Las palabras de ayer de Marina, abundando sobre el secreto que esconden las miradas como creadoras del mundo y delimitadoras, iluminadoras también,  de la consciencia de identidad,  completan las reflexiones de José Mª y las anteriores de CMJ y de Violeta, y me incitan a reproducir de mi libro Construye tu pirámide unas elucubraciones que hice sobrevolando un pensamiento de Panniker: que “las cosas separadas” son una ficción del lenguaje. Y lo interpreto en cuanto que  el lenguaje hace siempre un recorte conceptual y artificial de los aspectos distintos de una realidad total e inconsútil. La palabra “aspecto” deriva del término latino “aspicio” que significa ver: lo que veo de la realidad total en un momento determinado. Y viene a decir Paniker que  esto que veo, estos aspectos , son recortes practicados en la totalidad, que se definen, se conceptualizan y se hacen distintos por obra y gracia del lenguaje. El Adán bíblico, instalado en la existencia, empieza a ordenar el mundo, la totalidad que le rodea, a clasificarlo en moldes lingüísticos, poniéndole, como dice la Biblia, un nombre a cada cosa.Esos recortes de la totalidad -que se concretizan y delimitan en cada palabra de los lenguajes- no son más que  flashes  pasajeros, efímeros, fugaces, caducos, temporales…Y eso es también el tiempo: el paso de nuestra visión -enmarcada en cada palabra del lenguaje- por esos múltiples y sucesivos aspectos de la totalidad.          La Totalidad es atemporal, infinita, inagotable, perenne…como el mar. Mientras las olas sucesivas perecen desmayadas sobre la arena de las playas, el mar permanece eterno, inmutable, total. (Un día yo dejaré de ser ola, pero seguiré siendo mar, infinitamente). Cada ola es un presente perecedero, uno de los aspectos, captados sucesivamente, de esa totalidad infinita inabarcable.        Por eso, el presente no es más que una franja de eternidad, un aspecto puntualmente constatado y delimitado dentro  de la totalidad. Y cuando nombramos en las cosas presentes sus aspectos de único, bueno, bello, verdadero…estamos delimitando en la cosa y en su presente, la bondad total, la belleza total, la verdad sin límites, la totalidad única, atemporal, infinita y trascendente que se refleja en cada una de esas cosas. Porque la totalidad nos transciende: es la trascendencia, la trascendencia transparente, el Dios de todas las culturas que envuelve todas las cosas, “La transparencia, Dios, la transparencia” del clamor juanramoniano.                                      Lo contrario, la experiencia de lo que nombramos como maldad, falsedad,  fealdad,  desorden,  caos…es el precio de nuestra imperfección esencial, que se pudre en la temporalidad de un presente limitado y sucesivo. Es la carencia de la Transcendencia, de  esa bondad, unidad, belleza, orden, que nos transciende en su totalidad, pero que podemos hacerlos presente en las cosas, por participación temporal y efímera (como las imágenes reflejadas en las paredes de la caverna de Platón) gracias a esa función divina, divinamente humana, del lenguaje y la palabra, el “Logos”. Palabra eterna, transpersonal,  de la que derivan nuestras personales palabras delimitadoras de las cosas.         Desde estas premisas conceptuales, la muerte no existe ni consiste. Sólo se esfuma eso que nombramos y delimitamos como Yo, mi Yo, y que los demás llaman Tú, y que no es más que un  aspecto de la realidad recortado y elaborado por el lenguaje. Pero queda la Totalidad.          Se diluye una ola,  pero queda, eterno, el mar y el oleaje. 

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One Response to “”

  1. José María Carrascosa Says:

    Hola Fernando:

    Tu blog del día 16, como síntesis de nuestro transitar por el desierto, mientras en la “jaima” sorbemos un te moro, me ha parecido interesante, innovador, fructífero: la mirada, decíamos al principio de estos días, no sólo nos descubre a nosotros (somos por ella), no sólo nos permite dar sentido a las cosas (construirlas), sino que, además, a través de su plasmación corpórea en el lenguaje, nos permite intuir que tras el límite de nuestras perspectivas se esconde la riqueza inagotable de un Todo inagotable. Nombramos al finito, apuntando siempre al infinito.

    La cosa, en su “a-lezeia”, nos descubre siempre la verdad del Todo. Y es así, porque bajo su aspecto temporal, de transito, de recorte obligado al ofertarse, se adivina cargada de dimensiones últimas. La cosa la nombramos con signos arbitrarios –palabra elaborada por la historia y los hombres- cuajada en finitudes, sin llegar, al nombrarla, a agotarla en su límite. Nuestras palabras, más que desentrañar los misterios del Todo, ocultos en las cosas, nos acercan, en su obligada delimitación, a límites que hablan, lejanamente, de lo último. Es la “a-lezeia”: el “no-cubrimiento” de la verdad ontológica del cosmos; la presencia del todo. Y, así, lo óntico del ser, en su “ser parte”, nos hace vislumbrar la verdad latente de lo total, presente en lo existente. Tú, Fernando, en tu ya oasis -no desierto-, lo expresas muy bien en el blog del 16: “lo que veo son recortes de la realidad, que se hacen diferentes por el lenguaje”.

    Así, esta palabra nuestra, tan imprecisa a veces, tan cargada de límites, es vehículo necesario para nombrar el Todo. Porque al ser, simplemente, las cosas y las palabras que las delimitan, un vislumbre del Todo, nuestro nombrar las cosas es señalar repetitivamente el infinito. Porque ¿qué es el infinito, si el finito no tiene consistencia? Pero ¿qué es el infinito si el finito existe? Esta pregunta, hegeliana en sus términos, nos acerca al misterio del todo y de la parte ¿Dónde cabe la parte como contradistinta a lo total que existe? ¿Tiene sentido hablar de dualidades cuando el Todo se manifiesta en partes? Pudiéramos vivir y hablar, al dar nombre a las cosas con pretensión adámica, en una grande y magistral ficción…Pudieran ser ficción la ola y su romper desmayado y cansino en nuestra orilla. Quizás, después de todo, lo único que quede sea un deslumbrante mar, indefinido siempre, que nos permite, en su eterno y aparente oleaje, soñar totalidades.

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