En la entrega del “Micrófono de oro” el pasado sábado, en Acto celebrado en Ponferrada, a Boris Eizaguirre, ese showman que tantas simpatías recoge por su voz acariciadora, su pícara sonrisa y su delicado descaro, se lo dedicó con un guiño coqueto…”a mi marido”.
Lo que quiero comentar es que este supuesto, el de poder afirmar con toda libertad y derecho que está casado, en matrimonio oficial, con otra persona de su mismo sexo, se viene considerando –y así se presenta triunfalmente- como una conquista del progreso y un reflorecimiento de las libertades. Sin embargo, yo no consigo verlo sino como un paso atrás, un movimiento regresivo en el esperanzado proceso humano, social y político que alienta todo progreso filogenético y cultural.
Consciente de que debo de estar decepcionando y poniendo en guardia a alguien de quienes me estén leyendo, voy a ofrecer mi argumentación como ya lo he hecho en otros de mis libros:Está milenariamente constatado que el matrimonio “tradicional” es un viejo sistema originalmente pensado, diseñado, organizado y dispuesto para la unión de la pareja heterosexual, y como soporte de la familia. Ha venido constituyendo el ”matrimonio tradicional” -con todas sus limitaciones y fehacientes fracasos- un espacio de participación y convivencia, a todos los niveles del comportamiento humano, que garantizaba el necesario flujo procreativo, al mismo tiempo que la educación, la protección, el cuidado y la formación continuada de los hijos. Era hasta el momento el único modo permitido legal, social y moralmente, para la unión estable y permanente de dos personas, y para su participación "autorizada" en los niveles de intimidad sexual.
La demanda justa, y humanamente “progresista” del derecho a establecer y legalizar una posible unión homosexual aportaba, en principio, un enriquecimiento de los modos legales de posible convivencia, que hace a nuestra sociedad más plural, más libre, más original, más creativa…Nuestra sociedad, y nuestra civilización, podría contar con nuevos modos de convivencia, socialmente aceptados y reconocidos en sus derechos, para la expresión libre y creativa de los deseos, los intereses y los proyectos singulares de las personas….Esto es progreso.
Pero ejecutarlo ceremonialmente, nominalmente y oficialmente como “matrimonio”, como copia clonificada del milenario matrimonio “tradicional y convencional”, con los mismos rituales, los mismos parentescos ( marido y esposa, suegras, yernos y nueras, cuñados…), con los trajes blancos, los ramos de flores, los anillos, los “vivan los novios”, los “que se besen”, el arroz…como ya hemos visto tantas veces, termina resultando un remedo esperpéntico y reaccionario, un aburguesamiento fehaciente y un paso atrás en la esperanza de pluralidad, de originalidad y de progreso que nos prometía el reconocimiento oficializado del derecho de la persona individual a elegir y crear nuevos modos y nuevos espacios progresivos, originales y creativos, de relación y de convivencia humana…

























Abril 23rd, 2007 at 3:51 pm
Hola Fernando, hola a todos los visitantes del blog.
Leyendo esta última comunicación se me ha ocurrido pensar en como hoy en día muchas parejas “hetero” eluden el matrimonio; prefieren convivir sin ataduras legales, “papeles” de ningún tipo. Y paradójicamente los homosexuales se apuntan a esa vieja tradición, secularmente establecida.
No creo que sean burgueses y reaccionarios por seguir con la costumbre. Para ellos es una novedad, una conquista social recien alcanzada. Quieren ser como los demás. Con todos los derechos y obligaciones que eso supone: vestirse de novios, recibir la lluvia de arroz, el libro de familia, la pensión de viudedad y la herencia del difunto. Como todos.
Como todos esos “hetero” lo han venido haciendo, hasta ahora que eligen otras alternativas de convivencia. ELIGEN.
