El lunes pasado se inauguró en Moguer, en el precioso convento mudéjar de Santa Clara, la Exposición sobre Juan Ramón Jiménez, trasladada desde la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde se ha estado exhibiendo durante estos últimos meses. Me mandaron una invitación personal, aunque no pude asistir por compromisos profesionales ineludibles. Me gustó muchísimo la invitación porque está diseñada con  una foto donde aparece mi madre junto a Juan Ramón (mi madre tenía 15 años en esa foto). Precisamente estos días he recibido la revista Ateneu de Malgrat de Mar, el pueblo de tía Zenobia (así la llamaba mi madre y así la hemos llamado siempre nosotros; a Juan Ramón lo llamábamos “tío Juan”), en la que se publica un artículo mío titulado “Cartas a Blanca, de Zenobia Camprubí”. Mejor que explicar el motivo, o la razón, de este artículo voy a reproducirlo aquí, con la primera de esas cartas, en la me nombra a mí expresamente. Tenía yo también entonces 15 años…

  

                        Para justificar el título, “CARTAS A BLANCA”,  y qué relación tiene con su corresponsal Zenobia Camprubí, la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez, esa “hada de ojos azules y una nube rubia sobre sus sienes” (que así la describió Ortega y Gasset), tendré que explicar –más bien, desvelar- quién es Blanca…

 

                        Para hacerlo voy a recurriré al libro más emblemático de Juan Ramón Jiménez, “Platero y yo”, y voy a seleccionar de él varios pasajes:

 

                        El primer pasaje lo tomo del capítulo XC de “Platero y yo”, titulado “El racimo olvidado”. Dice así:

                                                Después de las largas lluvias de octubre, en el oro celeste del día abierto, nos fuimos todos a las viñas. Platero llevaba la merienda y los sombreros de las niñas en un cobujón del seroncillo, y en el otro, de contrapeso, tierna, blanca y rosa, como una flor de albérchigo a Blanca”. 

                                               Aquí aparece, por primera vez en el recuerdo literario de Juan Ramón Jiménez, el nombre de esta pequeña Blanca, y se evoca su tierna imagen, tan leve que cabía en el serón del burrito, haciendo contrapeso a los sombreros de las niñas y a sus meriendas. Por dos veces se la nombra en este capítulo y se alude también a sus hermanas, Victoria y Lola. Son las hijas de Victoria Jiménez, hermana de Juan Ramón, casada con José Hernández-Pinzón, con quien tuvo seis hijos, la tercera de los cuales fue Blanca.

 

                                               Otro pasaje de “Platero y yo” que se ilumina con la evocación de la pequeña Blanca es en el capítulo titulado “Susto”. Describe a la madre, su hermana Victoria, “mientras las niñas comían como mujeres, y los niños discutían como algunos hombres”(…) “Al fondo, dando el pecho blanco al pequeñuelo, la madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardín, la clara noche de estrellas temblaba, dura y fría. De pronto, Blanca huyó, como un débil rayo de sol, a los brazos de su madre… Se había asustado, ¡tan pequeña!, de la sombra de Platero asomado a la ventana.

 

                                               En el capítulo “Los reyes Magos”, también se enternece el poeta con el recuerdo de la pequeña Blanca, dormitando “en una silla baja”, rendida en la larga espera ilusionada de los Reyes, y enseguida subiendo temerosa la escalera “cogida muy fuerte de mi mano”, escribe Juan Ramón, y asegurándole con encantadora ingenuidad a su hermano menor: “A mi no me da miedo la montera, Pepe, ¿y a ti?”.

                                               Y en “El canario se muere”, hablándole a Platero de ir a enterrarlo en “la tierra del rosal grande”, le susurra: “La luna está ahora llena, y a su pálida plata, el pobre cantor, en la mano cándida de Blanca,  parecerá el pétalo mustio de un lirio amarillento”.                           

Se percibe claramente que esta niña, su pequeña sobrina,  tierna y dulce como una flor del albérchigo, estimulaba y enternecía la afectividad lírica y nostálgica del poeta de Moguer.

