Veo que el tema del amor ha alcanzado, en este blog, su nivel de saturación, ya que no se ha añadido ningún comentario a los seis que se hicieron la semana pasada.
El viernes me preguntaba Mariana, desde su México, cómo anda por aquí el tiempo y las estaciones (el “tempus” psicológico, el político…) Mi tiempo psicológico se lo definiría tal como lo hice en mi poema-relato La viña forecida. Digo allí de Sergio (y ahora de mi mismo): “Por su paisaje interior se sucedían sin intermitencia las estaciones del año, al paso de algunas horas y, a veces también, de pocos minutos: el otoño, perfumado y viejo, con sus uvas maduras y sus hojas como esqueletos de oro; la primavera encantada, excitadora, olorosa de limones y de magnolios atardecidos; el invierno cálido de hogares y de reencendidas añaoranzas; el veranno de las olondrinas, refrescado de luz y de pinares marinos, espeso de savia recalentada al caer, enrojecida, la tarde. A veces, una nube negra cruza, electrizada, por su cielo, y todo el paisaje interior oscurece de repente, haciéndose brumoso, metálico, entenebrecido, neblinal y exánime”. Bueno, no es para tanto, es sólo un intento casi ingenuo de poetizar la vida…Del tiempo y la atmósfera política sí diría que anda revuelta, tormentosa, crispada, amenazando borrascas y hasta terremotos…
Y quería comentar, a propósito de esto, que estos términos referenciales de derecha e izquierda, aplicado a los posicionamientos políticos, se han convertido en señalizaciones confusas y aberrantes -en el sentido etimológico de la palabra: salirse del camino, errar sin rumbo- para el sencillo caminante en la búsqueda de sus objetivos y de sus utopías. ¿Dónde se sitúan ahora los que se esfuerzan por la renovación y el progreso, a la derecha o a la izquierda? ¿Dónde los conservadores, sobretodo cuando se trata de conservar los privilegios, las prebendas y el poder? Lo de izquierda-derecha está semánticamente desgastado y ya no sirve más que como insulto, dascalificación y arma arrojadiza en los debates, pero no para orientar al caminante en el sentido y dirección de su marcha por la“polis” (en el sentido excelso de la civilización helénica)
Lo que propongo, aunque parezca una boutade, es que las nuevas referencias direccionales sean en adelante las de"arriba-abajo".
Los de arriba serán los que pretenden un Estado potente, prepotente, omnipresente, inmenso, todopoderoso, que dirija y asuma todas las responsabilidades de los ciudadanos (súbditos), y que abarque con sus descomunales tentáculos funcionariales todos los espacios de la vida pública (por definición, la vida de todos). Un Estado paternal y providente, continuación en algún modo del padre indiscutible de la infancia, que permite, prohibe, organiza, interviene, decide, amenaza, castiga, premia. Desde el punto de vista psicológico, sobretodo desde las orientaciones de la psicología humanista -la teoría de la no directividad de Rogers, o la de la autonomía del Adulto frente al Padre del Análisis Transaccional de EricBerne-, esta sería una situación sociopolítica despersonalizadora e inmadurativa.
Por su parte, los de abajo optan y trabajan por una renovada sociedad civil, activa, creativa ilusionada, autosuficiente y autodirectiva, responsabilizada de su propia marcha, de sus propias iniciativas y de sus propios objetivos. (Esta es, aplicada a cada persona en particular 1a línea formativa y terapéutica de la nueva Psicología Humanística). Y, por otro lado, los de abajo optan y trabajan por un aparato estatal eficaz, tolerante y riguroso, que gobierne pero que no mande, como el piloto gobierna y conduce el avión, aunque los que mandan, los que deciden adónde quieren ir, son los pasajero. Quizás algún día lleguemos a reconocer que la gran aberración de nuestro siglo -otra vez en el sentido etimológico de la palabra aberración- sea haberles cedido el poder, haber dejado en manos de los políticos toda la responsabilidad de los destinos y de la organización de nuestra "polis".

























