Encantado con la irrupción florida de Rocio, que rejuvenece y refresca nuestro blog, y con el generoso brindis de Faustina, quería contaros que nuestra amiga Isabel me ha enviado un relato impresionante, maravillosamente bien  escrito, como ella sabe hacerlo (que es excelente escritora y poeta, además de profesora de literatura).  

 

                          Me ha gustado tanto que le he pedido permiso para reproducir aquí, como muestra para vosotros, dos pasajes. El primero es  de la ciudad de Delhi: 

                         “El hiriente contraste entre la opulencia y la miseria –hay un gran número de millonarios en India, y son millonarios con muchos ceros en sus cuentas-; el caos circulatorio en la propia capital del país (luego comprobaría que lo de Delhi es pura gloria en comparación con ciudades como Benarés, por ejemplo); un caos, por lo demás, ordenado a su manera, porque parece imposible que no se produzcan continuos choques o accidentes y sin embargo son realmente raros. Todo el mundo pita a todo el mundo, sencillamente para avisar y sin la impaciencia y el estrés que nos abruma en Occidente; el abandono, que me parece incurable aunque espero equivocarme, de la ciudad, con sus antiguas casas señoriales reducidas a poco más que un esqueleto semiderruído, el hacinamiento de tiendas y puestecillos callejeros, unas vallas publicitarias que lo invaden todo, la basura en cantidades increíbles, que no parece que nadie se moleste en limpiar, al lado mismo de, por ejemplo, el Hotel Imperial.   Sin embargo, todo eso era apenas nada comparado con el impacto que me produjo la estación de Delhi. La llegada a la estación ya me impresionó por sus grandes dimensiones, la cantidad de pasos elevados y escaleras que era necesario recorrer. Pero una vez en el andén, donde ya estaba formado nuestro tren, el choque me resultó brutal: el hacinamiento, algo como nunca había conocido, la gente sentada o durmiendo en el suelo, el calor insoportable, el ruido incesante, el olor… Hubo un momento en que sentí que iba a desmayarme, pero descubrí –bendito sea- un ventilador que fue mi salvación. Al refugio de sus aspas bienhechoras me fui sintiendo mejor y pude mantenerme más o menos bien hasta que subimos al tren.”                        

                          El otro pasaje que he seleccionado es de Agra:                         

                                      “A las 5,30 h. debíamos reunirnos en el vestíbulo del hotel para ir al Taj-Mahal al amanecer, antes de que el calor y la humedad hiciesen imposible la visita.                             Aun así, cuando salimos a las 5,30 h. del hotel, y más aún cuando, a las 6, llegamos ante la puerta del enorme recinto que alberga el singular monumento, teníamos la sensación de haber sido introducidos en una sauna. Con más de 30º y una humedad de más del 80%, la sensación térmica era de un calor sofocante, insoportable. Sudábamos a chorros, y nunca en mi vida he agradecido tanto disponer de un abanico… Con todo, valía la pena soportar esa especie de horno a cambio de la contemplación de ese conjunto incomparable; pues no es sólo el mausoleo, es la grandiosidad del recinto, ya desde la gran puerta de acceso, los hermosos edificios porticados, los amplios y bellos jardines con su gran variedad de árboles entre los que se filtraban los primeros rayos de sol, iluminándolos con una luz de irrealidad; y, al fondo, el armonioso, elegantísimo conjunto del mausoleo en el centro, la blancura refulgente del mármol; y a los lados, la mezquita y la casa de huéspedes, dos armoniosos edificios en piedra arenisca roja con las cúpulas de mármol. Rodeado por la neblina que sube del río Yahmuna –otro río sagrado de India- y tocado por la luz rosada del amanecer, el Taj-Mahal, el signo por siempre vivo del amor de Shahjahan a su reina muerta, emerge como un sueño, evanescente y mágico como una aparición. Tenía la sensación de que, por más que la suave dureza del mármol de la construcción y su monumentalidad expresen su indudable solidez, si alargaba la mano para tocarlo se desvanecería ante mis ojos como se desvanece un sueño cuando lo intentamos apresar.                             Ascender al monumento por las altas escaleras de mármol, encontrarme insignificante y mínima ante la magnificencia y la belleza del extraordinario mausoleo. Sentir en la mano el tacto frío y suave del mármol, el relieve de los hermosos tallados. Admirar la hermosura de las piedras semipreciosas incrustadas en la blancura delumbrante del mármol: ámbar, lapislázuli, malaquita…, el delicadísimo trabajo de las celosías… Toda una suma de sensaciones, de emociones estéticas inolvidables. Hicimos docenas de fotos y nos dejamos fotografiar por uno o dos de los fotógrafos que allí se dan cita, que a la salida y por la irrisoria cantidad de cien rupias cada una, nos entregaban las fotografías; que, por cierto, tanto unas como otras han quedado preciosas.                            

             Volvimos al hotel a través de las grandes extensiones de bosque, una vegetación destellante de verdes de diferentes tonos y matices, a través de las calles abigarradas de puestos de fruta, de bebidas, de comida; de vendedores, de mendigos: la turbamulta que continuamente me asalta y me cuestiona en India. Y no me refiero al asalto físico, que es incesante y resulta abrumador, sino al asalto íntimo, al choque que produce la vista de tanto desequilibrio, de tan hiriente desigualdad ante la que nada, o si acaso poquísimo, puedo hacer. La impotencia y una especie de vergüenza de estar aquí como turista, disfrutando de toda la belleza que este país ofrece y pasando de largo, por más impacto que me cause, ante este mundo de miseria y exclusión.”   

