Hola, amigos: Ya ha vuento mi ordenador desde el "sanatorio" informático, supuestamente reparado y vitaminizado. Durante estos larguiiiiísimos días he tenido ocasión de comprobar in peectore cómo las ventajas del desarrollo tecnológico nos hace cada vez más intolerantes neurológicamente, y desdichados emocionalmente, ante las restricciones comunicativas: Una aplicación focalizada de la "Intolerancia a la Frustración" que tan espléndidamente estudió el profesor Rozenweigh y para cuya medición personalizada nos legó un famoso test proyectivo.
La prueba fehaciente para mí ha sido que, como ya sabéis, en estos días ocurrió una avería en mi correo electrónico que ha hecho necesario reformatear todo el ordenador, hardware y software (me las estoy dando de entendido, sin tener ni idea…) y… el mundo se me desplomó encima. O casi. Cartas acumuladas, respuestas diferidas, consultas imposibilitadas…, impotencia, aburrimiento, impaciencia, frustración, desesperación. Dijo sabiamente Shakespeare que "las cosas que nos pasan no son ni buenas ni malas; que las hacemos buenas o malas e nuestra mente"… Es verdad: el problema se ha solucionado en menos de una semana. Lo que en los dos primeros tercios de mi vida, y hasta hace poco, tardaba normalmente una carta en el correo postal, si no empleábamos aquellos telegramas de palabras contadas, cortadas a hachazos de "stops"…
…Pero resulta que -será higiénico reconocerlo- a medida que el nivel de nuestras expectativas se eleva, como las águilas, a las cumbres de los progresos tecnológicos (¡qué felices somos!), la estatura de nuestra tolerancia a las frustraciones se achica, se empobrece, se cuchimiza… (¡Cuánta desdicha innecesaria!)

























Septiembre 12th, 2007 at 2:00 pm
Por fin, Fernando, la criatura ha vuelto a casa “sana y salva”. Cuánta razón tienes al hablar del desasosiego y la inseguridad que nos produce el fallo técnico… Una técnica que, en ocasiones, rechazábamos y que ahora nos es imprescindible para caminar… Me alegro, amigo, por la buena salud que ahora tiene ese tu “cacharro” informático tan insustituible…
Vuelvo a otro asunto. Y hablo, ahora del e-mail de mi amiga Faustina, (no “Florentina”, como la llama Fernando). Le he contestado. Y como creo que nuestras palabras e ideas pueden interesar a otros integrantes de nuestro blog, copio aquí parte de mi respuesta, igual que hice ayer con su e-mail. Hoy, además, introduzco algunas nuevas sugerencias, implícitas en el contexto de lo que le escribía. Todo esto que escribo me lo ha suscitado una frase suya, dicha muy de pasada, pero que me ha hecho pensar en que quizás “no haya nada nuevo bajo el sol”. Esta es su frase: “Nuestra vida va de
un “bonjour tristesse” a un “good morning happiness”… Es difícil titular
una historia así: tan de uno y tan de muchos al mismo tiempo… Los avatares,
circunstancias y acontecimientos diferencian tu historia y la mía; cambian
los decorados, los personajes complementarios…..pero lo que desde dentro
nos mueve a ser y estar en cada momento quizás no sea tan distinto.
Todo esto me recuerda “La morfología del cuento” de Propp, que yo
explicaba en mis clases de lengua”.
Con estas ideas, reflexionaba con Faustina, quizás forzando un poco los esquemas conceptuales, pero con ánimo de indagar y desentrañar nuestro íntimo psiquismo:
Ayer leí lo que estaba a mi alcance, que en Internet es mucho, sobre la “Morfología del Cuento” de Vladimir Propp. La narración que haces, Faustina, sobre tus vacaciones, (las que os transcribí a todos en mi entrada, ayer día 11, al blog), es tan lineal, tan de cuento, que puede analizarse desde la perspectiva de Propp. Su estructura descriptiva –cuento imaginado con paisajes grises y azules de mar y de montaña- encaja en las “variables” que Propp establece para narrar un “cuento maravilloso”. Todo es lineal, sencillo, de estructura única en su orden y descripción. Y, sobre todo, en todas tus palabras, hay mucho de simbólico. Mucho de arquetípico.
Cuando leía a Propp y te leía, Faustina, narrando tus sencillas vivencias, casi mágicas por su profunda linealidad, recordé una tesis de grado que dirigí, hace algunos años ya, en la Facultad de Psicología de la Universidad de Caracas. Se titulaba: “Análisis de la simbología jungiana en la imaginación infantil y su repercusión en la conducta”. Se trataba de analizar, siguiendo lo fundamental de la simbología arquetípica de Jung, los elementos inconscientes que los niños utilizan en sus narraciones infantiles (lineales, sencillas, recurrentes) -igual que lo hacen los primitivos en sus cuentos mágicos- y que determinan actitudes concretas a partir de los elementos simbólicos que pueblan su imaginación arquetípica. (Es curioso que gran parte de las tiras de “cómics” de los “tabloides” periodísticos y casi todas las películas, más o menos infantiles, se muevan en estos simples, pero reiterados, modelos arquetípicos). Por todas partes aparece siempre nuestro profundo ser simbólico…
Según Propp, todo cuento (quizás toda nuestra vida sea, simplemente eso, un cuento…) debe estar constituido por un conjunto de parámetros constantes y variables. Son esferas de acción que representan el “dramatis personae”, en lenguaje técnico “proppiano”. Estos relatos simples, casi fantásticos por su sencillez, se orientan ineludiblemente a “esferas de acción”: el Héroe, el Agresor, el Mandatario, el Donante, el Auxiliar (a menudo mágico), el Falso héroe (o impostor), la Princesa, el Hada buena y la Bruja…, el Fuego, la Guerra… Todos, símbolos de un lugar o un acontecimiento en el que, de alguna manera, hemos vivido y sentido en nuestra más profunda estructura vital. Ellos han poblado nuestra imaginación y han sido motor de nuestra acción.
Pienso que el esquema de Propp, además de aplicarse a todo cuento maravilloso, por traslación puede también encuadrar toda narración vital sencilla y lineal, funcionando, toda ella, como una secuencia de momentos mágicos: lo que, en definitiva, es una “vida contada y vivida con sencillez”. Y pienso, también, y lanzo la idea a los psicólogos de nuestro blog, que tras Propp y tras estas sus “esferas de acción”, y en toda nuestra vida, está la simbología arquetípica jungiana que, como inconsciente colectivo, determina gran parte de nuestro proceder. Todo esto me lo sugería aquella estupenda enumeración vacacional que nos hacías, Faustina, en tu e-mail de hace unos días y que copié ayer en nuestro blog… Quizás las palabras, igual que la vida misma en su más profunda sencillez, tienen, en su sentido íntimo, un alcance simbólico que se extiende más allá de lo que ellas sencillamente dicen…
En síntesis: nuestra vida, en su sencillez, es un cuento mágico capaz de soportar la “morfología del Cuento”. Habría que analizarla desde los simples símbolos arquetípicos de Propp y también, creo, de Jung. Quizás así logremos entender muchos de los comportamientos humanos que, aparentemente, parecen excesivamente complicados.
Psicólogos, amigos del blog, ¿qué pensáis de todo esto?