El comentario, tan lúcido y bien escrito de Marina; las doctas puntualizaciones de José Mª, tan esmeradas y ungidas al mismo tiempo de lirismo; los sueños y ensueños de Mariana, anticipando en vivenvcia presente su fantaseado futuro y revivenciándo sus sueños adolescentes en un “hoy” pleno de belleza, acompañada por la lectura de Zoe Valdés, allá en su Méjico “lindo y querido; las recientes aportaciones de Violeta; la última y magistral intervención de José Mª…, me han hecho recopilar mentalmente lo que queda en mi hoy de estos días pasados de la Semana Santa, y he pensado que cualquiera haya seguido la corriente humana, o la cascada de almas fluyentes por nuestras ciudades y pueblos, o haya contemplado, en presencia o en la pantalla del televisor, los remolinos de multitudes alrededor de pasos o tronos de espléndidas imágenes, soportando las lluvias, las esperas y el cansancio… Bueno, (el párrafo me está saliendo demasiado largo) que cualquiera habrá podido constatar lo importante, necesario e imprescindible que es para el animal rationalis de Aristóteles, los descendientes actuales de la estirpe de los Atapuercas, escaparse de vez en cuando de lo cotidiano y rutinario de su vida real y adentrarse en los ámbitos de la irrealidad, la magia, el mito, la maravilla y el encanto, donde no existe el paso del tiempo… Sin soslayar el hondo calado religioso que tiene para muchas personas estas celebraciones: que también es “acogerse a lo sagrado”, desde la vida profanada por la rutina de cada día, y buscar compensatoriamente lo trascendente y asombrante del misterio. Es una catársis necesaria (como la que los griegos practicaban en las graederías de sus anfiteatros) o la urgencia perentoria dede respirar, como lo expresa Marina Segura, dentro de esa segunda atmósfera que nos depura y tonifica. Pero siempre en “estado de excepción”, que también es válida, necesaria, imprescindible, para vivir y sobrevivir, la tan denostada “rutina” (de ella quiero hablar otro día y dedicarle un justo elogio).

























Abril 11th, 2007 at 5:32 pm
Hola a todos:
No me resulta facil volver a escribir aqui, despues de la densidad de nuestra “conversación” del blog anterior. Por otro lado, tampoco me gustaría cambiar de tema ¡Hay tanto que decir de todo eso! Aún estoy impresionada con el último comentario de José María. Mientras voy digeriendo y por aportar algo que enlace con el comentario de Fernando de hoy, pregunto: (al psicologo, al filósofo, a todos los demas…)¿ De qué manera creeis que se vive más intensamente el presente? ¿Como sugiere Viloleta (con la que estoy muy de acuerdo) en el “dolce far niente” de una soledad gozosa? o, como contaba hoy Fernando, ¿haciendo parte de una multitud y viviendo una especie de exaltación colectiva?
Un saludo
Abril 12th, 2007 at 3:52 pm
Me ha gustado la descripción que hace Fernando de lo que para muchos significan los días de Semana Santa: escapar de lo cotidiano, adentrarse en ámbitos de irrealidad, acercarse a la magia, al mito, a la maravilla y al encanto que anulan el paso del tiempo… Días, además, que poseen, en determinadas culturas, un hondo calado religioso, donde lo sagrado significa la búsqueda de lo trascendente o la manifestación arquetípica de contenidos simbólico-naturales. Ante estos hechos, me pregunto: ¿Por qué este afán de manifiesta huida, o esta urgente necesidad de realizar una condensada manifestación religiosa, cuando apenas si ésta aparece a lo largo del año?
Lo que acaece estos días, sin duda, es un abandono forzado de una rutina asfixiante y tórrida. Así es lo cotidiano. Pero ¿qué expresa la escapada urgente de las ciudades que, incluso, antes de comenzar es ya un retorno, la necesidad de “cargar un paso de misterio”, la urgencia repetida de cambiar nuestro asfalto doméstico?