                        Y esta es la carta que yo le he escrito:  

Querida amiga Isabel:

                                    Tengo todavía deslumbrados los ojos, y el alma, con el espléndido, sorprendente, impresionante relato de tu viaje a la India, y de la boda -de sueños y leyendas de mil noches-, de tu hija Marina…  Lo describes todo tan impecablemente, tan vívidamente que he llegado a sentirme desbordado del agobio, el alboroto, los olores, los ruidos, de las calles de  Delhi, y embriagado, fascinado,  por toda la belleza, los colores y el misterio de esa enigmática civilización, construida para el disfrute de tan pocos con el trabajo y la miseria de tantos… 

                                               Dale a Marina, de mi parte, un fuerte abrazo de felicitación, y las gracias por habernos hecho disfrutar de tanta, tan pintoresca, tan abigarrada, tan inesperada, tan deliciosa, belleza oriental…

                                                ¿Pero todo esto  es verdad, Isabel, o me has contado un sueño?  

                                               En todo caso es  un interesantísimo y bellísimo relato, impecablemente y maravilladamente escrito y descrito por ti. Una lección de historia, de antropología, de cultura… y de exquisita sensibilidad por lo que a ti respecta.

 

                                                Gracias, Isabel

 

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12 Responses to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    Nuestro blog, en efecto, es nuestra plaza pública. Su concreción más próxima es el libro del que hablaba Fernando: “Encuentros en el Ágora”. Páginas llenas de reflexión, de charla amiga, de deseo, cada vez renovado, de brindar nuestras propias ideas a los amigos y a los que deambulan por esta nuestra Plaza, que ya es Plaza de todos.

    Esta tarde, al abrir el blog, he encontrado la excelente descripción del viaje de Isabel. La brumosa y colorida India siempre dibujada con tonos contrapuestos. Impresiona palpar los alejados y dramáticos mundos que conviven en geografías tan íntimas: exhuberancia de sensaciones múltiples, opulencia y miseria, mundos de hombres desgarrados, pintados en color de basura, abriéndonos sus manos menesterosas en la puerta de un “Hotel Imperial”… Qué contrastes…y, al tiempo, qué paradójica y enigmática riqueza humana… El “Taj-Mahal”, refulgente, deslumbrándonos siempre, contrapunto obligado de una tierra desigual y difícil…

    Hermosa narración la de Isabel… Pincelada colorista y plena de una India, antigua y mágica como hermosa leyenda de cuentos y viajes… Isabel, amiga ya antigua de nuestra Plaza Pública, he gozado al leerte… Gracias.

  2. José María Carrascosa Says:

    Esta mañana, mientras un débil sol dibuja el horizonte -amanece aún sobre este “paraíso interior” en el que vivo-, quiero abordar un asunto que, desde antiguo, ha preocupado al hombre: su conocimiento previo del futuro. Casi me lo exige la gran cantidad de horóscopos, anuncios de videntes, gabinetes de astrólogos, tarot y dados mágicos…que diariamente solicitan mi crédula atención. Ofertas todas de venturas seguras…

    Muy frecuentemente, la persona humana, ha pretendido suplir su desconocimiento del futuro acudiendo a agoreros y adivinos a fin de que le descubran el porvenir. Y esto lo han hecho no sólo hombres de sencillas apreciaciones sino, incluso, políticos reputados o intelectuales, acostumbrados a moverse entre rígidos parámetros intelectuales. La inseguridad y el desconocimiento acerca del mañana, acerca de lo trascendente, empujan a hombres y mujeres a frecuentes credulidades y a posicionamientos poco motivados. Los astros, el lenguaje de los augures es más valorado que la predicción racional, sensata y congruente. Estos nuevos “chamanes del futuro”, gozan de espacios de televisión, incluso en horarios reservados, para señalar, con toda seriedad, el futuro curso de personas y cosas…

    Ante lo desconocido, el hombre se siente débil. Y, para cobrar confianza, acude a la aceptación del vaticinio de personas que se autodefinen como conocedoras del porvenir o a esquematismos dogmáticos poco fundados. Se fía de todo, menos de una ponderada inferencia causal, resultado maduro de su “buen entender”. El hombre, “racional”, renuncia, así, a lo coherente, para perderse en credulidades mágicas, carentes de fundamento sólido.

    Pareciera que, para el ser humano, en algunos casos, es mejor y más fácil “ser crédulo” que “racional”. Por esto, la superstición, el amuleto de la suerte, la quiromancia, la astrología, el tarot, se convierten en moneda de uso corriente. A mayor inseguridad, mayor credulidad. Y cuanta mayor es la credulidad, menor es la responsabilidad del acto humano. Sólo hay que ver los anuncios que emiten los medios de comunicación o comprobar los variados amuletos con que los participantes de los concursos televisivos pretenden amparar su suerte. Todos tratan de invocar poderes ocultos, mágicos, para triunfar y saber, para sentirse protegidos ante lo desconocido. Una montera boca abajo en la arena, es señal casi inequívoca del triunfo del torero…

    Sin embargo, y a pesar de esto, el hombre presume, casi siempre, de ser congruente en su obrar y en su saber. Se considera, por ello, diferente al resto de los animales. Se sabe superior. Con capacidad de progreso y de comunicación interpersonal prevé los pasos que han de darse siempre… Pero en sus momentos claves, ante un futuro incierto, desconfía de los procedimientos cognoscitivos comunes. Quiere seguridades y renuncia a su razón, confiando casi ciegamente en el vuelo de los pájaros, en los posos de café o en las palabras dogmáticas, poco fundadas y mistéricas la mayor parte de las veces, del chamán de turno.

    Quizás sea necesario desentrañar al hombre y enseñarle que vivir, en el hondo misterio del futuro, es lo suyo. El tiempo, que es su ser más profundo, es limitado y la palabra temporal, trazada siempre con signos contingentes, nunca finaliza… Está lanzada a lo desconocido.