Marzo 29th, 2007 at 7:15 am
Esta mañana, al regreso de mi paseo diario por un camino forestal entre olivares verde-grises, cruzando ruinas viejas y altas chimeneas, restos de minas antiguas y fundiciones de plomo argentífero, he hecho, como hago a menudo una especie de “zapping” por la biblioteca del despacho. He cogido un viejo libro, ya apergaminado por el tiempo y la antigüedad, y he ojeado sus párrafos. Era el “DIARIO” de Stendhal. Un libro viejo que no tengo idea de cuánto tiempo lleva acompañándome en silencio en el anaquel de los libros que rodean ni mesa de trabajo. No recuerdo ni siquiera cómo ha llegado a estar ahí. Un diario que debí leer hace muchos años. Lo sé porque algunos párrafos los tengo subrayados desde antiguo.
En este “DIARIO”, Stendhal habla con el sabor peculiar del romántico: habla de lo trágico, de lo poético, de lo filosófico, de lo dulce. Dice: “El arte de escribir un diario está en conservar en él lo dramático de la vida”. El 10 de Agosto de 1811 explicaba lo que para él era el drama, la vida desgarrada y, a menudo, de sabor agri-dulce: “Todo lo que me aleja del corazón del hombre, carece de interés para mí”. El corazón del hombre es el secreto. Cuanto más se conoce el corazón del hombre más se entienden sus antiguas grandezas y sus debilidades…
Después de hojear a Stendhal, he acudido, como hago todas las mañanas, -ya casi es un ritual-, al blog de Fernando. Y en él he encontrado un comentario de antropología política que me ha acercado, vitalmente hoy, a problemas ya antiguos pero ahora casi trágicamente actuales: el quehacer político, la derecha y la izquierda… Tópicos y quehaceres que, como escribe Fernando en su blog, están, si no trasnochados, sí malgastados por el torpe e interesado uso que el hombre ha hecho de ellos. Fernando propone una terminología nueva: arriba-abajo. Carga de sentido ambos términos con una idea que, tradicionalmente, ha sido determinante en la lucha política: la concepción monopolista, estatalista de la cosa pública (“un Estado prepotente que dirija y asuma todas las responsabilidades de los ciudadanos”) o el sentido “liberal” de un Estado que respeta la iniciativa de los individuos particulares y (“que trabaja por una renovada sociedad civil, responsabilizada de su propia marcha”). No entro a valorar la vigencia y la profundidad de esta reflexión, pero sí quiero ahora añadir alguna idea más que amplíe nuestro análisis sobre el tema.
Hace más de ciento cincuenta años, Saint Simon afirmaba que “la política había dejado de ser el gobierno de los hombres para convertirse en la administración de las cosas”. Y pareciera que por razón de una mala política los hombres se han convertido en cosas. Es cierto que las dimensiones materiales de nuestra existencia, impregnadas de un economicismo fraudulento, se han convertido en prioritarias: la actividad productiva, el lucro, el gasto, el consumo, la propiedad, constituyen el grueso de nuestras relaciones sociales. Por el contrario, pierden importancia otras realidades de la vida del hombre, tales como la solidaridad, la comunicación íntima de los propios pensamientos y afectos, el genuino amor, la convivencia… Se opera con ellas como con valores sobreentendidos, cuando lo que sucede es que se carece de ellos. En el mejor de los casos han quedado relegados al ámbito privado, por lo que tienden a atrofiarse faltos de reconocimiento y valoración sociales. Pareciera que a la vida se le ha quitado el alma y hemos quedado relegados a ser simples piezas de engranaje. No es cuestión, por ello, de nombres sino de aptitudes, de nuevos intereses, y, es posible, que necesitemos una refundición de la democracia para encontrar al hombre “roussoniano” que propugnaba “un contrato social” dialogando con otros hombres en los cantones ginebrinos.