Quizás ahí esté la clave, puede que cuando el matrimonio homosexual se descargue de la connotación de conquista social recien adquirida, que le otorga un toque rupturista, las parejas homosexuales se decidan por otros modelos de convivencia, o no. De la misma manera que hoy los “hetero” deciden pasar por la vicaría, por el registro civil, irse a vivir juntos o cada uno en su casa (porque la convivencia desgasta) podrán hacer los “homo”.
Cada uno puede ser más o menos iconoclasta, con independencia de su identidad sexual. Creo que no es cuestión de género, no os parece?
Violeta
Abril 24th, 2007 at 6:58 am
He leído varias veces tu comentario sobre el matrimonio, Fernando. Y, aunque en principio, entiendo tu posición, quiero matizar algunos términos que nos ayuden a comprender mejor una realidad compleja, sobre todo por sus implicaciones terminológicas, históricas y políticas.
Voy a comenzar afirmando que los filósofos tenemos que ser, entre otras cosas, buscadores del origen de la palabra, del nacimiento del concepto. Sin embargo, antes de intentar hacerlo con el término “matrimonio”, te doy la razón en un punto: todas las reivindicaciones “progresistas” que se han dado en esta postmodernidad, han pasado, en mi percepción, por una etapa de “complejo de inferioridad”. La igualdad de sexos, las reivindicaciones feministas, el matrimonio, las parejas de hecho, etc., han pretendido, en sus primeros momentos, copiar los ritos y las formas de las situaciones establecidas. Los cambios producidos en estos campos últimamente, han tratado de expresarse con modelos establecidos, sin llegar, hasta que el cambio se ha sedimentado, sus propias formas rituales de manifestación. Lo mismo, creo que ha sucedido con el término y la realidad del matrimonio: tratando de imitar los ritos y comportamientos del matrimonio tradicional, se pierde de vista lo auténtico en las uniones de hecho.
De una manera general, puede afirmarse que el matrimonio es una unión entre dos personas con un reconocimiento social, cultural o jurídico, que tiene por fin fundamental la fundación de un grupo familiar que proporcione un marco de protección mutua y de la descendencia, si la hubiere. En principio, la denominación de la institución social y jurídica del matrimonio, deriva del Derecho Romano. En éste coexistieron dos formas de matrimonio: el sistema patriarcal en el que la mujer quedaba “in manu mariti” y otro sistema, que fue el que predominó en el derecho romano clásico: el matrimonio libre. El primero tuvo su especial vigencia en la época arcaica del derecho romano; el segundo, fue una consecuencia de la influencia que sobre el derecho romano tuvo la “humanitas” griega. Posteriormente, sobre todo en los países católicos, el concepto de matrimonio, se ha ido enriqueciendo con una tradición y ritual simbólico que lo ha elevado a sacramento. (“Decretum pro Armenis”, “Concilio de Trento”, Pío IX, León XIII y Pío XI).
Hay dos conocidos aforismos romanos de la época que pueden darnos una pista de lo que se entendía, en la práctica, por matrimonio en aquel momento: “nuptias non concubitus, sed consensus facit” y “non coitus matromonium facit, sed maritalis affectio”. De las costumbres derivadas de la aplicación del derecho romano, podría deducirse que el matrimonio era, además de una unión perfecta para los fines de recíproca integración física y moral de los cónyuges, una situación de mutua ayuda social, jurídica y civil de dos personas que unían su vida, constituyéndose en familia. Concluyo que el énfasis no se ponía tanto en el género de los que se unían cuanto en la voluntad finalística de la unión: la integración y mutua ayuda.
En la sociedad occidental moderna, en nuestro días, aparece un nuevo concepto, viejo ya en algunas culturas antiguas, al cual puede aplicarse, en principio, la base de lo que es el matrimonio: el reconocimiento social, cultural y jurídico que regula la relación y convivencia de dos personas, de igual sexo, con iguales requisitos y efectos que los existentes para los matrimonios entre personas de distinto sexo.