  3. Fernando Pinzon Says:

    Tu comentario de hoy, José Mª, nos lanza al espacio insondable, a las tinieblas que nos envuelven, los shadows and fogs de la película de Woddy Allen. Y en medio de ese desamparo existencial, el “pobre hombrecillo” que nos describía Wilhelm Reich, la pobre personilla indefensa que somos todos nosotros, busca ansiosamente alguna rendija por donde se filtre un rayito de luz de seguridad y de esperanza.

    ¿Fiarse de la razón? En algo tenemos que confiar. Pero cualquier ser razonable y racional sabe que nuestro conocimiento de la realidad, por profundos y extensos que sean, no se agota con los datos que abarca y configura la razón: que son simplemente un pequeño recorte en el tejido de las infinitas posibilidades. Como decían los antiguos filósofos, “nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, la inteligencia no sabe más, ni conoce más, que lo que dan de sí los datos que desde esas cinco ventanas sensoriales (ver, oír, oler, gustar y tocar) se recolectan y aportan. Todo lo demás son shadows and fogs….

    He oído estos días que hay perros que descubren el cáncer y otras enfermedades, las olfatean, en un diagnóstico animal y canino, sustitutivo o predecedor al diagnóstico científico del Doctor, con su mente racional amueblada de conocimientos estructurados por la ciencia y los avances tan maravillosamente sorprendente de las técnicas…

  4. Isabel Rodríguez Says:

    Gracias, Fernando, por ser siempre tan entusiasta ante lo que escribo. Como siempre, me sobrevaloras, pero sé que eso se debe al cariño y, la verdad, me hace sentir orgullosa y contenta.

    Y gracias también a ti, José María, por tu lírico comentario. La verdad, que a una alguien le diga que ha gozado leyendo algo que ha escrito es de lo más estimulante que se puede encontrar.

    Y luego, me interesa mucho la cuestión que planteas acerca de la proliferación de adivinos, quirománticos y cantidad de gentes de todo pelaje que nos vienen con la pretensión de anticiparnos el conocimiento del futuro. Tú mismo das la clave de esta extraña -en tiempos en que la ciencia y la técnica paracen dirigirlo todo, resulta realmente extraña- confianza de muchas personas, incluso de sólidos conocimientos y firme intelecto, en tales predicciones: la inseguridad, la incertidumbre acerca de nuestro futuro y de nuestro destino final. Y aportas la gran clave para enfrentarnos a ello: la razón, nuestra cualidad más distintiva y excelsa, la que nos pone en un plano superior y sobre todo distinto al de los demás animales. Es cierto que no deja de ser incongruente que presumamos de nuestra cultura racional, de nuestra capacidad de raciocinio, y nos neguemos a servirnos de ella para afrontar todas las realidades de nuestra existencia, incluso su carácter de insegura e incierta.
    La verdad es que, más que negarnos, creo que es que sentimos que perdemos pie, tenemos la sensación de andar sobre arenas movedizas, de que no hay un asidero firme y seguro al que agarrarnos para sentirnos a salvo de ese vértigo de incertidumbre que se adueña de nosotros. Y creo que hay que aprender a aceptar eso sin demasiado dramatismo; a aceptar que la vida es insegura, amenazada, precaria, y que lo único que verdaderamente tenemos para enfrentarnos a esa precariedad es precisamente nuestra cualidad de racionales, el reconocimiento humilde de que somos frágiles e inseguros y de que, sin embargo, tenemos, ya que vivimos, la obligación moral de seguir pensando, amando, luchando por cuanto pueda hacer de la vida y del mundo algo más habitable, más amigable y más justo.

    En cuanto a la proliferación de adivinos, lectores de cartas, quirománticos, etc…, ahí sí creo que nuestra capacidad de raciocinio es decisiva. Sabemos perfectamente que el noventa y nueve por ciento de esos personajes son sencillamente unos vividores que han encontrado un filón en la angustia y la inseguridad humanas. Creo que son perfectamente desdeñables y que es un fenómeno del que no hay que hacer mucho caso. Pero sí creo que es también importante la aportación de Fernando en el sentido de que la razón no lo explica todo, no tiene elementos ni posibilidad de explicarlo todo, y hay un mundo abierto al misterio que seguramente nos resulta impenentrable, pero cuya existencia no por eso debe negarse. El cartesiano “pienso, luego existo” podría completarse con afirmaciones no menos ciertas: “Siento, luego existo”, “dudo, luego existo”, “percibo, luego existo”, “amo, luego existo”… Y todo esto no es que esté en pugna con la razón (no debe, al menos), pero entra en otras vías, es una puerta abierta al misterio. Y el misterio a mí me merece muchísimo respeto.

    Y a ti también, ateniéndome al último párrafo de tu comentario, que es un llamamiento a aceptar lo desconocido y el misterio como un elemento importante de nuestra vida, de nuestra concepción racional y de nuestro ser intuitivo y espiritual (no se me ocurre otra manera de decirlo). O sea, que dejémonos de intentar adivinar el futuro, que sólo por serlo ya lleva aparejada una notable carga de incertidumbre, y apoyémonos para afrontar la vida en nuestra razón y en nuestra capacidad de aceptar el misterio. Al menos, es así como yo resuelvo (es un decir…) la antinomia.

  5. Fernando Pinzon Says:

    Nuestra amiga Isabel Agüera ha querido entrar en el blog y por alguna razón técnica no lo ha conseguido. Me pide que ponga yo aquí su comentario, que ha sido publicado en un periódico local:

    QUERIDO FERNANDO: VUESTRO COMENTARIO SERÁ MUY VALORADO POR MÍ. NO SÉ SI LA PIZCA DE IRONÍA CON QUE HE QUERIDO SAZONARLO VA A SER ENTENDIDA… UN ABRAZO. ISABEL

    Años ya de una magistral anécdota: En una clase, con más de cuarenta alumnos, me esforzaba por explicar, con mis mejores palabras y sencillos procedimientos, pero con el mínimo de entusiasmo -no era precisamente un tema que me gustara- segmentos, suma, resta, etc… Un total silencio reinaba en el aula, pero los alumnos (pronto pude advertirlo) no atendían; claramente estaban en otra cosa. “¿Qué os pasa? ¿Qué miráis?”, pregunté. Como una sola voz respondieron: tus zapatos. Sí, mis zapatos de estreno, de un plateado luminoso, eran lo único que en realidad les interesaba, lo único que yo, aquella mañana, en aquella clase, les estaba enseñando.

