Mi antigua paciente M.J. (investigadora científica de profesión, que es algo) me sugiere que escriba sobre el verdadero significado del amor. “Recuerdo –me dice- que el día que hablamos sobre este tema, tu respuesta me chocó muchísimo ya que nunca pensé que el amor no fuera una entrega total  y completa hacia la otra persona...” Quiero recordar que yo le había hecho referencia a una frase que escuché a un personaje en una entrevista de TV. Le preguntaron “si estaba enamorado” y respondió: “Afortunadamente no estoy enamorado porque estar enamorado es dejar de ser uno mismo. Pero puedo decir que amo profundamente a una persona con la que, sin dejar de ser yo,  he decidido compartir mi vida.” Mi amiga M.J. recordará que en aquellas circunstancias, cuando ella creía estar amando “locamente”, no era ella misma. No era la misma que hoy,  con sosiego y lucidez mental, me regala esa fotografía “Sol de mayo”, deslumbrante de amarillos, de tanto significado para ella… He comentado en algunos de mis libros, que no es infrecuente oír hablar de la experiencia de “enamoramiento” como si se tratara algo inevitable, como un anhelo posesivo, obsesionante y acaparador que sobreviene a algunas personas (a todas, alguna vez) casi por sorpresa, o por arte de magia, como una especie de enfermedad irremediable… Se habla del enamoramiento como de una patología psicopática: una pasión que nos arrastra, nos impulsa incoerciblemente a la posesión devoradora de la persona amada, con una fuerza desatada, arrasadora de  la voluntad y de la racionalidad, frente a la que no hay nada que hacer, sino dejarse arrastrar por ella…y que justifica todos los comportamientos que de esta “enfermedad de amor” derivan. “¿Qué le voy a hacer? si es que me he enamorado”…        Y quizás no saben que, al hablar así, o al interpretar de ese modo su experiencia de amor, están haciendo dejación de responsabilidad, están renunciando a lo único que puede justificar un comportamiento, lo único que dignifica a la persona, y que la realiza en autenticidad como persona: que es el uso de su Libertad. El enamoramiento, así entendido, no es libertad: es apego, es arrebato, es pasión. No justifica a la persona, en cuanto persona, ni la realiza como tal. Ser libre es tener la capacidad y la madurez de asumir decisiones responsables para la propia autoconstrucción en solidaridad.  Ser libre es poder realizar los propios deseos, pero dentro de un sistema jerarquizado de valores que nos habita y ennoblece, de manera que el Yo personal asuma su capacidad de elegir y de renunciar: que son dos momentos esenciales de la actuación en libertad. La inmadurez  y, en su extremo, el trastorno psicopático, se manifiestan cuando las funciones psíquicas de autorregulación no están suficientemente integradas para controlar y orientar las reacciones instintivas y pasionales.Suelo hacer referencia tratando estos temas al mítico auriga de El Carro Alado de Platón, ese auriga, que representa a la razón, y que dirige a su caballo blanco, que son las emociones, y a su caballo negro, que son los instintos y las pasiones, hacía sus propios objetivos existenciales. Y repito ahora que es esta una lúcida imagen  filosófica de lo que constituye al ser humano como autónomo, integrado, realizado y libre. La inteligencia como función reguladora de  los instintos, las emociones y las pasiones, encaminándolas al objetivo final de toda dinámica humana, que es la Felicidad. Es lo que hoy se entiende por inteligencia emocional, que es la auténtica función conductora y realizadora del enamoramiento y del amor.  Porque es que el Amor, y el proyecto de vivirlo y compartirlo en una situación estable, permanente y fecunda (“el deseo de envejecer juntos”, como lo definió Albert Camus),  no puede subsistir sin equilibrio, autocontrol y libertad. Y, aunque el amor actúa impulsado por la fuerza del instinto y del apasionado anhelo, se ejerce desde la responsabilidad, se fundamenta en los valores que dan sentido a la vida, y es lo único que nos realiza como personas, en Libertad dignificante y en Plenitud existencial. Lo contrario no es más que inmadurez humana o patología psicopática.

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6 Responses to “”

  1. Marina Segura Says:

    Hola Fernando:
    Aun estando de acuerdo contigo en lo fundamental, quiero romper todas las lanzas que hagan falta en defensa del enamoramiento, de ese estado de gracia que nos convierte, mientras dura, en dioses.
    El enamoramiento puede ser vivido como la cumbre de la comunicación humana. Esa experiencia maravillosa permite a dos personas que apenas se conocen, comprenderse sin palabras, adivinarse con una mirada, un gesto, formar un todo exultante creador de horizontes nuevos e infinitos. Hacer que la realidad toda que les circunda se vea, la vean ellos, plena de significados gozosos. Esa es la verdadera experiencia donde el yo se funde en el nosotros, y no disminuyendo a cada uno, sino llevándolo al cenit de su propia alegría de vivir. En ese estado, el auriga suelta las riendas, pero no por dejación de responsabilidad; sus caballos le llevan solos hacia sus objetivos existenciales: se sienta en el carro y ríe feliz…
    ¿Qué sería de la poesía y los poetas sin esa experiencia? Aunque no hay que olvidar que los poetas son criaturas sensibles, y cada uno ama como es.
    Como testigo traigo Bécquer, con una de sus maravillosas rimas:

    “Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
    Hoy llega al fondo de mi alma el sol;
    Hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
    ¡Hoy creo en Dios!”

