Archive for Mayo, 2007

Lunes, Mayo 28th, 2007

Aceptando la definición de José Mª de que todo lo que, desde su ámbito teórico, tiende a regular la vida de los hombres, habría que englobarlo en el concepto “ideología” (frente a las “ideas” que no regulan, sino las que iluminan y propician la autoregulación racional)  y con ocasión de las votaciones para los cargos municipales (son “cargos” no prebendas) a las que nos convocaron ayer, quiero confesaros que, por fidelidad a mi profesión, no me identifico obcecadamente con ninguna ideología, camarilla, secta, partido, o perspectiva unilateral y cerrada de valoraciones. Porque ese es (para mi gobierno personal) el único modo de conservar la neutralidad afectiva y la apertura de mente que me permite empatizar con la singularidad de cada uno de mis pacientes, a quienes les debo acogida, comprensión y aceptación personal, sin reservas mentales.

 

Pero además es que, aunque he votado, rehúso filosóficamente adherirme a ninguna “ideología política” de modo incondicional e inconmovible. Y es que considero (para mi personal gobierno también) que las ideologías incondicionales son pensamientos secuestrados y encadenados, esclerotizados y muertos… Y elijo seguir ilusionándome, y proseguir renovadoramente, tras de las Utopías…

 

Me ilusiona todavía la Utopía Democrática, a la que tengo la impresión de que muchos políticos han renunciado (sobre todo tal como se manifiestan en las Campañas Electorales) y me interesan las ideas, los valores, las ilusiones permanentemente renovadas y los proyectos que promuevan la justicia, el orden y el respeto convivencial, la paz, la igualdad de oportunidades sin privilegios, las libertades, la Libertad…

 

En alguna parte he escrito que asistí al advenimiento de la Democracia con la misma expectativa romántica que el  judío histórico aguardó su llegada a la Tierra de Promisión. Alimentaba mi ilusionada espera con un pensamiento, sorprendente entonces para mí, de W. Faulkner, que yo había leído en una de sus novelas: “Ser demócratas es sentirse avergonzado de querer imponer las propias ideas a alguien, aunque uno esté seguro de tener la razón”. Eran sorprendentes (sorprendentemente descubridoras para mí) porque había sido criado y educado en un ambiente político y social firmemente impositivo, autoritario y dogmático

      Este espíritu de profundísimo respeto y reconocimiento del valor intrínseco de la persona, y del derecho a sus propias convicciones, y de la relatividad, por otra parte, de sus personales certezas (que merecen estar permanentemente revisadas y renovadas), queda groseramente pisoteado, sobretodo en tiempos de elecciones, por esos discurso de algunos políticos que desennoblecen la democracia, donde emergen actitudes mezquinas, posturas falaces, acusaciones impertinentes y groseras, además de promesas arteras y falsas, dirigidas únicamente a embaucar a los “infelices” (se creerán ellos) ciudadanos, desde su ambición por encaramarse y aferrarse a lo que ellos mismos entienden por “el Poder”.  

 

Es incomprensible que los políticos que nos representan olviden tan frívolamente que el Poder, en democracia, es el patrimonio irrebatible de los ciudadanos, y que ellos, los políticos, solamente ostentan nuestra representación, como delegados y administradores. Ya es hora de que tomen consciencia eficiente de que son solamente los administradores y no los dueños del cortijo. Y sería bueno que recordaran que la palabra “Ministro”, deriva del latín “ministrare” que significa “servir”, estar al servicio, cuya raíz conserva  el lexema “minus”, el menor (y que la palabra “Maestro”, deriva de “Magister”, cuya raíz es “magis”, el que es más…) . Sería para los políticos, en el ejercicio de su honrosísima servidumbre, un sano y ennoblecedor ejercicio de humildad.

 *De lo que estoy convencido es que siempre que se  utilice  -desde cualquiera de las posiciones ideológicas o políticas, sean de derecha o de izquierda-  la fuerza aplastante del dogmatismo (emanante a veces de las ideologías) y  la  intolerancia, el autoritarismo o el fanatismo consecuentes,  se están bloqueando los  caminos del progreso,  se está  actuando reaccionariamente y se está    interceptando el desarrollo de la libertad y de la justicia en nuestra convivencia. 

