Archive for Octubre, 2007

Lunes, Octubre 29th, 2007

 

              A propósito de la entrada del otro Antonio, y de su nobilísimo ‘oficio’,  se me ha ocurrido para empezar la semana este slogan arquitectónico: Construirnos y re-construirnos cada día con los mejores ladrillos de uno mismo… Con esta ilusión es cómo avanzamos en nuestra efusion vital, orientando nuestro deseo y nuestros sueños hacia la utopía del propio perfeccionamiento y, en definitiva, del de la Humanidad.            

                El cerebro humano, que es la estructura orgánica de mayor y más admirable complejidad y perfección lograda en el proceso evolutivo de las especies, es primordialmente un órgano de supervivencia, igual que lo son las garras del animal de presa. Pero también es verdad y evidente que nuestro cerebro está diseñado, dotado y dispuesto para funciones mucho más diversificadas y evolucionadas que la de esa función elemental, aunque imprescindible, de sobrevivir, que es en lo que desgraciadamente la emplean y la agotan casi en exclusividad ( a veces, por necesidad y, a veces, por estulticia) una enorme cantidad de personas en el estado actual de nuestra llamada “civilización”.            

               Recuerdo que Albert Camus escribió en su libro “La chute”, entre amargo y decepcionado, que si alguna vez hubiera que describir al ser humano de su generación, lo único que se podría decir de él es que “fornicaba y leía los periódicos”.  Y pienso con desaliento que, a estas alturas de nuestro “progreso humano”, la actividad de leer periódicos, que considero sana y útil porque aprovecha al menos una base muy válida de inteligencia, está sustituida por “mirar los programas del corazón”…            

                Por favor, que no se nos intente hacer creer que la vida (“la vida en directo” como se anuncia el programa Gran Hermano) es solamente eso, y que no se nos desaliente en la humadísima empresa de aprovechar nuestras capacidades mentales para alcanzar la cima de muchas ilusiones soñadas.              

               Me vienen a la memoria unos versos sentenciosos de Miguel de Unamuno ya citados en las primeras entradas de este blog: “El secreto del alma redimida: / Vivir los sueños / al soñar la vida”.    

Viernes, Octubre 26th, 2007

                         Ya que estáis hablando tan elocuentemente y sabiamente sobre el conocimiento versus la imaginación, la realidad versus la fantasía, quiero  intervenir apelando a una experiencia universal: Que las ofertas cotidianas de la realidad (las que nos aporta la ‘experienciación’ real y palpable de cada día), nunca han sido suficientes para colmar nuestros insaciables deseos…

                      Porque la felicidad, que tan ansiosamente todos buscamos y perseguimos, como al rayo de luna de la leyenda de Bécquer, no está tanto en las cosas reales, sino en el deseo de ellas; no está en lo que encontramos y palpamos, sino en lo que esperamos y ’esperanzamos’; que no está lo que nos acontece, sino en la nostalgia de lo que nos había acaecido, o en la ilusión encendida de lo que vendrá… Que no está -¡caramba!- en la realidad  tangible. Sino en las ‘creaciones’ de los sueños…

                      (Bueno, si queréis me lleváis la contraria, que seguro que también tenéis razón)            

                      Sigo apelando a experiencias: Que no brota el venero de la felicidad de lo que se analiza, se comprende, se conoce y se abarca por la razón; sino de lo que se vislumbra, se perfila, se recompone y se embebe con la imaginación.

                      Es decir: que no brota la felicidad de lo ‘creado por Dios’ (no os enfadéis conmigo), la “Infinitud Omnipotente” que dice José Mª, sino de lo que crea, o re-crea, o inventa, o transforma, gracias a su fantasía, ese ‘dios’ que somos cada uno de nosotros… Lo dijo nada menos que San Pablo: “zeoi esmen” (en fonemas griegos, claro)            

                    No reside la emoción gozosa en lo objetivamente bello, sino en lo fascinante; no en lo que gusta, sino en lo que ‘alucina’, en lo que enamora, embelesa, y deleita…                       

                       La realidad no puede reducirse al conocimiento racional que obtenemos de las cosas reales. El conocimiento tiene que quedar sobrepasado y sobreabundado por la invención, la fantasía, la esperanza y los sueños. “Que mi palabra sea la cosa misma / creada por mi alma nuevamente…”, rezó el poeta Juan Ramón.            

