El comentario de Mariana me recuerda que tengo también pendientes algunas preguntas que se me me había hecho por e-mails. Para contestarlas en bloque, os confieso haber observado muchas veces, en mi particular laboratorio psicológico, cómo es verdad eso tan repetido de que la la vida es un largo camino, a veces angosto y difícil de recorrer, pero que marcha en la línea del crecimiento, de la maduración y del encuentro en plenitud con uno mismo, y que este proceso evolutivo hacia la propia perfección posible es lo que constituye la esencia dinámica de la vida, así como el proceso de la vida vegetal cursa desde la semilla germinada al árbol frutal y florecido.
Y he observado también que esa realización progresiva y paulatina, a veces tan penosa, de las potencialidades que cada persona alberga dentro de su genoma originario, es lo que el ser psíquico experimenta como La Felicidad.
Pero es también verdad que, en este camino, a veces doloroso y a veces exultante, hacia la propia maduración y perfeccionamiento, se producen regresiones, perplejidades (“¿adónde el camino irá…?” de Machado), desorientaciones, bloqueos….Y es esta experiencia vital la que se traduce también, muchas veces, en Infelicidad.
La terapia psicológica, que se llama Psicoterapia (frente a la somatoterapia o farmacoterapia que practican los médicos) consiste en ir descubriendo y reconociendo ese camino singular, el propio e intransferible de cada persona, reconducir la dirección tras cada uno de los inevitables desvaríos, alentar la marcha, propiciar el encuentro definitivo con uno mismo y el ajuste permanente del propio equilibrio existencial…
La inteligencia emocional es la que organiza nuestras emociones y la orientación de nuestras vidas, en medio de la baraunda de acontecimientos emergentes en el camino singular de cada persona, y las dirige eficazmente hacia ese objetivo final al que todos existencialmente tendemos y que cada uno personalmente entendemos. Pero de que la Felicidad no es solamente la meta, sino que también es el camino, inteligentemente trazado y elegido, y lo más gozosamente posible recorrido…
Muchas personas orientan sus esfuerzos, en esa marcha por los senderos de la vida, a liberarse de lo que no les gusta, cuando lo importante y la emocionalmente inteligente es invertir las fuerzas y reconducir las emociones para conseguir lo que se quiere. (Insistiré en no confundir la voluntad con el deseo, no confundir lo que me gusta con lo que libremente quiero).
Una persona normal, integrada y madura es la que orienta sus tendencias, regulándolas en la dirección de los objetivos personales de su Yo y del propio sistema jerarquizado de valores. La inteligencia es, como vengo repitiendo, la función reguladora de los instintos, las emociones y las pasiones, encaminándolas al objetivo final de toda dinámica humana, que es la Felicidad. Así es como hoy se entiende la llamada inteligencia emocional, que es la función conductora y autorrealizadora del ser humano en la existencia.
No me causó sorpresa cuando descubrí la concepción de Freud de que, para él, la persona humana, o sea cada uno de nosotros, viene a ser como un animal que desea (que desea, en definitiva, Felicidad). Jinete sobre el caballo, metaforiza Freud: el caballo representa el deseo, la excitación rápida frente a los estímulos, la vitalidad primordial del “animal” que llevamos dentro. Pero el jinete no puede ser el esclavo de las ansiosas querencias del caballo. El jinete es el dueño, el amo, que se sirve de la vitalidad del animal para ir adonde quiere llegar. Y eso es lo que define la Libertad, cualidad propia en exclusiva de seres inteligentes, capaz de moderar, canalizar y aprovechar en su propio beneficio las emociones y los impulsos naturales de sus impetuosos corceles.
Y es así, aún cuando tu decisión pueda conllevar algún error (errar significa desviación en el camino), porque el aprendizaje de la vida se realiza (no solo a nivel personal sino al nivel filogenético del desarrollo de la espacie) según el método del ensayo y el error. Y para el progreso en este camino existencial, se hace camino al andar, tan importante e indispensable es el acierto como el error. Lo dijo también el mismo Platón que para la persona de calidad, hasta lo malo es bueno. Y San Pablo: “Diligéntibus Deum omnia cooperantur in bonum”. Y Shakespeare: las cosas no son malas ni buenas; las hacemos malas o buenas con nuestro pensamiento. Y el novelista Bernanos, que tanto leímos en la pasada década de los sesenta: “Todo es Gracia”.

























Junio 29th, 2007 at 9:16 am
Fernando:
Muy luminosa e iluminadora tu exposición del “Camino de la Vida”. Enhorabuena.
