Hemos estado, Julia y yo, otra vez este fin de semana, au bord de la mer, cubierto yo con sombrero “panamá”, inundándome los ojos de la inmensidad verde-claro y azulina, rizada en mil claveles de espuma (así lucía ayer) y, como luce hoy, chispeando estrellas de plata sobre azul intenso…. Tuve entre mis manos, leyéndolo ávidamente, el grueso volumen de las 693 cartas de mi tía Zenobia a Juan Guerrero, el mejor y más fiel colaborador y amigo de Juan Ramón Jiménez. Casualmente –o mágicamente- la hija de Juan Guerrero y de Ginesa Aroca, vive ahora aquí en Córdoba y habita el piso exactamente por debajo del mío… Muchas veces en sus cartas, le agradece Zenobia a Ginesa, contentísima, las cestas de flores –rosas, jazmines, lirios, violetas, celindas…- que les mandaba en primavera, desde Murcia, y que a Juan Ramón –escribe Zenobia- le hacía sentir que seguía viviendo envuelto en el aroma y las flores de Andalucía.

            He vuelto del mar queriendo comentaros que las lecturas en las que me he estado apacentando durante la pasada semana, en los ratos que me quedaban libres entre las sucesivas sesiones de psicoterapia, son “París era una fiesta” de Hemingway, y una biografía de Martha Bernays, la mujer de Sigmund Freud, que encontré casualmente en una librería de la luminosa y soleada Alameda de Málaga. El libro de Hemingway, que ya lo había leído hace tiempo, lo releeo por resistencia a perder el regusto estimulante, divertido y nostálgico que me dejó la lectura del de Enrique Vila-Matas, “París no se acaba nunca”, que es una frase tomada del libro de Hemingway.  El de Martha Freud está escrito por un antiguo redactor jefe de L’Express y es comno una crónica periodística, amena pero superficial y mediocre. Lo he leído sin embargo con deleite porque viene a prolongar la serie de biografías de Freud que poseo (son más de diez), además de la que yo mismo publiqué, “Sigmund Freud, biografía de un deseo”. Tengo además publicada una biografía de Anna Freud, su hija, que se titula: “Anna, mi amiga”.           

             Leyendo el libro sobre Martha, encontré una cita de Banjamín Constant (literato y político del siglo diecinueve) que me vino a recordar lo que yo había prometido en el blog del pasado día 11 de hacer un “eleogio de la rutina”. La frase citada ya puede dejar completado el elogio por sí sola: Las costumbres constituyen una parte esencial de la felicidad”…           

             Por poner algo de mi particular cosecha añadiré lo reiteradamente que en mi trabajo profesional (y también en el ámbito de las relaciones habituales) he tenido que escuchar quejas y reniegos contra “la vida”: por lo que vivir tiene de imprevisible, o de cruel tantas veces, o de injusto, o de repugnante (“qué asco de vida”). Sin embargo,  la queja más frecuente quizás sea por lo que tiene rutinario o aburrido, por ese “siempre igual” del paso cansino de los días… Y me recuerda esta queja a la del chiste de Woody Allen en una de sus películas, sobre aquellas dos señoras que se quejaban al maìtre de un restaurante de lo mala que había sido la comida: mal cocinada, mal aderezada, mal presentada, repugnante. Y concluye una de ellas: “Y sobretodo ponen en los platos tan poca cantidad…”                       

             Nos quejamos de la vida, de su paso cansino y aburrido, de su reiterada rutina… Pero “qué corto nos resulta el trayecto”, qué poca cantidad, qué breve, para sorberla y digerirla. Nos aburrimos en la vida, pero lamentamos que sea un aburrimiento tan corto, una rutina tan caduca, tan efímera, tan escasa… Hay que darle la razón al viejo Constant: sin saberlo, esta rutina es parte de nuestra felicidad. Y para mí, tal vez llego a encontrarla en estos días repetidos desde hace cerca de cuarenta años, en los que, como interludio de mis sesiones clínicas sucesivas, vuelvo a estar -por ejemplo- en París con Hemingway  y Vila-Matas, y me tuteo con la familia Freud en su piso de Bergasse 19, en la lejana Viena azul y musical …

            …O, como este fin de semana, solo con Julia, actualizando, en el entretejido de los recuerdos, la historia de la vida de Zenobia y Juan Ramón…

 

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6 Responses to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    ODA A LO COTIDIANO

    Decir que me gusta la cotidianidad, es decir que me gusta la rutina. El hacer sencillo. El de todos los días. Porque la vida que pasa condensándose toda en pequeñeces, va amalgamando un edificio que, al final, resulta de estructuras sólidas. Toda la obra, construida en apariencia, sobre cimientos frágiles, guarda en sí la robustez segura de los pilares recios. La rutina, lo de todos los días, es la argamasa, la arenisca sacada de los pequeños ríos. Con ella se construye un edificio estable: trazos fijos y firmes que “constituyen una parte esencial de la felicidad”. Se construye la vida.

    Si pudiéramos volar como los pájaros, ser “Diablos Cojuelo” para mirar por dentro, podríamos contemplar las cosas y los hombres en perspectiva alta… ¡Qué paz desde lo alto…! El ajetreo diario, la vista corta del hacer diario, no nos permite, a veces, entender que las metas fijadas, grandes al terminarlas, se hacen siempre con simples miniaturas de proyecto. Aparentemente, meras viandas tenues para ir matando el hambre… Nada que pueda ser bebido con paladeo profundo. Pero, al final, qué grato descansar contemplando la obra.

