Ya en el borde del verano, el clima de Córdoba se espesa, mezclado el aroma residual de los azahares con el rojo sangrante de los geranios… Y en los cálidos atardeceres –amarillos, naranja, violetas, grises… - el cielo rechina de golondrinas y vencejos.
De nuevo se me ha requerido para una entrevista periodística. Esta ha sido por correo electrónico, desde Venezuela, sobre el “Complejo de Inferioridad”. Es una entrevista breve, y quizás algo simple, pero como pienso que el tema puede ser de interés, voy a transcribirla tal como se me planteó en el e-mail, poniendo mis respuestas resaltadas en “negritas”:
Estimado Fernando: Hola! Soy una periodista argentina y trabajo para la revista Más Salud: http://www.locatel.com.ve/%2Bsalud.php que se realiza en Venezuela y se distribuye gratuitamente en varios países, y llega a una enorme cantidad de público (en las cadenas de farmacias Locatel). Estoy haciendo un informe sobre los complejos, y quería formularle una consulta. Por favor, si no es molestia, le propongo que responda una (o más, según su disponibilidad) de las siguientes preguntas, porque sería un lujo contar con Usted:
1- ¿Cuál suele ser el origen psicológico del complejo de inferioridad?
RESPUESTA: En la teoría de A. Adler, el origen del "complejo" sería la no resolución del normal sentimiento de inferioridad que todo ser humano experimenta necesariamente, desde las incapacidades, limitaciones, insuficiencias, menesterosidades con las que llega a este mundo y desde las que comienza su inseguro proceso evolutivo…
2_ ¿Podemos decir que todos los complejos se originan en la infancia?
RESPUESTA: Creo que queda contestado en la respuesta anterior con respecto al Complejo de Inferioridad. En los demás complejos, son tan irradiantes, tan irritativos, son tan hondas sus repercusiones en la desestabilización del equilibrio psíquico y del bienestar moral de la persona, que sólo puede explicarse su origen -en cuanto núcleos hipersensibilizados del psiquismo- desde experiencias de las primeras etapas de la conformación del "fondo endotímico" del individuo, en su preparación paulatina para su afirmación personal y su enfrentamiento con el mundo exterior. Cuando el Complejo se manifiesta en etapas posteriores de la persona, suele ser a partir de un acontecimiento psicotraumático que, de alguna manera, ha conectado con raíces sensibilizadas de las primeras etapas del desarrollo, que hasta este acontecimiento desencadenante no se habían configurado o enucleado como complejo.
3-¿Podríamos decir que todo aquello que nos acompleja relacionado con nuestra apariencia física, en el fondo, es un complejo de inferioridad?
RESPUESTA:
A veces eso que "nos acompleja" (esta frase pertenece ya a la freseología habitual) deviene del normal deseo de superación y de perfección, como estímulo positivo para realizarlo. En sus manifestaciones negativas, dependiendo de su grado de desestabilización, podrá deberse a Complejo de Inferioridad en algunas de sus variedades (Complejo de Víctima, de Inseguridad, de Fracaso, de Abandono, de Rechazo Social, incluso Complejo de Superioridad…), o podrá ser también manifestación sintomática de otra patología más grave: Trastorno Narcisista, Trastorno Fobo-obsesivo…
4_ ¿se clasifican de alguna manera los complejos, según su origen o según algún otro criterio?
RESPUESTA: Creo que en la mayoría de los casos se clasifican por sus manifestaciones o sintomatología (como los que he nombrado en la respuesta anterior), y se "explican" por su origen o etopatogenia.