                La fantasía, la magia, la ilusión (más que la realidad, que también), es lo que nos hace encontrarnos, transcendernos, infinitizarnos, y…llegar a ser, auténticamente, nosotros mismos. No sé quién fue el que lo dijo, pero tenía mucho de razón y de realidad: que “estamos hechos de la sustancia de los sueños…Que somos lo que soñamos ser…”.             

                 Y yo, además, me quedo con el “canto amarillo del canario”…

Lunes, Octubre 22nd, 2007

            Vuelvo con el tema que inició Antonio sobre “la vida” que tan fecundo es, tan esperanzador y, a veces también, tan inquietante…Y os confieso haberme hecho alguna vez la pregunta ansiosa, que tantas otras veces he escuchado de labios (y de corazón) de otras muchas personas: “qué sentido tiene mi vida: cómo gastarla en algo que merezca la pena”. 

             Y es que, a veces, quisiéramos que  el guión de nuestra vida se nos diera ya escrito y trazado de antemano, que sólo tuviéramos que  representarlo con el papel designado para cada uno,  y adecuarnos a él, sin tener que improvisar permanentemente respuestas, gestos y decisiones. Qué incomprensible,  decepcionante, resulta entonces la sentencia poética del bueno de Machado, “Caminante: no hay camino. Se hace camino al andar”.  

Porque es que la vida, así, como totalidad, no existe, no es más que una abstracción mental, que sólo se hace real en cada momento vital concreto. Y a cada paso de nuestro reloj interior necesitamos recrear nuestra vida, actualizarla, concretizarla.   

  

            La palabra vida no tiene un “sentido unívoco”. Es un significante polisémico, un campo semántico de posibles significados, al que cada persona tiene que darle el suyo propio. Le damos el significado viviéndola a nuestro modo personal y singular… mientras nos dure. O mejor: mientras duremos en ella, porque “la vida” seguirá cuando nosotros  ya no estemos. “Y yo me iré, y seguirán los pájaros cantando…”, que poetizó Juan Ramón Jiménez desde su insuperable melancolía.

             Pero, por favor, no la miremos como un problema a resolver…, sino como una ilusionante y urgente realidad a experimentar. No le suceda a nuestra vida singular,  lo que ya presagió el genial Lennon cuando dijo que “la vida es eso que se nos pasa mientras estamos pensando qué hacer con ella”. 

            Nos sucede que estamos acostumbrados a representar un papel en la vida según el guión que se nos había diseñado, desde expectativas familiares, costumbres locales o nacionales, exigencias sociales, códigos religiosos o morales…. Por eso nos cuesta trabajo aceptar (y de repente nos angustia y nos desespera) que solamente a cada uno le corresponde crear, recrear y reinventar su propio papel y andar su propio camino.

 

            Os digo (y me lo digo a mí mismo) lo que le escuché a Sandra Bullock en una película: “no seas slogan de nadie: tú eres poesía”. Y añado que preguntarse angustiosamente por el sentido de la vida es, quizás más que una cuestión filosófica, una constatación sintomática de que el flujo dinámico del vivir se nos ha bloqueado, desviado o problematizado. Y que más que “gastarla”, como decimos a veces, sería mejor sembrarla, en cada uno de sus momentos y de sus espacios vitales concretos, con el mismo anhelo y la misma generosidad esperanzada que el poeta Juan Ramón dejó expresado en su poema: “Quise arrancarme el corazón y echarlo, / pleno de su sentir alto y profundo, / al ancho surco del terruño tierno: / A ver si con romperlo y con  sembrarlo / la primavera le presenta al mundo / el árbol puro del amor eterno…”      

    

Miércoles, Octubre 17th, 2007

Es el momento de contemplar la vida”, nos dice Antonio, el investigador catedrático. Y he estado intentando reajustar mi perspectiva de enfoque frente a lo más real de la realidad…

 

 He constatado que las cosas más importantes que pueden sucedernos en la vida no dependen de lo que aprendimos en  la escuela ni en la universidad, ni son el fruto de nuestro razonamiento, de nuestro dinero, o de nuestra madurez profesional. Que de tanto aprender a pensar, a calcular y a proyectar, casi nos olvidamos  de “contemplar la vida”: de vivirla, de sentirla y de disfrutar de lo que la vida nos ha proporcionado, de –como en el poema que nos aporta Antonio- “recorrer descalzo el camino hasta llegar a niño”…

