Con ocasión de mi entrada anterior del día 19, he recibido varias “consultas” por e-mail. Y una vez más ha  pisado la arena de esta plaza nuestro diestro, fiel y constante amigo José Mª, elaborando una fenomenología de los procesos afectivo-mentales. Violeta, como flamante psicóloga (además de madura profesora de Historia) lo comenta con una variedad envidiable de referencias a conocimientos muy bien asimilados…                        

          En esta línea quiero comentaros que tengo publicado un libro por la ya extinta Editorial La Buganville, titulado “Complejo de Inferioridad: Enfoque Terapéutico y Psicoeducativo”. Con esta editorial me sucedió algo muy curioso. Tomó contacto conmigo el Director, vía digital, tuvimos varias conversaciones telefónicas muy cordiales, me propuso ser asesor psicológico de la empresa, le ofrecí el original de este libro, me lo aceptó y editó en el 2002. A las pocas semanas perdí el contacto con la Editorial –quedaban pendientes asuntos de contrato y derechos de autor-, y cuando, tras de muchos intentos,  conseguí contactar con “alguien”, se me informa que el director había fallecido inesperadamente, a consecuencia de una operación quirúrgica, y que la Editorial quedaba extinguida y sin rastros. Pero el libro sigue andando por ahí: me lo he encontrado en páginas web, citado en algún otro libro, incluso recomendado en un foro…, aunque a mí no me reconoce, a pesar de llevar mi nombre y apellidos.  

      Del “complejo de inferioridad nos habló por primera vez Alfred Adler hace un siglo,  en su obra “Estudio sobre la inferioridad de los órganos”. Es probablemente el más popular  y reconocido de todos los fenómenos psicopatológicos, y cada día constato en mi consulta que está en la base, como un tumor amenazante,  de mucha intoxicación mental, de mucho desequilibrio psíquico, de mucha desetabilización interpersonal, de mucho sufrimiento humano y de muchas enfermedades orgánicas y patologías psíquicas. Hasta hace pocos años era muy habitual apelar al “complejo de inferioridad” en las conversaciones ordinarias; hoy está más de moda hablar de la autoestima. Aunque estos dos conceptos de algún modo se superponen: el nivel de la autoestima es uno de los índices para valorar el complejo de inferioridad.  Éste se enfoca desde una perspectiva clínica y psicopatológica, mientras que el concepto de autoestima se perfila desde más bien la angulación psicoeducativa            

         Como ya mencioné en la entrevista que os reproduje, la primera experiencia del ser humano en la existencia,  la que va a determinar todos sus dinamismos de autodesenvolvimiento, es una experiencia de desvalimiento, de impotencia, de debilidad, de inmadurez, de indefensión, de insuficiencia, de insignificancia, de dependencia, de menesterosidad. Así es como estrenamos nuestra experiencia de vivir en este “pícaro mundo”.  Las personas que  nos rodearon en nuestra primera infancia, representaban para nosotros el valimiento frente a nuestro desvalimiento, el poder frente a nuestra impotencia, la fuerza frente a nuestra debilidad y la importancia frente a nuestra insignificancia. Es una experiencia demasiado primordial y demasiado patente para que no deje después una huella perdurable en todos los humanos en nuestros posicionamientos existenciales frente al mundo que nos rodea, con sus retos y sus demandas, y frente a los demás seres que lo pueblan.  

 

         Pero sucede que la mayoría de la personas sanas, alertadas por la fuerza biológica del Instinto de Conservación, van a movilizar todas sus energías, a partir de esta primera experiencia,  en una dirección fundamental para la salud mental y el desarrollo personal: la de hacerse valer, superar la inmadurez, autoafirmarse en la existencia, realizar todas sus potencialidades, autorrealizarse.   A la organización dinámica de todas estas energías psicobiológicas, orientadas a la superación de a la propia experiencia de insignificancia, indefensión e impotencia y a la propia autorrealización, la denomina Adler, adoptando un concepto de Nietzche, VOLUNTAD DE PODER.  

          Esta es la historia de la evolución filogenética humana, personificada en el legendario Aquiles, quien  desde la consciencia de su débil talón  se  estimula a superarse, a luchar, a compensar sus deficiencias en un esfuerzo constante de superación  constructiva y autorealizadora que lo convierte en indiscutido héroe mítico y ejemplo paradigmático universal.  