Actualmente, el debate está planteado entre los que opinan que sólo a la unión del hombre y la mujer debe denominarse matrimonio, optando por un argumento semántico para rechazar la aplicación del término a las uniones de hecho diferentes. Sin embargo, parece que no es suficiente este argumento semántico, ni la tradición histórica en que se apoya, para privar de la protección que brindan el sistema jurídico o el aparato estatal a los matrimonios de las personas del mismo sexo, sin incurrir en una forma de discriminación injustificada. El argumento semántico es rechazado por los círculos liberales por su tautología; el argumento procreativo, también, porque la ley no prohíbe el matrimonio entre ancianos o personas estériles; y el argumento tradicionalista, por su desconexión con los principios morales y éticos admitidos en las sociedades modernas. Los círculos “progresistas”, hoy, indican que la reforma sobre el matrimonio, que debe incluir los derechos de los homosexuales, es una cuestión de igualdad ante la ley y no es un simple tema semántico.
Escribiendo ahora, leo la comunicación de Violeta a este blog. Lleva razón. Los modelos se copian, se gastan, se desechan. Al fin y al cabo, son sólo modelos intrascendentes que sirven para expresar, en el momento histórico en que se dan, la realidad que tratan de significar. Qué curioso, como apunta Violeta, con brillante acierto conceptual, que los matrimonios tradicionales no pasen ya por la vicaría y las nuevas uniones de hecho se sientan “necesitados” de copiar esos modelos… ¿Es necesario establecer el fondo del problema en la oportunidad, o no, de una determinada denominación, a pesar de que durante muchos siglos haya servido para designar un determinado modelo? Quizás lo semántico vaya por detrás de los cambios que el hombre imprime a la realidad social.
Abril 24th, 2007 at 6:18 pm
Tengo que reconocer, José Mª, que eres un “viejo escolástico” y que me encanta y hasta me admira el rigor filosófico con que organizas, dispones, precisas y cincelas tus ponderadas argumentaciones, como productos de un cerebro minucisamente ordenado y culturalmente muy bien “amueblado”. Me ha gustado mucho tu aportación y también el comentario lúcido. desenfadado y desdramatizador de Violeta.
Pero, en referencia a tu afirmación de que que “los filósofos tenemos que ser buscadores del origen de las palabras” para desentrañarles su auténtico significado, quiero proponerte una consideración adicional:
En la epistemología lingüística, el significado de las palabras se determina, como bien sabes, por la etimología y por la semántica. El significado original es el que se acuña en su etimología (de la raiz griega “étumos”, lo verdadero y real). El significado usual, el que sirve “para que nos entendamos”, se va perfilando, completando, reconstruyendo, en el campo de la Semántica. La etimología de una palabra es fija e inmutable; la semántica es variable, evolutiva (o involutiva), cambiante. Haciendo referencia a la distinción que hace Seaussure dentro del signo lingüístico, podríamos decir que la etimología acuña –como a una moneda- el significante, y la semántica determina y modula sus significados (en analogía con la moneda que, manteniendo su cuño original, va adquiriendo valoración y “significados adquisitivos” variables y mutantes).
Aplicado a la palabra “matrimonio”, su etimología se enraiza en el “munus matris” para fijar su función originaria y primigenia de procreación y cuidado de la prole. La significación semántica se ha ido completando y remodelando histórica y culturalmente con las aportaciones que tú nos sintetizas, de la “legálitas” romana, la “humánitas” griega, y la “moralitas”, por decirlo así, de la cultura cristiana….
