Archive for Septiembre, 2007

Lunes, Septiembre 24th, 2007

                   Como el tema de los valores anda revoloteando por la plaza (¡oh, el Ágora helénica), igual que las  residuales golondrinas del verano, voy a intentar, como lo hacía en mis clases universitarias pero bajando un poco de las altas cumbres intelectuales a las que nos eleva José Mª., definir lo que son los valores: ¿Qué es un valor? ¿Qué son los valores?            

                        El valor es siempre el objetivo de una necesidad, o de una aspiración, para orientar nuestro rumbo existencial y fundamentar nuestra propia construcción como personas. El edificio de la persona se construye sobre el basamento de los valores. Esto es la axiología: el estudio de los valores que nos constituyen, que nos sustentan (como soporte o como alimento) y que le dan sentido a nuestra existencia.      

                         Una definición de manual sería ésta: Valor es todo lo que mueve positivamente la conducta de una persona. Y se entiende positivamente como autoconstructivamente. Porque lo que mueve negativamente, no a la propia construcción sino a la propia destrucción, no es un valor, sino un desvalor, o un contravalor.            

                        Ahora voy a formular el primer axioma, básico, elemental, de la Psicopedagogía de los Valores: que la educación no consiste en trasmitir conocimientos, sino en trasmitir y promover valores. Lo que dice Ortega: más que conocimientos y contenidos, es hacer tomar consciencia de la necesidad que el alumno tiene de esos conocimientos. Hacer de los conocimientos un valor, extraer el valor que se oculta en ellos. Descubrir los valores que existen en la base de los conocimientos. Esto es propiamente educar.            

                        He dicho que la educación no consiste en trasmitir conocimientos. Transmitir conocimientos es Instrucción. Y para instruir solamente no es imprescindible, ni siquiera necesaria, la Escuela. Hoy existen medios de trasmisión y difusión de conocimientos como la radio, la TV, Internet…                                                               

                         Entre estos dos conceptos Educación-Instrucción, existe una diferencia análoga a la que hay entre Erudición y Cultura. La Erudición, que corresponde a la instrucción, es acumulación de datos de conocimientos, la Cultura, que corresponde a la educación,  supone la interiorización de estos conocimientos, por lo menos de algunos, su conversión en valores que dan sentido y orientación a la vida, su configuración en actitudes y en comportamientos personalizados. A propósito de la erudición y la instrucción quiero recordar unas palabras de Einstein, prototipo emblemático del sabio científico. Dijo en una ocasión: Todos somos ignorantes; lo que pasa es que ignoramos cosas distintas…Es bueno que sepamos aceptar lo que inevitablemente ignoramos, porque sea competencia de otros, y también lo que otros ignoran y en lo quizás nosotros somos competentes. Lo cual no impide, sino lo contrario, que todos podamos ser cultos, es decir: cultivados y fructificados en nuestro propio campo de cultivo.            

                         Si educar es llevar por un camino, los semáforos, los indicadores insustituibles de ese camino son los valores y su interiorización progresiva y total. Entre paréntesis diré que si lo que el educador pretende es llevar por un camino que conduzca adónde él (el educador) quiere, eso no es educar: a eso se llama manipular, amaestrar, domesticar… 

Martes, Septiembre 18th, 2007

                        Encantado con la irrupción florida de Rocio, que rejuvenece y refresca nuestro blog, y con el generoso brindis de Faustina, quería contaros que nuestra amiga Isabel me ha enviado un relato impresionante, maravillosamente bien  escrito, como ella sabe hacerlo (que es excelente escritora y poeta, además de profesora de literatura).  