         Pero para lograr hacer eficiente y autoconstructiva la Voluntad de Poder, el “pobre hombrecillo humano”  (Wilhem Reich) necesita indispensablemente integrar en la consciencia de sí mismo lo que Adler denominó Sentimiento de Comunidad, que es lo que hoy expresamos como Solidaridad, El brote primario de este sentimiento y actitud básica de Solidaridad  surge de la experiencia y comprobación fehaciente de que nadie podrá lograr su valimiento y la superación de sus propias insuficiencias a lo Robinson Crusoe, de un modo insolidario y aislado: que todos necesitamos de los demás para vivir, sobrevivir, y autorealizarnos. Es imprescindible vincularse, compartir, cooperar, comunicar, congeniar, colaborar…, es decir: AMAR.             

           La persona es esencialmente social, “Los hombres no son islas” dice el título de la famosa novela de Thomas Merton. Necesita perentoriamente adaptarse, adecuarse y estructurarse como miembro dentro de una colectividad. El filósofo Feuerbach sentenció que “una persona enteramente aislada desaparecería sin remedio del caos de la naturaleza”. La experiencia y consciencia de “pertenencia” y de solidaridad responde a una necesidad fundamental del psiquismo y de todo nuestro organismo biológico, que tiene su máxima expresión en el Amor.                    

          Sin embargo, el deseo o impulso tan común a nuestra naturaleza de superar a los demás, en lugar de amarlos y aceptarlos, de erguirse individualmente por encima de los otros, de “poder más” y “ser más”, es en muchos casos tan poderoso que, si una persona no puede satisfacerlo en la vida real, intentará hacerlo compensatoriamente en sueños y fantasías. Y hasta se podrá llegar, en casos extremos, a ideas delirantes narcisísticas, imaginándose ser Napoleón, Cristo o Superman, lo que supone una grave desviación de la realidad y la caída fatal en una patología psicótica (que es la verdadera condena del desamor).  

          Este patológico mecanismo compensador que he descrito, es el mismo que también configura, en muchos casos (o en algunas personas), una formación reactiva al Complejo de Inferioridad, también inauténtica, falsamente compensatoria, definitivamente insolidaria, que todos conocemos como Complejo de Superioridad.            

         Todos los problemas y retos que la vida nos presenta cada día nos pueden servir de prueba, o test, para descubrir cuál es el  nivel de nuestro Sentimiento de Comunidad,  o de nuestro espíritu de Solidaridad, en la medida que logremos superar las reacciones egocéntricas de falsa inferioridad y de falsa superioridad.  Porque solo este sentimiento de Solidaridad y “com-unidad” ha resultado  ser el gran resorte de la socialización y de la vida moral de todos los seres humanos, descendientes de Atapuerca:

-es lo único que hace posible y útil nuestra convivencia,

-es el gran moderador y regulador de la Voluntad de Poder

-es el insustituible soporte  compensador de esa consciencia y experiencia de inferioridad que nos acompañó desde nuestra infancia y que tantas veces, a lo largo de la vida, emerge ante nuestros ojos como realidad evidente y constatable  

         De todo esto intenta convencernos W. Reich desde el título de su libro: “Escúchame, pobre hombrecillo”.  

               (*También se me han  hecho preguntas sobre la “In teligencia emocional” y sobre los caballos del “Carro alado” que cité en mi comentario a José Mª y a Violeta. Pero esto tendré que aplazarlo a una próxima entrada…).

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7 Responses to “”

  1. Diana Says:

    Que interesante todo lo que escribes, my bueno.
    Me gustaria leer más, donde te localizo?

  2. José María Carrascosa Says:

    Nuestro blog tiene la virtualidad de convertirse en un ágora de encuentros y palabras: unas veces congrega a los amigos; otras, como sucede con la última entrada de Fernando, nos permite asistir a una lección magistral sobre los componentes que juegan en la estructura de nuestra personalidad. Fernando es psicólogo, psicoterapeuta. Experto en hombre y en problemas de hombre. Se nota, su saber y su experiencia larga, no sólo en su exactitud conceptual sino también en la aplicación que hace de estos principios teóricos a lo profundo y concreto humano.

