El comentario que me hace por e-mail mi lejano amigo José María (antiguo profesor de Filosofía en universidades argentinas y paraguayas) es tan profundo y tan deslumbrante de bien decir y de clarificaciones filosóficas que merece transcribirlo entero, y creo que me lo agradecerá quien lo lea… Fernando, amigo: He leído tu blog del 13 de Marzo. Tu “desierto silencioso” se puebla con multitud de nómadas que van perdiendo su carácter anónimo para centrarse, al menos durante unos minutos, en crear puentes de cercanía y amistad contigo. Es hermoso el diálogo: Violeta, la del burka de color azul-añil; Noelia, desde una Argentina tan recordada por mí; Marina… Todas presentidas por mi, no conocidas, que, sin embargo tienden una mano amiga silenciosa, mientras desdibujan el perfil arenoso y anónimo de un desierto, muchas veces cruel y desgarrado, por inhóspito. Violeta, de la que sólo percibo su voz, en el desierto, dice: “Sólo existimos si nos damos cuenta de que alguien reparó en nosotros. Los amigos son esa luz proyectada sobre nosotros, que nos otorga materialidad, que nos crea, incluso, a nuestros propios ojos”. A ella, este hecho le parece melancólico. Sólo somos por el “otro”. De ahí tu alusión al “gran ojo cósmico” que nos persigue siempre. Siempre, a pesar de la vulgaridad de determinadas miradas. Urge que se nos vea, “no pasar invisibles por la vida”. Es un tema éste del que hablaba a menudo en mis clases de filosofía. Por eso, he buscado papeles, he recreado antiguas páginas escritas. Te mando algo que sirve para acortar distancias de pensamiento y vida. Sin duda, se da una primera dimensión de la mirada: aquella en la que somos porque nos ven, porque somos visibles para otros. Sin embargo, creo que hay otra perspectiva del tema: la mirada, nuestra mirada, como hacedora del mundo. Con la mirada vamos descubriendo el sentido del cosmos. Las cosas se nos muestran en actitud pasiva y oferente. Y es el hombre quien construye, al mirarlas, su ser hondo, sus horizontes múltiples. Las cosas son anónimas. Y para hacer nuestro pequeño mundo sólo sirven los acontecimientos: las cosas “ya miradas”. Descubiertas. Por eso, el mundo, en sí, es algo inexistente. Nuestra mirada lúcida es la que da “sentido” al mundo del anónimo. Nuestro “ver” es hacedor de entornos. Es quien propicia que lo intrascendente se integre en nuestra vida como proyecto y acontecimiento. Nos parece a los hombres que el mundo está presente, en actitud sonora y acabada. Pero, en verdad, las cosas circundantes son fluyentes. Se desvanecen siempre sin dejar una huella definida. Las múltiples facetas de nuestro mundo íntimo, cuando éste es profundo, las vamos construyendo al convertir en vida lo que se ofrecía, al principio, como suceso anónimo. Fuimos cambiando así el tono impersonal de lo que nos circunda, gracias a la mirada, en ámbito cercano, intransferible, íntimo. La mirada, a su vez, se afana, al crear sus entornos, en realizar y percibir un mundo siempre compartido. Pero percibe rápido que el paisaje es opaco. El mundo de los otros es, casi siempre, mundo impenetrable. Todo son siempre perspectivas únicas que van en paralelo. Pasar desde “mi mundo” al mundo del “nosotros”, supone mirar conjuntamente el horizonte. Descubrir en las cosas la dirección idéntica. Una misma visión. Sólo entonces el acontecimiento adquirirá sentido compartido. No es posible realizarse en “lo nuestro” mirando divergente. Creer, ingenuamente, que mi mundo es el mundo de todos, es, simplemente, vivir un autoengaño. No todos ven las cosas con igual perspectiva. Los acontecimientos, multitud de veces, son horizontes oscuros y agrisados, en los que solo se percibe bruma. Por eso hay tantos mundos que jamás se conforman al unísono. Para que nuestro mundo –“el mundo del nosotros”- tenga tintes brillantes, es necesario contemplar en mirada conjunta el horizonte. Así tendrá sentido de espectáculo único lo que en la desunión son solo bambalinas, tramoyas ilusorias… Así, la arena del desierto dejará de ser de tintes amarillos, ocres, para brillar al paso de los nómadas…

























Marzo 15th, 2007 at 4:22 pm
¡Que inmenso y profundo el tema de la mirada!¡Tan relacionado con todo! Las reflexiones de José Maria me han hecho pensar en Ortega, maestro de miradas y perspectivas. En El Espectador dice: “El punto de vista individual me parece el único punto de vista desde el cual puede mirarse el mundo en su verdad”.