 

                          Me ha gustado tanto que le he pedido permiso para reproducir aquí, como muestra para vosotros, dos pasajes. El primero es  de la ciudad de Delhi: 

                         “El hiriente contraste entre la opulencia y la miseria –hay un gran número de millonarios en India, y son millonarios con muchos ceros en sus cuentas-; el caos circulatorio en la propia capital del país (luego comprobaría que lo de Delhi es pura gloria en comparación con ciudades como Benarés, por ejemplo); un caos, por lo demás, ordenado a su manera, porque parece imposible que no se produzcan continuos choques o accidentes y sin embargo son realmente raros. Todo el mundo pita a todo el mundo, sencillamente para avisar y sin la impaciencia y el estrés que nos abruma en Occidente; el abandono, que me parece incurable aunque espero equivocarme, de la ciudad, con sus antiguas casas señoriales reducidas a poco más que un esqueleto semiderruído, el hacinamiento de tiendas y puestecillos callejeros, unas vallas publicitarias que lo invaden todo, la basura en cantidades increíbles, que no parece que nadie se moleste en limpiar, al lado mismo de, por ejemplo, el Hotel Imperial.   Sin embargo, todo eso era apenas nada comparado con el impacto que me produjo la estación de Delhi. La llegada a la estación ya me impresionó por sus grandes dimensiones, la cantidad de pasos elevados y escaleras que era necesario recorrer. Pero una vez en el andén, donde ya estaba formado nuestro tren, el choque me resultó brutal: el hacinamiento, algo como nunca había conocido, la gente sentada o durmiendo en el suelo, el calor insoportable, el ruido incesante, el olor… Hubo un momento en que sentí que iba a desmayarme, pero descubrí –bendito sea- un ventilador que fue mi salvación. Al refugio de sus aspas bienhechoras me fui sintiendo mejor y pude mantenerme más o menos bien hasta que subimos al tren.”                        

                          El otro pasaje que he seleccionado es de Agra:                         

                                      “A las 5,30 h. debíamos reunirnos en el vestíbulo del hotel para ir al Taj-Mahal al amanecer, antes de que el calor y la humedad hiciesen imposible la visita.                             Aun así, cuando salimos a las 5,30 h. del hotel, y más aún cuando, a las 6, llegamos ante la puerta del enorme recinto que alberga el singular monumento, teníamos la sensación de haber sido introducidos en una sauna. Con más de 30º y una humedad de más del 80%, la sensación térmica era de un calor sofocante, insoportable. Sudábamos a chorros, y nunca en mi vida he agradecido tanto disponer de un abanico… Con todo, valía la pena soportar esa especie de horno a cambio de la contemplación de ese conjunto incomparable; pues no es sólo el mausoleo, es la grandiosidad del recinto, ya desde la gran puerta de acceso, los hermosos edificios porticados, los amplios y bellos jardines con su gran variedad de árboles entre los que se filtraban los primeros rayos de sol, iluminándolos con una luz de irrealidad; y, al fondo, el armonioso, elegantísimo conjunto del mausoleo en el centro, la blancura refulgente del mármol; y a los lados, la mezquita y la casa de huéspedes, dos armoniosos edificios en piedra arenisca roja con las cúpulas de mármol. Rodeado por la neblina que sube del río Yahmuna –otro río sagrado de India- y tocado por la luz rosada del amanecer, el Taj-Mahal, el signo por siempre vivo del amor de Shahjahan a su reina muerta, emerge como un sueño, evanescente y mágico como una aparición. Tenía la sensación de que, por más que la suave dureza del mármol de la construcción y su monumentalidad expresen su indudable solidez, si alargaba la mano para tocarlo se desvanecería ante mis ojos como se desvanece un sueño cuando lo intentamos apresar.                             Ascender al monumento por las altas escaleras de mármol, encontrarme insignificante y mínima ante la magnificencia y la belleza del extraordinario mausoleo. Sentir en la mano el tacto frío y suave del mármol, el relieve de los hermosos tallados. Admirar la hermosura de las piedras semipreciosas incrustadas en la blancura delumbrante del mármol: ámbar, lapislázuli, malaquita…, el delicadísimo trabajo de las celosías… Toda una suma de sensaciones, de emociones estéticas inolvidables. Hicimos docenas de fotos y nos dejamos fotografiar por uno o dos de los fotógrafos que allí se dan cita, que a la salida y por la irrisoria cantidad de cien rupias cada una, nos entregaban las fotografías; que, por cierto, tanto unas como otras han quedado preciosas.                            