    Fernando, como amigo de todos, brinda su palabra y su cercanía a todo el que se le acerca en su plaza pública. Es bueno dar la mano, tenderla siempre abierta. Los e-mails que recibe, muestran la inquietud y ganas de saber que suscita su blog. Es óptima este ágora, fértil y generosa, en la que podemos intercambiar nuestras ideas y enriquecernos juntos.

    Promete, Fernando, tratar del “mito del Carro Alado” de Platón, del que ya ha hecho una inicial entrada en su blog del día 19. Sin que para nada se oponga esta intervención mía, a la aplicación psicológica que Fernando nos haga sobre los componentes de la personalidad que Platón subraya en su “mito”, me parece que pueden resultar interesantes algunas acotaciones, filosóficas desde luego, para entender mejor el mito clásico.

    Según opina la crítica, muy probablemente Platón, como pensador y defensor de la Ciudad Estado Griega, construyó primero su esquema político que su esquema antropológico. Fiel a su concepción “ordenada del cosmos” el hombre estaba ordenado a la polis. Era lógico, entonces, que elaborara su antropología de manera similar, y con idénticos parámetros, a como, previamente, había estructurado su “sociología”. Pensaba Platón, en su intento de defender su modelo de ciudad, que todos los sistemas políticos que hasta ese momento habían imperado en Grecia, eran incorrectos. En la polis griega existían las divisiones de clases sociales contrapuestas, con lo que ello implicaba de dominación, opresión y lucha. En un régimen aristocrático-oligárquico, las clases superiores oprimían a la popular; y en un régimen democrático, las clases populares tendían a barrer a los oligarcas. No se guardaba un adecuado orden y sometimiento entre las “clases”, por lo que había que propugnar un estado “racional” que procurase la felicidad de todos los ciudadanos. Para él, sólo la racionalidad -y no la pugna o el sometimiento de unos a otros-, lograría la felicidad de la ciudad y de sus ciudadanos.

    Para defender este modelo de “polis”, pensó Platón que los “gobernantes” de la ciudad debían ser los “filósofos”, contempladores del “eidos”. (Puesto que la doctrina central de la filosofía platónica es la “teoría de las ideas”, era lógico situar, en la escala superior de la estructura social, a quienes, por oficio y vocación, más cerca estaba de la comprensión de los “eidos”). El verdadero conocimiento (el intelectual) era patrimonio de la inteligencia. Estaba personificado en el alma racional. En ella estaba afincado el conocimiento de las ideas, que constituía el reino de lo real, al que el alma pertenecía. Las almas irascible y concupiscible quedaban muy por debajo de la inteligencia. Estaban sometidos a ella. Así, el principio del conocimiento racional (alma inteligible) debía ayudar, mediante la contemplación de las esencias, a que las otras almas se purificasen (doctrina específicamente religiosa), ya que el hombre se encontraba, una vez caído al reino del no-ser, en un radical estado de impureza.

    Estas almas inferiores tenían su correlato en las clases sociales de los guerreros y los artesanos. Ellos, al igual que las almas del hombre, se ordenaban a la consecución de las virtudes propias de su clase: la fortaleza y la templaza. La “prudencia” era función específica del alma inteligible. En esta subordinación, y de acuerdo a un orden cósmico preestablecido, se conseguía la justicia social o antropológica, objetivo fundamental del equilibrio y la felicidad. Esta concepción platónica, seguida y enriquecida por el neoplatonismo de la Escuela de Alejandría, pervivirá e influirá en la cultura occidental durante casi quince siglos. (Hay que reconocer que, por la influencia que sobre los autores medievales, posteriormente, ejercería la religión, se colocaría, corrigiendo a Platón, una nueva clase superior: la de los “Oratores”: el orden eclesiástico que debía orientarlo y controlarlo todo).