    ¡Voces y más voces se alzan estos días, en foros, tertulias, medios de comunicación, etc., sabiendo o sin saber, opinando sobre la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía! Y la voz de un querido compañero y amigo me urgía: “¡Mójate y dinos qué opinas!”. Así que chorreandito, pero sin esgrimir armas, voy a darle satisfacción, consciente de que la mayoría de las veces la complacencia sólo nos llega cuando escuchamos en boca de otro las palabras que se superponen con las nuestras, y consciente sobre todo de que el mojarse viene a ser entendido por el personal como el definirse a favor o en contra, o lo que es lo mismo: ideológicamente.

    ¡Pues no! En educación, siempre, siempre han primado, y seguirán primando en mí, los alumnos, sus intereses y ante todo, su futuro, porque… Sólo es posible avanzar cuando se mira lejos. Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande. Y yo creo, con referencia a esta nueva asignatura, y a lo mucho que se oye, que ni se mira lejos, ni se piensa en los alumnos, ni se mira en grande. Y para ello me baso, en primer lugar, en mi experiencia personal: todo lo referente al sexo, a la igualdad, al verdadero sentido religioso de la vida, a la convivencia, a la libertad, etc., lo he aprendido a fuerza de duros golpes con la realidad. ¡Cuánto mal -sí, mal- me hubiera evitado de haber sido instruida debidamente y en mis años de infancia y adolescencia!, ¿pero hacia dónde se miraba entonces?

    Por supuesto, me conozco lo esencial del contenido de la nueva asignatura, y una vez más tengo que ratificarme en lo que para mí es incuestionable y de lo que se debate poco o nada: los valores. Y los valores, de ello hablamos, no se imponen, no se enseñan; sólo se transmiten; y si, por ejemplo, yo no soy partidaria del aborto, seguro, seguro, que mientras predique sobre ello, mis alumnos estarán mirando mis zapatos. Y es que todo en el ser humano es lenguaje, y hasta la forma de andar, de sentarse o de mirar, pongo por caso, habla, y mucho, de nuestros valores. Un maestro, unos padres desde cualquier materia, desde cualquier momento e incluso desde cualquier gesto, pueden manipular a los alumnos o a los hijos hacia la dirección que se propongan. De ahí que yo piense, y en ello me mojo, que este debate es más bien político que educativo.

    El perspectivismo sostiene la multiplicidad de los posibles puntos de vista sobre la realidad, pero esta multiplicidad debe ser unificada desde algún principio rector. Para Ortega las perspectivas múltiples no son contradictorias y excluyentes unas para las otras. Muy al contrario, esas perspectivas deben ser unificadas, porque en cada una de ellas hay una gota de verdad; de modo que la Verdad estará constituida por la unificación de las múltiples perspectivas. Ello lleva a entender la verdad como algo que se va alcanzando paulatinamente en la medida en que se van unificando perspectivas. Efectivamente es preciso que la verdad, en todo, pero en educación por excelencia, sea la suma de nuestras mejores verdades, desnudas de apasionamientos ideológicos, porque de lo contrario estaremos cultivando un árbol endémico, estaremos perdiendo el tiempo y, entre tanto, nuestros alumnos o nuestros hijos, tan solo mirarán el color de nuestros zapatos… Bueno, si son nuevos.

    Isabel Agüera Espejo-Saavedra
    Avda. Carlos III, Nª 3, 7ª A
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  6. Marina Segura Says:

    He faltado un tiempo de la Plaza, y al pasarme hoy, os encuentro absolutamente inmersos en la plática sobre lo divino y lo humano, literalmente.
    Por un lado, la crónica, vivísima y expresiva de Isabel sobre la India, ese otro mundo (dentro de este). Esa otra manera de vivir, tan opaca a nuestro entendimiento y a nuestros sentimientos, porque, claro, entendemos y sentimos como somos, esto es: como occidentales, con nuestra carga de “prejuicios” ¿que otra cosa es una cultura? Como diría un cierto santo de devoción de esta plaza: “el hombre sin prejuicios actuaría como un orangután” (cito de memoria). Nuestra manera de ver la India, nuestra perspectiva, nos lleva desde disfrutar con la belleza de Taj-Mahal , a angustiarnos con lo que para nosotros es hacinamiento y miseria, que no digo que no lo sea, lo que sí creo es que ellos lo viven de una manera muy distinta y muy difícil de captar por nosotros. Isabel nos ha contado, por ejemplo, que el presunto caos circulatorio no es tal porque al final, funciona. Son normas, códigos, visiones, absolutamente distintas. El hecho de que toquen el claxon continuamente, pero sin el malestar y la agresividad de los occidentales, ya es una pista. En definitiva, a lo que quiero llegar, es que creo que ni mucho menos son tan infelices como nuestra mirada nos hace pensar. Haber vivido diez años en un país tercermundista me da alguna experiencia.
    Por otro lado me encuentro a Jose Maria y me sorprendo que él se sorprenda de que (y cito): “Pareciera que, para el ser humano, en algunos casos, es mejor y más fácil “ser crédulo” que “racional”. ¡Pero, pues claro manito!… ¿Desde cuando las personas nacen racionales, o tienden a serlo?
    Las creencias por antonomasia son las religiones, que me ha sorprendido que JM no mencione en absoluto, supongo porque está tratando este otro tipo de creencias. Pero, como sustitución del pensamiento racional, ¿Dónde esta la diferencia? La religiones dan la Gran Respuesta a la más angustiante de las preguntas ¿Nos morimos para siempre? “Sí, pero no”. Cada una a su estilo nos asegura una vida eterna, mejor cuanto mas obedientes hayamos sido y más fastidiados hayamos estado en el “valle de lagrimas”. ¿Y se puede negar que la absoluta inmensa mayoría de los mortales sean religiosos? Esto es, creen en esas respuestas. Como diría José Mª. ” El hombre, “racional”, renuncia, así, a lo coherente, para perderse en credulidades mágicas, carentes de fundamento sólido.”

