Acabamos de regresar de Madrid, en Ave, adonde habíamos ido el jueves Julia y yo a asistir, en la Universidad Francisco de Vitoria, a la ceremonia de Graduación de nuestra hija, que regresa también con nosotros. Para nosotros siempre –al igual que París para Hemingwey- “Madrid es una fiesta”. Nos supone una escapada de la rutina y el agobio de las ocupaciones diarías, necesaria a veces para reforzar nuestra  intimidad y para el repunteamiento de nuestra comunicación y de nuestra confianza, además de que nos proporcionamos expansión compartida, con  experiencias culturales y gastronómicas. A esto se nos unió esta vez el gozo y la satisfacción de celebrar con nuestra preciosa hija, a sus 20 años, en el escenario del campus de sus estudios, el final de una etapa conquistada en su marcha por la vida. Ha sido un acto académico brillante, de calidad y buen estilo social y humano, estimulador de nuestro orgullo de padres y de hondas satisfacciones ancestrales…   

 

          Venía queriendo deciros que el comentario de José Mª del día 5,   tan puntual, oportuno y exacto como siempre, merecería que le aplique unos versos de Juan Ramón: “Siempre tienes la rama preparada / para la rosa justa”… Y tengo el deseo de explicaros, y hacer historia, del “sentido” de mi amistad con José Mª, tantas veces puesta de manifiesto en estas reflexiones cruzadas.

        Tened en cuenta que este blog, ágora o plaza pública de la aldea global (lugar de encuentro y de intercambios de personas tan simpatotónicamente estimulantes, inteligentes y agradables) ha significado, para José Mª y para mí, como un viaje hacia atrás en el túnel del tiempo, a encontrarnos en nuestros diálogos y confidencias juveniles, en aquel abierto Campo del Ángel de la Alcalá renacentista o bajo el Olivo de la Paz de la Granada Musulmana, en  “las tardes azules” de nuestra lejana juventud… 

 

         En mi libro A corazón abierto confieso, a propósito de una inesperada llamada telefónica que tuve de él, después de un largo tiempo de silencios, que quizás sea él de las pocas personas  a quienes puedo aplicarle con su pleno sentido el calificativo de amigo. Añado en ese libro, para ser justo, que tengo otros muchos, tal vez muchísimos, “amigos”, personas afines, simpatizantes, de trato frecuente, a quienes quiero y por los que me siento valorado y querido. Pero la palabra amigo, como significante sausseriano, solo adquiere su plenitud de significación en cuatro o cinco, a lo más, con quienes, paradójicamente, nuestra amistad se sacramentaliza en un rito ocasional de esporádicas llamadas telefónicas, en las que invariablemente, y también ritualmente, siempre nos hacemos la aérea propuesta de “encontrarnos algún día”. Pero ese día nunca, o casi nunca se concreta, porque tampoco es necesario para la autenticidad de nuestra amistad. Y lo curioso que observaba, mientras los convocaba en mi mente al escribir esto, es que esos cuatro o cinco amigos tienen conmigo algo fundamental en común: haber saltado juntos las tapias de un largo encierro o heber sido supervivientes de un mismo naufragio… (Y se me dibuja en el pensamiento el gesto entrañable y pícaro de nuestro amigo Juan Rodríguez, que fue Director de TVE en Madrid y fundador redactor jefe de Europa Press, y que hace pocos días nos envió su último libro. Le escribí en respuesta: “¡Cuánta vida, cuánta vida, qué intensa, revivida en tus poemas…! ¡Qué manantial de sentimientos de oro y de carbones encendidos…!) 

         Y os confieso de nuevo ahora que mi amistad con José Mª tiene algo especial que yo no sabría definir. Cuando leo o repaso el cuaderno que me mandó de sus memorias  (las había escrito estimulado por la lectura de mi diario “Viajes hacia uno mismo”) tengo la impresión, en cada página, de estar leyendo la crónica de mi propio pasado, con toda la añoranza de su lejanía y con todo el encanto de su recuperación. Allí dice: “qué cantidad de personas hemos cruzado en el camino y que, al pasar el tiempo, se han perdido en la lejanía de la tarde, en el anochecer…”                                

          Quizás sea eso lo que perfila el significado exacto de la palabra amigo: que él ha estado siempre ahí,  testigo de mi propia historia, espejo en el que uno se re-encuentra y en el que contempla, recuperado, al que fue. Pienso ahora que cada vez que, durante estos pasados años, cojía el auricular del teléfono y marcaba el número de J.M., estaba buscando, sin saberlo, a quien algún día lejano yo mismo he sido…  

         En Esperanto (siendo, hace ya tántos años, profesor de latín y de griego me interesé por la estructura de ese lenguaje arquitectónico), la palabra que corresponde a amigo es samideano, algo que tiene que ver con el encuentro compartido de la propia identidad, de las propias ideas. 