             Volvimos al hotel a través de las grandes extensiones de bosque, una vegetación destellante de verdes de diferentes tonos y matices, a través de las calles abigarradas de puestos de fruta, de bebidas, de comida; de vendedores, de mendigos: la turbamulta que continuamente me asalta y me cuestiona en India. Y no me refiero al asalto físico, que es incesante y resulta abrumador, sino al asalto íntimo, al choque que produce la vista de tanto desequilibrio, de tan hiriente desigualdad ante la que nada, o si acaso poquísimo, puedo hacer. La impotencia y una especie de vergüenza de estar aquí como turista, disfrutando de toda la belleza que este país ofrece y pasando de largo, por más impacto que me cause, ante este mundo de miseria y exclusión.”   

                        Y esta es la carta que yo le he escrito:  

Querida amiga Isabel:

                                    Tengo todavía deslumbrados los ojos, y el alma, con el espléndido, sorprendente, impresionante relato de tu viaje a la India, y de la boda -de sueños y leyendas de mil noches-, de tu hija Marina…  Lo describes todo tan impecablemente, tan vívidamente que he llegado a sentirme desbordado del agobio, el alboroto, los olores, los ruidos, de las calles de  Delhi, y embriagado, fascinado,  por toda la belleza, los colores y el misterio de esa enigmática civilización, construida para el disfrute de tan pocos con el trabajo y la miseria de tantos… 

                                               Dale a Marina, de mi parte, un fuerte abrazo de felicitación, y las gracias por habernos hecho disfrutar de tanta, tan pintoresca, tan abigarrada, tan inesperada, tan deliciosa, belleza oriental…

                                                ¿Pero todo esto  es verdad, Isabel, o me has contado un sueño?  

                                               En todo caso es  un interesantísimo y bellísimo relato, impecablemente y maravilladamente escrito y descrito por ti. Una lección de historia, de antropología, de cultura… y de exquisita sensibilidad por lo que a ti respecta.

 

                                                Gracias, Isabel

 

Sábado, Septiembre 15th, 2007

                        Vuelvo de dar una vuelta fugaz por la costa (gris y lluviosa, antesdeayer; azulina y refulgente, ayer y hoy…) con Julia y con mi hija. “Para no olvidar tu forma de mirar, viviré cerca del mar”… fue una sabia sugerencia de Juan Bau, de hace más de veinte años, de su canción “La Estrella de David”. 

 

                           El guante que me lanza  José Mª es atractivo, interesante, sugerente, y más cuando yo mismo publiqué un libro, allá por el 97, “La Fantasía como terapia de la personalidad”, sobre un sistema de Psicoterapia que estimula la emergencia de contenidos imaginarios  y arquetípicos de la mente (alimentada desde el origen de  la humanidad con cuentos, leyendas y mitos) para la reconstrucción, reparación y potenciación del psiquismo individual, y para la modulación del carácter y la personalidad.

                          Pero hoy quería hablaros de otro libro. Veréis: Durante los desmayados días de agosto y largos soles, José Mª y yo, en la distancia (pero acercados por los azules hilos telefónicos y por las veloces aves mensajeras de los e-mails), hemos estado elaborando todo el material de nuestro blog, todos los contenidos vibrantes de nuestros intercambios dialécticos en esta plaza digital, y… se ha gestado un libro. Con la inapreciable ayuda técnica de Rocío, hija de José Mª,  ha quedado maquetado y acicalado, con este título que nos integra a todos: “Encuentros en el Ágora”. Levantará el vuelo de sus hojas –que son alas- en unos tres meses. Y lo esperamos con la misma  conmoción intelectual y  corazón, que expresó nuestro viejo, siempre actual,   Calderón de la Barca:                        

 “Nace el ave. Y con las galas                       

que le dan belleza suma,                       

apenas bajel de plumas                       

o ramillete con alas,                       

cuando las etéreas salas                       

corta sin dificultad,                       

negándose a la piedad                       

del nido que deja en calma…                       

¿¡¡Y teniendo yo más alma,                       

tengo menos libertad!!?”.            

