El texto, o testimonio, de Gabriel Marcel que nos aporta hoy José Mª (texto bellísimo, sin precio ni desperdicio) es para leerlo despacio, degustarlo a sorbos moderados, digerirlo, metabolizarlo…y convertirlo en sangre y savia regeneradora de nuestro organismo vital.
Yo lo he asociado con otro (este no metafísico, sino lierario y sugerente) de Ernest Jünger, de su libro Primera Memoria de París. Afirma en él Jünger que conocer a una persona es como descubrir el Amazonas, el Himalaya o el Ganges: después de recorrer largas extensiones, uno regresa cargado de tesoros y de riquezas encontradas (Así es mi trabajo de cada día y este es mi verdadero oficio, el de explorador: caminar por senderos secretos y respirar "el aire de otros climas"). Dice también Jünger que, del mismo modo que el orfebre graba en las joyas su sello, así cada encuentro con un ser humano deja en nosotros su señal…
Y estas dos sensaciones, más bien experiencias vitales, puedo testimoniarlas yo mismo de mis encuentros con vosotros, durante estos meses, en este blog: la de las marcas en el alma y la del enriquecimiento atesorado.
Pero me voy a detener aquí. La semana pasada, dejé a Julia y a mi hija Julia Victoria con la abuela bajo los cielos radiantes de Torremolinos, entre las palmeras, yucas, adelfas blancas y rojas, jazmines celestes, plataneras salvajes de Costa Lago. Yo regresé, a seguir respirando el aire espeso y caliente de esta ciudad interior, pero mañana marcho de nuevo, y seguiré viajando todas las semanas. Por el momento, no voy a asomarme al blog hasta después de los calores de agosto…
La plaza, tan concurrida algunas veces, quedará en los atardeceres voleada por esas golondrinas casi humanas del verano, al sol y a la luna de esta “Córdoba callada”. Pero si alguien quiere entrar en la plaza, encontrará todavía las huellas de nuestras pisadas, el testimonio escrito de nuestros encuentros y de nuestros pensamientos compartidos, y el aroma cálido, como de savia vegetal recalentada, de la amistad, de la con-fianza…
Y si quisiérais dejarnos vuestras palabras, quedarán revolando como palomas, junto a las oscuras golondrinas, en los ámbitos claros, azules, del Ágora… Yo levanto al vuelo las mías: “¡ Hasta siempre, amigos! Habéis sido una buena compañía. Os quiero a todos. Fernando.
























