Como el tema de los valores anda revoloteando por la plaza (¡oh, el Ágora helénica), igual que las  residuales golondrinas del verano, voy a intentar, como lo hacía en mis clases universitarias pero bajando un poco de las altas cumbres intelectuales a las que nos eleva José Mª., definir lo que son los valores: ¿Qué es un valor? ¿Qué son los valores?            

                        El valor es siempre el objetivo de una necesidad, o de una aspiración, para orientar nuestro rumbo existencial y fundamentar nuestra propia construcción como personas. El edificio de la persona se construye sobre el basamento de los valores. Esto es la axiología: el estudio de los valores que nos constituyen, que nos sustentan (como soporte o como alimento) y que le dan sentido a nuestra existencia.      

                         Una definición de manual sería ésta: Valor es todo lo que mueve positivamente la conducta de una persona. Y se entiende positivamente como autoconstructivamente. Porque lo que mueve negativamente, no a la propia construcción sino a la propia destrucción, no es un valor, sino un desvalor, o un contravalor.            

                        Ahora voy a formular el primer axioma, básico, elemental, de la Psicopedagogía de los Valores: que la educación no consiste en trasmitir conocimientos, sino en trasmitir y promover valores. Lo que dice Ortega: más que conocimientos y contenidos, es hacer tomar consciencia de la necesidad que el alumno tiene de esos conocimientos. Hacer de los conocimientos un valor, extraer el valor que se oculta en ellos. Descubrir los valores que existen en la base de los conocimientos. Esto es propiamente educar.            

                        He dicho que la educación no consiste en trasmitir conocimientos. Transmitir conocimientos es Instrucción. Y para instruir solamente no es imprescindible, ni siquiera necesaria, la Escuela. Hoy existen medios de trasmisión y difusión de conocimientos como la radio, la TV, Internet…                                                               

                         Entre estos dos conceptos Educación-Instrucción, existe una diferencia análoga a la que hay entre Erudición y Cultura. La Erudición, que corresponde a la instrucción, es acumulación de datos de conocimientos, la Cultura, que corresponde a la educación,  supone la interiorización de estos conocimientos, por lo menos de algunos, su conversión en valores que dan sentido y orientación a la vida, su configuración en actitudes y en comportamientos personalizados. A propósito de la erudición y la instrucción quiero recordar unas palabras de Einstein, prototipo emblemático del sabio científico. Dijo en una ocasión: Todos somos ignorantes; lo que pasa es que ignoramos cosas distintas…Es bueno que sepamos aceptar lo que inevitablemente ignoramos, porque sea competencia de otros, y también lo que otros ignoran y en lo quizás nosotros somos competentes. Lo cual no impide, sino lo contrario, que todos podamos ser cultos, es decir: cultivados y fructificados en nuestro propio campo de cultivo.            

                         Si educar es llevar por un camino, los semáforos, los indicadores insustituibles de ese camino son los valores y su interiorización progresiva y total. Entre paréntesis diré que si lo que el educador pretende es llevar por un camino que conduzca adónde él (el educador) quiere, eso no es educar: a eso se llama manipular, amaestrar, domesticar… 

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4 Responses to “”

  1. Isabel Agüera Says:

    Querido Fernando: Muy interesante y muy claro el tema de los valores expuesto. Efectivamente, con bastante frecuencia, y por todo tipo de profesionales de la educación, se suelen confundir los términos edducación e instrucción.
    El tema me apasiona y ha sido objeto de muchos artículos escritos y Conferencias impartidas, tanto a padres como a profesores. Pecando, tal vez de extensión, algo que no me gusta, resumo una dirigida a la familia. Deseo aportar algo.
    Hace mucho tiempo leí un proverbio chino que jamás he podido olvidar La vida de un niño, de una niña es como un trozo de papel en el que todos los que pasan dejan una señal.
    Y digo que jamás lo he podido olvidar porque, si alguien pasa y mucho por la vida de un niño, de una niña, somos precisamente los padres y los maestros. Y si alguien deja en ellos señal, los maestros y los padres dejamos mucho más que eso: dejamos el éxito o el fracaso de su futuro, de sus vidas.
    El futuro, el que hará de ellos y de ellas, personas realizadas, felices, portadoras del fermento necesario para cambiar esta sociedad, está en esa escala de valores que, asumida, vivida, con verdad, con alegría, con amor, transmitamos, cada día, cada hora, en cada ocasión, porque nuestros niños, a pesar de tanto bienestar, de tanto confort, están solos.
    Y para terminar, yo os diría: una sola ley: la del amor, y que no os importe que el árbol, vuestro hijo, vuestra hija, sea más alto o más bajo, más verde o más amarillo. Lo que si debe importaros es que dé ramas que miren al cielo, que de frutos maduros, que de buenas sombras que sea cobijo de cansados caminantes.