                           Este libro, con el que todos volaremos, será un acicate y un símbolo de la libertad de nuestros encuentros y de nuestros pensamientos voladores   -como las golondrinas- en esta plaza digital.            

                         El prólogo del libro lo comienza José Mª con estas palabras, que son una peripecia de sincronía:

“Hoy, los amigos hemos venido al “Ágora”. A nuestra Plaza Pública… Cada mañana, cuando ya el sol alumbra las colinas de Atenas, nos reunimos  para saber las cosas de la “polis”, para adquirir las mercancías traídas de lejanos países, para escuchar palabras ajustadas y sabias. Y hemos venido al “Ágora”, porque…,  el “Ágora” en Atenas, en la Ciudad-Estado, es el centro de vida ciudadana: se discuten las leyes, se decide el futuro político, se ejercita, con la oratoria, el arte de convencer a otros ciudadanos…”

                         Y en la contraportada aparecerá este resumen anticipatorio del contenido:

                        En nuestra era tecnológica, el BLOG digital ha venido a ser y significar el lugar  privilegiado  de los encuentros, los intercambios, la relaciones  humanas y la comunicación, con misma realidad  y abundancia que el Ágora de los antiguos atenienses  -donde se amasaron las bases ideológicas y culturales de nuestra civilización occidental- ha quedado como símbolo y paradigma.De esta realidad, el Blog contenido en este libro representa un ejemplo, al mismo tiempo que un lúcido y ameno testimonio:

                         Dos antiguos profesores universitarios, de Psicología y de Filosofía respectivamente, que en sus juventud fueron compañeros de estudios, se reencuentran en este espacio digital -el nuevo Ágora de nuestra civilización actual- y reanudan un interesante diálogo, espontáneo y diverso, sobre temas ocasionales de la vida actual, mezclado con referencias culturales y recuerdos humanos. A su alrededor se van reuniendo otras personas, de nuestro país y de otros países transatlánticos, que intervienen con sus comentarios y testimonio personales, creándose un milagroso grupo humano en ese mágico espacio aéreo, intemporal y trans-dimensional, que es el BLOG”.          

                            ¿Qué os parece?…

Miércoles, Septiembre 12th, 2007

                    Hola, amigos: Ya ha vuento mi ordenador desde el "sanatorio" informático, supuestamente reparado y vitaminizado. Durante estos larguiiiiísimos días he tenido ocasión de comprobar in peectore cómo las ventajas del desarrollo tecnológico nos hace cada vez más intolerantes neurológicamente, y desdichados emocionalmente,  ante las restricciones comunicativas: Una aplicación focalizada de la "Intolerancia a la Frustración" que tan espléndidamente estudió el profesor Rozenweigh y para cuya medición personalizada nos legó un famoso test proyectivo.

                   La prueba fehaciente para mí ha sido que, como ya sabéis,  en estos días ocurrió una avería en mi correo electrónico que ha hecho necesario reformatear todo el ordenador, hardware y software (me las estoy dando de entendido, sin tener ni idea…) y… el mundo se me desplomó encima. O casi. Cartas acumuladas, respuestas diferidas, consultas imposibilitadas…, impotencia, aburrimiento, impaciencia, frustración, desesperación. Dijo sabiamente Shakespeare que "las cosas que nos pasan no son ni buenas ni malas; que las hacemos buenas o malas e nuestra mente"… Es verdad: el problema se ha solucionado en menos de una semana. Lo que en los dos primeros tercios de mi vida, y hasta hace poco, tardaba normalmente una carta en el correo postal, si no empleábamos aquellos telegramas de palabras contadas, cortadas a hachazos de "stops"…

           …Pero resulta que -será higiénico reconocerlo- a medida que el nivel de nuestras expectativas se eleva, como las águilas, a las cumbres de los progresos tecnológicos (¡qué felices somos!), la estatura de nuestra tolerancia  a las frustraciones se achica, se empobrece, se cuchimiza… (¡Cuánta desdicha innecesaria!)