El conocimiento profundo de estar en “el buen camino” y el no menos profundo de no estarlo, también creo, como tú, que marca la diferencia entre felicidad e infelicidad.
Las desorientaciones y extravíos podríamos expresarlos como “perdida del conocimiento” una especie de desmayo racional: sabíamos dónde y cómo era, y ya no lo sabemos. Esa vivencia de no saber cómo volver al conocimiento esencial de nosotros mismos, creo que es la base de la angustia.
Pocos consuelos racionales pueden llegarnos en ese estado. Siguiendo con la metáfora platónica me viene la imagen del buen caballo que, cómo en las viejas películas del Oeste, lleva mansamente a su jinete medio muerto a casa.
Junio 29th, 2007 at 1:35 pm
Compruebo que casi todas nuestras conversaciones en el blog tratan sobre el hombre, sobre su realización, sobre su búsqueda y consecución de la felicidad. El análisis que hace Fernando en su última entrada, como siempre, magistral, profundo, lleno de precisión. El tema, de una manera o de otra, ha estado presente, repetidamente, en nuestras tertulias. Quiero, ahora, desde una óptica más antropológica, dar otra pequeña pincelada al asunto.
Fernando nos muestra que es posible construir nuestra estructura personal con eficacia, madurez y autonomía. Pero, es natural, su desarrollo y su logro es complejo y difícil. No todo está, siempre, escrito de manera univoca. La curva, el vaivén, es más propio del hombre que una utópica marcha rectilínea hacia la meta.
El hombre se realiza eligiendo entre un horizonte múltiple de posibilidades. Con ellas, una vez elegidas, va construyendo su mundo y su personalidad. Elegir es su empresa cotidiana. Sólo mediante la elección va añadiendo a su mundo nuevas dimensiones que lo enriquecen y perfeccionan. El constitutivo esencial del hombre, en su hacerse, es, por ello, elegir.
El hombre, así, siempre está abierto a la posibilidad. Se construye, incorporando, a su proyecto vital, la mejor opción para ser “con” y “en” ella. Opta por la “posibilidad mejor”, entre las que en el horizonte de sus acontecimientos vitales, se le muestran como aptas para su realización vital. Y, cuando elige, lo que hace es “preferir”. Deja de lado las cosas que le resultan indiferentes, para optar por la mejor posibilidad. Al elegir, lo que el hombre hace es elegirse a sí mismo, “auto-hacerse”. Esa es su mayor grandeza.
Pero elegir, por la responsabilidad que conlleva, implica “riesgo”. El hombre, elige “ser con” lo elegido. Puede equivocarse en su opción. Es el riesgo de su libertad. Por eso, su primera actitud debe ser la “pre-ocupación”, necesaria para, después, poder llegar a “ocupar” lo elegido. Por ello, debe valorar, sopesar su elección, calibrar el horizonte más auténtico y mejor para él.
Existe, es evidente, riesgo de equivocarse al “preferir”, porque cada elección supone eliminar, definitivamente, al menos de momento, posibilidades que pudieron ser nuestras, pero que ya no son para nosotros. Nuestro camino va determinándose con lo que vamos prefiriendo. Somos frutos de la elección de ayer, pero abiertos, siempre, por la elección de hoy, a un mañana, “aún inexistente”.
Con la incorporación de las posibilidades elegidas, el hombre va configurando un “centro” personal e intransferible, que lo define. Su estructura personal cobra sentido cuando todo se armoniza en torno a “su centro”. Con él va dando sentido, construyendo, su mundo. Y al hacerlo, reforzando con sus elecciones su modelo de vida, lo que hace es elegir ser de “una manera”, auto-elegirse. Se auto-hace dando sentido de totalidad a su existencia. Marca exactamente el horizonte de lo que quiere ser. “Pesa” bien sus metas y se atiene a ellas. En el fondo, claro, lo que se presupone, en esta empresa, es la libertad. No somos, no queremos ser un simple resultado. Queremos ser un proyecto libremente asumido y lúcidamente incorporado a nuestra dimensión humana.
Es claro, como afirmaba Kant, que la autonomía constructiva del hombre y, consecuentemente, la libertad en que se basa, no tendría sentido si el ser humano no se sustentase sobre elecciones profundamente responsables. Al final todo cobra sentido: “ocupación” responsable, riesgo, “centro”, asunción lúcida de lo que queremos ser, auto-hacernos… Todo, momentos de una empresa global que, ciertamente, vale la pena.