    Otra cosa es querer que ese estado dure para siempre; esa es una de nuestras desmedidas ambiciones humanas. Estamos hablando de enamoramiento que es una de las facetas del Amor. La necesidad de equilibrio, autocontrol y libertad vendrá después, en el camino hacia “envejecer juntos”. En esa otra realidad que no tiene por qué ser ni dura ni cruda (aunque lo sea con frecuencia).
    Un abrazo

  2. Mariana Says:

    Hola
    He leido lo que va del blog, me quedé sorprendida porque desde hace mucho tiempo busco un blog como este, bueno en realidad menos intenso, quizá más pausado, concepto tras concepto, lo siento muy cargado de ideas, de tal forma que no puedo comentar aún. Un ecosistema.

    Saludos a todos desde México

  3. José María Carrascosa Says:

    Fernando, amigo:

    Tu blog del 20 de Marzo, sobre el amor, es profundo en su análisis. Además, sugerente. Rompe esquemas estereotipados y concepciones triviales sobre el amor. Tu blog, además, me sugiere reflexiones sobre el tema y me obliga a intercambiarlas contigo. Quizás a alguno de los nómadas de tu desierto, cada día más oasis, le sugiera ideas y proyectos que quieran compartir en este blog.

    Es cierto: amar no es alienarse en el otro. Aunque suele decirse entre los amantes que no hay amor si no se contempla el mundo con visión unívoca, -como si el amor anulara cualquier visión personal y propia-, no puede ello nunca significar el solapamiento de lo propio e individual. El amor es convergencia, cierto. Nunca, anonadamiento, anulación en el otro.

    Sin embargo, como dices en tu blog, no es lo mismo amar y enamorarse. Son etapas diversas y pasos de un proceso. ENAMORARSE, como primer momento del acto posesivo, es un salir de sí de manera obsesiva, apasionada, casi atolondrada, en su afán de captación del objeto deseado. El yo, centrípeta en su estructura inicial, se hace existencialmente centrífugo al enamorarse. Sale de sí, a veces “alocadamente”, para ser con el otro, para ser con el amado… ¿Adónde te escondiste, amado, / y me dejaste con gemido…? Es el grito del enamorado. Sólo quiere ser en el amado. Lo demás, ya es su muerte…

    ¿Sirve este esquema también para el amor? Probablemente, no. AMAR es complacerse, gozarse quietamente en el amado. Nunca, desasosiego. Es vivir en la profunda y quieta intimidad del “otro”. Es sentir el “gozo” en el objeto amado y poseído, último paso de la acción volitiva. La “enfermedad de amor”, la “patología psicopática” a que arrastra la pasión enamorada, está más en el salir “a ciegas” hacia el tú, que en el sentimiento de plenitud conjunta que el amor conlleva.

    El enamoramiento, es cierto, como bien insinúas, es un proceso en el que el amante pierde su libertad: el bien amado se le muestra al amante como el bien total. Fuera de él, en su horizonte de posibilidades, no hay nada apetecible. El objeto amado se convierte en “un último fin”, en única apetencia. Y sobre un fin que aparece con carácter de último, no existe libertad: entre los posibles horizontes de apetencias no hay ningún otro objeto que sea, en paridad, elegible. No es posible emitir un “juicio indiferente”, base de la libertad, sobre una realidad que aparece eliminando, por el hecho de ser objeto amado, cualquier otra posibilidad de competencia.

  4. Fernando Pinzon Says:

    Muchas gracias, Don Fernando! He leido el blog y la verdad es que te lo agradezco. A veces, no se si por carácter o por “la sociedad” busco ese amor idealizado…pero bueno, creo que es necesario poner de nuevo los pies en la tierra…
    Sólo comentarte que, al fin y al cabo, el enamoramiento es una revolución bioquímica -a la que es casi imposible hacerle frente-, que como todo, tiene una fase de caída, pues bien, después de esa fase queda el cariño, la comprensión y la complicidad -quisiera pensar, en la mayoría de los casos-, no se si se podría llamar “amor acostumbrado, o más bien interesado”. Sólo es una de mis reflexiones para intentar que el significado poeta del amor siga implícito en dicha palabra.

  5. Marina Segura Says:

    La palabra “amor”, ese cajon de sastre… Tanto escrito, tanto pensado, tanto imaginado. Al final, lo que cada uno sacamos de verdad de todo eso, es nuestra propia experiencia vital en el trato con los demás.

  6. José María Carrascosa Says:

    El comentario de Marina Segura del 24 de Marzo con respecto al “amor” es real y extraordinariamente válido. Al leerlo, me he sentido obligado a decirle que es humano, realista y expontáneo. Refleja la realidad. Los hombres escribimos, pensamos, imaginamos…, pero lo que en verdad vale es nuestra experiencia vital. Nuestras relaciones con “los otros”. Así, onstruimos lo que somos. A veces la teorías hermosas intelectualmente sólo nos sirven para justificar nuestros desconciertos o esconder nuestras malas experiencias. Al final, es verdad, lo que obre todo cuenta es la experiencia tenida en el trato “amoroso” con los demás.

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