         En los escritos de José Mª, en su peculiar estilo, se refleja, junto a su sensibilidad estética y la impregnación constante de un sutil lirismo, el rigor y la profundidad en la elaboración del pensamiento, que llega a generar en mí lo que Gerald Brenan define como “envidia blanca” (analogía evidente con la magia blanca). Lo encuentro lúcido, por ejemplo, cuando al encabezar el escrito de sus memorias inéditas, reflexiona sobre si en realidad la persona - uno mismo- es el resultado de un proyecto libremente asumido, o si nuestra identidad se va perfilando como consecuencia de nuestro paso singular por el laberinto de la vida,  a través del  cual uno va buscando  -con desesperación y con esperanza- posibles puertas de salidas que determinan y marcan nuestro modo vivir en ella, y que configuran existencialmente nuestro carácter…O cuando resume su recorrido vital desde una melancolía fatal, casi trágica: “Quizás el ser un hombre/ sea preparar un remoto dolor/ y una silente muerte…”. O como se autodescibe en otro poema (describiendo al mismo tiempo la anhelante condición humana): “unas manos alargadas inusitadamente / intentando coger alguna estrella…”            

       El epílogo que él me tejió para la segunda edición de mi libro Viajes hacia uno mismo lo inicia con esta evocación: “Querido Fernando: Con la lectura de tu libro he vuelto a “las tardes azules”. (“Hoy he vuelto a las tardes azules; / mi voz sabe a poniente…” ¿lo recuerdas?)… 

       Sí, José Mª, lo recuerdo "como si fuera ayer", y quizás sea verdad: hemos vuelto “a las tardes azules”…

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11 Responses to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    (* Esta nota la pongo en forma de “post-data”, una vez acabado este comentario. Al principio, y no al final como corresponde a una “buena post-data”, porque, en realidad, no pensaba tratar sobre este asunto, tan bellamente escrito por Fernando. Me parecía que el “blog” no debía parecer una especie de “juegos florales” entre Fernando y yo. Sin embargo, al ir escribiendo, dejando a los afectos jugar en su terreno, ha salido lo que vais a leer. Quizás este “Maese Pedro” no sepa mover bien los hilos del teatrillo. Si os cansa, achacadlo a su inexperiencia y no al asunto que tratamos…)

    Pocas veces he visto en un escrito un canto a la amistad como el que hace Fernando en su comentario del día 9. Me emociona y llena de recuerdos amigos que este canto lo haga sobre la memoria de las “tardes azules”, cuando nuestra voz comenzaba ya a sonar “a poniente”… Las pisadas se van desdibujando en el camino largo. Pero, a pesar del trayecto, en nuestros horizontes, va renaciendo siempre con pujanza la amistad y el amigo. Será que nuestra rosa “la rosa justa” del poeta, ha roto, plena, en “rama preparada”… Es hermosa esta flor de cada día: vino añejo guardado y madurado en barricas de roble… Ambas cosas, la rosa y nuestro vino, alegran el sentido y el calor de lo nuestro…

    Cuando leo lo que Fernando escribe, recuerdo unos versos suyos: “Yo miro con quién ando / para saber quién soy, / y sólo encuentro / el torbellino del polvo que levanta / el paso de los pies / en mi andadura”. Afortunadamente, cuando recreamos nuestras “tardes azules”, sabemos ya que en nuestras rutas hay algo más que polvo en el camino. Convivimos amigos desde nuestros comienzos. Nos unieron los vientos que “rasaban” nuestros cristales nuevos. Esta fue nuestra tierra preparada. Por todo esto, es posible llamar amigo, hoy, a quien se transfigura en uno mismo. El “sé conmigo”, alcanza plenitud cuando se ha convertido, casi sin darse cuenta, en “uno mismo”. Hay una clara “hipóstasis” de persona y afecto que une a los amigos en comunión profunda. No hace falta, quizás, ni la presencia… Basta saber que el amigo ha estado siempre ahí y ahí seguirá estando.

    Así lo siento al leer a Fernando. Su recreación poética del mundo circundante, su amor a la persona, su análisis -sosegado, clarificador, lúcido- llena de claridad su vida y la de otros. Siempre mira las cosas con amor y vivencias de hombre.

    Es cierto, que al saltar la tapia de aquel nuestro claustral encierro (Juan, Fernando, yo, y tantos otros, que “hibernaban” también en tierras de silencio) aprendimos a caminar con pasos más ingenuos que reales. Pero aquel ensayo de experiencia nueva, por lo desconocido, unió más nuestro mundo: perfilábamos nuestro soñado mundo juvenil, que iríamos descubriendo poco a poco. Así éramos, así charlábamos, los amigos que duran hasta hoy. Y lo hacíamos bajo la pobre sombra de un olivo (al que llamábamos “olivo de la paz”) en la Granada misteriosa y mora.

