Me visitó en pasado jueves un agradabilísimo equipo de reporteros de Canal Sur, venidos desde Sevilla a hacerme una entrevista para el programa “Los Reporteros”. El tema sobre el que requerían una valoración o explicación psicológica es el de, según me preguntaba el redactor (un muchacho joven y sensible), el boom de la Cirugía Estética en relación con el programa, actualmente en el candelero,  “Cambio Radical”. Por un como rechazo instintivo y de “vergüenza ajena”, yo no he visto nunca ese programa, sólo imágenes en barrido, cuando hago zapping. Pero intentando interpretar mi rechazo, manifesté que tenía 4 razones para no aceptarlo. Son estas, desde mi psicológico punto de mira, las razones que les expuse: por lo que tiene de estafa; por lo que puede acarrear de frustración, o de frustraciones encadenadas; por lo que supone de falsificación; y por lo que conlleva de prostitución…      

Me explico:

            Cuando hablo de estafa no quiero decir estafa técnica, sino psicológica y socio-cultural: no considero estafa en la intervención de los cirujanos, ni siquiera en la intención de los realizadores del programa. Lo que quiero decir es que el ser humano es, por esencia,  un ser insatisfecho (como lo describió José Mª, con tanta belleza expresiva, en su comentario del jueves pasado). También lo dijo Píndaro, dos siglos antes de los de nuestra contabilidad temporal: “Sed de algo tiene siempre el ser”. El ser humano es un animal sediento, y lo reconfirmó Nietzche describiéndolo como animal de deseos (también yo tengo publicado un libro que se titula así, “Animal de deseos”). Esta insatisfacción es un acicate para nuestro esfuerzo de superación. Y de la potencia de este dinamismo intrínseco han resultado muchas de las grandes conquistas y realizaciones de la historia. También vale para los pequeños o mayores esfuerzos de superación en la vida cotidiana, incluso para el que nos estimule y anime a reparar alguna deficiencia de nuestra imagen corporal, asumiendo el riesgo razonable de una intervención quirúrgica…

            Tenemos los humanos una facultad específica para procurar un canal a los deseos y para compensar las acuciantes insatisfacciones: es la Fantasía. Pero sucede que estamos actualmente inmersos en una cultura visual, permanentemente bombardeada por la imagen. Y nuestra fantasía va quedando subliminalmente moldeada y manipulada por modelos visuales (no conceptuales) de identificación, tan idealizados y tan falsos para su realización en la fehaciente realidad cotidiana, que al canalizar hacia ellos todo el furor de nuestro deseo, los condiciona a un encadenamientos de insatisfacciones y frustraciones acrecentadas. Cada vez que comparamos nuestra imagen real con los “estereotipos culturales” de identificación, más consciencia tomamos de nuestra distancia y más “pasión inútil” nos parecerá el impulso dinamizante de nuestra insatisfacción. O más vanamente creeremos que en su presunta consecución, alentada engañosamente por los medios visuales, estará nuestra ansiada felicidad… Por esto pienso que estos programas tienen mucho de estafa (quizás inintencionada) desencadenadora de frustraciones.

            La cultura actual, transmitida y configurada masivamente a través de las imágenes, es especialmente exigente, injusta y severa con la mujer. Las expectativas sociales respecto al hombre están más concentradas en el terreno profesional, en el de los posibles logros económicos, o en los del vigor físico. En la mujer, muy predominantemente, se configuran en el atractivo físico de su imagen, manipulada por criterios estéticos cada vez más inaccesibles y exigentes. Podemos comprender el desconcierto vital, la frustración y hasta la desesperación de muchas adolescentes al comprobar que sus cambios corporales no coinciden con los estereotipos de comparación y de  identificación que se les presentan, y que se les hacen creer, como los únicos que garantizan su aceptación social, su valoración como personas, incluso los que les aseguran su derecho a ocupar un lugar en la vida…

 

            ¿Por qué interpreto que hay también, solapado en este  género de programas, mucho de falsificación y hasta (aunque en una acepción benévola) prostitución?