Cuando se crea una situación nueva y revolucionaria, en una “fase crítica” de los procesos históricos, como la que estamos viviendo en nuestra postmodernidad, las peripecias lingüísticas nos abocan a dos posibles opciones “para que nos entendamos”:
-o ensanchar todo lo que se pueda la semántica, con peligro de reventar las costuras etimológicas (que es la imagen algo esperpéntica y estrambótica como se me representó Boris dedicando el premio a “mi marido”…) hasta que, tal como tú nos dices, la semántica nos acostumbre a su uso…
-o acuñar un nuevo lexema o sintagma lingüístico que abarque en su significado toda la originalidad y frescura de una nueva situación sociocultural que renueve la atmósfera moral de nuestra convivencia, y la enriquezca y aromatice con la floración de nuevos modelos, socialmente aceptados y reconocidos en todos sus derechos y privilegios para la expresión libre, plural, original y creativa de los deseos, los intereses y los proyectos singulares de las personas…. Y esto es lo que yo prefiero, pero lo anterior también es válido.
Digo que yo lo prefiero uniéndome a Heidegger cuando afirmó que “romper las palabras (o romper con las palabras) es el único medio de de volver a emprender el camino del pensamiento”, que yo lo completo con unos versos de Luis Rosales: “cada vez que se dice por primera vez una palabra/ se ensancha el mundo conocido”…
Abril 24th, 2007 at 6:26 pm
Tengo que reconocer, José Mª, que eres un “viejo escolástico” y que me encanta y hasta me admira el rigor filosófico con que organizas, dispones, precisas y cincelas tus argumentaciones, como productos de un cerebro minucisamente ordenado y culturalmente muy bien “amueblado”. Me ha gustado mucho tu aportación y también el comentario lúcido, desenfadado y desdramatizador de Violeta.
Pero, en referencia a tu afirmación de que que “los filósofos tenemos que ser buscadores del origen de las palabras” para desentrañarles su auténtico significado, quiero proponerte una consideración adicional:
En la epistemología lingüística, el significado de las palabras se determina, como bien sabes, por la “etimología” y por la “semántica”. El significado original es el que se acuña en su etimología (de la raiz griega “étumos”, lo verdadero y real). El significado usual, el que sirve “para que nos entendamos”, se va perfilando, completando, reconstruyendo, en el campo de la semántica. La etimología de una palabra es fija e inmutable; la semántica es variable, evolutiva (o involutiva), cambiante. Haciendo referencia a la distinción que hace Seaussure dentro del signo lingüístico, podríamos decir que la etimología acuña –como a una moneda- el “significante” y la semántica determina y modula sus “significados” (en analogía con la moneda que, manteniendo su cuño original, va adquiriendo valoración y “significados adquisitivos” variables y mutantes).
Aplicado a la palabra “matrimonio”, su etimología se enraiza en el “munus matris” para fijar su función originaria y primigenia de procreación y cuidado de la prole. La significación semántica se ha ido completando y remodelando histórica y culturalmente con las aportaciones que tú nos sintetizas, de la “legálitas” romana, la “humánitas” griega, y la “moralitas”, por decirlo así, de la cultura cristiana….
Cuando se crea una situación nueva y revolucionaria, en una “fase crítica” de los procesos históricos como la que estamos viviendo en nuestra postmodernidad, las peripecias lingüísticas nos abocan a dos posibles opciones “para que nos entendamos”:
-o ensanchar todo lo que se pueda la semántica, con peligro de reventar las costuras etimológicas (que es la imagen algo esperpéntica y estrambótica como se me representó Boris dedicando el premio a “mi marido”…) hasta que, tal como tú nos dices, la semántica nos acostumbre a su uso…
-o acuñar un nuevo “lexema” o “sintagma” lingüístico que abarque en su significado toda la originalidad y frescura de una nueva situación sociocultural que renueve la atmósfera moral de nuestra convivencia, y la enriquezca y aromatice con la floración de nuevos modelos, socialmente aceptados y reconocidos en todos sus derechos y privilegios para la expresión libre, plural, original y creativa de los deseos, los intereses y los proyectos singulares de las personas…. Y esto es lo que yo prefiero, pero lo anterior -que es quizás lo que preferís Violeta y tú- también es válido.
