Archive for Julio, 2007

Miércoles, Julio 4th, 2007

         El texto, o testimonio, de Gabriel Marcel que nos aporta hoy José Mª (texto bellísimo, sin precio ni desperdicio) es para leerlo despacio, degustarlo a sorbos moderados, digerirlo, metabolizarlo…y convertirlo en sangre y savia regeneradora de nuestro organismo vital.   

        Yo lo he asociado con otro (este no metafísico, sino lierario y sugerente) de Ernest Jünger, de su libro Primera Memoria de París. Afirma en él Jünger que conocer a una persona es como descubrir el Amazonas,  el  Himalaya o el Ganges: después de recorrer largas extensiones,  uno regresa cargado de tesoros y de riquezas encontradas (Así es mi trabajo de cada día y este es mi verdadero oficio,  el de explorador: caminar por senderos secretos y respirar "el aire de otros climas").  Dice también Jünger que,  del  mismo modo que el orfebre graba en las  joyas su sello,  así cada encuentro con un ser humano deja en nosotros su señal…   

        Y estas dos sensaciones, más bien experiencias vitales, puedo testimoniarlas yo mismo de mis encuentros con vosotros, durante estos meses, en este blog: la de las marcas en el alma y la del enriquecimiento atesorado.

          Pero me voy a detener aquí. La semana pasada, dejé a Julia y a mi hija Julia Victoria con la abuela bajo los cielos radiantes de Torremolinos,  entre las palmeras, yucas, adelfas blancas y rojas, jazmines celestes, plataneras salvajes de Costa Lago. Yo regresé, a seguir respirando el aire espeso y caliente de esta ciudad interior, pero mañana marcho de nuevo, y seguiré  viajando todas las semanas. Por el momento, no voy a asomarme al blog hasta después de los calores de agosto…

        La plaza, tan concurrida algunas veces, quedará en los atardeceres voleada por esas golondrinas casi humanas del verano, al sol y a la luna de esta “Córdoba callada”.  Pero si alguien quiere entrar en la plaza, encontrará todavía las huellas de nuestras pisadas, el testimonio escrito de nuestros encuentros y de nuestros pensamientos compartidos, y el aroma cálido, como de savia vegetal recalentada, de la amistad, de la con-fianza… 

         Y si quisiérais dejarnos vuestras palabras, quedarán revolando como palomas, junto a las oscuras golondrinas, en los ámbitos claros, azules, del Ágora… Yo levanto al vuelo las mías: “¡ Hasta siempre, amigos! Habéis sido una buena compañía. Os quiero a todos. Fernando.

Martes, Julio 3rd, 2007

          Estoy ausente desde el viernes. He llagado hoy casi con el tiempo justo para atender a las citas terapéuticas que tenía concertadas. En cuanto puedo, me asomo a la Plaza, al Ägora digital… y me la encuentro poblada de palabras inteligentes, como palomas blancas y lúcidas, y con la grata presencia de Marina Segura y de José Mª. 

     En relación a las elucubraciones de José Mª sobre la Libertad como capacidad de elegir, de “preferir” (y de “renunciar” que todo ejercicio de elección supone y conlleva la capacidad de renunciamiento inmediato o definitivo a todo lo no elegido), me he acordado de una anécdota que nos cuenta el viejo abuelo Platón, sucedida al más viejo bisabuelo Sócrates:

          Cuenta Platón la historia de aquel discípulo que acudió a Sócrates, a pedirle consejo sobre una situación en la que le era muy difícil decidir la mejor solución. Estaba con una mujer buenísima, fiel, limpia, con la que vivía muy feliz, aunque en el terreno sexual era poco ardiente. Había conocido a otra que sexualmente era una maravilla, apasionada, siempre candente, siempre estimulada y dispuesta, aunque en el terreno personal tenía mal carácter, era pendenciera, infiel…Y no sabía por cual decidirse. Dicen que le contestó Sócrates: Hagas lo que hagas te arrepentirás.             

         Así es el cuento de Platón, pero yo le doy otro final: “Hagas lo que hagas te alegrarás”. Si tomas una decisión electiva en libertad, en función de tus objetivos personales, dirigiendo tus deseos a tu felicidad, según tus propios valores, esa decisión será un acto responsable, que por sí mismo te autorrealiza y te afirma con toda la dignidad de  persona libre en la existencia.  Y  quiero hacer una referencia a la Responsabilidad, como la capacidad que tiene cada persona de responsabilizarse de su propio Yo. Hay personas que se expresan, se verbalizan como si hubieran abdicado de su Yo, como si no tuvieran consciencia de tener un Yo autorregulador, o no contaran con él en sus comportamientos frente a la realidad circundante, como si el Auríga mítico del “Carro alado” hubiera desertado de su función,,, Quieren imputar o adaptar sus decisiones a los astros, a su signo del Zodíaco, “esto lo hago porque soy Leo, o Capricornio…”, o a lo que ha sentenciado una eventual echadora de cartas, como si estuvieran determinados o decididos desde afuera. Se expresan con sintagmas como “No sé lo que quiero…”, cuando lo que se quiere no es un enigma que se descubre sino  una elección que el propio Yo decide.  Otra frase usual, hablando por ejemplo de la pareja o de los estudios elegidos, es “No sé si esto será lo mío”, cuando no hay una cosa decidida y determinada para ti de antemano, que lo haga tuyo  antes de tu decisión personal. Refiriéndose a comportamientos, por ejemplo, en una relación sexual, o en una pelea entre amigos, se expresan con “Entonces fue cuando pasó eso…” “No se por qué ha pasado”, como evitando responsabilizarse, responsabilizar a su Yo de sus propios actos o de las consecuencias de estos.  Otras veces decimos: “Ojalá salgan bien las cosas”, “A ver si pasa esta mala racha….”, siempre como si los resultados estuvieran decididos desde una planificación externa y ajena a nuestra libertad y a nuestra responsabilidad. “Ojalá sea feliz con esa persona”, Como si la felicidad fuera algo que nos vaya a venir dado, en lugar de algo que se labra, que se ara, que se cultiva, que se trabaja, que se construye cada día. (Yo había escrito en mi libro Viajes hacia uno mismo: “No busques la felicidad, porque no existe. No es nada fuera de ti. Empéñate cada día en sembrarla con ilusión, cultivarla con paciencia, recrearla con júbilo, como una flor, en el jardín divino de tu mente”).  

 

          Así es también como muchas personas entienden la religión, como una deserción de la propia libertad, adjudicando a la voluntad inescrutable de Dios la consecuencia de las propias acciones, y dejando en sus manos la responsabilidad del propio destino… 

          La propiedad más característica del Yo maduro, o un síntoma de su madurez, es precisamente la libertad de elección y preferencia: la capacidad de tomar decisiones asumiendo la responsabilidad de los propios actos. Esto exige interiorizar la iniciativa, y para ello es muy necesario liberar el lenguaje  (otro modo de ser libre) de expresiones que desplazan la iniciativa fuera del Yo: “Tengo que hacer…”, “Debo…”, “Debería…”  El Yo asume su propia iniciativa cuando cambia estas expresiones por: Estoy dispuesto a…”, “Quiero…” “He decidido…” Aunque ese quiero de la voluntad del Yo en libertad no corresponda siempre al instinto del Ello freudiano, o a la “querencia” ardorosa, impetuosa, egoísta y voluble de los caballos de Platón…