    El tema que trata Isabel Agüera, es, al final, más de lo mismo. Lo que esta en juego en mi opinión es: ¿Creamos desde la escuela seres racionales o seres creyentes? ¿Consideramos la religión algo privado o público? Y cuando digo religión quiero decir también todos los valores basados en ella.
    Esta mañana, antes de abrir el blog he recibido una presentación de una amiga: es una serie de fotos del Rocío. Se llama “Así somos”, deja abierto el matiz de…”vaya por Díos cómo somos”, aunque no creo que fuese la intención del autor. Entre las fotos: Las carrozas saliendo de Sevilla, con la bandera de España; el famoso “polvo del camino”; la inmersión colectiva en el Quema (ese Ganges Andaluz); caballos ricamente ataviados, como sus jinetes (en eso, en el atuendo, ningún parecido con la India, por algo estamos en el primer mundo); los “mozos” (algunos mega talludos) descolocando a la Blanca Paloma que, si realmente lo fuese, habría huido volando hace mucho; en la explanada de la ermita, tantas personas apretadas entre sí, que ahora no sé si el termino hacinamiento solo se aplica si hay pobreza añadida.
    Aunque lo parezca no estoy criticando a los rocieros, creo que cubren con su peregrinaje varias necesidades básicas de los seres humanos: el instinto de pertenencia y el religioso, y encima en plan andaluz. Ser parte de un gran grupo, cuanto mayor mejor, que se baña en el mismo río, que comparten sus olores, sus colores, sus sabores, sus cánticos… Nunca he querido ir al Rocío, por el prejuicio racional y… por si me engancho.

    A veces, hace mucho frío en el alejamiento del grupo que la razón impone, me refiero al mantenimiento de nuestra autonomía de ser pensante, me refiero a no comulgar con ruedas de molino, me refiero a ser coherente con lo que se está de acuerdo y lo que no. La autonomía y la pertenecía suelen llevar direcciones opuestas y venimos del grupo, de la tribu…El misterio puede ser fascinante, pero también dar mucho miedo, como todo lo desconocido, no soy capaz de criticar a mis congéneres por agarrase a cosas que dan seguridad, justamente porque yo no sé hacerlo.
    Abrazos al impalpable grupito
    Marina

  7. Fernando Pinzon Says:

    Marina irrumpe, y sea muy bien venida, pisando fuerte, fuertísimo. La sensatez de su alegato y la diafinidad de su excelente estilo literario es como para gritarle, por tres veces seguidas, ¡viva la blanca paloma! (Lo pongo en minúsculas).

    Yo estaba preparando un breve comentario (de mucho más leve vuelo) a las ideas que expone Isabel Agüera, citando al eminente Ortega, sobre el “perspectivismo” y sobre el encuentro con la verdad en la conjunción articulable de las diversas perspectivas. Lo hago con un cuento que leí hace muchíiiiisimos años, cuando iniciaba mi preparación de terapeuta de grupo. Es un cuento indio, lo cual viene muy a punto ahora que el blog está perfumado y coloreado con las espampas indias que nos ha regalado la otra Isabel…
    Cuentan que, en la antigua India de los marajás, un profesor quiso enseñarles empíricamente a un grupo de niños ciegos lo que era un elefante. Naturalmente nunca lo había visto…
    Fue guiando al grupo de invidentes al lugar de la selva donde ya se escuchaba el rugido de los elefantes. Todos salieron corriendo a su ecuentro, con los brazos extendidos, tanteando con las manos. Uno logró encaramarse al lomo de uno de los elefantes, otro se colgó de la trompa, un tercero se sentó entre las orejas, otre se abrazó a una de sus voluminosas piernas…
    Cuando de vuelta a la escuela, les preguntó el maestro que definiera cada uno lo que, para él, era un elefante, el primero aseguraba (por aquel principio filosófico que enuncié en mi anterior comentario, “Nihil est in intellectu…” que la inteligencia conoce y elabora los datos que le entran por los sentidos) que el elefante, a una de cuyas patas se había abrazado, es como un arbol robusto plantado enmedio de la selva; otro, el que se subió sobre el lomo, disentía afirmando que es como una pradera donde uno puede tenderse a tomar el sol; el que se colgó de la trompa sostenía que el elefante es como la larga rama de un arbol mecida por los vientos, y al que se sentó entre las orejas nadie le convenciía de un elefante no es como dos descomunales paypays con los que los esclavos aliviaban el calor de los grandes mathamas… Y todos, como habían oído su potente rugido, coincidían en que también un elefante es un intenso ruído, como el de la tormenta o el fragor de los vientos huracanados…
    Hasta que el profesor les hizo ver que entre todos habían descubirto la verdad de lo que es un elefante: robusto como el arbol; grande y extenso como la pradera; con trompa más ágil que las ramas de los árboles, con potencia sonora de viento huracanado… Es decir: les dio, igual que ha hecho con nosotros Isabel A., una buena lección de “perspectivismo” orteguiano…

  8. amor Says:

    enhorabuena a isabel (¿no tendrías que decir su apellido?) y a ti por su amistad

    amor

  9. José María Carrascosa Says:

    En nuestro Blog se han suscitado, con la intervención de Isabel Agüera y de Marina Segura, dos cuestiones importantes: las “credulidades”, referidas, sobre todo, al ámbito de lo religioso y los “valores”, a propósito de la asignatura, tan traída y llevada hoy, de “Educación para la Ciudadanía”. De ambos temas quiero opinar. Antes, del que me sugiere Marina.