Miércoles, Mayo 23rd, 2007

Abundando en esa idea, tan profunda y bellamente concretizada por José Mª, de que dialogar es ir creando “alteridades” vivas, he recordado un pensamiento de Karl Jasper, psiquiatra y filósofo que tanto leímos y estudiamos en aquellos años anteriores al mayo del 68, años quemados y aplastados por los martillazos de las dos guerras, que habían destrozado las esperanzas de colaboración para una eficaz reconstrucción del equilibrio mundial y social. La existencia empezaba a percibirse como un absurdo sin sentido,  provocador de La Náusea de Sartre. El anonimato del individuo, perdido, ensimismado y aislado entre la colectividad de las grandes ciudades, reclamaba una ilusión de solidaridad  a la que poder asir el potencial del fragoroso Deseo humano.

Dentro de este marco incluyo el pensamiento de Karl Jasper, al que he empezado aludiendo: “No puede existir ninguna persona que lo sea únicamente para sí misma, como pura y simple singularidad. Solamente en el reconocimiento recíproco surgimos los dos como nosotros mismos”.

 

       De este pensamiento elemental se desprende una conclusión: Cuando el individuo constata su radical limitación biológica y existencial, y en consecuencia, la necesidad de una apertura hacia los demás para afirmarse, defenderse y perfeccionarse, es cuando se constituye y se reconoce auténticamente como Persona significativa, portadora de valores y de proyectos creativos (que eso significa ser persona).

       Este sencillo esquema gnoseológico es el que fundamenta filosóficamente la emergencia del amor, como Deseo, deseo vital de posesión, de pertenencia y de fecundidad. Amor que forma la pareja, que se extiende en familia, que conglutina a los amigos, que cohesiona a los grupos, que constituye sociedades… las cuales se integran conformando y fundamentando civilizaciones y culturas.

 

       Siempre he pensado que el esfuerzo del individuo humano, en cooperación integradora y solidaria con los demás individuos, por dominar la naturaleza y defenderse de sus amenazantes fuerzas ciegas es lo que ha constituido a través de los siglos, las distintas y sucesivas Civilizaciones. Y que el contenido y los  resultados de esos esfuerzos colectivos es lo que denominamos Cultura. Por eso en mis clases universitarias siempre definí la Cultura como "el conjunto de los conocimientos, instrumentos de progreso y sistemas de valores que diferencian a una persona o a grupo de personas frente a otras personas o grupos". Y el valor aglutinante y dinamizante de todos esos valores que propician el desarrollo de las civilizaciones y las culturas es, y lo será siempre, el Amor: el Amor como deseo y como consumación.

      

      Desde el punto de vista psicológico del desarrollo de la Personalidad individual, explicaríamos lo mismo siguiendo el esquema de Fritz Künkel, según se formula en su libro Del Yo al Nosotros. Nos viene a decir que la única posibilidad de supervivencia, afirmación, maduración y progreso de la personalidad individual radica en la integración positiva y progresiva del propio Yo en un Nosotros.

       En algunos de mis escritos he propuesto test, que ahora os ofrezco a vosotros, para calibrar en qué punto nos encontramos dentro nuestro proceso personal de autorrealización: En la medida que podamos aplicarnos, para describir nuestros sentimientos o nuestras acciones, los términos verbales que implican el lexema “co”, (cooperación, colaboración, consenso, confianza, comunión, condolencia, compasión, compañía, confraternidad, corresponsabilidad…) estaremos significando y realizando nuestra  integración personal en el propio desarrollo existencial solidario, que configura creativamente nuestra personalidad singular y cultural, y que garantiza la permanencia y el progreso de nuestra Civilización.

 

       ¿Estaremos, casi sin saberlo, ampliando nuestro yo y creando cultura en estos encuentros que propicia el Nosotros de “nuestro” blog?

Jueves, Mayo 17th, 2007

          El basamento ciéntifico y psicológico que Violeta nos ha proporcionado, a partir del comentario de Marina sobre las ventajas de llevar un diario y plasmar por escrito las propias experiencias y los propios pensamientos, me anima a reflexionar con vosotros sobre esto que venimos haciendo  en la construcción compartida de este blog.