 

                                               Hay otro pasaje, en un libro distinto, publicado mucho más tarde, en 1986, donde aparece de nuevo la niña Blanca en su primer encuentro con Zenobia. El libro reproduce varios textos de Zenobia Camprubí Aymar, recopilados y editados por Arturo del Villar en la colección “Los libros de Fausto”, con el título “Vivir con Juan Ramón”.

 

En este pequeño libro se recoge un trozo del diario de Zenobia desde el día 12 de febrero de 1916, día que espera el desembarco de Juan Ramón y lo recibe en el muelle de Nueva York, con el que contraerá matrimonio a los veinte días de su llegada, el 2 de marzo.

 

                                   En este trozo de su diario, que transcurre hasta el lunes 14 de agosto, cuando ya están instalados en España, todo está descrito “muy telegráficamente”, como ella confiesa en sus posteriores diarios que solía hacerlo al principio.

 …Y ha ido contando que desembarcaron en Cádiz el día 19 de junio, que el día 24 salieron desde Sevilla para reunirse con toda la familia de Juan Ramón en Moguer…, y que, al llegar a San Juan del Puerto, les estaba esperando “Mama Pura, que no puede creer que vuelve a tener a su hijo. Viene con ella Blanca, que es una niña tan dulce y suavecita que me encanta”. 

                                   En aquella fecha, Blanca, la niña pequeña que cabía en el serón de Platero, había cumplido ya 9 años…

 

Y quiero aclarar que esa Blanca, “tierna, blanca y rosa” (Juan Ramón), “dulce y suavecita” (Zenobia), vivió hasta los 84 años, tuvo 11 hijos, el tercero de los cuales soy yo, que ahora, estremecido con el recuerdo, estoy pespunteando estas historias.

 

                                   Las “Cartas a Blanca que reproducimos, están redactadas por su tía Zenobia desde su destierro con Ramón en Puerto Rico, en una correspondencia de siete años, desde 1949, hasta el año 1956 pocos meses antes de su fallecimiento.

 

                                   La primera carta de Zenobia data, como he dicho, de 1949, cuando Blanca tenía ya 42 años y había dado a la luz  sus 11 hijos (“¡Qué satisfecha debía de estar tu madre (q.e.g.e.) con todos esos nietos” (exclama en la carta).

 

Y es que este mismo año había muerto su madre, mi abuela Victoria Jiménez, la hermana de Juan Ramón, que hasta entonces había sido, desde Moguer y Sevilla, una corresponsal familiar de ellos en el exilio. A partir de esta fecha, la sobrina Banca sustituye a su madre en la correspondencia familiar con ambos. Y así se explica el tono natural de las cartas de Zenobia, que dejan suponer una relación no interrumpida, continuada, ya muy establecida y familiarmente consolidada.

En esa primera carta, escrita el día de Navidad, día de cumpleaños de Juan Ramón, le dice al final: “Escríbenos contándonos todo lo que hacen todos los chicos, como lo hacía tu madre”… (En el margen inferior, tras la firma de Zenobia, hay unas palabras escritas a lápiz por Juan Ramón: “Con abrazos muy fuertes para todos de tío Juan, que os escribiré pronto”.) 

                                   La última de las “Cartas a Blanca” está fechada en junio de 1956, pocos meses antes de su muerte. En ella le hace a su sobrina Blanca esta confidencia conmovedora: “Estoy deshecha por la idea de morir antes que J.R.”…

                                                 ***  

                                               La grafología de Zenobia revela, en estas cartas, un carácter resolutivo y firme, orientado a una acción enérgica, casi audaz, aunque siempre modulada y pre-elaborada por la razón y la reflexión, e inspirada al mismo tiempo, tanto por demandas realistas y prácticas como por intereses y valores superiores del espíritu. Se aprecian rasgos de una inteligencia pragmático-intuitiva, junto con una dimensión acentuada de capacidad deductiva y creativa.