            Bueno, como me estoy alargando demasiado, dejaré la respuesta para mi próxima aparición en este blog… Hasta entonces, estoy deseando escucharos a vosotros… 

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One Response to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    He leído despacio el análisis riguroso de Fernando sobre el programa de televisión “Cambio Radical”. Profundo y certero. Sus “cuatro razones” me parecen valientes, aunque, hoy, quizás, “nadan contra corriente”. Voy a aportar alguna nueva idea al análisis. Con esto, enriqueceremos más el tema.

    Es conocido que el término latino “persona” (máscara de actor, personaje de un drama, sonar a través de) fue usado en el estoicismo por Epicteto para indicar que la vida del hombre era la representación de un papel social. Equivalía, en su uso al término griego “prosopon” (máscara de teatro), que se utilizaba en la comedia griega. El “prosopon”, la “persona”, la “máscara”, servían al actor para que la voz resonara más fuertemente a través de ella y pudiera ser escuchada con mayor amplitud por los asistentes. Pero, al tiempo que servía como amplificador de la voz, la máscara caracterizaba, con figura apropiada, al personaje representado.

    Este concepto, puramente utilitario, pasó a designar, en la acepción romana posterior, algo de particular relevancia: el carácter, la personalidad del individuo. La persona, cuando se muestra en sociedad, aparece, ante los demás, rodeada de un conjunto de actitudes y maneras que constituyen su particular forma de ser. Es su “máscara”. Con ella se expresa y a través de ella “resuena”.

    La vida social es, en su sentido más primigenio, un continuo juego de actores y espectadores. El “yo”, a través de su “máscara”, es un actor que desempeña su papel frente a otro: un “tú”, que contempla la representación. El “yo-actor” espera del “tú-espectador” reconocimiento y aplauso. Éste, al aplaudir al “yo”, incorpora e imita en su vida lo que aplaude. Por lo que, al hacerlo, se convierte en un nuevo e improvisado actor ante el “yo”, ahora espectador. Los papeles se han cambiado. Así, en este juego, de actores y espectadores intercambiables, se va configurando la vida de los hombres y se van desarrollando los modelos sociales. Nuestra vida social se basa así en sentimientos de aprobación o reprobación, emitidos sobre las acciones del actor que está en la escena o que pretende estarlo. La máscara y las candilejas son el modo y lugar irrenunciables de la representación. A veces, la tentación de cambiar el “prosopon”, por considerarlo inservible o poco digno, puede dar al traste con la obra.

    La observación de nuestra “escena” actual en España, nos lleva a afirmar que los estados de tensión en que vivimos, originados por los desajustes entre modelos y comportamientos, producen en nosotros malestar interior, angustia, obsesión. Aplaudimos y anhelamos el paradigma que se nos propone. Pero la imposibilidad de alcanzar ese modelo propuesto como óptimo, como irrenunciable para ser, origina fracaso, nerviosismo, rechazo del “papel” que nos ha tocado en suerte. No sirve nuestra “máscara”. Casi la despreciamos. La angustia, la falta de autoestima, la obsesión, la histeria, dominarán nuestras actitudes y nuestras respuestas sociales. En la mujer, incluso, porque su imagen es más pretendidamente desfigurada por manipulaciones pseudo-estéticas, la obsesión por cambiar la “máscara” origina, muchas veces, bulimia y anorexia.

    Me quedan sólo un par de preguntas. Sólo las enuncio. No las desarrollo, para no alargar más este comentario. Lo haremos en otra ocasión: ¿Por qué se nos proponen “máscaras arquetípicas”? ¿Qué criterios y estrategias las mueven? ¿Son las ideas o es la pura praxis la que modela los roles de la escena? Hasta pronto, amigos.

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