          En la “entrada” (creo que se dice así técnicamente) de 1º de mayo, se me escurrió, por asociación subliminal, la palabra “ágora” aplicada al blog, pensándolo como la plaza del pueblo que acoge los encuentros y amasa  confidencias y amistades. No tengo que recordaros que el Ágora (del griego αγορά, mercado, lugar de reunión) era la plaza pública de  la polis (la ciudad-estado de la antigua Grecia). Los griegos construyeron sus plazas públicas de forma cuadrada, con espaciosos  pórticos, y con columnatas que sostenían arquitrabes, como soporte de galerías superiores destinadas al paseo.

          El Ágora de Atenas, el segundo centro de la vida urbana, situada al norte del Aerópago y la Acrópolis, es un espacio simbólico: lugar de intercambio de mercancías y de circulación de ideas, de encuentros y de diálogo, donde se construyó la primera democracia de la Historia, a la sombra de los plátanos que unidos formaban una especie de toldo para proteger del sol a los clientes y vendedores de la plaza.

           Los atenienses se reunían en el Ágora para convivir, mercadear, discutir sus leyes y decidir el futuro político de su ciudad. La filosofía peripatética de Sócrates, y la academia de Platón, cuyas puertas estuvieron abiertas durante más de ocho siglos, le dieron a nuestra forma de pensar, bases y estructuras imperecederas. 

         El ciudadano de la hélade que concurría al Agora de Atenas a compartir, negociar, dialogar, disenetir, aprender, reflexionar…, juntamente con otros conciudadanos, no sabían que estaban construyendo y asentando los sólidos cimientos de  nuestra civilización y de nuestra cultura.                 

         En nuestra época digital, el blog es el Ágora de nuestra capital postmoderna, lugar de encuentros, de reflexión y de cultura… Es también un espacio simbólico, como ampliación ilimitada del espacio real en que habitamos y nos desenvolvemos cotidianamente…  

          ¿Sabíais que el año 2005  se escogió la fecha del 31 de agosto  para celebrar en toda la red, el llamado "Día Internacional del Blog"? Habitamos una nación digital, dentro de un universo simbólico, paralelo al mundo real, que nos permite vivir vir dos veces  la vida…                

         Si nuestros encuentros y diálogos en este blog llegan a acumular un suficiente volúmen de reflexiones y confrontaciones intelectuales y humanas (llamados "ego-dokument" en la  teoría de Helmut Von Harfen) podríamos publicarlo en en un libro que se titularía, por ejemplo, “El Ágora en un blog”.

*Añado, como nota a pie de página, que hoy se entiende por “ego-documentos” (según esta teoría que se viene aplicando a la investigación de la Historia) las reflexiones y testimonios, identificativos del ego personal, escritos en situación relacional con lectores-interlocutores, donde el testimonio de las experiencias y de los pensamientos se aporta con la expresividad de la comunicación “en vivo”. Es decir: lo que estamos construyendo nosotros, cuando concurrimos, nos encontramos y dialogamos en este Ágora digital…

…Además de que nos aplicamos a nosotros mismos, como nos explica la amiga Violeta del burka azul (a quien ya le vemos los hoyitos faciales de su sonrisa), una "terapia cognitivo-narrativa"…¿Qué os parece?

Domingo, Mayo 13th, 2007

He vuelto, otra vez, de junto al mar…, de andar bordeando la franja de oro y plata de esa inmensidad fruncida, azul y rumorosa: “Fruce su rumor el mar”, escribió Federico el cárdeno poeta granadí (que así lo llamó Juan Ramón). Precisamente, entre mis lecturas playeras, encontré una confesión de Juan Ramón, que hago mías literalmente: “La vida sin el mar no se comprende; yo, por lo menos, no la comprendo, y todas mis eternidades se las debo a él…”

 

Acaba de salir a luz un libro mío que he titulado “Un porqué para vivir”. Lo publica una editorial argentina El Aleph en doble edición: digital y en soporte de papel. No se presenta en librerías (a no ser que yo lo gestione, que no lo pienso hacer) sino en la red, en la portada www.elaleph.com. El resumen de contraportada, que compone el editor seleccionando varios textos del libro, dice así:

                                    “UN PORQUÉ  PARA VIVIR” contiene y desgrana las experiencias cotidianas de un Psicoterapeuta, que ayudan a renovar cada día la mirada interior,  para vivir la vida con mayor ilusión, con mayor plenitud y con una más sabia serenidad…  “Quien tenga un porqué para vivir siempre sabrá encontrar el cómo”,  pensó Nietzsche. Un cómo vivir inspirado y orientado por los propios  valores, los proyectos, las ilusiones (aún en medio de los reveses, de las inevitables “desgracias”, de los contratiempos)…  El “carpe diem” del viejo vate  Catulo (y después de Horacio), ese saber y querer libar la perecedera flor de cada día, sacándole toda su miel y su fruto (y sabiendo también soportar sus amarguras), quizás sea lo que de verdad le da sentido pleno a vivir y a pervivir.” 

