Archive for Marzo, 2007

Sábado, Marzo 31st, 2007

             Dentro de un rato salgo para Torremolinos, con Julia, Julia Victoria, y la abuela, a pasar la Semana Santa en nuestro apartamento de Costa Lago,  buscando sol y descanso junto al mar. Asistiremos a algunas de las procesiones de Málaga, en las que Julia Victoria ha salido otros años, cuando era más pequeña, vestida de nazarena. Recuerdo la Semana Santa de aquel año que estuvimos como invitados  de la alcaldesa, en sus balcones de la calle Larios (había leído mi libro, “Viajes hacia uno mismo”, y puso mucho interés en conocerme y en invitarnos). Me veo paseando tranquilamente por el paseo marítimo, leyendo en las tumbonas de nuestra terraza, comiendo en los chiringuitos…y, a pesar de lo inseguro e imprevisible del tiempo, espero poder practicar uno de mis deleites favoritos: sentarme a leer en la playa, con los pies descalzos sobre la arena, al sol y a la brisa, en una silla baja, frente al mar. El jueves estaremos de vuelta y nos unciremos, en algunos momentos, al movimiento emocional y profundo que se acompasa  al paso de las serias, adustas y festivas procesiones de Córdoba… Hasta pronto, amigo. Espero encontraros aquí a mi vuelta.

Jueves, Marzo 29th, 2007

                                  Veo que el tema del amor ha alcanzado, en este blog, su nivel de saturación, ya que no se ha añadido ningún comentario a los seis que se hicieron la semana pasada.

                                                                        

                                    El viernes me preguntaba Mariana, desde su México, cómo anda por aquí el tiempo y las estaciones (el “tempus” psicológico, el político…) Mi tiempo psicológico se lo definiría tal como lo hice en mi poema-relato La viña forecida. Digo allí de Sergio (y ahora de mi mismo): “Por su paisaje interior se sucedían sin intermitencia las estaciones del año, al paso de algunas horas y, a veces también, de pocos minutos: el otoño, perfumado y viejo, con sus uvas maduras y sus hojas como esqueletos de oro; la primavera encantada, excitadora, olorosa de limones y de magnolios atardecidos; el invierno cálido de hogares y de reencendidas añaoranzas; el veranno de las olondrinas, refrescado de luz y de pinares marinos, espeso de savia recalentada al caer, enrojecida, la tarde. A veces, una nube negra cruza, electrizada, por su cielo, y todo el paisaje interior oscurece de repente, haciéndose brumoso, metálico, entenebrecido, neblinal y exánime”. Bueno, no es para tanto, es sólo un intento casi ingenuo de poetizar la vida…Del tiempo y la atmósfera política sí diría que anda revuelta, tormentosa, crispada, amenazando borrascas y hasta terremotos…

                                    

                                  Y quería comentar, a propósito de esto,  que estos términos referenciales de derecha  e  izquierda,   aplicado   a  los posicionamientos  políticos,   se  han   convertido   en     señalizaciones  confusas y aberrantes -en el sentido  etimológico de  la  palabra: salirse del camino,  errar sin rumbo-  para  el sencillo caminante  en  la búsqueda de sus objetivos  y  de  sus utopías.  ¿Dónde  se  sitúan ahora los que se  esfuerzan  por  la renovación y el progreso,  a la derecha o a la izquierda?  ¿Dónde los conservadores,  sobretodo cuando se trata de conservar  los privilegios,  las prebendas y el poder?  Lo de  izquierda-derecha está  semánticamente  desgastado  y  ya no  sirve  más  que  como insulto,  dascalificación y arma arrojadiza en los debates,  pero no  para  orientar al caminante en el sentido y dirección  de  su marcha por la“polis” (en el sentido excelso de la civilización helénica)

                                   Lo que propongo, aunque parezca una boutade, es  que  las   nuevas referencias direccionales sean en adelante las de"arriba-abajo".

                                 Los de arriba serán los que   pretenden  un Estado potente, prepotente, omnipresente, inmenso,  todopoderoso,  que dirija y asuma todas las responsabilidades  de  los  ciudadanos (súbditos),   y que  abarque  con  sus descomunales  tentáculos funcionariales todos los espacios de  la vida pública (por definición, la vida de todos).  Un Estado paternal y  providente,  continuación en algún modo del padre indiscutible de la infancia, que permite, prohibe, organiza, interviene, decide, amenaza, castiga, premia.  Desde el  punto de   vista   psicológico,   sobretodo  desde   las   orientaciones  de  la  psicología  humanista  -la  teoría   de  la no directividad de Rogers, o la de la autonomía del Adulto   frente al Padre del Análisis Transaccional de  EricBerne-, esta sería una  situación sociopolítica  despersonalizadora e inmadurativa.         

