Encantado con la irrupción florida de Rocio, que rejuvenece y refresca nuestro blog, y con el generoso brindis de Faustina, quería contaros que nuestra amiga Isabel me ha enviado un relato impresionante, maravillosamente bien escrito, como ella sabe hacerlo (que es excelente escritora y poeta, además de profesora de literatura).
Me ha gustado tanto que le he pedido permiso para reproducir aquí, como muestra para vosotros, dos pasajes. El primero es de la ciudad de Delhi:
“El hiriente contraste entre la opulencia y la miseria –hay un gran número de millonarios en India, y son millonarios con muchos ceros en sus cuentas-; el caos circulatorio en la propia capital del país (luego comprobaría que lo de Delhi es pura gloria en comparación con ciudades como Benarés, por ejemplo); un caos, por lo demás, ordenado a su manera, porque parece imposible que no se produzcan continuos choques o accidentes y sin embargo son realmente raros. Todo el mundo pita a todo el mundo, sencillamente para avisar y sin la impaciencia y el estrés que nos abruma en Occidente; el abandono, que me parece incurable aunque espero equivocarme, de la ciudad, con sus antiguas casas señoriales reducidas a poco más que un esqueleto semiderruído, el hacinamiento de tiendas y puestecillos callejeros, unas vallas publicitarias que lo invaden todo, la basura en cantidades increíbles, que no parece que nadie se moleste en limpiar, al lado mismo de, por ejemplo, el Hotel Imperial. Sin embargo, todo eso era apenas nada comparado con el impacto que me produjo la estación de Delhi. La llegada a la estación ya me impresionó por sus grandes dimensiones, la cantidad de pasos elevados y escaleras que era necesario recorrer. Pero una vez en el andén, donde ya estaba formado nuestro tren, el choque me resultó brutal: el hacinamiento, algo como nunca había conocido, la gente sentada o durmiendo en el suelo, el calor insoportable, el ruido incesante, el olor… Hubo un momento en que sentí que iba a desmayarme, pero descubrí –bendito sea- un ventilador que fue mi salvación. Al refugio de sus aspas bienhechoras me fui sintiendo mejor y pude mantenerme más o menos bien hasta que subimos al tren.”
El otro pasaje que he seleccionado es de Agra:
“A las 5,30 h. debíamos reunirnos en el vestíbulo del hotel para ir al Taj-Mahal al amanecer, antes de que el calor y la humedad hiciesen imposible la visita. Aun así, cuando salimos a las 5,30 h. del hotel, y más aún cuando, a las 6, llegamos ante la puerta del enorme recinto que alberga el singular monumento, teníamos la sensación de haber sido introducidos en una sauna. Con más de 30º y una humedad de más del 80%, la sensación térmica era de un calor sofocante, insoportable. Sudábamos a chorros, y nunca en mi vida he agradecido tanto disponer de un abanico… Con todo, valía la pena soportar esa especie de horno a cambio de la contemplación de ese conjunto incomparable; pues no es sólo el mausoleo, es la grandiosidad del recinto, ya desde la gran puerta de acceso, los hermosos edificios porticados, los amplios y bellos jardines con su gran variedad de árboles entre los que se filtraban los primeros rayos de sol, iluminándolos con una luz de irrealidad; y, al fondo, el armonioso, elegantísimo conjunto del mausoleo en el centro, la blancura refulgente del mármol; y a los lados, la mezquita y la casa de huéspedes, dos armoniosos edificios en piedra arenisca roja con las cúpulas de mármol. Rodeado por la neblina que sube del río Yahmuna –otro río sagrado de India- y tocado por la luz rosada del amanecer, el Taj-Mahal, el signo por siempre vivo del amor de Shahjahan a su reina muerta, emerge como un sueño, evanescente y mágico como una aparición. Tenía la sensación de que, por más que la suave dureza del mármol de la construcción y su monumentalidad expresen su indudable solidez, si alargaba la mano para tocarlo se desvanecería ante mis ojos como se desvanece un sueño cuando lo intentamos apresar. Ascender al monumento por las altas escaleras de mármol, encontrarme insignificante y mínima ante la magnificencia y la belleza del extraordinario mausoleo. Sentir en la mano el tacto frío y suave del mármol, el relieve de los hermosos tallados. Admirar la hermosura de las piedras semipreciosas incrustadas en la blancura delumbrante del mármol: ámbar, lapislázuli, malaquita…, el delicadísimo trabajo de las celosías… Toda una suma de sensaciones, de emociones estéticas inolvidables. Hicimos docenas de fotos y nos dejamos fotografiar por uno o dos de los fotógrafos que allí se dan cita, que a la salida y por la irrisoria cantidad de cien rupias cada una, nos entregaban las fotografías; que, por cierto, tanto unas como otras han quedado preciosas.
Volvimos al hotel a través de las grandes extensiones de bosque, una vegetación destellante de verdes de diferentes tonos y matices, a través de las calles abigarradas de puestos de fruta, de bebidas, de comida; de vendedores, de mendigos: la turbamulta que continuamente me asalta y me cuestiona en India. Y no me refiero al asalto físico, que es incesante y resulta abrumador, sino al asalto íntimo, al choque que produce la vista de tanto desequilibrio, de tan hiriente desigualdad ante la que nada, o si acaso poquísimo, puedo hacer. La impotencia y una especie de vergüenza de estar aquí como turista, disfrutando de toda la belleza que este país ofrece y pasando de largo, por más impacto que me cause, ante este mundo de miseria y exclusión.”
Y esta es la carta que yo le he escrito:
Querida amiga Isabel:
Tengo todavía deslumbrados los ojos, y el alma, con el espléndido, sorprendente, impresionante relato de tu viaje a la India, y de la boda -de sueños y leyendas de mil noches-, de tu hija Marina… Lo describes todo tan impecablemente, tan vívidamente que he llegado a sentirme desbordado del agobio, el alboroto, los olores, los ruidos, de las calles de Delhi, y embriagado, fascinado, por toda la belleza, los colores y el misterio de esa enigmática civilización, construida para el disfrute de tan pocos con el trabajo y la miseria de tantos…
Dale a Marina, de mi parte, un fuerte abrazo de felicitación, y las gracias por habernos hecho disfrutar de tanta, tan pintoresca, tan abigarrada, tan inesperada, tan deliciosa, belleza oriental…
¿Pero todo esto es verdad, Isabel, o me has contado un sueño?
En todo caso es un interesantísimo y bellísimo relato, impecablemente y maravilladamente escrito y descrito por ti. Una lección de historia, de antropología, de cultura… y de exquisita sensibilidad por lo que a ti respecta.
Gracias, Isabel