    Esta subordinación de unas almas a otras, de unos estados a otros, determinaba un orden de prelación y de sometimiento típico en una concepción esencialista. El mito del carro alado lo ejemplifica bien: los corceles blanco y negro tienen que obedecer las riendas del auriga. El encabritamiento de estos caballos puede suponer, como supuso en el mito, que el carro se despeñara y cayera del cielo, por donde discurría, al inhóspito mundo de la materia. Todo el esfuerzo de Platón se dirigía a describir la organización política ideal, que respondía a lo propio de la naturaleza del hombre y de la sociedad.

    En líneas generales y, por supuesto, muy someramente, hasta aquí llega Platón. Pero el problema que puede plantear su esquematismo ideal es complejo. Supone Platón que existe un orden esencial al que debe adecuarse toda la vida y el comportamiento de los hombres. Estas corrientes esencialistas, ya es sabido, determinan y estructuran la vida del hombre de occidente, casi hasta nuestros días: lo que se adecua a la esencia, es bueno; lo que se aparta de ella, reprobable, malo. (Hay que notar que todo nuestro ordenamiento jurídico, por el que se regula la sociedad y la vida del hombre, es, igualmente, esencialista, con las consecuencias filosóficas y morales que ello acarrea). Fernando en su entrada del 19, expresaba bien este modelo esencialista y sus consecuencias: “Ese “auriga”, que representa a la persona humana (en cuanto dotada de razón y voluntad) dirige a su caballo blanco (sus propias emociones) y a su caballo negro (sus propios instintos, impulsos o pasiones), hacía sus objetivos existenciales… La inteligencia, en cuanto función específica por antonomasia del ser racional, ejerce la razonable acción reguladora de las emociones y de los instintos, y se prolonga en voluntad, en cuanto acción persistente encaminada hacia los objetivos intelectualmente conocidos y decididos”.

    Hoy, la “situacionalidad” del ser del hombre en su actuar, (su circunstancia personal e histórica, es irrepetible), sitúa la acción del hombre en una dimensión existencial difícilmente regulable por contenidos esenciales. La esencia del hombre es su existir y en base a su circunstancia situacional debe ser juzgada y evaluada su moralidad, su quehacer. La esencia humana, la que se configura a la manera de una entelequia formal y a-histórica, (similar al “eidos” platónico), no tiene sentido, así opinan los partidarios de la “ética de situación, cuando hemos de conducir y comprender la conducta humana. ¿Dónde está el modelo? ¿Dónde lo percibe la razón? ¿Son las exigencias y obligaciones de la naturaleza humana (naturaleza esencial y abstracta) las que han de ser el parámetro obligado para cualquier análisis del actuar y del ser del hombre? Podría suceder que las pautas de enjuiciamiento de lo humano cambien con el tiempo y que también el equilibrio psíquico haya que analizarlo desde la visión situacional del hombre en su contexto. Los conceptos de bueno y malo, orden y desorden, quizás comiencen a estar sometidos a parámetros no esenciales, sino situacionales. El acto humano habría que analizarlo partiendo de la circunstancia intransferible e irrepetible del sujeto actuante y no a partir de unos principios modulados por la inteligencia con valor universal, ya que la realidad y, por ello, el comportamiento humano está enraizado en lo mudable.

  3. Fernando Says:

    La llamada de Diana (ojalá supiera quién eres, desde dónde nos hablas…) queriendo localizarme, me conmueve. Estoy aquí, Diana, en la plaza, en el Ágora, con Platón, con José Mª, Violeta, Marina, Charo, Mariana, Isabel…, y de tantos otros que ocasionalmente se hacen presentes, y de algunos más que se asoman pero no quieren ( o “no se atreven”, me dicen) darse a conocer (¿agorafobia, quizás?) y me hablan directamente al oído… ¡Seas bienvenida, Diana ! (¿0íste hablar del Complejo de Diana? La mitológica Diana, la cazadora, hija de Júpiter y hermana gemela de Apolo, que horrizada del espectáculo del parto de su hermano -ella nació primero- y de la esclavitud de su condición femenina, decidió no casarse nunca, permanecer virgen y dedicarse al oficio masculino de la caza…)

    ¿Y de la lección magistral de José Mª, qué pensáis? Yo pienso que es de una estatura Académica propia del mejor discurso de la Real Academia o de final de curso en la Facultad de Filosofía…

    (Yo añadiría con respecto a la aplicación que hago del Mito de Platón, como paradigma para entender el funcionamiento psíquico de la persona individual, que puede ser válida, como metáfora, tanto dentro de la concepción filosófica “esencialista”, como de una concepción “situacionista”. Porque, como defiende Goleman, en Psicología la verdadera inteligencia es la Inteligencia Emocional: que es personal, intransferible y operativa…)

  4. Mariana Says:

    Hola a todos.