            La sentencia de Nietzsche tiene otra versión: “Quien tenga un porqué para vivir, soportará cualquier cómo”. Completa y enriquece la idea.

            Va escrito en formato de diario, que es un artificio mío repetido en otros de mis libros: a mí me es más fácil hacerlo concentrándome cada día en una idea o una experiencia, y creo que al lector le resulta también cómodo este modo de lectura parcelada día a día. Por otra parte, deja una sensación de intimidad y de confianza por el tono cálido de confidencia y de susurro al oído. En mi libro Animal de deseos (que es un sintagma también de Nietzsche) digo en la última página que  escribir un diario conlleva siempre una intencionalidad relacional, un deseo de compartir la intimidad: es en definitiva el diario como una relación de pareja –yo y la otra persona que me lea-, igual que la psicoterapia a la que he dedicado la mayor parte de mi vida, y su mayor intensidad. Y no se me oculta que en toda relación de pareja se pone en juego la propia identidad, la afirmación anhelante del propio Yo en la existencia, a través de la intimidad, la acogida, la confianza y el amor…

 

            ¿No es esto lo que estamos haciendo entre todos nosotros cuando nos encontramos en este blog?

            Por eso me hace muchísima ilusión presentaros mi “nueva criatura”, antes que a nadie, a vosotros…

  

Domingo, Mayo 6th, 2007

            Hemos estado, Julia y yo, otra vez este fin de semana, au bord de la mer, cubierto yo con sombrero “panamá”, inundándome los ojos de la inmensidad verde-claro y azulina, rizada en mil claveles de espuma (así lucía ayer) y, como luce hoy, chispeando estrellas de plata sobre azul intenso…. Tuve entre mis manos, leyéndolo ávidamente, el grueso volumen de las 693 cartas de mi tía Zenobia a Juan Guerrero, el mejor y más fiel colaborador y amigo de Juan Ramón Jiménez. Casualmente –o mágicamente- la hija de Juan Guerrero y de Ginesa Aroca, vive ahora aquí en Córdoba y habita el piso exactamente por debajo del mío… Muchas veces en sus cartas, le agradece Zenobia a Ginesa, contentísima, las cestas de flores –rosas, jazmines, lirios, violetas, celindas…- que les mandaba en primavera, desde Murcia, y que a Juan Ramón –escribe Zenobia- le hacía sentir que seguía viviendo envuelto en el aroma y las flores de Andalucía.

            He vuelto del mar queriendo comentaros que las lecturas en las que me he estado apacentando durante la pasada semana, en los ratos que me quedaban libres entre las sucesivas sesiones de psicoterapia, son “París era una fiesta” de Hemingway, y una biografía de Martha Bernays, la mujer de Sigmund Freud, que encontré casualmente en una librería de la luminosa y soleada Alameda de Málaga. El libro de Hemingway, que ya lo había leído hace tiempo, lo releeo por resistencia a perder el regusto estimulante, divertido y nostálgico que me dejó la lectura del de Enrique Vila-Matas, “París no se acaba nunca”, que es una frase tomada del libro de Hemingway.  El de Martha Freud está escrito por un antiguo redactor jefe de L’Express y es comno una crónica periodística, amena pero superficial y mediocre. Lo he leído sin embargo con deleite porque viene a prolongar la serie de biografías de Freud que poseo (son más de diez), además de la que yo mismo publiqué, “Sigmund Freud, biografía de un deseo”. Tengo además publicada una biografía de Anna Freud, su hija, que se titula: “Anna, mi amiga”.           