Digo que yo lo prefiero uniéndome a Heidegger cuando afirmó que “romper las palabras (o romper con las palabras) es el único medio de de volver a emprender el camino del pensamiento”, que yo lo completo con unos versos de Luis Rosales: “cada vez que se dice por primera vez una palabra/ se ensancha el mundo conocido”…
Abril 24th, 2007 at 7:56 pm
Don Fernando, con todos mis respetos, decirte que, por la parte tan cercana que me toca… ¿por qué nos debe preocupar tanto la etimología y la semántica de las palabras cuando el fin último de lo que se está HABLANDO es la ilusión, la felicidad y la complicidad (y de otras muchiiiiisimas cosas… ) entre dos personas sean sexo que sean…?
Respeto mucho el matrimonio, pero, uniéndome a lo que con tanto acierto ha dicho Violeta, las personas que lo ponen en duda deberían sentirse en cierto modo halagados, ya que actualmente, y en parte gracias a personas VALIENTES como Boris Izaguirre, el matrimonio (que hay que decir se encuentra un poco bastante en decadencia, y si no, sólo hay que analizar el número de divorcios), aunque en un sentido pseudo-religioso, está sobreviviendo.
Pero por otro lado, a mi, personalmente, me da igual que digan “matrimonio” o “unión de hecho”(-como buena ignorante de las cuestiones lingüísticas-), si lo que tanto molesta es que se llame “matrimonio”, cuando se trata sólo de satisfacer los deseos de dos personas y de conseguir unos mínimos reconocimientos legales y jurídicos.
En cuanto a lo de copiar costumbres, en gran parte, el comportamiento animal está basado en la “imitación” con el fin de conseguir un bien, luego… ¿qué hay de malo? ¿acaso hace falta recordar que por ejemplo, muchas costumbres religiosas fueron copiadas de antiguas costumbres paganas?
Bueno, sólo quería decir para acabar que ojalá muchas personas que “entienden” fueran capaces de decir públicamente “mi marido” para de una vez por todas se dejara la hipocresía de lado. Pero esto es sólo mi opinión.
Abril 24th, 2007 at 7:57 pm
Don Fernando, con todos mis respetos, decirte que, por la parte tan cercana que me toca… ¿por qué nos debe preocupar tanto la etimología y la semántica de las palabras cuando el fin último de lo que se está HABLANDO es la ilusión, la felicidad y la complicidad (y de otras muchiiiiisimas cosas…
entre dos personas sean sexo que sean…?
Respeto mucho el matrimonio, pero, uniéndome a lo que con tanto acierto ha dicho Violeta, las personas que lo ponen en duda deberían sentirse en cierto modo halagados, ya que actualmente, y en parte gracias a personas VALIENTES como Boris Izaguirre, el matrimonio (que hay que decir se encuentra un poco bastante en decadencia, y si no, sólo hay que analizar el número de divorcios), aunque en un sentido pseudo-religioso, está sobreviviendo.
Pero por otro lado, a mi, personalmente, me da igual que digan “matrimonio” o “unión de hecho”(-como buena ignorante de las cuestiones lingüísticas-), si lo que tanto molesta es que se llame “matrimonio”, cuando se trata sólo de satisfacer los deseos de dos personas y de conseguir unos mínimos reconocimientos legales y jurídicos.
En cuanto a lo de copiar costumbres, en gran parte, el comportamiento animal está basado en la “imitación” con el fin de conseguir un bien, luego… ¿qué hay de malo? ¿acaso hace falta recordar que por ejemplo, muchas costumbres religiosas fueron copiadas de antiguas costumbres paganas?
Bueno, sólo quería decir para acabar que ojalá muchas personas que “entienden” fueran capaces de decir públicamente “mi marido” para de una vez por todas se dejara la hipocresía de lado. Pero esto es sólo mi opinión.