Si decide colaborar, lo incluiremos como fuente y si lo desea, tambíén mencionaremos su website y sus libros. La nota sale en unos 8 meses, y el límite que tengo para recibir su respuesta es el viernes próximo. Gracias! saludos afectuosos Elizabeth L. Sad, Journalist/Writer Spanish-English
(*Mientras os escribo, contemplo tras de mi ventana los árboles del parque de Vallellano, meciendo el oleaje de sus hojas, insistentemente verdes, bajo el cielo malva y rosa de este último día de la primavera agonizante…)

























Junio 20th, 2007 at 3:14 pm
Con atrevimiento, un tanto osado por mi parte, voy a entrar en el tema que Fernando abre hoy en el blog: el complejo de inferioridad. Lo hago con humildad y respeto. Sé que cualquier idea que pueda aportar estará lejos de la precisión de los psicólogos que enriquecen con su participación nuestro “ágora” común. Sobre todo, porque desde el punto de vista filosófico no es, quizás, excesivo lo que yo pueda aportar. Sin embargo, el tema me interesa. Creo que los trastornos de personalidad son más frecuentes de lo que pueda parecer y que, en el fondo, en mayor o menor grado, todos podemos ser un poco paranoicos, narcisistas, histéricos, obsesivos…
El “miedo” y el conocimiento son realidades que, muy a menudo, van unidas: tener miedo no es otra cosa que tener un deficiente conocimiento de lo que nos agrede. En concreto, el desconocimiento del estímulo agresivo nos crea falta de seguridad en nuestra posibilidad de autodefensa. Cuando entramos en una habitación oscura y escuchamos un ruido desconocido, todo nuestro yo se tensa. Ignoramos cuál es la causa que lo origina y, lo que es más importante, desconocemos, por ignorar la fuerza agresora, si tendremos capacidad de defendernos. Nuestra tensión termina cuando, al encender la luz, comprobamos que el ruido que escuchábamos lo producía un “gatito pequeño e inofensivo”. Sabemos ya quién es el agresor. Lo conocemos. Tenemos capacidad de defendernos de él. Se acaba nuestro miedo…
En concreto, -aplicando ya la tesis al tema que hoy nos interesa-, muchas respuestas patológicas encierran, casi siempre, un profundo miedo vital a lo desconocido que obliga al yo más íntimo a replegarse sobre sí mismo para defenderse. Al “desconocer” las causas, por ignorancia inconsciente o por impotencia, el “yo” no responde adecuadamente a lo que se le solicita. Tiene “miedo”. Su inhibición a dar una respuesta se convierte en algo traumático. Se originan, así, respuestas mal elaboradas, cercanas a una mayor o menor patología, (insuficiencia, rechazo, negatividad). Situaciones “complejas” tanto en su origen como en su respuesta. El “Yo” operará, entonces, sin control, sin dominio consciente. La situación no se integrará adecuadamente en su proyecto vital. Y la respuesta será inadaptada, porque se aceptará la convicción de que se es incapaz de resolver o afrontar la realidad. Y, en gran parte, todo ello por un deficiente conocimiento de lo que somos, de lo que nos rodea y de la capacidad que tenemos de dar un adecuada solución a lo irresuelto.
Cualquier anormalidad psíquica –y el complejo de inferioridad lo es-, se origina, así, en una situación no elaborada cognoscitivamente, motivada por un estimulo, real o imaginario, que fue, o es, traumático y que no supimos elaborar en el momento. Para defendernos de él, lo recluimos en nuestro nivel de “cosas” olvidadas. Pero, claro, al no poder eliminarlo, porque no lo vencimos, presiona nuestro “Yo”. Exige respuestas, que, generalmente, porque el núcleo del conflicto sigue sin ser dominado, serán insatisfactorias o inadecuadas. En el fondo, por ello, el complejo, como respuesta insuficiente, supone “miedo” a ser: no sabemos responder a lo traumático porque no tenemos el convencimiento de que podremos vencer y superar la situación que origina nuestro estado de indefensión. Y no lo sabemos porque “no conocemos” ni el objeto “agresor” ni nuestras capacidades de defensa. Por esto, nos desconcertamos, nos sentimos inseguros, nos recluimos deficientemente en nosotros mismos. Nos “acomplejamos”.
Cuando los criterios de vida se construyen evitando, por inconsciencia, más o menos pretendida, determinadas zonas conflictivas de nuestro pasado (o incluso del presente), de las que no supimos defendernos, las respuestas que demos a lo solicitado por el medio, serán insatisfactorias. Vendrán limitadas por inseguridades personales originadas en un deficiente o falso conocimiento de la realidad.
Sólo, por ello, el autoconocimiento de nuestro yo profundo, en sus múltiples capas, afianzará nuestras respuesta y constituirá nuestra mejor arma de defensa ante lo “posible-agresivo”. Conocernos nos dará seguridad, nos afianzará en nuestros propios centros de valor. Cualquier terapia para vencer los complejos -aquello que por desconocido, nos asusta-, tiene que comenzar en la seguridad, basada en la autoestima, de nosotros mismos. “Reconocer” la incorrecta respuesta que dimos, o seguimos dando, es la base de la superación.
Esta, creo, es la finalidad de cualquier terapia: incrementar nuestro autoconocimiento, para que conociendo mejor las situaciones a que nos enfrentamos, y sabiendo cuál puede ser el camino de respuesta, encontremos armas para defendernos, siendo dueños de nosotros mismos, al controlar las capas más inconscientes y. por ello, menos dominadas, cognoscitivamente, de nuestra personalidad.