             Leyendo el libro sobre Martha, encontré una cita de Banjamín Constant (literato y político del siglo diecinueve) que me vino a recordar lo que yo había prometido en el blog del pasado día 11 de hacer un “eleogio de la rutina”. La frase citada ya puede dejar completado el elogio por sí sola: Las costumbres constituyen una parte esencial de la felicidad”…           

             Por poner algo de mi particular cosecha añadiré lo reiteradamente que en mi trabajo profesional (y también en el ámbito de las relaciones habituales) he tenido que escuchar quejas y reniegos contra “la vida”: por lo que vivir tiene de imprevisible, o de cruel tantas veces, o de injusto, o de repugnante (“qué asco de vida”). Sin embargo,  la queja más frecuente quizás sea por lo que tiene rutinario o aburrido, por ese “siempre igual” del paso cansino de los días… Y me recuerda esta queja a la del chiste de Woody Allen en una de sus películas, sobre aquellas dos señoras que se quejaban al maìtre de un restaurante de lo mala que había sido la comida: mal cocinada, mal aderezada, mal presentada, repugnante. Y concluye una de ellas: “Y sobretodo ponen en los platos tan poca cantidad…”                       

             Nos quejamos de la vida, de su paso cansino y aburrido, de su reiterada rutina… Pero “qué corto nos resulta el trayecto”, qué poca cantidad, qué breve, para sorberla y digerirla. Nos aburrimos en la vida, pero lamentamos que sea un aburrimiento tan corto, una rutina tan caduca, tan efímera, tan escasa… Hay que darle la razón al viejo Constant: sin saberlo, esta rutina es parte de nuestra felicidad. Y para mí, tal vez llego a encontrarla en estos días repetidos desde hace cerca de cuarenta años, en los que, como interludio de mis sesiones clínicas sucesivas, vuelvo a estar -por ejemplo- en París con Hemingway  y Vila-Matas, y me tuteo con la familia Freud en su piso de Bergasse 19, en la lejana Viena azul y musical …

            …O, como este fin de semana, solo con Julia, actualizando, en el entretejido de los recuerdos, la historia de la vida de Zenobia y Juan Ramón…

 

Martes, Mayo 1st, 2007

Durante estos días de ausencia envuelto por la deslumbrante luminosidad mediaterránea, quise entrar en el blog, añorando quizás la compañía acostumbrada de alguno de vosotros, y…¡estaba vacío! Sólo quedaban, flotando en el aire, junto a las golondrinasde la tarde, mis útimas palabras… “Está desierto el jardín, / las avenidas se alargan…” (melancolicé con Juan Ramón). Como quien baja a la plaza del pueblo a acompañarse de los amigos y sólo encuentra, en el lugar vacío, el revuelo de las golondrinas del verano…

Pero también es verdad que al llegar hoy, nada más acercarme al ágora, encontré esperándonos, junto a las golondrinas, a mi fiel amigo José María, que se lamenta de la caducidad de los amores y de las ilusiones con que se alumbraron. “Estaba escrito / que el amor tuviera / como fruto primero / el desengaño…”. Esto lo escribió un poeta, amigo nuestro de juventud (de José Mª y mío).

Yo pienso que el amor es como el fuego, o como una planta, y necesita de una mano inteligente y generosa que lo alimente y lo cultive. O como tan magistralmente escribió Eric Fromm en “El Arte de amar”, el amor es un Arte y, al igual que todo ejercicio artístico, se aprende, se ejercita, y se mantiene y acrecienta, con el cumplimiento de cuatro condiciones: concentración, esfuerzo, disciplina y paciencia… Esto lo explica y desarrolla Eric Fromm en su libro, y yo deduzco que no se muere el amor sino que lo matamos, o lo dejamos morir de inanición y de hambre. Muchas veces lo hemos oído en la televisión como argumento justificador de rupturas: ¡Qué le vamos a hacer¡, se nos murió el amor …¡, o como cantó la inafable Rocío: Se nos gastó  el amor de tanto usarlo…”  Más bien podría decir que se apagó igual que el fuego, o se marchitó como una planta, porque no hubo una mano inteligente, generosa y responsable para alimentarlo y cuidarlo…O que lo que murió no fue el amor, que no existía, sino una unión fundamentada en la simple atracción o en el capricho… 

 

 

Bueno, tenía ganas de contaros que estos días he logrador practicar mi deporte favorito (o mi deleite): estar leyendo (esta vez a la mitómana Anaïs Nin) frente al mar, sentado en silla baja al amparo de una palmara, con los pies descalzos sobre la arena,  cosquilleado por los infinitos dedos de la brisa…