Creo que el horizonte común se va creando compartiendo perspectivas, enseñándole la nuestra al otro y esforzándonos en comprender la ajena.
Quizás lo más difícil de soportar sea esa impenetrabilidad del otro, ese fondo de soledad insalvable… y la búsqueda de la mirada amorosa y comprensiva, la que realmente nos ve, sea la añorada tabla de salvación que nos confirma en nuestra identidad. Me satisface mucho haberle regalado a Fernando La Identidad, de Kundera (otro especialista en miradas), así me siento hacedora también de este horizonte compartido que empezamos a dibujar en el blog de Fernando
Marzo 16th, 2007 at 9:23 am
Buenos días, Marina: Dices que tu me regalaste el libro de Kundera “La Identidad”. Es un libro que leí con fruición, que enriqueció mis reflexiones y que he recomendado y citado en muchas ocasiones, pero… ¡Perdona, Marina, mi ingratitud! Ahora no logro identificarte por tu apellido… Tampoco sé si usas un psudónimo o ese es tu nombre que, por alguna jugarreta de mis viejas neuronas, no logro asociar con una imagen, una persona, una experiencia de eso tan mágico y tan misterioso que es el encuentro humano… Un abrazo muy fuerte, Marina. Me gustó mucho tu comentario: por su profundidad y pr como está expresado…
Marzo 18th, 2007 at 6:56 pm
Hola Fernando:
Es bastante lógico que no te acuerdes de mí por el libro, hace realmente mucho tiempo. Tampoco por el nombre, es un pseudónimo. No lo he elegido al azar, simboliza entre otras cosas dos tendencias muy fundamentales mías: el mar como la apertura, la libertad, lo infinito… y la seguridad como necesidad profunda de refugio, de calor humano y vinculación emocional. Esa dualidad, no fácil de manejar, la descubriste tú en mí hace años con tu mirada penetrante, honesta, objetiva y fraterna. Al final, esa es la esencia de tu oficio: ayudar a los demás a verse bien, a comprenderse (dos miradas que aún no hemos tratado). El apellido, auque no es el mío, sí que tiene mucho que ver con mi vida actual. Estoy segura que con esas pistas ya me has pillado.
Por otro lado en el blog de ayer al reflejar la imagen de Zenobia tan llena de connotaciones no solo para ti, que lógicamente tienes más por la intimidad familiar, pero en nuestra cultura Juan Ramón y Zenobia al margen de los muchos referentes culturales y poéticos, son también uno de los modelos de la relación de pareja y sus complejidades. Ahí queda eso como tema.
Un abrazo de tu amiga
Marzo 19th, 2007 at 4:59 am
Mi querida amiga Marina (”Mar, marina, María, mar amargo, amor….”, dijo un poeta), claro que ya te veo entre las altas montañas de esa sierra que lleva tu nombre… Me llamaba mucho la atención la excelente redacción y la profundidad seria y ajustada de los pensamientos expresados, a la altura del otro comunicante, el profesor de Filosofía, siendo tú filósofa sin profesores… Un abrazo muy fuerte a los dos habitantes del mar desde las montañas por donde fluye el Segura. Fernando