    La mayor parte de las veces, todo lo que miramos en los hombres son sus tribales guerras desarrolladas en míseras trincheras. Si tuviéramos visión desde lo alto, de larga perspectiva, tendríamos una profundidad de campo que nos permitiría valorar, en profundidad, la lucha cotidiana y el avance en la lucha. Y es en eso, en nuestra corto avance cotidiano, donde radica la grandeza de nuestro ser de hombres… Y nuestra gran victoria…

    Pero como no somos pájaros ni “Diablos Cojuelo”, casi nunca valoramos la perspectiva alta. Tenemos casi siempre sólo un marcado sentido relativo y miope de lo que nos concierne. Esa es, vista así, una rutina carente de sentido. Y, sin embargo, a pesar de este barro pobre, pseudo-rutinario, podríamos soñar en ser gigantes con fundamentos sólidos. La empresa de ser hombre se construye con pobres materiales, sólo en apariencia. Saberlo así es bueno para evitar vivir en la falsa creencia de que construimos castillos en una arena que luego arrastrará una marea crecida y persistente. Es importante saber que con letras pequeñas se escribe nuestro libro sin renglones torcidos. Este es nuestro pequeño y, a la vez, enorme fundamento. Nuestra mayor conquista para hacer nuestro edificio humano: valorar lo de todos los días, lo “rutinario”, con el saber profundo de que perdurará en el tiempo y aguantará la embestida del vendavales múltiples.

  2. Fernando Pinzon Says:

    José Mª:
    ¡Me dejas impresionado! Yo lanzo, “en tono menor”, algunas ideas más o menos sugerentes y literarias, y tú levantas todo un edificio intelectual, de arquitectura sólida, precisa y acabada… No tengo que decirte que me gusta y me complace, y espero que todos los demás que te “escuchamos” sientan lo mismo. Un abrazo, Fernando

  3. Mariana Says:

    Siento lo mismo.
    Gracias José Ma.
    ¡Gracias por ser con nosotros!
    ¡bravo, bravo, bravo, maravilloso!

  4. Fernando Pinzon Says:

    Una persona que quiere permanecer en el anonimato, me manda este e-mail:

    Fernando:
    Ya en otra ocasión te escrribí diciendo que me encantaba entrar en “vuestro” blog, pero que yo no me atrevía a intervenir. Todos volais muy alto. Tu cometario sobre la costumbre y la rutina, que lo enmarcas en el cuadro tan hermoso de tu experiencia profesional y familiar, me ha hecho mucho pensar. Y también las sabias anotaciones del profesor. ¡Cuánto lamento no estar aprovechando esos beneficios de la vida!, y es porque estoy intoxicada (esa palabra me la dijiste vos) por mi pensamiento obsesivo de “los años perdidos”. Siempre recuerdo una frase que vos también me dijiste en una carta, creo que era de un escritor francés, “Todo es gracia”. Pero aquí he seguido comiéndome la cabeza y creyendo que me estaba ahogando en mi maldita rutina y en los malos recuerdos de mi pasado. He dicho bien “que me estaba ahogando”, porque quisiera dejarlo en el pasado, y volver a animarme con lo que vos y el otro profesor habeis escrito. Gracias.

    *Añado a las palabras de mi agradable interlocutora transatlántica que el escritor francés es Georges Bernanos, que seguro que también lo recuerda mi amigo José Mª por ser lectura compartida en los lejanos años de nuestra juventud…

  5. Marina Segura Says:

    Hola a todos:

    No he podído hasta ahora meter baza en el tema que tratais, porque la “diversidad de lo cotidiano” no me ha dejado. Quiero puntualizar que en general, no soy yo una persona que se aburra, que encuentre la vida “rutinaria”, en el sentido gris penitente que se le suele atribuir. Creo que esto se debe más a una cuestión de caracter que de tipo de vida. Me gustaría que Fernando alguna vez hable de la diferencia fundamental entre nuestra mirada y “la cosa en sí”. Mi tendencia es a ver los días distintos, por mucho que se parezcan , y eso no es sólo bueno, tambien cansa y, a veces, echo de menos algo más de rutina, aunque sea en pequeñas dosis. Que la vida cotidiana es el fundamento de la vida toda, creo haberlo tenido siempre claro, aunque ese conocimiento no me haya dejado a salvo de ciertas “intoxicaciones” como nuestra amiga argentina. Renovar la mirada cuando se ha estancado, “adueñarse” del presente, afinar nuestros cinco sentidos para lo mucho que hay… puede trasformar el “pan nuestro de cada día” en “pura gloria”

  6. Fernando Pinzon Says:

    ¿Qué te voy a responder, amiga Marina, a tí que tienes el alma modulada con la dulce melodía de la lengua portuguesa, el ritmo de colores del Brasil y la vieja sabiduría de las altas montañas, casi celestiales, de la Andalucía profunda? ¿No es la verdadera realidad la que vemos con nuestros ojos interiores, la que sorbemos con los sentidos gustativos del alma? ¿No es cierto lo que hace tiempo leímos en “Le petit pince”: que no vemos de verdad sino con el corazón, que la verdadera realidad es inaccesible a la superficial mirada de nuestros ojos?

    Aunque de todo esto quizás te podría responder mejor, con más exactitud metafísica nuestro amigo José Mª… Un abrazo para tí y para todos. FERNANDO

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