Córdoba ha amanecido espléndida con sus jacarandas florecidas en malva, rezumando olores y sabores de primavera. Nuestra hija Julia Victoria vino desde Madrid para celebrar con nostros el cumpleaños de Julia.
Estaba deseando abundar en las consideraciones que Marina, M.J. y José Mª me habían hecho acerca de mis reflexiones del martes 20, sobre el amor y el enamoramiento. No lo he comentado antes siguiendo la sugerencia de nuestra amiga transatlántica Mariana: para dejar tiempo de digestión de tantas ideas, conceptos y reflexiones… Nuestros amigos M.J., Marina y José Mª han “mirado” el mismo tema del amor sobre el que yo reflexionaba, pero desde angulaciones complementarias que lo matizan, lo iluminan y lo enriquecen. José Mª lo hace con rigurosas precisiones intelectuales, M.J. sugiere una consideración bioquímica y Marina insuflándole un bergsoniano “élan vital” vibrante, mágico y encantador. Yo también había reflexionado sobre esto en mis libros A corazón abierto y en Construye tu pirámide, desde la consideración de su realización práctica y en su experiencia endovicvencial en las relaciones de la pareja. Y digo allí que si tuviera que elegir el poema que, para mi gusto, mejor describe, en toda su hondura, la experiencia de un encuentro de amor en la intimidad, quizás elegiría éste: “Desplegó una sábana azul / que abarcaba los ocho cielos /salpicado de oro de los astros / y me envolvió, y a sí mismo, en ella. / Y como el entero firmamento me abrazó. / Y se adentró en mi vida / y en aquella noche / la deshojó hasta la tersura del alba. / Con el tacto del más leve pétalos / dobló su cabeza en mi cuello.Sus bucles negros / emitían un aroma de abismo” .
Es de la poetisa catalana Clara Janés, de su libro “Arcángel de sombra”. Había recordado este poema en referencia a un sugerente comentario que me había hecho un antiguo paciente, comentario especialmente significativo al ser él, por su físico, su profesión (piloto de líneas aéreas) y sus aficiones, un prototipo de “macho ibérico” o supervarón. Hablando de los problemas sexuales en la pareja, comentó: Yo sé donde está la causa de todos esos problemas: en que el hombre se empeña en ser el protagonista…Y no quiere aceptar que, en el territorio del sexo, siempre reina la mujer. Ella es, por más que nos cueste reconocerlo, la Reina del amor.” Un comentario lúcido y significativo.
Y a propósito del amor como pasión y el amor como emoción quiero aducir un pensamiento no sé si de un filósofo actual o de la antigua sabiduría oriental: “Las emociones son el fundamento de la vida; las pasiones son el camino de la muerte”. Yo diría metafóricamente que las pasiones son como el caudal de un río que, si no desemboca y se diluye en el mar de las emociones totalizantes, arrastrará a su paso todo lo que se interponga, anegará los cultivos y solo producirá ruinas y catástrofes. En el amor es igual: la pasión de amor (“enamoramiento”) solo se justifica si es pasajera, como el río, si va bien encauzada o canalizada, y si lleva al mar de una emoción de amor sereno en sus oleadas, totalizante, permanente y pleno.
La emoción del amor, impulsada y enriquecida por el impulso erótico-sexual, encuentra su posibilidad de realización en varios planos:
En el plano biológico, el deseo es de apareamiento, el que satisface el instinto de propagación de la vida que incita primariamente al ser vivo humano.
A nivel fisio-corporal se produce esa placentera conmoción nerviosa y muscular, que estimula el corazón, el flujo de la sangre y todas las células del organismo, con sus fases de tensión, de climax y de relajación final, a la que llamamos Placer .
A nivel psicológico, la emoción del amor se sustenta de mutua complacencia, de plena confianza y, sobre todo, de esa experiencia única, verdadera fuente de goce y fruición humanas, que es la experiencia de intimidad. Es el “dos en una carne” de la Biblia, la “soledad sonora compartida”, la “la cena que recrea y enamora”, el “quedéme y olvidéme / mi rostro recliné sobre el amado / cesó todo y dejéme / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidadado.” de los versos de amor de Juan de la Cruz. O, como respondió en un test mi colega y amiga Esther, “es desear que te toquen la piel y el corazón al mismo tiempo”.
Existe un último espacio del amor, a impulsos del deseo erótico-sexual, al que no todos llegamos, quizás porque no tenemos las antenas senso-perceptivas acomodadas, que pertenece al nivel espiritual que pueden alcanzar la emoción humana: es la experiencia vivencial, casi visionaria, transpersonal, de unidad, de plenitud, de totalidad, de que somos uno y somos todos, de que somos el vacío y el universo, el Dios deseante y deseado de J.R.J. Esta emoción es quizás en la que culmina el poema de Clara Janés, que habla de astros, de cielos, de firmamentos y de abismos, y la que expresa Miguel Hernández en aquellos versos de amor a su esposa: “…Besándonos tu y yo se besan nuestros muertos, / se besan los primeros pobladores del mundo”.
























