Estoy ausente desde el viernes. He llagado hoy casi con el tiempo justo para atender a las citas terapéuticas que tenía concertadas. En cuanto puedo, me asomo a la Plaza, al Ägora digital… y me la encuentro poblada de palabras inteligentes, como palomas blancas y lúcidas, y con la grata presencia de Marina Segura y de José Mª.
En relación a las elucubraciones de José Mª sobre la Libertad como capacidad de elegir, de “preferir” (y de “renunciar” que todo ejercicio de elección supone y conlleva la capacidad de renunciamiento inmediato o definitivo a todo lo no elegido), me he acordado de una anécdota que nos cuenta el viejo abuelo Platón, sucedida al más viejo bisabuelo Sócrates:
Cuenta Platón la historia de aquel discípulo que acudió a Sócrates, a pedirle consejo sobre una situación en la que le era muy difícil decidir la mejor solución. Estaba con una mujer buenísima, fiel, limpia, con la que vivía muy feliz, aunque en el terreno sexual era poco ardiente. Había conocido a otra que sexualmente era una maravilla, apasionada, siempre candente, siempre estimulada y dispuesta, aunque en el terreno personal tenía mal carácter, era pendenciera, infiel…Y no sabía por cual decidirse. Dicen que le contestó Sócrates: Hagas lo que hagas te arrepentirás.
Así es el cuento de Platón, pero yo le doy otro final: “Hagas lo que hagas te alegrarás”. Si tomas una decisión electiva en libertad, en función de tus objetivos personales, dirigiendo tus deseos a tu felicidad, según tus propios valores, esa decisión será un acto responsable, que por sí mismo te autorrealiza y te afirma con toda la dignidad de persona libre en la existencia. Y quiero hacer una referencia a la Responsabilidad, como la capacidad que tiene cada persona de responsabilizarse de su propio Yo. Hay personas que se expresan, se verbalizan como si hubieran abdicado de su Yo, como si no tuvieran consciencia de tener un Yo autorregulador, o no contaran con él en sus comportamientos frente a la realidad circundante, como si el Auríga mítico del “Carro alado” hubiera desertado de su función,,, Quieren imputar o adaptar sus decisiones a los astros, a su signo del Zodíaco, “esto lo hago porque soy Leo, o Capricornio…”, o a lo que ha sentenciado una eventual echadora de cartas, como si estuvieran determinados o decididos desde afuera. Se expresan con sintagmas como “No sé lo que quiero…”, cuando lo que se quiere no es un enigma que se descubre sino una elección que el propio Yo decide. Otra frase usual, hablando por ejemplo de la pareja o de los estudios elegidos, es “No sé si esto será lo mío”, cuando no hay una cosa decidida y determinada para ti de antemano, que lo haga tuyo antes de tu decisión personal. Refiriéndose a comportamientos, por ejemplo, en una relación sexual, o en una pelea entre amigos, se expresan con “Entonces fue cuando pasó eso…” “No se por qué ha pasado”, como evitando responsabilizarse, responsabilizar a su Yo de sus propios actos o de las consecuencias de estos. Otras veces decimos: “Ojalá salgan bien las cosas”, “A ver si pasa esta mala racha….”, siempre como si los resultados estuvieran decididos desde una planificación externa y ajena a nuestra libertad y a nuestra responsabilidad. “Ojalá sea feliz con esa persona”, Como si la felicidad fuera algo que nos vaya a venir dado, en lugar de algo que se labra, que se ara, que se cultiva, que se trabaja, que se construye cada día. (Yo había escrito en mi libro Viajes hacia uno mismo: “No busques la felicidad, porque no existe. No es nada fuera de ti. Empéñate cada día en sembrarla con ilusión, cultivarla con paciencia, recrearla con júbilo, como una flor, en el jardín divino de tu mente”).
