Creo que fue ayer, o anteayer, el día que se ha dedicado muldialmente a recordar y tomar consciencia del drama humano (el verbo griego del que deriva la palabra “drama” significa recorrer un camino), el del camino sombrío y desatroso por la existencia de tantos niños condenados a la explotación y el trabajo. Y me ha venido al recuerdo las palabras de Eric Berne, el creador del sistema de Psicología Humanista denominado Análisis Transaccional. En uno de sus libros, titulado precisamente “De principe a sapo” afirma: "Todo niño que viene a este mundo es como un príncipe o una princesa, pero después, por el conjuro de no sé que hada maligna, con frecuencia termnla convirtiéndose en un sapo o una rana". En esta frase, evocadora de cuentos y de magias infantiles, se condensa y se sintetiza ese recorrido evolutivo de la infancia de muchos niños y de muchas niñas, esa trágica trayectoria vital, el drama existencial de tantos niños y niñas, al paso de su proceso evolutivo, camino…a ninguna parte.
Todo niño cuando viene al mundo es como un príncipe o una princesa… Es verdad: cada niño, cada niña que viene al mundo es el producto de millones de años de ensayo de vida, es el resultado de un ensayo progresivo de creación de la vida, que ha ido produciendo diversos modelos sucesivos…hasta llegar a este niño, a esta niña, que, como cada niño o niña, es un ejemplar único, singular, irrepetible, renovado. Se da en el, en ella, una recreación, una renovación de la vida total. Llega lleno de posibilidades esperanzadoras, capacitado para producir nuevas maneras constructivas de estar en la vida, nuevas formas de pensar y de vivir, nuevas formas de crear y de amar…Con razón le dice a sus padres el filosofo y poeta Irani Gisbram: No pretendáis hacerlos como vosotros, haceos mas bien vosotros como ellos, porque la vida camina hacia adelante y no hacia atrás. Como si les dijera: vosotros sois modelos antiguos, y cada niño es un modelo renovado que supone un paso hacia adelante de toda la humanidad: toda la humanidad avanza, se perfecciona con cada niño o niña que viene a este mundo nuestro, y suyo.
Cuando a un niño o a una niña no se les permite jugar, por la presión de las circunstancias y de las exigencias más egoístas y mezquinas, por causa de la explotación o de la marginación, cuando no se les da la oportunidad de "divertirse" (“divertere” es ensayar caminos…) y de jugar, que es como decir que no se le da la oportunidad de ser niños, la misma expansión de sus energías vitales le podrá llevar a atentar destructivamente contra la realidad, o a escaparse de ella mediante el aturdimiento mental, la delincuencia o la droga.
Existe una necesidad psicológica, arraigada en el hondón más profundo de la naturaleza humana, que es definitoria de la condición esencial de la persona: “Ser hombre es ir andando hacia el olvido / haciéndose una patria en la esperanza. (lo dijo el poeta malagueño Manuel Alcántara). Es la necesidad de Esperanza. Los niños son esencialmente, en cuanto niños, seres esperanzados. Si se les arranca, si se les siega el brote de la esperanza, dejarían de ser niños (y no me refiero ahora a la esperanza como virtud teologal, sino a la esperanza como contenido emocional del psiquismo).
Saber que su camino va a algún sitio, que hay camino, o que se va haciendo al andar, como experimentó Machado, que allá en el horizonte hay luz sobre las cumbres, que su camino le lleva a Sí mismo y a los otros, a los demás seres humanos, en la realización solidaria de sus potencialidades de desarrollo, que ya que nació príncipe, algún día pueda reinar sobre si mismo y sobre sus circunstancias. Tendríamos que hacer una campaña universal para reinstaurar en el corazón de cada niño y de cada niña la emoción de la esperanza. Con la plegaria bíblica a Yahave: "Restaura en mi, renueva en mi, reconforma en mi el espíritu de príncipe". La emoción endovivencial de la esperanza es lo único que justifica el sí definitivo a la vida, a la existencia que todo ser que llega a este mundo tiene que proclamar. La Esperanza es la condición sine qua non que le permitirá al niño, a cada niño niña de este mundo, movilizar ilusionadamente y constructivamente sus energías vitales en la superación de cada obstáculo, a lo largo de toda su carrera por la vida.