 

Pero…”todos queremos más”. Dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a hacer planes adquisitivos y a concebir nuestro futuro, en la creencia de que el futuro va a ser eso que proyectamos. Pero, de tanto trasladarnos a un mañana, dejamos de advertir todos los momentos presentes que pasan junto a nosotros, y olvidamos que perder el empleo, sufrir una enfermedad grave o un accidente, toparse con un conductor ebrio por las carreteras, subir en el tren de Atocha, (uno mismo o algún familiar)  el día fatídico… pueden desmoronar ese futuro  en un abrir y cerrar de ojos, como cayeron ante nuestra atónita mirada las lloradas Torres de Nueva York.

 

Que la vida puede dar un vuelco en un instante es algo que intelectualmente todos sabemos, aunque tendemos a suponer, quizás por un subterráneo instinto de supervivencia, que las desdichas les pasan siempre a “los otros”.

 

 En ocasiones, parece que hace falta vivir una tragedia, para volver a poner las cosas en perspectiva y comprender lo necesario y urgente que es buscar un equilibrio entre el trabajo, los sueños  y la vida. 

 

Necesitamos aprender que ningún empleo, por gratificante que sea, compensa perderse unas vacaciones, o distanciarnos de la pareja,  o pasar un día festivo lejos de la familia, sin advertir que la hija “tiene ojos navegables y sueños de agua clara”….

 

Que lo más importante en la vida, es el tiempo que dedicamos a cultivar un amor o una amistad. Que como le escribió el poeta Juan Ramón a aquella soñada y desaparecida Georgina, “nada vale nada; que quitado el amor, lo demás son palabras….”

 

            Y  contemplando la vida, como Antonio nos sugiere, he estado recopilando razones para darle las gracias todos los días que me quedan por vivirla (o que ella, la vida, quiera seguir viviendo en mí). He encontrado estas razones:

 

 Por mi hija que no arregla su cuarto, sino que está tirada en el sofá viendo la televisión, porque significa que está en casa y no por las calles.

 

 Por las reparaciones domésticas que hay que hacer, las ventanas que es necesario limpiar, las cañerías que encuentro atascadas, porque significa que tengo una casa.

 

Por la ropa que me queda un poco ajustada, porque significa que no me falta lo suficiente para comer.

 

Por las quejas que escucho acerca del gobierno, porque significa que tenemos libertad de expresión.

 

Por no encontrar el lugar donde aparcar cuando voy con prisa, porque significa que tengo coche.

 

 Por todo lo que hay lavar y planchar cada día, porque significa que tengo ropa que ponerme.

 

Por el cansancio y los dolores musculares al final del día, porque significa que tengo trabajo.

 

Por el despertador que suena temprano todas las mañanas, porque significa que estoy vivo.

 

Por mi sombra que me sigue mientras camino, porque significa que luce el sol.

 

Y hasta por la cantidad de e-mails que recibo, porque significa que tengo amigos que piensan en mi…

 

Domingo, Octubre 14th, 2007

          Pensando cuál podría ser mi “gotita de agua”, la que yo pudiera depositar, como el pajarito del cuento, sobre “la quema” de este bosque cósmico…, o intentando “abrir una puerta en el bosque” del poema de Antonio, he estado conjugando dos conceptos, reflexionando más bien sobre dos valores o dos actitudes fundamentales, como ensayando también delinear e integrar la “síntesis” de progreso, de la que nos hablaba José Mª.  Estas actitudes, o valores sintéticos, son el “Individualismo” y la “Solidaridad”, que configurarían juntos el nuevo talante (el que yo mismo quisiera adoptar)  de “Individualismo  Solidario”.          

