Marina Segura, en su comentario del 30 de mayo, da una definición de la “`persona” que ella considera voluntarista, hipócita y utópica si nos empeñanos en que son así, o tienen que ser así los ciudadanos integrantes y votantes de una Democracia: “Individuo consciente de su individualidad y que se sitúa de una manera crítica y razonada ante la sociedad de la que es miembro”.
Y pienso que con esta definición quizás está dibujando el perfil real de un tipo especial de persona, raro y escaso en nuestros tiempos, que se denomina “Intelectual” (y que representa, a mi modo de ver, al “homo theoreticus” de la tipología de Splanger alzado a la excelencia).
Muchas veces me había yo preguntado sobre el significado exacto de ese adjetivo sustantivado “el Intelectual”, o el alcance conceptual del título o calificativo de “Intelectual” que, en los cercanos siglos pasados, se ha aplicado muchas veces, y muy valorativamente, a algunas siempre escasas personas significativas.
En la entrada que hice el 17 de febrero recogí esta definición, de contenido semejante a la que nos ofrece Marina:
“El Intelectual es aquel que escribiendo, manifestándose o enseñando, testimonia una lúcida posición cuestionadora frente a la situación histórica que vive la sociedad”.
Recogí, no sé de dónde, esta definición, y añadí un comentario tomado de uno de mis libros: “Reconozco que hoy “lo intelectual” no está de moda, ensombrecido por la gigantesca sobrevaloración de “lo científico”. Pero pienso que el Científico, si no es también un Intelectual o está asesorado por intelectuales, no dejará de ser un contable, con toda la dignidad que esta función merece, y con toda la necesidad y la utilidad práctica que reporta. El Intelectual se mueve en otra órbita no materializable: la del pensamiento intangible, que inspira todo el sentido de la existencia, incluso el que reporta las contabilizadas adquisiciones científicas y tecnológicas”.
Añado ahora que, para mi modo de entender,
-el contenido mental de un Intelectual son las Ideas;
-su dinámica cognitiva: el cuestionamiento permanente;
-su actitud fundamental: la crítica minuciosa de las ideologías y la depuración de los conceptos;
-su instrtumento profesional: la razón, pero también la intuición y la imaginación, además de la memoria y la cultura;
-su ocupación diaria: ver, leer y preguntar…, después, escribir;
-su objetivo final: la Verdad y la Libertad, “la verdad que nos hace libres” (la alezeia griega, el descubrimiento progresivo, la sorpresa permanente).
Esto es lo se me ha ocurrido a mí, después de leer la definición de Marina. Pero pienso que en este blog venimos todos constatando, como algo evidente, que nuestro amigo José Mª se sitúa en la vida, y contempla su curso fluvial y sus avatares, fluídos o arremolinados, desde un neto posicionamiento de “Intelectual”. Por eso me interesa mucho que nos exponga su propio pensamiento, desde su experiencia ejercitante, de lo que es hoy “ser un Intelectual”. Estoy seguro de que lo hará con la profundidad, la exactitud y la lucidez a las que nos tiene acostumbrado.
Y, por supuesto, cualquier otra aportación que hagáis será igualmente valiosa y bienvenida…
Y me marcho… a pasar un nuevo, renovado, fin de semana, con Julia, bajo el sol de oro, entre las brisas yodadas de la Costa, (¿os venís…?).

























Junio 3rd, 2007 at 6:43 am
No es simple responder a la pregunta que realiza Fernando en su comentario al blog del día 1 de junio. Determinar la función que en nuestra sociedad tiene el intelectual es complejo. Aparentemente, no es hoy el momento de la inteligencia. La ciencia, la tecnología, las artes, la literatura, han permitido comprender mejor el pensamiento identitario del hombre del siglo XXI. Desde luego, no es momento de una inteligencia entendida como tradicionalmente se ha hecho: instrumento, casi exclusivo, para captar la esencia inamovible de las cosas. El devenir histórico, el dinamismo de la conciencia personal, la libertad del individuo, no permiten doctrinas esenciales de fijación estable. A pesar de ello, y nadando, quizás, contra corriente, la inteligencia y, en consecuencia, el intelectual, están obligados a desvelar lo inmutable del ser, ofreciendo, después, a los demás la integración de éste con la multiplicidad fluyente de las cosas.
Es posible que la definición que da Marina Segura y Fernando sobre el intelectual se acerque más al modelo clásico del “homo theoreticus”: crítica razonada y testimonio lúcido, cuestionador, frente a la situación histórica que vive la sociedad. Podríamos entender que el intelectual, como hombre que pretende ser de las esencias, tiene como finalidad depurar el “eidos” de la amalgama con la que se ha impregnado, al mezclarse con la aparente realidad del devenir concreto. Mi posición, siendo coincidente, en principio con la de ambos, pone mayor énfasis en el papel concreto del intelectual como hombre del momento histórico en que vive.
La función del intelectual es la de iluminar el tiempo histórico en el que la realidad se manifiesta. Aunque el “eidos”, base de toda actividad intelectual, es el mismo, las manifestaciones y, sobre todo, el valor de “verdad” que se les atribuyen, sin duda, son diferentes. Cada época tiene su signo dominante, en base al cual construye “su verdad”. De ella va a depender el desarrollo que haga de su visión conceptual del mundo. Mostrar la autenticidad legítima de esa verdad, o su falsedad, es cometido del intelectual de hoy.