Así es también como muchas personas entienden la religión, como una deserción de la propia libertad, adjudicando a la voluntad inescrutable de Dios la consecuencia de las propias acciones, y dejando en sus manos la responsabilidad del propio destino…
La propiedad más característica del Yo maduro, o un síntoma de su madurez, es precisamente la libertad de elección y preferencia: la capacidad de tomar decisiones asumiendo la responsabilidad de los propios actos. Esto exige interiorizar la iniciativa, y para ello es muy necesario liberar el lenguaje (otro modo de ser libre) de expresiones que desplazan la iniciativa fuera del Yo: “Tengo que hacer…”, “Debo…”, “Debería…” El Yo asume su propia iniciativa cuando cambia estas expresiones por: Estoy dispuesto a…”, “Quiero…” “He decidido…” Aunque ese quiero de la voluntad del Yo en libertad no corresponda siempre al instinto del Ello freudiano, o a la “querencia” ardorosa, impetuosa, egoísta y voluble de los caballos de Platón…

























Julio 4th, 2007 at 6:09 am
Verdaderamente, el tema que, de una manera u otra, nos ha ocupado, reiteradamente, en nuestras conversaciones en el “ágora”, ha sido el de la “persona” en sus múltiples facetas y matizaciones: el amor, la libertad, la responsabilidad y el miedo a la elección, la presencia del “Tú”, la consecución de la felicidad… Todos, temas de especial relevancia para la persona y para la realización de su proyecto vital.
Ayer, hojeando unos antiguos apuntes que me sirvieron para dictar unos cursos de post-grado en la Universidad de Caracas, encontré unas palabras de Gabriel Marcel que me llamaron la atención la primera vez que las leí por su profundidad y calidad metafísica. Las escribió Marcel en la segunda década del siglo XX, en su “Diario Metafísico”, una de sus primeras obras filosóficas. Expresan una profunda manera de comprender al “Yo”, de analizar su encuentro con el “otro”, que tan fundamental es para nuestro ser de personas. Lo transcribo aquí para que captemos la importancia que tiene ser persona entre personas.
Porque el “Tú” no es accesible más que al amor, y el “Yo” no tendría sentido sin el “Tú”, es bueno comprobar que sólo ante el amor y por el amor pueden brillar y constituirse verdaderamente las alteridades del “Yo” y del “Tú”. Oigamos a Marcel:
“La realidad del ser amado es esencial en el amor… En este sentido, quizá sea verdadero decir que sólo el amor es un conocimiento real, y tal vez sea legítimo aproximar el amor al conocimiento adecuado; es decir, que para el amor y sólo para el amor, la individualidad del amado no se dispersa, no se desmenuza en no sé qué polvo de elementos abstractos.
Pero, por otra parte, esta realidad del amado sólo puede mantenerse porque es puesta por el amor como trascendente a toda explicación, a toda reducción. En este sentido se dice verdad afirmando que el amor no se dirige más que a lo eterno, que inmoviliza al ser amado por encima del mundo de las génesis y las vicisitudes.
Y por esto el amor es la negación del conocimiento, que sólo puede ignorar toda trascendencia… El amor afecta a lo que está más allá de la esencia; es el acto mediante el cual un pensamiento se hace libre pensando una libertad”.
Hasta aquí Marcel. Su filosofía metafísico-antropológica podría sintetizarse con dos palabras que también resumirían nuestras conversaciones en el “Ágora”: la fidelidad y el amor. Pero Marcel sabe que esta su meditación sobre el amor no puede convertirse en una fácil y optimista apoteosis. El amor también tiene su espada de Damocles que puede sintetizarse en palabras conocidas, fuertemente expresivas para todos: fracaso, promesa, presentimiento, soledad, drama… Todo se va haciendo en el camino simplemente al andar porque es esa nuestra vocación de caminantes. Lo sintetiza, también, en “Homo Viator” Gabriel Marcel:
“Quizá no pueda ser instaurado un orden terreno estable, más que si el hombre conserva una aguda conciencia de su condición itinerante… Es el alma la viajera, precisamente ella, y es del alma, y de ella sola, de quien es verdad suprema decir que ser es estar en camino”.