 

                   Os confieso que la palabra Individualismo, si se entiende como responsabilidad frente a uno mismo para la realización más completa de las propias potencialidades, con capacidad de autodesenvolvimiento y autosuficiencia en la vida, en autonomía y libertad, no puedo considerarla  rechazable desde ningún punto de vista, ni psicológico, ni filosófico, ni  ético, ni moral, ni psicosocial. Lo rechazable es siempre la insolidaridad. El individualismo ha sido rechazado y denostado en épocas anteriores por insolidario, porque se había vivido, educado y practicado desde el egocentrismo y la insolidaridad militantes. Y, por eso, se acabó  tirando el agua sucia de la palangana con el niño dentro”,  como dice el refrán. Y todavía se sigue tirando muchas veces, en nuestra reflexión ética, el agua sucia de la insolidaridad junto con el valor del individualismo o cultivo responsable de las potencialidades personales, que tan necesario es, tan  imprescindible, para el propio desarrollo y afirmación eficaz en la en este “pícaro mundo”  (que decían los antiguos)…

                         La Individualidad, como autonomía, como la capacidad de responder por uno mismo, de emitir las propias respuestas a los estímulos del medio, a los incesantes requerimientos que la vida nos hace en su permanente evolución, así como la libertad para emitir las respuestas que corresponden a las propias convicciones y a los propios valores, nivelándose en armonía y respeto con los valores y las convicciones de los demás.                

                          Es por lo que yo proclamo este concepto renovado, nuevo diseño del prototipo educativo de la persona, del hombre nuevo, y la mujer nueva, válidos –eso creo yo- en esta nueva etapa  histórico-cultural que nos toca vivir…y construir. Lo repito: El concepto de Individualismo Solidario.              

                         Dicen que un sabio, en su vejez, hizo esta confesión: “Cuando yo era joven, quería transformar el mundo. Cuando llegué a adulto pensé con más realismo  en reducir mi ayuda a los que estaban más cerca de mí. Ahora que soy mayor pienso en responsabilizarme de mí mismo, ayudarme y superarme a mí mismo… Y así le haré el mayor bien a todos los demás”. Estaba pensando el sabio en términos de Individualismo Solidario, y añadió que no quería que le pasara como a aquel que, mirando desde la valla de su huerto, se lamentaba del poco fruto que recogían, de los suyos, sus vecinos, y pensando cómo iba a ayudarles, no se daba cuenta de que la hierba y la maleza  estaba arrasando y destruyendo los frutos de su propio huerto, con los que hubiera podido alimentarse él, además de intercambiar y participar con los demás. Es esto lo que representa y realiza ese modelo nuevo de individualismo que podría configurar educativamente a la persona, y plasmar su perfil renovado.  

                           En él quedan unidos, atados, amarrados, interpenetrados y copulados, los dos valores fundamentales para el desarrollo de la vida humana en la posteridad: la Solidaridad y la Individualidad.

Miércoles, Octubre 10th, 2007

            Nuestro amigo José Mª se caló de nuevo el birrete (“se caló el chapeo”, que dijo el clásico) y tejió una muy bien trabada clase magistral. Nos presenta la conciencia de una vocación universal y el sentimiento de pertenencia  (así se llama en psicología), de “lo mío”, traspasando los límites de las pequeñas circunscripciones, como una suprema conquista del espíritu humano. Eso es lo que tan bellamente contiene el poema de Miguel Hernández: “La familia del hijo será la especie humana”…            

                        Frente a este espléndido panorama iluminado por el sol que a todos nos calienta, nos hemos vuelto a ensombrecer, a horrorizar, por la última acción del fanatismo terrorista.

                       Ese sentimiento de Pertenencia, imprescindible para nuestra personal supervivencia y para la supervivencia de la especie humana, se realiza y se actualiza, como nos explica magistralmente José Mª; en distintas esferas o grupos a lo largo y ancho de nuestras vidas (pertenencia al grupo familiar, o social,  o nacional, o profesional,  o religioso, o político, o deportivo….) y lo expresamos, profesamos  e interiorizamos con el persistente posesivo mi, “mi familia”, “mi religión”, “mi club deportivo”, “mi partido político”, “mi nación”…. 

 

                           El ataque de alguien externo a cualquiera de esos grupos de pertenencia (ataque a mi familia, a mi religión, a mi nación, o a mi equipo de fútbol…), afecta a todo el sistema neurovegetativo y psicosomático del individuo, hace segregar las glándulas suprarrenales, estimula emociones apasionadas, acumula adrenalina en la sangre acelerando los latidos del corazón, moviliza y agiliza la función motora…como si el propio individuo fuera el objeto directo y único del ataque. Esto lo hemos experimentado todos alguna vez, y entra dentro de la función normal del sentimiento de Pertenencia.      