    Hay un campo en el que, lógicamente, la “credulidad” es mayor que la que expresamos y aceptamos en nuestro afán cotidiano de adivinar el porvenir. Es la creencia -o, quizás, “credulidad”- religiosa. En su aceptación, nos “jugamos más”. Su vivencia es más profunda. Tenemos la sensación de que las “credulidades” diarias acaban con el tiempo. La “creencia” que implica lo religioso, su aceptación, se pierde en “eternidades”. Y el asunto es más complejo…

    Es sabido que quien no tiene “dios”, se construye “dioses”. Y pareciera que es necesario un elemento mágico-divino para descansar toda nuestra inseguridad en una fe que se torna, muchas veces, en simple “credulidad”. En muchas ocasiones, la fundamentación congruente y seria queda fuera de las prácticas pseudo-fiduciales. Y ello origina y ampara una comodidad pasiva de quien no desea justificar ante sí mismo, reflexivamente, los motivos de su adhesión. Lo cual, casi siempre produce superficialidad y vivencias, que pueden llegar ser válidas a nivel estrictamente personal, pero poco fundadas.

    La fe, cuando el hombre la acepta, necesita un hondo proceso de reflexión personal. Nuestro “dios” o nuestros “dioses”, no pueden exigirnos, al aceptarlos, que renunciemos al don más preciado que nos dieron: la capacidad consciente y deliberada de nuestro obrar. Ni siquiera cuando, obsequiosamente, los reverenciamos y aceptamos. La creencia no debe convertirse nunca en “credulidad” ni en magia del futuro. No es la fe conciencia superficial de adhesiones fáciles. Es, por el contrario, para quien se adhiera a ella, aceptación vital, racional y lúcida de algo que le trasciende.

    El hombre tiene que tener “razones para creer”. Causa extrañeza, por ello, que muchos creyentes antepongan la “credulidad sensible” a las congruencias teológicas. Pareciera que con “tener fe”, de la de “andar por casa”, ya se posee una especie de privilegio que confiere patente de seguridad ante lo desconocido, por trascendente. Estimamos que hemos establecido una comunicación segura con el porvenir… Lo malo del asunto es que muchos de los que debieran velar por la reflexión honda de una genuina fe, prefieren impartir amonestaciones fáciles que sólo fomentan el ámbito de lo “crédulo” en espíritus débiles e ingenuos.

    Se puede ser creyente o no serlo. Pero serlo no supone renunciar a lo más digno y elevado del hombre: su capacidad de obrar inteligentemente. ¿Qué razones impulsan al creyente a creer? La pregunta presupone que hay “razones”. Y las razones siempre remiten a la inteligencia. No puede ser la creencia para quien la asuma, un acto crédulo de aceptación infundada de lo trascendente. Es cierto que quien, seriamente, lee el futuro, cualquiera que sea, intenta apoyarse en realidades que pueden ser lógicamente interpretadas. Y todo lo que se haga bajo premisas serias y humanas debe merecer nuestro respeto. El problema surge cuando lo trascendente, o el futuro, se acogen sin fundamentación alguna, más como algo crédulamente aceptado que como algo que es fruto de una autentica y valorada decisión personal. Lo trágico es confundir credulidad, creencia y racionalidad. Cuando todo se amalgama sin razones, o con actitudes puramente superficiales, se confunden, a menudo, las genuinas razones con patrañas infantiles…En estos casos, la “sinrazón” vale más que la “razón”.

    Es verdad que la “creencia” no se apoya en evidencias. Pero también es cierto que la congruencia o la inferencia no son actos inhumanos, sino profundamente racionales. Lo contrario, lo vacío de contenido, es “credulidad” o imaginación pseudo-religiosa. Se puede no aceptar la teología. Se puede negar, incluso, a Dios. Pero ambas cosas deberán hacerse con la madurez de lo humano. También podrá aceptarse a Dios, pero esta aceptación deberá ser apoyada con la seriedad y congruencia racional necesarias. La fe es una “certeza libre”, no evidente, que requiere la adhesión humana y racional de quien libremente la acepta. No hacerlo así es dejarse embaucar por encantadores y adivinos de lo trascendente, por cierto frecuentes y que, por nuestra superficial credulidad y miedo al porvenir, logran con ello una profesión rentable.

    Es verdad que lo trascendente, el futuro, no es tema de conocimientos evidentes. No son posibles aquí las evidencias. Pero es necesario amparar esta inseguridad con una decisión libre, personal, madura, de exclusiva opción personal, que confiere a la superficial “credulidad” valor de “creencia” personal y humana. Nuestra conciencia racional se va construyendo con relaciones intelectuales, a través de las cuales aprendemos a ser congruentes ante el futuro y ante lo que nos trasciende.

  10. Marina Segura Says:

    José Mª:
    He leído con mucha atención tu exposición de las diferencias entre la credulidad, las creencias y la fe. Creo haberlo entendido bien.
    Hay algunas afirmaciones tuyas que me chocan, desde mi punto de vista, desde el “pedazo del elefante que me toca”. Una de ellas es: El hombre tiene que tener “razones para creer”. Causa extrañeza, por ello, que muchos creyentes antepongan la “credulidad sensible” a las congruencias teológicas. (…) … Lo malo del asunto es que muchos de los que debieran velar por la reflexión honda de una genuina fe, prefieren impartir amonestaciones fáciles que sólo fomentan el ámbito de lo “crédulo” en espíritus débiles e ingenuos”

    Me parece que no es difícil constatar, mirando alrededor, a “cualquier alrededor”, que todas las religiones descansan en una inmensa base de espíritus débiles e ingenuos (quizás seria más riguroso decir intelectos débiles). Lo que no quita que también haya fieles que se plantean su “fidelidad” como tú dices, y busque “razones para creer”. Como las creencias no se apoyan en evidencias, como tú también dices, lo que a mí me parece igual a que carecen de “fundamentos sólidos”, pues cuanto más racional, intelectual, crítico, etc., sea esa persona más difícil lo tiene.