    Os dejo, amigos. Otro día hablaremos sobre temas que nos afectan a todos y que están vivos, hoy más que nunca, en la epidermis de esta nuestra España…

  2. Fernando Pinzon Says:

    Repasando algunas páginas del libro que acabo de publicar “Un porqué para vivir”, me encontré con una cita del viejo maestro Cicerón que viene bien con esos sentimientos y experiencias que venimos comentando. Dice en su tratado “De amicitia”, que de los grandes dones que los dioses inmortales otorgaron a los humanos para darle valor a sus vidas, el mejor, después de la Sabiduría, es la Amistad.

    (Y yo digo ahora, como nota al margen, que eso de volver sobre el libro que estuve escribiendo, una vez publicado, es algo que siempre me produce resistencia instintiva, casi la misma repugnancia que dio lugar al expresionista deshago del profeta bíblico: “como perro que vuelve al vómito…”)

  3. Fernando Pinzon Says:

    He recibido este e-mail de una persona, a quien no le importa –me dice- que lo reproduzca aquí, pero no quiere que se le identifique:

    “Me resulta maravilloso, y hasta llega a emocionarme, escuchar a dos personas “ya mayores” teorizar sobre la amistad con pensamientos tan profundos y tan bellos, mientras recuerdan y evocan con encanto su propia experiencia de amistad anudada en su juventud, que ellos piensan lejana. No, no puede ser lejana esa juventud, cuando la amistad que la alimentaba es tan real y tan presente entre vosotros, “como si fuera ayer” dices tú. Y tu amigo contesta que la amistad que mantenéis es “vino añejo guardado y madurado en barricas de roble”. La verdad, me he emocionado, creo que he estado presenciando, casi casi,un milagro ¡en un blog!”.

  4. José María Carrascosa Says:

    En su libro “Un porqué para vivir” que Fernando acaba de remitirme, he encontrado una referencia a una frase de aquella breve e inédita biografía mía (“Buscándome en la sombra”), que escribí hace ya algunos años, estimulado por la lectura de “Viajes hacía uno mismo”: “…La vida -transcribía Fernando-, nunca es el resultado de un proyecto trazado de antemano, en la que puntualmente se van sucediendo las etapas previstas, con los itinerarios preparados y deseados…Que es más bien un confuso recorrido a través de un laberinto…”.

    Para que conozcáis el párrafo en su integridad y podáis comprobar que mi “filosofía” vital no ha cambiado mucho, transcribo un par de párrafos de aquella biografía en la que “me buscaba en la sombra” para descubrir lo que había sido y seguía siendo:

    “Nunca he sabido exactamente si las circunstancias me determinaron a ser así, o yo, de alguna manera, he ido moldeando los acontecimientos que han ido determinando mi existencia. No sé si he sido un proyecto de ser, lúcidamente asumido, o he sido un simple resultado de elementos que han ido configurando un laberinto en el que he tenido, ineludiblemente, que encontrar la salida. Sea como sea, la tan manida frase de Ortega -“yo y mis circunstancias”-, ha sido paradoja y motivo de reflexión y pregunta a lo largo de mi vida.

    Ahora cuando, como decía Séneca, lo único que me cabe es esperar “mansamente la muerte”, la reflexión sobre lo acaecido se me aparece lúcida y serenamente. Quizás, después de encerrar entre las cuencas de mis manos mil aconteceres y diferentes horizontes, casi siempre ilusoriamente abiertos a mi crédula posibilidad, es cuando, al volver a mi querencia -mi remoto lugar de nacimiento- el análisis y la reflexión se imponen ante mí ineludible y, a la vez, descarnadamente.

    No sé, en realidad, si he vivido una vida o si han sido tres o cuatro diferentes las que me han tocado en suertes. El hecho es que, si las circunstancias determinan nuestro vivir, mis circunstancias, en variado caleidoscopio, se han multiplicado de forma inusitada. No puedo decir que haya vivido una vida vulgar. Al contrario, creo que he sido afortunado ante el haz de posibilidades que de mil formas se han desplegado en mi existencia. Lo que si percibo en esta hora es la incógnita de no saber si las “circunstancias” las he generado yo o ellas han producido, de manera ineludible, un simple resultado…”

    Esta es la frase completa que cita Fernando. Hay que completarla con otra que transcribiré en otra ocasión para no cansar y “apelmazar” excesivamente este comentario. Para la charla del ágora de hoy, ya es suficiente.

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