                         Sin embargo, cuando se absolutiza y  maximaliza este sentimiento identificador de  nuestras limitadas Pertenencias, son insospechables y terribles, por su ferocidad, irracionalidad y destructividad, las reacciones que el individuo, amasado vital y emocionalmente con su grupo de Pertenencia, puede llegar a activar. Cualquier acción (incluso la acción terrorista más ignominiosa y destructora) que aniquile o castigue a quienes   se opongan al reconocimiento de la propia grandeza, identificada con la del grupo de Pertenencia (nación, región, religión, partido político, o equipo de futbol…) estará fanáticamente justificada, incluso premiada eternamente con la “imperecedera gloria” nacionalista, o con el Paraíso de los fundamentalistas islámicos…  

 

                           Desde el punto de vista de la Psicopatología, este sentimiento de Pertenencia absolutizado y fanatizado puede quedar inscrito dentro del cuadro nosológico conocido como Trastorno narcisista de la personalidad, que viene a ser como la perversión patológica de la necesidad personal y del deseo normal de reconocimiento y de autoestima.  Porque al fanatizar la grandeza nacional o regional, lo mismo que al absolutizar y maximilizar el valor de un pensamiento de fundamentalismo religioso, o de un partido político, o las creencias de una secta, o la adhesión a un equipo de fútbol, se está engrandeciendo al propio Yo, absolutizado y maximilizado narcisísticamente en virtud de ese sentimiento indentificador de Pertenencia, hasta el extremo de poder llegar a inflarlo de una megalomanía tan perversa que le justifica la potestad y el derecho, como un redivivo Caín bíblico, a decidir sobre la vida o la muerte de sus hermanos y a manchar con su sangre, ¡maldito sea!,  sus manos fraticidas

Domingo, Octubre 7th, 2007

                         El amigo Antonio Espinosa nos formula un silogismo (quizás sin haberlo pretendido ni tal vez advertido) al modo de la Lógica aristotélica. Dos enunciados generales (premisas) de los que  desprende una flagrante conclusión. La “premisa mayor” del silogismo de Antonio es “la suma de las partes es igual al todo si cada parte es independiente de las demás”. “Premisa menor”: "tristemente, esto es lo que sucede en la humanidad”. Conclusión: “En consecuencia, no es posible la Globalización”.  

 

                         Desde las leyes del silogismo, uno de los más hermosos descubrimientos del espíritu humano” (Leibniz), y la Lógica aristotélica, esta conclusión no sería sostenible como “logica”. Quizás porque va en contra de una de las leyes fundamentales de la argumentación silogística, la regla 5ª: Que de dos premisas afirmativas no se puede deducir una conclusión negativa… Esto lo sabría explicar mucho mejor el profesor José Mª Carrascosa.  Y quizás le sirva de respiro de alivio a nuestro amigo Antonio, que ya mostró en una de sus entradas su preocupación por parecer pesimista… 

 

                         Yo quisiera seguir recibiendo “en mi rincón del alma” la luz de la Utopía que, como dijo alguien, y en este blog lo hemos ya citado, “son como las estrellas: que no llegamos a alcanzarlas pero nos guían en el camino…”  Y ésta sería mi Utopía: colaborar a la “construcción de la Pirámide”, que es, como lo afirma también Antonio, “sentirme partícipe de la construcción de ese nuevo mundo al que todos aspiramos, llámese Solidaridad Cósmica o Fraternidad Universal”. O “Globalización”, podría añadir, con tal de que depuremos el concepto de la reduccionista  interpretación económico-capitalista, del despojo y apropiación de los bienes del planeta en beneficio del capital y a costa de los individuos que aspiramos a alcanzar esa lejana estrella del “Nosotros universal”…                        

                         Me atemoriza pensar que renuncimos a la Utopía  de la Globalización, lo que nos queda sería la fanatización de los Nacionalismos…          