    Otra afirmación tuya que no puedo honestamente compartir es: “La fe es una “certeza libre”, no evidente, que requiere la adhesión humana y racional de quien libremente la acepta”.
    ¿No son el dogma y la libertad como agua y aceite? Si el dogma es inteligible e incuestionable ¿Dónde está la libertad? Sí entiendo la aceptación de algo que ya esta dentro de nosotros. De nuevo Ortega “En las creencias se está”.

    En definitiva, desde mi punto de vista, una creencia, una fe, no se eligen; sino que al cubrir una necesidad, la mente racional (que para eso esta la mayoría de las veces) justifica y carga de razones nuestra aceptación, evitando el malestar de la incoherencia interna.

    Es un placer intercambiar ideas contigo sobre estos temas.
    Un abrazo
    Marina

  11. José María Carrascosa Says:

    He leído con mucha atención el artículo que sobre la asignatura “Educación para la Convivencia” nos ha ofrecido Isabel Agüera en el blog. También, el comentario de Fernando sobre el asunto. Por su especial relevancia, quiero aportar alguna idea que nos permita tener nuevas “perspectivas” sobre el tema.

    En cualquier disciplina, en su inicio, no sólo hay que buscar el “quid nominis”, sino, sobre todo, el “quid rei”. Científicamente, cualquier investigación es necesario abordarla teniendo un “praecognitum” previo que, como hipótesis de trabajo, oriente el estudio. Y, quizás, la mejor forma de obtener este “conocimiento previo”, como vía para determinar el nombre y el contenido de la “Educación para la Ciudadanía”, sea analizar, en una especie de fenomenología elemental, lo que subyace a todo proceso educativo y, más concretamente, a esta asignatura: el “Valor”. Porque lo que está en juego, lo que transmite esta disciplina, son valores y abundan, en consecuencia, las diferentes “perspectivas”, pretendidamente objetivas, que sobre el mismo se tienen.

    Desde el inicio, como una especie de “praecognitum”, hay que afirmar que el valor no puede ser nunca, cuando se refiere a los fines y realizaciones humanas, objeto de una visión perspectivística. Aceptarlo así sería admitir un relativismo axiológico que parcelaría el objeto final. La formación y la integración de lo humano no pueden ser una simple cuestión de perspectiva.

    Se indaga, desde que Grecia determinara el ámbito de la Ética, la base genética de la que dimanan los principios que dan valor al comportamiento humano. En esta indagación, es claro, hay diversidad de criterios. No es posible, en principio, una aceptación uniforme para establecer la fuente de la axiología que regula las dimensiones humanas de comportamiento. Los puntos de partida han sido dispares.

    Tradicionalmente, se aceptaba, desde una posición filosófica concreta, que todo “valor” fundamental humano tiene su origen en las exigencias “naturales” dimanantes de la esencia del hombre. De un hombre, además, “creado” por Dios, lo que solicitaba, en su aceptación, un fuerte componente fiducial. Hoy, sin embargo, cobra fuerza el intento de anteponer, a esta concepción esencialista-creacionista, la dimensión “situacional” del hombre. Al hombre hay que entenderlo, en su realización, sobre todo social, desde su “situación” concreta existencial. Lo contrario sería situarlo en parámetros de profunda abstracción metafísica, olvidando que la esencia del hombre, fundamentalmente, es su existir.

    Por eso, paralelamente a esta concepción esencialista, se desarrolla, en el ámbito de la ética, como norma originaria de los valores sociales, el “positivismo” moral. No es la esencia humana -entelequia de difícil concreción-, la que determina las pautas sociales de convivencia. Lo hace, y si cabe con mayor precisión y legitimidad, la aceptación unánime de la sociedad sobre los medios óptimos -los valores- que conducen a la obtención del bien temporal de todos. Los valores sociales -y gran parte de los individuales, también,- siempre tienen, así, -porque dimanan del pueblo-, una carga política: son valores “de” y “para” un hombre que hace su vida “en” y “por” la ciudad.

    La mayor parte de las veces, sobre todo en su fundamentación filosófica radical, ambas concepciones, esencialista y positivista, son excluyentes. Parten de concepciones metafísicas diferentes e incompatibles. Esto hace que en la práctica, y en el asunto que tratamos, la asignatura “Educación para la Ciudadanía”, que pretende trasmitir valores para el hombre y para su convivencia, se convierta en una denostada y conflictiva cuestión política, fruto más de prejuicios apriorísticos que de objetividades. Los “praecognita”, así, no aclaran, sino que confunden, no sólo el “quid nominis” sino, sobre todo, el “quid rei”.