    Me pareció muy interesante esta lección filosófica de José Ma. aunque algo compleja y … siempre me quedó con antojo de más.

    Con respecto al complejo de Diana, sabía muy poco sobre la mitológica Diana y me parece muy interesante el tema, ojalá nos contarás un caso al respecto.

    Les cuento que acá, en México, tenemos una escultura en bronce de tres metros, preciosa, de la Diana Cazadora en una de las fuentes de la avenida Reforma, una de las más importantes de mi ciudad. Me enteré que la diseñó el. Arq. Vicente Mendiola y la realizó el escultor Juan Francisco Olaguíbel, los dos muy reconocidos. Pueden encontrar varias fotografías en Internet, les gustarán.

    ¡Ah, y sí, de pronto me da agorafobia! jajajaja.

  5. Marina Segura Says:

    Hola a todos:
    No sé si sabrá Mariana que su compatriota Carlos Fuentes tiene un interesante libro titulado “Diana o la cazadora solitaria”.

    El “mito del Carro Alado” no tiene desperdicio. También se puede establecer un paralelismo muy actual con las distintas partes del cerebro donde se originan tanto los “corceles” como el “auriga”. Me temo que vivimos en el “inhóspito mundo de la materia”, donde los caballos se encabritan con frecuencia y los jinetes no siempre son muy duchos.

    Me ha parecido percibir, no sé si con razón, que José Mª confía mucho en el conocimiento como antídoto del miedo. Yo no tanto. Se me ocurre el ejemplo de las fobias, que creo más frecuente de lo que se suele admitir. Cualquier persona tiene el claro “conocimiento” que un ratón no le puede hacer nada realmente terrible, por poner uno de tantos casos, sin embargo una persona con fobia a los ratones constatará lo inútil de ese conocimiento ante su profundo terror. La razón tiene, muchas veces, “razón” en sentirse impotente.

  6. Fernando Says:

    Marina: Intentaré responder a tu objección. En el funcionamiento “anormal”, o patológico, sucede así, como tú dices: que el conocimiento o la razón no vale para dimensionar, atemperar, regular y canalizar las racciones emocionales. El conocimiento de la insignificancia del ratón no es, en principio, suficiente para liberar a esta persona de su “fobia”. Por eso se le pide que “entre en razón” y, cuando a pesar de todo no entra, se diagnostica que esta persona padece una patología fóbica: sus reacciones emocionales o endotímicas de terror no se integran en la función rectora del “aparato psíquico” que es la llamada “superestructura racional”, es decir: la Razón.
    Freud denominó el psiquismo como “aparato psíquico” por considerarlo como un conjunto de elementos, de partes y de funciones organizadas, integradas y articuladas. Cuando una de sus piezas no se integra en el funcionamiento total, pensaremos que el aparato sufre avería…En ese otro usual “aparato” que es el automovil, si la dirección de las ruedas no responden a los movimientos del volante –que analógicamente representa la “función rectora”- se perderá el rumbo o terminará el coche estrellándose. Habrá que llevarlo al taller para que lo reparen, ajusten las piezas, integren las funciones, o repongan el cigüeñal que se había partido…
    Pero pienso contigo, Marina, que “tienes razón” cuando dices que no es bueno confíar excesivamente en la Razón: Porque es una fortaleza sitiada, amenazada tanto desde los fondos inconscientes como desde las eventualidades circundantes…

  7. Mariana Says:

    ¡Ojalá fuera tan fácil como llevar la razón o la emoción al taller o al psicólogo o al psiquiatra o a cualquier tipo de “profesional en la materia”!

    En algunas ocasiones, con un seguimiento serio pudiera ser que por un tiempo la fobia se “suaviza” a temor o en mejor de los casos desaparece, pero en otros muchos, se une a una nueva fobia o a diversas.

    Saludos

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