                        Pero quiero explicar lo de la “Pirámide”: Es que se me ha asociado al pensamiento esa parábola antigua de aquel poderoso Faraón de Egipto que quiso construir la mayor pirámide de la historia. En una inmensa explanada millares y millares de hombres golpeaban con sus martillos los bloques de piedra, para ir dándoles la forma que, superpuestas, crearían la dimensión ciclópea de la gran Pirámide. Un extranjero persa, que pasaba por allí, les preguntaba, uno a uno, a los esclavos que encontraba al paso, qué era lo que estaban haciendo. El primero le contestó malhumorado, que estaba destrozando su salud y su vida con el esfuerzo de su inútil trabajo, de sol a sol, que quién sabe cuándo se terminaría y para qué serviría. Otro le contestó, indiferente, que estaba ocupando el tiempo, mejor que perderlo sin hacer nada. El tercero, ilusionado, le dijo que estaba ganado el sustento necesario de su familia. El último, le respondió con el orgullo en los ojos de quien se reconoce como una pieza válida en el mecanismo constructor del mundo: Estoy construyendo la Pirámide.         Pues eso.

Viernes, Octubre 5th, 2007

                   El viaje de Antonio a Berlín le sido (como suelen serlo estos viajes de personas cultas) enriquecedor y fecundo. Le ha deslumbrado los ojos y afilado el pensamiento. Yo no tengo consciencia de debate, que entraña etimologías belicistas, sino de complementación de ideas y conjunción empática de perspectivas, como en el cuento de los elefantes… Y así acojo la  sugerente reflexión que nos aporta Antonio, tras su viaje.   

 

                    Su interrogante sobre la Globalización, me ha hecho pensar en el concepto del sociólogo Durkehim, que murió de dolor por la muerte de su hijo en la guerra mundial. Él ya hablaba, desde el pasado siglo, de Solidaridad Orgánica  o Cósmica, que viene a coincidir con lo que, en “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”, sugería Erich Fromm como única solución para la pervivencia de la humanidad, acuñando el concepto de Fraternidad Universal.  Y aportaba un texto de la Biblia de especial significación en estos tiempos amenazados de racismo y xenofobia: “Conoce (el verbo conocer en la Biblia tiene el significado de penetrar, compenetrarse, “Abraham conoció a Sara y tuvo de ella un hijo”. Conocer es fundirse con lo conocido) el alma del extranjero, porque tu fuiste también extraño (extranjero) en la tierra de Egipto”.   

        El  extranjero es el extraño, el que está fuera de ti: el que no pertenece a tu familia, a tu grupo, a tu nación, a tu raza, a tu educación, a tu ideología…Aquel para el que no tienes ningún motivo sensible de amor, sino simplemente el de que forma parte, igual que tú, de un mismo “nosotros” universal, que de alguna manera eres tú, es parte de ti, con la misma dignidad y derechos existenciales que los que fundamentan tu dignidad y tus derechos. Pienso que podría servir de perspectiva psicológica y antropológica para entender en autenticidad el concepto de  Globalización.              

                    Para Erich Fromm cualquier persona puede ser decepcionante o admirable, dependiendo del posicionamiento ético en el que te coloques. Si te colocas en una perspectiva narcisista, “el otro”, la “otra persona”, podrá ser decepcionante y despreciable. Pero si te colocas en una postura ética y solidaria siempre, y a pesar de todo, será admirable. Recordaré a Albert Camús en el último párrafo de su novela “La peste”: “El Dr. Rieux había llegado a la conclusión de que en cualquier persona hay siempre más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Y también recordaré a Sófocles en Antígona: “Entre todas las maravillas, el hombre (la persona) es la maravilla mayor”. (No mi hijo, ni mi cónyuge, ni mi madre o padre, o mi profesor: la persona en sí)           

                    Ya en marzo de 1938, Miguel Hernández expresaba esta misma idea de integración cósmica y globalizadora, de solidaridad y fraternidad universal, con unos estremecedores versos escritos desde la cárcel a su mujer que esperaba al hijo de ambos, “Hijo de la luz y de la sombra”, se titula el poema:                  

                             No te quiero a ti sola: / Te quiero en tu ascendencia  /    y en lo que de tu vientre descenderá mañana.  / Porque la especie humana me han dado por    herencia,   /  la familia del hijo será la especie humana. /  Con nuestro amor a cuestas, dormidos y despiertos, /    seguiremos besándonos en el hijo profundo. / Besándonos tú y yo, se besan nuestros muertos,  /  se besan los primeros pobladores del mundo…”           