    Los miembros de la sociedad, de manera uniforme, en sus parlamentos ciudadanos, se auto dictan las pautas convivenciales que les parecen más adecuadas para convivir como hombres. El criterio mayoritario se torna, así, en normativa legal de la vida social, de aplicación obligatoria, para todo el que desea vivir en esa sociedad. Este criterio mayoritario ciudadano, sin connotaciones metafísico-fiduciales de ningún tipo, deberá adoptarse libre de prejuicios partidistas, diferentes a los que dimanan de la búsqueda del bien público “temporal”, que sólo servirían para parcelar temporalmente nuestros fines y nuestras obligaciones. Y, si es posible -que seguro lo es- tratando de integrar con objetividad, y no solamente con perspectivas pseudo-partidistas, los diferentes modelos de enjuiciamiento ético que en toda sociedad conviven

    Es claro que el docente que imparta esta asignatura tendrá que hacerlo con convencimiento ciudadano… De lo contrario, sólo logrará que los alumnos no perciban la importancia de la dimensión social que a ellos, como a ciudadanos, obliga. Al respecto Ortega, en “Unas lecciones de Metafísica” decía: “Enseñar no es primaria y fundamentalmente sino enseñar la necesidad de una ciencia y “no enseñar” la ciencia cuya necesidad sea imposible hacer sentir al estudiante”. Si el docente no sabe motivar el interés de sus alumnos hacia aquello que él trata de trasmitirles, quizás sea mejor que revise sus bases pedagógicas. Enseñar siempre es formar y esto siempre implica transmisión de valores

  12. Isabel Agüera Says:

    Querido y desconocido amigo, José María: He leído con sumo interés tu magnífica exposición al comentario de Marina y me satisface sobremanera el coincidir, creo, en mucho, con tus claras y profundas reflexiones, . Precisamente, y para el próximo martes, día 2 de octubre, que se publica mi columna en el Diario Córdoba, abordo algo acerca del tema, si bien la limitación de espacio, es total y absolutamente mi gran problema expositivo.
    Efectivamente, pienso que vivimos inmersos en una credulidad posmoderna. No hay duda de que en gran parte, nuestra sociedad, en general, ha aparcado creencias que pertenecen a generaciones pasadas -no quedarán muchos, supongo, que piensen es pecado mirar el cuerpo de una mujer desnuda, por ejemplo-. No obstante, me maravilla comprobar cómo cunde la credulidad ante lo que expresan los medios de comunicación. ¿Qué es bueno comer tomate? ¡A consumir toneladas de tomates! ¿Qué el tomate engorda? ¡Ni pensar en mirarlo! Durante muchos años, tal vez demasiados, mi fe fue pura credulidad en aquellas verdades absolutas, propugnadas, en mi caso, por el cristianismo, pero un día caí en la cuenta de que ningún “dios” puede exigir por ley, por decreto, anatematizar, en definitiva y condenar al que use sus ojos también para admirar la belleza del cuerpo humano, por seguir con el símil. ¡Qué va, qué va! Esa enfermiza obsesión por la fe, desde mi punto de vista, es entre otras razones, una cobardía, una impotencia ante la imposibilidad de convencer. Es curioso observar la condición del ser humano que precisa de inventar creencias para ser feliz, creencias que resultan ser autoengaños que lo justifiquen ante su mala o simplona conciencia.
    Este verano, en mi residencia vacacional, y siempre con mi cámara de fotos a ristre, entré en una iglesia, precisamente cuando las campanas anunciaban el tercer toque de Misa. Me senté en el último banco, ya que mi propósito, casi exclusivo, era observar. La gente que entraba, en su mayoría mujeres, y en su totalidad pertenecientes a la tercera o cuarta, más bien, edad –con todo respeto a estas personas-, apoyadas en bastones, con evidentes deterioros físicos, acudían, no obstante, en una especie de éxtasis nostálgico que imprimía a sus rostros un halo inconfundible de felicidad.
    Cuando el revestido sacerdote llegó al altar, observé como dos asistentas muy cerca de mí cuchicheaban algo. Acucié el oído: ¡Este cura no es el nuestro! –exclamó una-: ¡Vámonos a tomar un café! –exclamó la otra. Sí, les hice la foto por la espalda –un respeto- Y los palos del sombrajo, como se dice en mi pueblo, se me fueron a pique, y saqué mi libretilla y escribí: Ya sé, al menos, dónde no está Dios
    Las doctrinas, para mí, tienen que pasar, desprovista de “arreglos de fontanería, carpintería, etc.”, por la criba serena, objetiva, reflexiva, etc. de nuestro intelecto, que ¡para algo nos fue dado, digo yo!
    Mi fe, la mía “particular” no está escrita en libro alguno, ni está en boca de predicadores, ni está en los acontecimientos presentes o venideros, ni estriba en esperar otra vida, mi fe es una incógnita que trato, sin ningún tipo de apasionamientos, de despejar a la luz de todo y de mi nada emergente de un infinito universo en el que mi “mi yo y mis circunstancias” son motor de creencias “razonadas”. Dejó de preocuparme hace ya “miles de años” el alcanzar vida eterna; me preocupa ésta. La otra, si existe, me la van a dar hecha pero, por esta tierra nuestra, queda mucho por hacer y parte me corresponde.
    José María no es muy legal editar artículos con anterioridad a su legítimo destino, pero esta vez casi lo he comentado sin pretenderlo,. Se llama CREDULIRDAD Y FE
    Gracias a todos por vuestros generosos comentarios y enhorabuena por este muy especial blog.
    Termino con una divertida anécdota que tal vez conozcas.
    Se cuenta la anécdota que sucedió hace ya bastantes años en que hubo sequía, en EE. UU., entonces los creyentes decidieron hacer un culto masivo, en que asistieron de distintos lugares a la iglesia, para hacer oración pidiendo al Señor que hiciera llover. Entonces el pastor se para al frente y al iniciar la reunión exclama “¡Aleluya hermanos! ¿Ustedes creen que si pedimos fervientemente, Dios enviará lluvia?” Todos respondieron: “¡Amén!, sí creemos”. Luego insistió “¡Aleluya! ¿ustedes creen que Dios se acordará de nosotros y esta sequía ya no estará más?” Entonces dijeron: “Sí creemos” El pastor al observar atentamente el templo preguntó “¿Entonces por qué nadie trajo paraguas?

    Este predicador ¡sí que sabía!. Un abrazo. Isabel Agüera

    (Estos coleguillas van a decir: ¡Qué pesadita la Isabel ésta!)

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