                                 

                                    Por su   parte, los  de  abajo  optan  y  trabajan  por una renovada sociedad civil, activa, creativa   ilusionada, autosuficiente y autodirectiva,  responsabilizada de  su propia  marcha,  de  sus propias iniciativas y de sus propios  objetivos. (Esta es,  aplicada a cada persona en particular 1a línea formativa y terapéutica de la nueva Psicología  Humanística). Y, por otro  lado,  los de abajo optan y trabajan  por un  aparato estatal eficaz,  tolerante  y riguroso,  que gobierne pero que no mande, como el piloto gobierna y conduce el avión,  aunque los que mandan,  los que deciden adónde  quieren  ir,  son  los  pasajero. Quizás algún día lleguemos a reconocer que la gran aberración  de nuestro  siglo -otra vez en el sentido etimológico de la palabra aberración- sea haberles cedido el poder, haber dejado en  manos de los políticos toda la responsabilidad de los destinos y de  la organización  de  nuestra "polis".                                 

Domingo, Marzo 25th, 2007

                     Córdoba ha amanecido espléndida con sus jacarandas florecidas en malva, rezumando olores y sabores de primavera. Nuestra hija Julia Victoria vino desde Madrid para celebrar con nostros el cumpleaños de Julia.                        

                        Estaba deseando abundar en las consideraciones que Marina, M.J. y José Mª me habían hecho acerca de mis reflexiones del martes 20, sobre el amor y el enamoramiento. No lo he comentado antes  siguiendo la sugerencia de nuestra amiga transatlántica Mariana: para dejar tiempo de digestión de tantas ideas, conceptos y reflexiones… Nuestros amigos M.J., Marina y José Mª han “mirado” el mismo tema del amor sobre el que yo reflexionaba, pero desde angulaciones complementarias que lo matizan, lo iluminan y lo enriquecen. José Mª lo hace con rigurosas precisiones intelectuales, M.J. sugiere una consideración bioquímica y Marina insuflándole un bergsoniano “élan vital” vibrante, mágico y encantador. Yo también había reflexionado sobre esto en mis libros A corazón abierto y en Construye tu pirámide, desde la consideración de su realización práctica y en su experiencia endovicvencial en las relaciones de la pareja. Y digo allí que si tuviera que elegir el poema que, para mi gusto, mejor describe, en toda su hondura, la experiencia de un encuentro de amor en la intimidad, quizás elegiría éste: “Desplegó una sábana azul / que abarcaba los ocho cielos /salpicado de oro de los astros / y me envolvió, y a sí mismo, en ella. / Y como el entero firmamento me abrazó. / Y se adentró en mi vida / y en aquella noche / la deshojó hasta la tersura del alba. / Con el tacto del más leve pétalos / dobló su cabeza en mi cuello.Sus bucles negros / emitían un aroma de abismo” .

                        Es de la poetisa catalana Clara Janés, de su libro “Arcángel de sombra”.  Había recordado este poema en referencia a un sugerente comentario que me había hecho un antiguo paciente, comentario especialmente significativo al ser él, por su físico, su profesión (piloto de líneas aéreas) y sus aficiones, un prototipo  de “macho ibérico” o supervarón. Hablando de los problemas sexuales en la pareja, comentó: Yo sé donde está la causa de todos esos problemas: en que el hombre se empeña en ser el protagonista…Y no quiere aceptar que, en el territorio del sexo, siempre reina la mujer. Ella es, por más que nos cueste reconocerlo, la Reina del amor.”  Un comentario lúcido y significativo. 

                                  Y a propósito del amor como pasión y el amor como emoción quiero aducir un pensamiento no sé si de un filósofo actual o de la antigua sabiduría oriental:  “Las emociones son el fundamento de la vida; las pasiones son el camino de la muerte”. Yo diría metafóricamente que las pasiones son como el caudal de un río que, si no desemboca y se diluye en el mar de las emociones totalizantes, arrastrará a su paso todo lo que se interponga, anegará los cultivos y solo producirá ruinas y catástrofes. En el amor es igual: la pasión de amor (“enamoramiento”) solo se justifica si es pasajera, como el río, si va bien encauzada o canalizada, y si lleva al mar de una emoción de amor sereno en sus oleadas, totalizante, permanente  y pleno. 

                       La emoción del amor, impulsada y enriquecida por el impulso erótico-sexual, encuentra su posibilidad de realización en varios planos:   

                     En el plano biológico, el deseo es de apareamiento, el que satisface el instinto de propagación de la vida que incita primariamente al ser vivo humano. 

                       A nivel fisio-corporal se produce esa placentera conmoción nerviosa y muscular, que estimula el corazón, el flujo de la sangre y todas las células del organismo, con sus fases de tensión, de climax y de relajación final, a la que llamamos  Placer .

           A nivel psicológico, la emoción del amor se sustenta de mutua complacencia, de plena confianza y, sobre todo, de esa experiencia única, verdadera fuente de goce y fruición humanas, que es la experiencia de intimidad. Es el “dos en una carne” de la Biblia, la “soledad sonora compartida”, la  la cena que recrea y enamora”, el “quedéme y olvidéme / mi rostro recliné sobre el amado / cesó todo y dejéme / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidadado.” de los versos de amor de Juan de la Cruz. O, como respondió en un test mi colega y amiga Esther, “es desear que te toquen la piel y el corazón al mismo tiempo”.  