                        Para mí no hay mejor formulación, ni más conmovedora, del concepto de Solidaridad Cósmica, de Durkehim, de Fraternidad Universal de E. Fromm, o de Globalización

Lunes, Octubre 1st, 2007

                Mientras mi hija volaba a Madrid entre las veloces  plumas plateadas del Ave, Julia y yo volvimos al mar, a mirarnos en sus espejos… Espejos esta vez empañados y ensombrecidos por una niebla tenaz, que el sol, desde la mañana del sábado, intentaba desgarrar con sus dedos de oro hasta dejarlos, desde el amanecer del domingo, calmosamente azul, refulgentes de cielo y agua…  Panta rei”, todo cambia, todo es un continúo fluir,  meditaba el viejísimo Heráclito, mientras yo intentaba escuchar, en el viaje de vuelta, alguna onda de interés y de esperanza, cambiando ansiosamente el dial de la radio…            

                Y siempre la palabra “cambio” me sugiere, fuera de los habituales usos políticos o mercantiles, el título de un libro clásico del comunicólogo y psicólogo alemán Paul Watzlawick, un libro de intencionalidad netamente psicoterapéutica: clarificar, ordenar conceptos, y propiciar una estrategia para la maduración y el ajuste del psiquismo individual, y colaborar en el saneamiento psicológico de nuestra desajustada sociedad.            

                El autor del libro viene a decir que existen dos modalidades operacionales de cambio: el cambio-uno y el cambio-dos. El cambio-uno opera por la introducción de modificaciones, más o menos substanciales, dentro de un sistema total que debe permanecer  inalterable. El cambio-dos supone la modificación, el re-cambio, de las bases del sistema total.            

                Los partidos políticos que anuncian y  se pronuncian con el escatológico slogan del “Cambio” lo que en definitiva consiguen ejecutar, como en el desafortunado parto de los montes, son una serie de insatisfactorios, a veces frustrantes, siempre incompletos, cambios-uno. Mientras el sistema total permanece inalterable, si no agigantado, reforzando y justificando en su supervivencia por efecto de esos mismos provisionales y desencantadores cambios. Esto es evidente mientras no se plantee el auténtico recambio (cambio-dos) de un sistema esencialmente competitivo, injusto y bronco, donde la única solución de supervivencia es hacerse fuerte con las armas y armaduras en uso (las económicas), y donde los posibles beneficios para la subsistencia sólo se obtiene arando la tierra del consumo y de la competición despiadada con los poderosos bueyes monetarios.              

               Frente a este hecho desolador, son oxigenantes del espíritu las palabras del viejo maestro psicoanalista Erich Fromm, pregonando proféticamente la necesidad de un re-cambio, la urgencia de un cambio-dos, que él  sólo supo entender como el cambio de los corazones: La necesidad de un profundo recambio del corazón humano no sólo es una demanda ética y estética, sino  que es también una urgencia psicológica, impuesta por la naturaleza patógena de nuestro actual sistema socio-cultural y político, capaz de engendrar monstruos maltratadores, pederastas, violadores, execrables terroristas, y jóvenes sin horizontes vitales ni esperanzas, autoaniquilados por excesos de botellones y cocaína. "Los rasgos de carácter engendrados por nuestro sistema socioeconómico, o por nuestra manera de vivir, son patógenos y a la larga enferman al individuo y, por consiguiente, a la sociedad", clamaba el profeta desde los desiertos y arideces éticas y humanas de nuestro pasado siglo…             

               Esperanzadamente quiero sugerir que es una realidad, psicoterapéuticamente experimentada, que precisamente el enfrentamiento vital  con los procesos de crisis es lo que  permite desencadenar los recursos en reserva del psiquismo, que, debidamente canalizados, operarían el necesario cambio: Esa desintegradota “neurosis colectiva” que emerge del sin-sentido de la vida, pone descaradamente de manifiesto la urgente necesidad humana de crear actitudes positivas ante la existencia, de recomponer modelos de identificación personal, de adherirse a objetivos renovados de autorrealización, de participar en un orden de valores dinamizadores de los esfuerzos y aspiraciones de la humanidad, de reedescubrir una identidad común, reconstructiva y positiva para  todos los seres humanos…              

                 Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana, en una civilización supertecnificada, plutocrática y moralmente famélica,  depende de un cambio radical del corazón humano…