Miércoles, Septiembre 5th, 2007

                  De vuelta a casa, después de estas extensas vacaciones de verano, parece que los días se acortan y la luz respira ya la melancolía dorada del vecino otoño… Como escribí en mi libro “Un porqué para vivir”, los días, hasta ahora deslumbrantes, se van haciendo achacosos por los prematuros atardeceres, mientras que el sol se desangra en el cielo (que ya tampoco es plata bruñida y reluciente, sino plomo cansado) y los árboles aventan sus hojas, crujidoras bajo nuestras pisadas como dolientes esqueletos de oro… 

 

            El año pasado, nada más regresar de las vacaciones y retomar mi actividad terapéutica habitual, me propusieron una entrevista en una TV local sobre ese “síndrome post-vacacional, del que ahora se habla todos los días en anuncios publicitarios y en comentarios de tertulias periodísticas, y que tantas personas experimentan con matices singulares, dentro del género común de la desgana, la tristeza, el malhumor, la irritabilidad, la apatía, el nerviosismo angustiado…, somatizados muchas veces en fatiga, tensión, pérdida de “apetitos”, alteraciones del sueño, etc.

            Recuerdo que yo dije en aquella entrevista que este síndrome se podía enfocar desde tres perspectivas etiológicas: la neurológica, la psicológia y la simbólica.

            Desde el punto de vista neurológico hay que tenerse en cuenta el cambio de ritmo funcional que se le impone a la mecánica de nuestras neuronas, desde la lentificación y la dispersión de una vida despreocupada, abierta a la improvisación de actividades e intereses variados, al esfuerzo de la concentración, y las exigencias de la actividad reglada, y las urgencias de las responsabilidades encadenadas. Y este proceso casi nunca se produce sin que el mecanismo neuronal se fuerce, los goznes chirrien y toda la estructura fisiológica  proteste y rechine.

            Todo esto se refleja, a nivel psicológico, de autocons-ciencia (que supone la relación del ser consigo mismo) con esa experiencia intrapsíquica de desarmonía con uno mismo que se conoce como “resistencia al cambio”, y que propicia el progresivo proceso de readaptación y puesta en forma del organismo psicosomático total, para hacer frente con eficiencia a la exigencia de “rendimiento”, soportando las “trabas” que conlleva cualquier trabajo…

Oí decir que el lexema “traba” compone la etimología de la palabra “trabajo”. Es difícil confirmarlo pero, en todo caso, trabajar supondrá siempre poner trabas a la tendencia natural de expansión, libertad y espontaneidad de nuestro organismo, este “animal de deseos” que cabalgamos y que, después de las largas vacaciones, se resiste a la doma…

            Queda el que he llamado punto de vista “simbólico”. Y es que pienso que la experiencia post-vacacional reproduce, a nivel de individualidades, el mito colectivo de “el Paraíso perdido”. La vida libre, sin trabas ni ropaje, junto a las inmensidades del mar, o en las oxigenadas montañas que nos acercan al cielo; la ruptura de los cercos locales, geográficos, sobre la piel materna de todo el planeta;  poder nadar desnudos como los peces, desafiar los furores del oleaje con alas y con velas, volar, caminar por nuevas rutas, sentir al alcance de la mano, como nuestros viejos antepasados bíblicos, todos los frutos del Edén… Comprendo que esta experiencia se vive a muy diversas escalas, según las posibilidades o los privilegios de cada persona, pero de alguna manera algo de esto suponen siempre, a nivel simbólico, las vacaciones… Y ¡qué contraste!  el de ese grito insultante del despertador, mecánico o digital, cuando, a la mañana siguiente, nos despierta del sueño del Paraíso,  ese bosque de sueños y de ensueños, para encarar la dura y exigente realidad cotidiana.

  

            Volver a casa, a la doméstica patria, después de largos días de soles y de mares, es experiencia en la rebulle el recuerdo del legendario regreso de Odiseo a  Ítaca…

Y en mi regreso, me he acercado a la plaza, al Ágora de nuestros encuentros pasados, mientras me pregunto: ¿habrá alguien ahí? ¿Se me habrá adelantado alguien y estará ahí esperándonos, junto a las golondrinas residuales?…