Añadiré una cita, no sé de quién, que condensa metafóricamente todo lo que vengo diciendo y que apela también, muy vigorosamente, a nuestras conciencias:
"Cualquier niño es como un río, que nace limpio entre las peñas. Porque están vivos -los ríos y los niños- corren y crecen: es muy difícil detenerlos. Si se parasen, ni serían río, ni serían niños…Pero al río y al niño podemos verterles nuestros deshechos y envenenar su cauce y su vida".
Y concluyo haciendo míos unos versos del poeta cordobés Leopoldo de Luis, que falleció hace poco más de un año:
“Mientras haya un niño
sin pan y sin sonrisa,
yo
renuncio a la luna…”

























Junio 14th, 2007 at 8:58 am
Fernando, me ha gustado tanto esta última entrada que se me ha ocurrido enseñársela al director para que le sirva a la hora de elaborar las palabras que pronunciará en el acto de graduación de la próxima semana.
No sé qué te parecerá esa idea
Un abrazo,
Violeta
Junio 14th, 2007 at 9:17 am
Mi querida y perfumada Violeta:
Me han agradado mucho tus palabras y, por supuesto, me parece bien todo lo que tú hagas y que mis reflexiones sirvan de utilidad para alguien, sobretodo en un tema tan sangrante, tan injusto, tan desalmante… Me ha venido bien, además, tu breve mensaje porque me desalentaba un poco ver que el tema de la amistad había enganchado tan escasamente. En especial la sentencia de Cicerón afirmando que, después de la Sabiduría, es el mayor don que hemos recibido los mortales….
Junio 15th, 2007 at 8:54 am
Llevo días queriendo escribir sobre mi propia experiencia de la amistad, pero van pasando y no encuenntro el momento, así que me tomo la libertad de incluirlo en la nueva entrada, para que así se haga visible y no pase desapercibida en el ágora.
Esta semana me he reencontrado con mis viejas amigas; amigas desde la época universitaria, cuando vivíamos juntas, con casi un centenar de chicas más. Desde entonces y hasta ahora cada una ha ido encaminando sus pasos en una dirección por lo que coincidir en el mismo lugar no es empresa fácil. Cuando lo conseguimos disfrutamos de esos momentos, aunque sólo sean unas horas, como el otro día. El reencuentro es como la continuación de una conversación inacabada, sentir de nuevo que la afinidad que nos unió sigue existiendo, evocar lugares comunes, pensar juntas, sentir que vamos creciendo… Cicerón antepuso la sabiduría a la amistad, creo que la amistad te hace más sabia, es un escenario privilegiado para existir, de forma auténtica, con todo lo que eres, con todo lo que te va pasando, para los sentimientos, para el amor.
Un saludo
Violeta
Junio 15th, 2007 at 8:12 pm
Coincido con Violeta en dos aspectos, que la amistad te hace sabia y que las amistades que imprimen carácter se crean y se construyen en determinadas edades y épocas de formación y, al igual que la experiencia de amistad de Fernando y José María, convierten al ser humano en surco que va recibiendo todas las semillas afectivas.
Tuve la oportunidad de convivir durante 5 años de universidad con cerca 80 personas. Fue un laboratorio que me descubrió una serie de amistades que ha permanecido desde mas de 25 años y aunque los avatares de la vida solo nos permite vernos de vez en cuando, cuando lo hacemos, sentimos que fue ayer cuando estuvimos juntas , la confianza, sinceridad y la alegría que sentimos no ha cambiado. Para mi la amistad ha sido y es una experiencia de investigación personal externa e interna que provoca un renacer constante a la posibilidad de búsqueda de una vida plena.