Abril 25th, 2007 at 9:07 am
Hola, María: tú sabes el respeto y la aceptación que siempre te he demostrado y no quiero que pienses que oculto ningún recelo, ni reserva, ni intolerancia… Esto es una “discusión intelectual”, en términos filosóficos y lingüísticos, que no impide que yo defienda, y siga defendiendo como siempre, la libertad, la creatividad y el progreso. Un abrazo, Fernando
Abril 25th, 2007 at 12:48 pm
Gracias Don Fernando, nunca he dudado de tu respeto, todo lo contrario. Normalmente, cuando leo el blog “alucino” con las cosas tan profundas que decís y nunca me atrevo a dar mi opinión, pero ayer, al ver que era un tema cercano a mi me atreví a expresarla. Espero no haber herido ninguna sensibilidad, porque no era esa mi intención. Sólo pretendía vencer un poco el miedo que me da hablar abiertamente del tema, aunque sea un poco cobarde, desde una pantalla de ordenador sin que se pueda llegar a saber quién es la persona que opina. Un fuerte abrazo.
Abril 25th, 2007 at 4:01 pm
La “discusión intelectual” que mantenemos en el blog Fernando y yo, amigos, es, simplemente eso: una “justa”, un “discernimiento” intelectual. En nuestro caso, estimulante y vital, porque nos retrotrae a épocas pasadas y a conversaciones duraderas y amigables. Su valor estriba, únicamente, en el juego intelectual del análisis y, en mi caso, como dice Fernando, como “viejo escolástico”, en la disquisición de “escuela”. La vida, la que siempre progresa, discurre por derroteros mucho más libres y creativos, y sobre todo, más hondos y auténticos al mostrarnos lo más genuino del ser del hombre.
Las cosas, en su originalidad se manifiestan, se patentizan en “su ser” al hombre. Es su “a-lezeia” (el no-cubrimiento del ser). Como afirmaba Heidegger, las cosas se des-velan en su ser al hombre. Muestran su “para que”. Se ofrecen en su utilidad. Desde ese momento la cosa se constituye en un horizonte de posibilidades para el hombre, y lo primero que hace éste es darle nombre. Poner nombre a la cosa es su primera forma de poseerla.
Este primer nombre, este signo lingüístico, en principio arbitrario, trata de mostrar las cosas al espectador y conduce, a su vez, al espectador a las cosas. El hombre, al señalar el sentido del objeto, expresa con palabras lo que conceptualmente ya posee. Esta es su “verdadera palabra”: su etimología (“etymos”- verdadero y “logos” - palabra). Esta palabra al designar en el tiempo al objeto, se convierte en un signo semántico y pone de manifiesto el significado atribuible a esa cosa dentro del contexto lingüístico.
Mientras el significado “útil” de la cosa no cambia, la forma semántica coincidirá con el signo etimológico. El problema surgirá cuando el hombre descubra, o dé, nuevos sentidos naturales o culturales, a las cosas que usa. Muy probablemente, en este caso, la etimología se quedará estrecha y será la semántica la que cobre el protagonismo.
En febrero de 2005 la Real Academia Española de la Lengua afirmaba que la palabra “matrimonio” debería ampliar su significado, incluyendo a personas del mismo sexo, si se consolida así el uso general de los hablantes. Reflejar el significado que las palabras presentan en el uso que de ellas se hacen, dará la medida de la ampliación semántica de dichos vocablos. Las palabras, semanticamente, pueden incorporar nuevas acepciones diferentes y hasta opuestas a su sentido etimológico por cambios que se dan en la realidad social. Todo esto puede aplicarse a la palabra “matrimonio”.
Abril 26th, 2007 at 4:53 am
RESPUESTA A MARÍA:
María: No tienes que disculparte de nada. Tu comentario está escrito con toda tu convicción y con toda tu pasión, como tú eres y como tú sientes… Me ha gustado mucho.