Parece, y se repite siempre, que cuando el hombre vive de una continuada y cotidiana forma, necesita cambiar sus pautas de conducta, sus modos de expresión. Lo cómodo sería pensar que estos hechos son fruto del aburrimiento, del cansancio diario. Sin embargo, es bueno contemplar las cosas de otra forma. Creo que no se trata, simplemente, de huir de la rutina. Se trata de expresar y dar salida a una búsqueda que lleva al hombre a trascenderse siempre.
En realidad, tan apetecibles pueden ser una playa de azul mediterráneo, o unos “ritos de máscaras”, o la anual procesión de una cofradía de semana santa. El hecho y el lugar es lo de menos. Lo profundo, como raíz de base antropológica, es constatar la necesidad que el hombre tiene siempre de buscar nuevos horizontes para ser en ellos. Una vez los posea, buscará otros nuevos. Se convertirá en un eterno buscador de situaciones nuevas para realizarse temporalmente en ellas. Este es su dinamismo y su ser profundo.
Cuando las cosas vuelvan a sus normales cauces, empezará para el hombre otra vez la búsqueda. Ese es el fruto de su espíritu inquieto, insatisfecho. Lo único que el hombre tendrá siempre en su haber, de manera continua, serán sus propias manos -sólo eso- alargadas, inusitadamente, a lo alto, intentando coger alguna estrella. Las cosas, como sucede siempre, se verán a lo lejos. Y el hombre, aunque en su ser es nada, soñará siempre con objetivos nuevos que le permitan vivir con ilusión renovada y acuciante, aunque las aguas sigan, como siempre, fluyendo por iguales cauces.
Abril 13th, 2007 at 6:51 am
Ayer, a propósito de estos tiempos procesionales pasados de la Semana Santa, quise contaros una experiencia que viví hace años en Lima y que me pareció fecunda, antropológicamente interesante y, a la vez, “admirable”. No pude hacerlo en el blog de ayer porque el tema iba por otros derroteros. Lo hago hoy, sin sacar conclusiones, por su curiosidad y magia cultual.
Era una mañana de Agosto de 1967. Caminaba yo por la Avenida Tacna, en Lima, entre la bruma gris, tan típica del paisaje limeño. Lima es una gran ciudad envuelta siempre en una neblina tenue de color ceniza que le da un aire misterioso y triste. Por la ancha avenida limeña discurría, con la seriedad que exigía el momento, una pequeña procesión familiar: un santo (no recuerdo cuál, pero es lo mismo, hubiera valido cualquiera), en unas angarillas rústicas y mal formadas, aunque sencillas, era portado por cuatro hombres vestidos de negro. El pequeño paso procesional estaba adornado con las flores que la ocasión exigía. La vestimenta de los “portadores” era la dominguera: festiva, cuidada, arrugada aún por los dobleces del arca. Delante, tocaba un hombre la trompeta. Solo uno. Posiblemente, el presupuesto procesional no daba para más. Detrás, acompañando al santo, caminaban, con un paso cansino, devoto y típico, unas cuantas mujeres. (La familia según me comentaron después). Un carril de la avenida había sido cortado al tráfico por un guardia municipal. Todas las personas que contemplaban la procesión, lo hacían con respeto y admiración.
Pregunté la razón de esa procesión familiar. La explicación que me dieron fue ilustrativa: la familia llevaba el Santo a Misa. Una vez al año, se sacaba en procesión al Santo. Por las calles limeñas se lo conducía, con solemnidad familiar, a la iglesia cercana. Al llevar al Santo a Misa, existía la creencia de que éste ya había cumplido con la obligación de cada miembro de la familia de ir a misa cada domingo. Con su peregrinaje, el Santo ya había cumplido suficientemente por todos… No se la verosimilitud de la explicación que me dieron…, pero “Si non é vero, é bene trovatto” (si la historia no es verdad, está bien contada).