  2. José María Carrascosa Says:

    Marina Segura, la semana pasada, en su respuesta a mi entrada sobre “credulidad y racionalidad”, afirmaba que una afirmación mía le resultaba incomprensible: “La fe (decía yo) es una “certeza libre”, no evidente, que requiere la adhesión humana y racional de quien libremente la acepta”. “¿No son el dogma y la libertad como agua y aceite?”, (decía Marina). Deseo, con todo respeto y abusando de tu paciencia y tiempo, Marina, matizar un concepto -el de la “Certeza Libre”- que, probablemente no expuse adecuadamente, pero que estaba en la base de mi afirmación. Comprendo, como dice Fernando, que, sin querer, me elevo a “altas cumbres intelectuales”. Pero creo que, en honor a la claridad, el asunto lo exige. Perdonad que sea tan pesado…

    Toda certeza, a la que el hombre se adhiere, tiene que ser, por humana, una afirmación racional. Lo contrario, sería aceptar la irracionalidad en el hacer o en el pensar del hombre. Sería, no sólo ilógico, sino incongruente en un “ser racional”. En todo acto humano que, en su aceptación o en su afirmación, pretende ser “verdadero”, hay que encontrar un criterio de certeza que lo avale. No se asiente a determinadas verdades “a tontas y a locas”, de manera irracional o ilógica. Se asiente porque existe para ello un “criterio de certeza” que garantiza que la firmeza subjetiva de nuestra adhesión concuerda con la verdad del objeto afirmado. Una adhesión, donde no existe la evidencia del objeto -caso de la fe-, si queremos que sea humana y racional, debe, también, tener sus criterios de certeza que den, a quien se adhiera a ella, firmeza de verdad en su afirmación.

    Sin embargo, las verdades de fe, igual que sucede con otras verdades de características similares, no se apoyan en la evidencia del objeto captado en la experiencia o en la evidencia intrínseca de sus componentes. Se apoyan sólo en evidencias “extrínsecas” que exigen una libre aceptación de la voluntad. El testimonio del testigo, para que la mente pueda aceptarlo como criterio de certeza, dependerá, en gran medida, de factores extrínsecos que justificarán una adhesión libre a la verdad que se le solicita. (Si afirmo, ahora, que en estos momentos, estoy delante del ordenador, leyendo en la pantalla lo que escribo, se me creerá, por la confianza que merezco como persona y por la credibilidad que tengo, ya acreditada en otras ocasiones). Estaremos ciertos de lo que afirma el testigo, aunque no podamos comprobar con evidencia objetiva la verdad que afirma. (Sucedería algo similar, sirva también como ejemplo, si os cuento que, en mis paseos diarios, veo olivos plateados, altas chimeneas de viejas minas, tierras resecas por el calor, puentes romanos que atraviesan calzadas antiguas… Me creéis. “Sabéis” que digo la verdad. Tengo “fama” de ser “hombre de fiar”. No hay intereses ocultos en mi afirmación. No hay razones para que “este testigo” engañe…). Concluiremos, así, en general, que los conocimientos obtenidos gracias a testimonios serios y creíbles, son verdaderos.

    Esto es, por tanto, lo que ocurre en las verdades de fe: no captamos la evidencia del objeto (se pierde en la oscuridad del misterio), pero sí aceptamos su existencia por la confianza que damos al testigo que nos transmite la verdad. En estas verdades se produce una adhesión voluntaria y cierta: la palabra de Cristo, del Profeta, el contenido de los libros sagrados, la fijación dogmática de lo revelado -en la religiones “del Libro”- y, también, la palabra de los profetas en las religiones de transmisión oral, exigen la adhesión del creyente por la veracidad y autoridad del testigo y del testimonio. (Por supuesto, faltaría probar aquí que esas palabras y esos testimonios son veraces, ciertos, objetivos, honestos, desinteresados, fiables, y que han sido conocidos con evidencia objetiva por los testigos que nos transmiten su testimonio… Pero éste es otro tema… Y, por supuesto, requiere otro tratamiento).

    La aceptación libre de una verdad, no por la evidencia del objeto, sino por la autoridad del testigo que nos la transmite, es lo que técnicamente recibe el nombre de CERTEZA LIBRE.

  3. Fernando Pinzon Says:

    Aristóteles, el viejo filósofo a quien nuestra civilización tanto le debe, había definido al hombre, al ser humano, a la persona que encarnamos cada uno de nosotros, como “animal rationalis”, animal racional: un ser racional sin dejar de ser animal. Y este es el prototipo de referencia de los filósofos escolásticos. Nietzche lo reedefine como “animal de deseos”… Y ¡cuántas veces todos hemos experimentado que el deseo, los deseos, rebasan y arrasan la recionalidad!, como aquellos briosos corceles del Carro de Platón desbarajustaban los controles del racional Auriga…. (nítida imagen de la condición humana)
    Violeta me hablaba de un autor, recientemente estudiado por ella, que interpretaba las inconsecuencias y desarreglos de la conducta humana desde el concepto de “racionalidad restringida”. Creí que dejaría aquí su comentario. Hubiera sido interesante.

  4. José María Carrascosa Says:

    Las últimas comunicaciones de nuestro blog, en especial las mías, han erigido a la “razón” como protagonista y artífice del acontecer humano. Efectivamente, como señala Fernando, esta manera de “hacer filosofía” fue propia de los filósofos escolásticos y proporcionó una visión incompleta y restringida de la riqueza humana. Afortunadamente, como reacción al excesivo “racionalismo” que introdujo Hegel y los idealismos post-hegelianos, se inició una corriente más comprensiva de lo que el hombre es. Más comprensiva y más completa, porque el hombre es una totalidad. Y en la totalidad suman todos sus componentes, razón, sentimiento, vivencia, sensibilidad, deseos, afecto, amor, etc. Es importante subrayar siempre que nuestro conocimiento, en cualquier nivel en que se de, esta ligado al amor: no se conoce sino aquello que se ama. Cuando nuestro conocimiento no se mueve, como indicaba Pascal, con las razones que sólo el corazón conoce, reducimos a simples “cosas” todo lo que nos rodea. También a las personas. Y ante las “cosas”, nos movemos con indiferencia: “cosificar” lo otro, es la mejor manera de ignorarlo. Un apretón de manos, una mirada, un roce pretendido…, nos dice más, cognoscitivamente hablando, que una pura elucubración sobre “lo otro”, sobre la persona.

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