Abril 26th, 2007 at 7:29 am
Hoy quiero hablaros de los “encuentros en un blog”. En un blog de un psicoterapeuta. En el de nuestro común amigo, Fernando. Un blog que ya es casi nuestro común “cuaderno de bitácora”.
Y quiero hablar de esto porque llevo unos días fascinado por la riqueza humana y vital que se esconde tras el anonimato de estas líneas escritas desde sitios remotos: personas que no se conocen, que se saben en lejanía y que, sin embargo, se encuentran a través de la palabra… Qué necesaria, hoy más que nunca, la palabra y el gesto de la mano tendida… Ya formamos, en nuestro “blog”, una auténtica comunidad de amigos: Fernando, Marina Segura, Isabel, Mariana, Violeta, María, Carmen, Falela… Todos somos ya casi familia. Y en nuestro “cuaderno de bitácora” hablamos de lo nuestro, damos nuestras ideas y nuestros sentimientos…
Hace algunos días escribía, con un cierto toque simbólico y poético, algo que ahora puede iluminar lo que digo: “El hombre nunca se construye cerrándose en sí mismo. La luz de los castillos, desde dentro, es mortecina y áspera. No nos permite mirar hacia el espacio. Son estos castillos sitios oscuros -humedad y silencio- con pequeñas troneras por las que apenas entra un vestigio de luz para los ojos. Ser castillo cerrado, ser torre sin ventanas, puede ser bueno para la defensa, pero nunca para la tregua amiga o el diálogo”.
Nuestro “blog” nos permite ofrecer nuestra visión profunda, personal, auténtica, a través de la cual los amigos pueden llegar a vislumbrarnos. Quien no da su personal visión del horizonte, impide que los otros perciban un camino idéntico. No entenderán por qué nuestro horizonte tiene, para nosotros, color de primavera. Tampoco, por supuesto, podrán utilizarlo en sus dibujos. ¡Bienvenidos al blog! Es nuestra puerta y nuestro bonito lápiz de colores…
Abril 26th, 2007 at 2:59 pm
Hola a todos:
¡Qué nivelazo el de nuestros “primeras espadas”! Me teneis anodadada. Pero, por favor, y ahora en serio, mantened esa altura y esa profundidad, porque sólo así, en esos amplísimos espacios, se pueden tratar temas como este. Un lugar, donde las ideas, las palabras y los sentimientos se relacionen a su aire, uniendose hasta en “matrimonio” si hace falta.
La tendencia a simplificar lo complejo creo que complica mucho las cosas. Porque. a veces, es necesario y hasta imprescindible simplificar: para entendernos, para situarnos, para expresarnos … principalmente si queremos expresar emociones. Sin embargo, cuando se trata de intentar comprender algo complejo no hay más remedio que empaparse de su complejidad.
Digo eso porque creo que muchas personas simplifican por no pensar, por no cambiar de ideas, por no plantearse problemas, etc. El rechazo a la palabra “matrimonio” en las uniones homosexuales, me parece a mí algo muy generalizado por muchas razones, las más serias y con sentido son las expuestas por Fernando. Lo malo de eso es que hay muchísimas personas que se agarran al rechazo de la palabra cuando lo que realmente estan rechazando es el fondo de la cuestión : la legalización y reconocimiento social de las parejas homosexuales. Despues, confundir los unos con los otros resulta facil por la maldita tendencia a la simplificación.
Creo que echamos de menos en este caso una “verdadera palabra” que nombre la cosa nueva y “ensanche el mundo conocido”. De cualquier manera creo que el tiempo y el uso pondrá todo en su lugar tanto en la forma como en el fondo.
En cuanto a los ritos y “lo convencional”, suscribo totalmente el comentario de Violeta . En todo hay “sarampiones”
Tambien me ha gustado mucho que María opine “desde dentro”, es la mejor manera para que vayamos comprendiendonos todos mejor. Grandes ventanales para la tregua y el dialogo…
Abril 26th, 2007 at 5:43 pm
¡Es lindo leerlos y complicado atreverse a escribir!