Un fuerte apretón de manos
Charo
Junio 16th, 2007 at 5:22 am
El comentario de Fernando sobre el niño, sobre la infancia, -justo y adecuado-, me ha recordado unas frases de Richard Bach en “Juan Salvador Gaviota”:
“Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo… Chapoteaba un pesquero… y una multitud de mil gaviotas se aglomeró para luchar por cada pizca de comida… Para la mayoría de las gaviotas no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar… Preguntaba su madre, ¿por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la bandada, Juan?…Sólo pretendo saber qué puedo hacer en el aire y qué no…” Esta respuesta tan sencilla, y profunda a un tiempo, es una magnífica lección de filosofía para entender lo que para un niño puede significar vivir.
El niño es como esa pequeña gaviota, Juan Salvador, hermosa en su blancura, que va trenzando, en cuanto puede, hermosos rizos de vuelo sobre el mar. Cuando comienza su batir de alas, la esperanza de buena travesía es su horizonte. Vive sólo por y para eso: para romper las brisas marineras, para encontrar corrientes favorables, para jugar, pensando que ya es madura gaviota, buscando nuevas rutas en el aire. Esa es toda su vida: batir las alas, sortear el viento, volar en la esperanza…
La bandada la mira con sorpresa. Porque Juan Salvador tiene que comer y Juan Salvador no caza. Conseguir la comida es lo más importante para una gaviota. Si no lo hace, ¿cómo volará? Lo miran con asombro… Sus padres casi lo desprecian por su ineptitud. Lo fuerzan a que cace. Lo picotean, con rabia, para que haga lo exclusivo, de una bandada gris de gaviotas: cazar, luchar contra el más débil, picotear la presa… Aunque no tiene aún las alas fuertes para luchar contra los bravos vientos, se le obliga a que haga los vuelos de un adulto. Pero en su lucha, por su inexperiencia, puede caer al agua envuelto en unas alas inservibles…
De los niños -pequeñas gaviotas- también, en nuestro mundo, hoy, se abusa, se los utiliza, se rompe su esperanza. Tras un niño, que debería gozar en su frescor temprano de la alegría del vuelo, hay muchas veces pájaros -“carroñeros”, “depredadores”, los llaman-, dispuestos a romper las tiernas alas de la incipiente ave. La manada, es lo malo, mira estos hechos con indiferencia. Al fin y al cabo, es comer lo que cuenta. Así lo piensan todos. A Juan hay que obligarlo a que sea, desde el comienzo, dejándose la vida si es preciso, un obrero más en la común empresa. Un pájaro que cace… ¡Que pena que los hombres, igual que gaviotas agresivas, muchas veces, olviden que a los niños -jóvenes gaviotas- hay que cuidarlos protegiendo su vuelo del comienzo! Hacerlo, es respetar la dignidad de un hombre que comienza. Es vivir la esperanza. Es luchar y eliminar a los que quieren, como lobos, deshacer el conjunto agrediendo al débil, abusando de él. Los niños son colores en un mundo emborronado con pasteles grises. Como bandada inteligente de adultas gaviotas, tenemos que saber que nuestro grupo será mejor manada cuanto mejor aprendan, los que aún son jóvenes, a volar y a ensayar su ser de buenas y elegantes gaviotas…
(*Lo que digo de nuestras gaviotas-niño, podría decirse, claro, de cualquier gaviota, incluso adulta, que pretenda lanzarse a un vuelo independiente. La bandada, seguro, la picoteará. Hay que plegarse al resto. Hay que buscar comida. No es posible convertirse en ave discrepante. Parecerse a un águila majestuosa que planea, o a un pájaro cantor que ha nacido trinando, es de locos… Simplemente, hay que ser gaviota sin apartarse del guión previsto. Pero, claro, esto que ya es difícil de entender en el convulso mundo del adulto, cuando afecta a los niños, genera una situación de injusticia y de crimen que, en su clamor, se pierde entre los cielos).