El intelectual, al ser, por ello, el “guardián- vigilante” de la verdad del ser, debe mostrar siempre, sin adulterarlo, el auténtico valor de lo que “hay”, pero sabiéndolo encuadrar en el momento histórico en el que la verdad alcanza su sentido. Debe saber armonizar la “inmutabilidad del eidos” con la “circunstancia concreta” en la que la verdad se manifiesta. El intelectual, por esto, es el “vigía” del momento histórico que, sin perder el norte, sabe adecuar el rumbo de la nave, a una ruta exigida por las coordenadas trazadas de antemano. No es el intelectual un hombre atemporal. Al contrario, realiza siempre su “reducción eidética” (sin idealismos de estilo husserliano), encarnado en el tiempo y viviendo en la historia de una manera crítica y veraz. Es “cronista” de la vida y cuenta, viviendo entre los hombres, la verdad de los hechos. Libera al hombre, con su testimonio, de falsas utopías racionalistas, evitando siempre que lo humano se construya sobre falsos esquemas deformantes de la realidad.
Este cometido lo realiza el intelectual con actitud honesta. Se atiene a lo que “hay”. No lo transforma. No debe ser por ello, hombre de críticas baratas ni de modas al uso. Tampoco su criterio puede bambolearse por intereses de opiniones sectarias o políticas. Para entender las cosas, no encapsulándolas en irreales esencias, debe aplicar una visión sintética, fruto de su cuidadosa preparación intelectual, en el que trascendiendo el momento parcial de los concreto, lo unifique con lo estable del ser. Para él las cosas constituyen pequeños universos, con sentido de cosmos. Tras la cosa está el todo, del que el momento es parte. El ser de lo “concreto-existente” cobra razón de ser si participa de una esencia inmutable que le dé su sentido. Descubrir todo esto, ponerlo de relieve, es cometido de la inteligencia y del pensar humano, del intelectual.
El análisis podría acabar aquí. Pero aún queda una pregunta clave a la que hay que responder: ¿Cuáles son los valores con los que el intelectual debe iluminar críticamente el acontecer de la historia en que vive? Sin duda, los valores que “dimanan del hombre”, exigidos por éste, por su dignidad, y adecuados al signo de su tiempo. Se trata de actitudes centradas en lo que el hombre “situado” exige: el valor de la vida, la libertad de toda convivencia, lo social como medio para ser persona, el respeto a las reglas de que se dota el hombre para ser más hombre, etc. Todo aquello que contribuye a que la maduración del hombre y de lo humano vaya alcanzando, cada día, de forma progresiva, nuevas metas de “ser”. Su acción es cuestionar, por ello, de forma minuciosa, las desviaciones conceptuales que afectan a la vida y al hombre. El intelectual, por ser “agente” de la conciencia histórica, debe vigilar para que se preserve siempre el patrimonio que se ha entregado al hombre: su dimensión profunda de “persona”. Su palabra tiene que ser palabra de denuncia frente a toda injusticia, mostrando, al tiempo, la utopía y abriendo la esperanza de un mundo mejor posible.
Junio 3rd, 2007 at 3:33 pm
A mi regreso, José Mª, encuentro tu comentario sobre el concepto y significado del “Intelectual”, en respuesta a la pregunta que te hice (o desafío), escrito con el rigor y la lucidez que yo esperaba. Como tantas veces, levantas tu arquitectura mental sobre un andamiaje de ideas precisas y bien ensambladas, con los ornamentos de un lenguaje culto, bello y exacto. Me ha gustado mucho tu reflexión, y ahí queda para quien quiera leerlo, consultarlo o confrontarlo…
Junio 3rd, 2007 at 4:26 pm
Hola a todos:
He leído con mucha atención la lección magistral que nos ha dado José Mª de lo que es “un Intelectual”. He sacando la conclusión de que el intelectual es a la sociedad lo que el psicoterapeuta es al individuo. Su misión de mirar con atención, ver bien lo que tiene delante, utilizar sus conocimientos para reconocer lo que “va bien” y lo que no, evidenciando en ambos casos “los falsos esquemas deformantes de la realidad”. Me parece que también las virtudes necesarias son muy similares: imparcialidad, honestidad, compromiso, lucidez…
Me pregunto, siguiendo con ese paralelismo, sí la sociedad “va al psicólogo”, si toma en cuenta y saca provecho de sus intelectuales. Tengo la impresión de que no, igual que conozco bastantes personas a las que le vendría muy bien “un Fernando” y ni se les pasa por la cabeza ¿Qué opináis sobre eso?
Ya volveremos a “la democracia”, que tiene mucha tela.
Fernando, te supongo de vuelta “yodadito” y “doradito”. Me das mucha envidia y no seré la única, Aunque José Mª y yo habitemos en el “Paraíso Interior” (eslogan turístico de la provincia de Jaén), donde se ponga el mar…
Saludos
Junio 5th, 2007 at 8:56 pm
Me han parecido muy interesantes y ciertas las descripciones que habéis hecho del intelectual. Y me parece de absoluta necesidad no olvidar jamás el último párrafo de la aportación de José María, la necesidad de que el intelectual baje a la arena de la sociedad y participe en la lucha por mejorarla, por contribuir a armarla con valores esenciales y auténticos. Creo que si hay algo que puede rebajar el valor de un intelectual es la torre de marfil, el aislamiento del mundo y de los otros.