Cada que leo a José Maria, me lo imagino apasionado investigando y preparando su escrito, me gusta la “escolástica” de la que habla, los detalles inesperados y bellos, es un filósofo detallista que logra dejar huella en mi pensamiento. También me imagino a Fernando, a veces cambiando de tema porque el anterior ya se agotó o se complicó, eso me da risa.
Bueno pues, suspirando fuerte y armándome de valor escribiré a mi manera, porque estoy convencida que sólo haciéndolo mejoraré la forma, aumentaré mi confianza y saldrán los pensamientos, ideas e historias vividas o aprendidas, además de que me gusta compartir.
El tema del matrimonio homosexual me parece que ha sido muy tratado en estos dos últimos años en España, ¿por qué tanto? Les cuento que me sentí desencajada cuando leí a un periodista español defender con gran pasión la legalidad del matrimonio homosexual, cambio mi percepción de este país cuando supe que fue ampliamente aceptado su discurso.
Tenía en mente a una España conservadora, con raíces profundas en el catolicismo y de pronto, saber que van en contra de lo que tanto ha defendido la Iglesia Católica, no supe que pensar, pasó por mi imaginación las caras consternada de los sacerdotes, de la gente religiosa, de las personas conservadoras, de los ancianos incrédulos, me imaginé un golpe fuerte, un estallido donde se acrecienta la impotencia, una bomba que da aviso de una calamidad, un rumbo común del que no se está de acuerdo.
En fin, así me lo pareció, no sé ahora si el rumbo es equivocado o no, si el matrimonio debiera ser exclusivamente entre heterosexuales, esforzarnos y luchar porque siga siendo así, lo demás me suena a libertinaje, desorden, futuros problemas, dos papás o dos madres e hijos con desorientación de género, etc.
En contraposición, hace algunos días un conocido homosexual me invitó a su “boda”, me pareció una idea creativa, le pregunté si en la ceremonia se iban a simular un juez o un sacerdote, los dos nos reímos y ahora sé que tan sólo será el festejo del inicio de una nueva forma de convivencia.
María:
A mi también me pasa lo mismo. Además me da no sé que cosa el escribir y ver mis letras junto a las de ustedes. Después de leerlos no se me ocurre que escribir, pero también quiero que sepan que los leo, que aprendo de ustedes, que aunque no tengo su fluidez, orden y sabiduría, sigo interesada y procuro poner nuevos ornamentos en mi pensamiento.
Abril 27th, 2007 at 4:37 am
Mariana: Me ha gustado mucho cómo tú interpretas y resumes lo que es el “ceremonial” del matrimonio: “el festejo del inicio de una nueva forma de convivencia”. Sin referirme ahora exclusivamente al tema que veníamos discutiendo, me parece una fórmula muy lúcida y exacta, frente a la parafernalia, cada vez más fatua, complicada y “numismáticamente” costosísima, en que se ha convertido la ceremonia social de este festejo: imperiosa necesidad de parte de las mujeres de no repetir vestidos; competición angustiosa entre ellas para lucir mejor que las demás, o no quedar peor; angustia acrecentada en la elaboración de listas inacabables para que nadie se sienta irreparablemente ofendido; búsqueda extenuante a través de la iglesias y restaurantes para que, en su difícil conjunción, poder fijar la fecha; obligación sobre padres y padrinos de recabar préstamos bancarios para hacer frente a tal acumulación de costos y eventualidades…
Fíjate el cúmulo de exigencias apremientes y oprimentes en lo que se ha convertido lo que para ti, Mariana, es tan sencillamente “el festejo –gozoso y compartido- de una nueva forma de convivencia”.
Me quedo con la fórmula bíblica, la de no querer ya más “guardar los vinos nuevos (los del amor, la ilusión y la alegría) en los odres viejos” , de fómulas gastadas y desauntentificadoras…