo entender como el cambio de los corazones: La necesidad de un profundo recambio del corazón humano no sólo es una demanda ética y estética, sino  que es también una urgencia psicológica, impuesta por la naturaleza patógena de nuestro actual sistema socio-cultural y político, capaz de engendrar monstruos maltratadores, pederastas, violadores, execrables terroristas, y jóvenes sin horizontes vitales ni esperanzas, autoaniquilados por excesos de botellones y cocaína. "Los rasgos de carácter engendrados por nuestro sistema socioeconómico, o por nuestra manera de vivir, son patógenos y a la larga enferman al individuo y, por consiguiente, a la sociedad", clamaba el profeta desde los desiertos y arideces éticas y humanas de nuestro pasado siglo…             

               Esperanzadamente quiero sugerir que es una realidad, psicoterapéuticamente experimentada, que precisamente el enfrentamiento vital  con los procesos de crisis es lo que  permite desencadenar los recursos en reserva del psiquismo, que, debidamente canalizados, operarían el necesario cambio: Esa desintegradota “neurosis colectiva” que emerge del sin-sentido de la vida, pone descaradamente de manifiesto la urgente necesidad humana de crear actitudes positivas ante la existencia, de recomponer modelos de identificación personal, de adherirse a objetivos renovados de autorrealización, de participar en un orden de valores dinamizadores de los esfuerzos y aspiraciones de la humanidad, de reedescubrir una identidad común, reconstructiva y positiva para  todos los seres humanos…              

                 Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana, en una civilización supertecnificada, plutocrática y moralmente famélica,  depende de un cambio radical del corazón humano…

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14 Responses to “”

  1. Violeta Says:

    Se me ocurren dos cosas, después de leer muy rápidamente lo que escribía Fernando, los tipos de cambio que se aluden serían lo que otros conceptuan como renovación y revolución sociales. La segunda idea no está sacada de los libros de Historia si no del contacto con mis alumnos adolescentes, que aspiran a ser famosos y ricos, cómo es lo de menos.

    Violeta

  2. José María Carrascosa Says:

    Habla Fernando, en su última entrada, del “cambio”. Recuerda el “Panta rei” heraclitiano. Y es cierto. Todo fluye. Todo se inscribe en un proceso de dinamismo evolutivo, dinámico o estático, según los casos, siguiendo la clásica, y ya antigua, división de A. Comte.

    Siempre he pensado, aplicando el tema del “cambio” a la dinámica social, que es la que ahora me interesa, que el cambio no sólo es necesario a la sociedad, sino que es inherente a ella misma. Las estructuras sociales conllevan, en sí, un margen de desviación que no es más que la tensión existente entre las fuerzas que operan en favor de la cohesión, de la integración social, y las fuerzas centrífugas que tienden, aparentemente, hacia la desorganización. La vida interna de la sociedad, como vida que es, está sujeta a crecimiento, a desarrollo. Y en todo crecimiento existe un proceso dialéctico y dinámico.

    Es claro que el cambio social también se puede inscribir en las dos dimensiones de las que habla Fernando, siguiendo a Paul Watzlawick: “Cambio Uno” (evolución, transformación de estructuras) y “Cambio Dos” (revolución de las mismas). En la sociedad, como en cualquier organismo vivo, ambas dimensiones se superponen, a veces, de manera inexplicable: la sociedad va cambiando “suavemente”, sin que en el proceso haya alteraciones considerables. Se trata de una evolución no esencial, simplemente “cuantitativa”, que da lugar al desarrollo dentro de una evolución vital “previsible”. Sin embargo, hay momentos en los que la vida “salta”, dando lugar a cambios “cualitativos” que propician la aparición de nuevas dimensiones esenciales de vida y existencia. Ambos momentos dinámicos son imprescindibles en la dialéctica del proceso. Lo importante es que este cambio, ineludible en el crecimiento, propicie nuevas formas de vida que hagan avanzar la existencia social. El cambio no sólo es bueno, sino necesario para crecer viviendo.

    Puesto que todo cambio que se origina en la sociedad implica desviación social, la situación anómica que se origina en el proceso, hay que inscribirla en un “conflicto de valores” que no es una simple fuente de desorganización social, sino una fuerza dinámica que conduce a nuevas “síntesis” de progreso, como término lógico de todo cambio dialéctico.

    Fernando aboga, en su comunicación al blog, por un cambio radical del corazón humano, que nos permita crear actitudes positivas ante la existencia. Seguro que ante los cambios sociales el hombre debe, como dice él, “adherirse a objetivos renovados de autorrealización… para redescubrir una identidad común…” El cambio social, sin duda, evolutivo o revolucionario, debe ser asumido lúcidamente por los hombres. Es nuestro patrimonio. Somos tiempo y todo lo del tiempo cambia… Es nuestro ineludible “Panta Rei”. Nuestra vida se realiza, así, creciendo, cuantitativa y cualitativamente, a través de las evoluciones o revoluciones de las estructuras que nos rodean. Posiblemente, sea, quizás, el cambio nuestra mayor inseguridad, pero, al mismo tiempo, es también nuestra mayor grandeza. Con él somos y con él crecemos.

  3. Antonio Espinosa Says:

    Hola a todos, no es fácil introducirse en el debate que mantenéis pero voy a intentar compartir con vosotros algunos pensamientos y vivencias. Acabo de regresar de Berlín y he visto el cambio, con mis propios ojos. No sabría decir a qué grupo pertenece, pero me temo que sea al cambio-uno. Allí está y es observable una nueva ciudad (¿recordáis la película La vida de los Otros?). El centro Sony con su increíble cúpula, el Parlamento con la aportación de Norman Foster (otra cúpula), las i´nterminables y amplias avenidas. Algo que antes no estaba. Creo que el tiempo es eso, una especie de espera para tener lo que antes no tenías. Pero… eso no es cambio, ni uno ni dos. Cambio es otra cosa, algo diferente que, en cualquier caso, se acerca más a los dos que a lo uno. Lo demás es tiempo. Y algo más que siempre necesitará de tiempo.
    Me he preguntado muchas veces si existe el cambio, si nuestro mundo lenta o súbitamente responde a otros principios. Y he llegado a una conclusión que os traslado: no es posible el cambio social (el cambio de todos al mismo tiempo) si antes no se produce un cambio en los principios filosóficos y/o religiosos que rigen el mundo. El cambio fue la guerra mundial, la primera o la segunda, que fueron precedidas de filosofías novedosas y, casi siempre mal leídas o mal interoretadas. Pero ahora, ¿me podéis decir que filosofía rige al mundo? ¡La globalización! me diréis y yo os contesto, ¿es acaso la globalización la tendencia del mundo desarrollado a imponer la coca-cola en el mundo no desarrollado? Es un ejemplo.
    Espero que mi comentario no sea interpretado como algo pesimista sino como un análisis desde el más puro instrumento científico, la observación.
    Abrazos para todos
    Antonio

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