 

                                               Sólo en la última carta a Blanca, escrita pocos meses antes de su muerte, se aprecian rasgos de desfallecimiento vital, de sufrimiento y de un abatimiento emocional al que intenta sobreponerse.    

                                                              *** 

                                               Treinta y cinco años más tarde, en junio de 1991, falleció

 Blanca. Para metabolizar la dolorosa experiencia de su dulce muerte, yo compuse un soneto que quiero consignar aquí como testimonio de que, hasta el último día de su vida, sus hijos la habíamos seguido viendo y sintiendo “tierna, blanca y rosa”, igual que la viera Juan Ramón, ¡tan leve y tan pequeña!, a lomos de Platero…

                 FUENTE ROTA 

"Tierna, blanca y rosa"

 

A media asta el corazón se queda.

Pálida rosa, y blanca, deshojada.

Es rosa tu recuerdo, y sonrosada

La lumbre de tus ojos, de agua y seda.

 

Avaramente guardo tu mirada:

su destello final, su luz postrera,

la que inundó mi surco, la primera

que alumbró mi arboleda. Iuminada

 

quedó la fuente, y blanca, desde el centro

donde brotó mi sangre, donde aun brota

 -tanto guardo de ti, y tan adentro­-

 

el agua de tus ojos, derramada

para regar mi huerto, ¡ oh fuente rota!

Que avaramente bebo en tu mirada.

                                                    1ª CARTA  

La primera carta de Zenobia Camprubí a Blanca está remitida desde Maryland, U.S.A., y fechada el día de Nochebuena, precisamente en el aniversario del nacimiento de Juan Ramón.

  

                                  

                                                 24, XII, 49 Querida Blanca:                                    En esta Nochebuena lo que más deseo hacer, aquí sentada junto a Juan Ramón, es escribirte. Hemos querido pasar unas Navidades completamente tranquilos y hoy ha sido bien difícil porque el teléfono sonaba cada poco rato para decirnos que alguien quería veneir a vernos. Tu retrato con tu marido y tus diez  hijos es una hermosura. ¡Qhé satisfecha debía de estar tu madre (q.e.g.e.) con todos esos nietos¡ Gracias por enviarnos el recorte sobre Fernando que por su retrato parece muy inteligente y sensitivo. ¡Qué gusto nos daría que todos esos chicos, y Jto. Ramón muy especialmente, pudieran entrar por aquó parloteando! Hace unas noches, diez estudiantes del Club Español de la Universidad de Maryland y una profesora joven, nos estuvieron cantando villancicos en español con velas encendidas debajo del balcón o mejor dicho de la ventana. Como pides una fotos te mandaremos una para ti y una para Paco. Son un poco más pequeñas pero están mucho mejor de color porque al ampliarlas no sé qué le pasa a los colores. Si encuentro unas instantáneas que nos hicimos cuando estuvieron aquí los simpáticos excursionistas Blanca  y su marido, te las enviaré. Me figuro que te las habrán enseñado. Lo que me choca es que no dices que recibiera tu tía Ignacia otra foto de Juan Ramón que la mandamos en el mismo correo. En cuanto J.R. tuvo la carta de Paco dándole detalles de los últimos momentos de tu buenísima madre, le contestó una carta larga que suponemos en su poder y que se cruzaría con otra de Paco que recibimos ayer. Escríbenos contando lo que hacen todos los chicos como lo hacía tu madre y danos noticias también de tu tía Ignacia. Muchísimas cosas a todos los tuyos y un abrazo muy fuerte de tu tía Zenobia. (A renglón seguido, Juan Ramón Jiménez añade unas líneas escritas a lápiz) Con abrazos muy fuertes de tío Juan, que os escribiré pronto.

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One Response to “”

  1. Violeta Says:

    Me ha encantado leer este último blog que nos ofrecías, porque lo sentía lleno de emociones, de afectos familiares, de recuerdos entrañables. Quería darte las gracias por permitirnos conocer ese espacio de intimidad familiar, por compartirlo con tus lectores. Siempre es interesante asomarse a las historias que transitan por la Historia.

    Violeta

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