(*Como siento un cierto desasosiego por las inexactitudes -o, quizás, equivocaciones- que puede tener mi esquema de reflexión “filosófico-terapéutico”, me someto de antemano a las precisiones o correcciones que mis amigos psicólogos puedan o quieran hacerme. De veras las espero).
Junio 21st, 2007 at 3:25 pm
Como estoy aprendiendo a ser psicóloga me atrevo a pensar contigo José María.
Eso que dices de que todos podemos ser “un poco” paranoicos, obsesivos, neuróticos… tiene mucho de verdad. La personalidad se suele estudiar desde dos puntos de vista; desde una perspectiva de rasgos, cada uno seríamos un conglomerado de características distintas o desde una perspectiva dimensional, todos puntuariamos en cada una de las dimensiones, que es la posibilidad a la que tú apuntas. De ahí que muchas personas puedan ser un poco obsesivas, otras algo paranoicas… sin llegar a serlo patológicamente.
El estrés puede entenderse como la movilización de nuestra capacidad de adaptación ante las demandas del medio. En función de como evaluemos la demanda y nuestros recursos para afrontarla así será nuestra respuesta. Esa evaluación no es más que la búsqueda de conocimiento a la que tu aludes, que en ocasiones terminará etiquetando la situación como de desafío, incontrolabilidad, inofensiva (era un gatito, salvo que le tengamos fobia a los gatos, pero eso es irse por otra rama)…
Desde el Análisis Transaccional se dice que todos vamos elaborando un guión de vida, desde nuestra más temprana infancia; este guión no es más que la suma de todos los mensajes que vamos recibiendo de aquellos que nos rodean, de esos Otros significativos, imprescindibles para nuestra supervivencia. Pero muchas veces esos guiones contienen mensajes que nos conducen a la desadaptación, a las respuestas estereotipadas al margen del contexto, que introducen sesgos en nuestro modo de conocer e interpretar la realidad y a nosotros mismos.
Estoy de acuerdo contigo en que la psicoterapia es un espacio privilegiado para el crecimiento personal, un camino para el autoconocimiento, para ser más libres como reivindica la Psicoterapia Existencial.
Espero haber colaborado y como a ti, me encantaría que se hicieran todas la precisiones necesarias que enriquecieran nuestra tertulia virtual.
Junio 22nd, 2007 at 8:37 am
Voy a terciar en vuestra tertulia, amigos Violeta y José Mª, en la línea de vuestras propias argumentaciones, convocando al viejo sabio Platón con su Mito de “El Carro Alado”, que todos hemos estudiado en nuestros diversos (¿divergentes, diversorios, dispersos, divertidos…?) planes de bachillerato. A mí siempre me ha servido de paradigma para entender metafóricamente el funcionamiento psíquico y ese ideal de “autorrealización” humana que persigue toda psicoterapia:
Ese “auriga”, que representa a la persona humana (en cuanto dotada de razón y voluntad) dirige a su caballo blanco (sus propias emociones) y a su caballo negro (sus propios instintos, impulsos o pasiones), hacía sus objetivos existenciales. Ya lo he citado en el blog como esclarecida imagen filosófica de lo que constituye al ser humano en cuanto ser autónomo, integrado, responsable y libre. La inteligencia, en cuanto función específica por antonomasia del ser racional, ejerce la razonable acción reguladora de las emociones y de los instintos, y se prolonga en voluntad, en cuanto acción persistente encaminada hacia los objetivos intelectualmente conocidos y decididos. (Insisto en que la voluntad no es el deseo, sino la capacidad de dirigir el impulso del deseo y del instinto hacia los objetivos vitales de la persona).
Los fenómenos psicopatológicos se producen, al igual que la inmadurez humana se manifiesta, cuando las funciones psíquicas de autorregulación no están suficientemente integradas en el Yo personal en orden a controlar y orientar las reacciones instintivas y emocionales. El ser humano es, pues, como sentenció Freud (también lo pensó Nietsche, y a mí me sirvió de título de mi libro “Animal de deseos”), un animal que desea cabalgado por un jinete que lo dirige eficaz e inteligentemente hacia sus metas.
Así se puede explicar y comprender ese concepto de inteligencia emocional, aportado por Goleman, que define a la persona integral y auténticamente “ inteligente”, y representa al prototipo de la libertad y a ese hombre autorrealizado que delineó el psicólogo Abraham Maslow.