          Existe un último espacio del amor, a impulsos del deseo erótico-sexual, al que no todos llegamos, quizás porque no tenemos las antenas senso-perceptivas acomodadas, que pertenece al  nivel espiritual  que pueden alcanzar la emoción humana: es la experiencia vivencial, casi visionaria, transpersonal, de unidad, de plenitud, de totalidad, de que somos uno y somos todos, de que somos el vacío y el universo, el Dios deseante y deseado de J.R.J.  Esta emoción es quizás en la que culmina el poema de Clara Janés, que habla de astros, de cielos, de firmamentos y de abismos, y la que expresa Miguel Hernández en aquellos versos de amor a su esposa: “…Besándonos tu y yo se besan nuestros muertos, / se besan los primeros pobladores del mundo”.

Jueves, Marzo 22nd, 2007

Ayer nació la primevera, (el mismo día del nacimiento de mi madre, “tierna, blanca y rosa”. Pero el invierno, que se nos había escapado antes de su tiempo, ha saltado por sorpresa sobre nosotros, como animal en acecho, mordiendo en el cuello a la joven primavera, reciennacida, que ha quedado insegura, inestable y fría, aunque espléndidamente iluminada y rosa. Las temperaturas han bajado en todo el país y algunas regiones del norte andan cubiertas de nieve. Pero hasta aquí no nos llega todavía la deseada, siempre esperada, remolona, lluvia. Esta es la sensación que vengo percibiendo estos días, al salir de mañanita con Julia, ella camino de su colegio, y yo a mi cálido despacho. Este ambiente atmosférico me hace recordar, de acuerdo con nuestra amiga Mariana, los versos de Juan Ramón: “No corras, ve despacio / que adonde tienes que llegar / es ati solo.”                        Maríana nos escribe con simpatía desde Méjico, pero nos sugiere que vayamos despacio, que nos apelmacemos conceptos, ideas y reflexiones, que dejemos tiempo a ir digiriéndos… Así he entendido el breve mensaje de nuestra amiga mejicana, y le doy la razón. Por eso he preferido hoy “hablar del tiempo”…

Martes, Marzo 20th, 2007

Mi antigua paciente M.J. (investigadora científica de profesión, que es algo) me sugiere que escriba sobre el verdadero significado del amor. “Recuerdo –me dice- que el día que hablamos sobre este tema, tu respuesta me chocó muchísimo ya que nunca pensé que el amor no fuera una entrega total  y completa hacia la otra persona...” Quiero recordar que yo le había hecho referencia a una frase que escuché a un personaje en una entrevista de TV. Le preguntaron “si estaba enamorado” y respondió: “Afortunadamente no estoy enamorado porque estar enamorado es dejar de ser uno mismo. Pero puedo decir que amo profundamente a una persona con la que, sin dejar de ser yo,  he decidido compartir mi vida.” Mi amiga M.J. recordará que en aquellas circunstancias, cuando ella creía estar amando “locamente”, no era ella misma. No era la misma que hoy,  con sosiego y lucidez mental, me regala esa fotografía “Sol de mayo”, deslumbrante de amarillos, de tanto significado para ella… He comentado en algunos de mis libros, que no es infrecuente oír hablar de la experiencia de “enamoramiento” como si se tratara algo inevitable, como un anhelo posesivo, obsesionante y acaparador que sobreviene a algunas personas (a todas, alguna vez) casi por sorpresa, o por arte de magia, como una especie de enfermedad irremediable… Se habla del enamoramiento como de una patología psicopática: una pasión que nos arrastra, nos impulsa incoerciblemente a la posesión devoradora de la persona amada, con una fuerza desatada, arrasadora de  la voluntad y de la racionalidad, frente a la que no hay nada que hacer, sino dejarse arrastrar por ella…y que justifica todos los comportamientos que de esta “enfermedad de amor” derivan. “¿Qué le voy a hacer? si es que me he enamorado”…        Y quizás no saben que, al hablar así, o al interpretar de ese modo su experiencia de amor, están haciendo dejación de responsabilidad, están renunciando a lo único que puede justificar un comportamiento, lo único que dignifica a la persona, y que la realiza en autenticidad como persona: que es el uso de su Libertad. El enamoramiento, así entendido, no es libertad: es apego, es arrebato, es pasión. No justifica a la persona, en cuanto persona, ni la realiza como tal. Ser libre es tener la capacidad y la madurez de asumir decisiones responsables para la propia autoconstrucción en solidaridad.  Ser libre es poder realizar los propios deseos, pero dentro de un sistema jerarquizado de valores que nos habita y ennoblece, de manera que el Yo personal asuma su capacidad de elegir y de renunciar: que son dos momentos esenciales de la actuación en libertad. La inmadurez  y, en su extremo, el trastorno psicopático, se manifiestan cuando las funciones psíquicas de autorregulación no están suficientemente integradas para controlar y orientar las reacciones instintivas y pasionales.Suelo hacer referencia tratando estos temas al mítico auriga de El Carro Alado de Platón, ese auriga, que representa a la razón, y que dirige a su caballo blanco, que son las emociones, y a su caballo negro, que son los instintos y las pasiones, hacía sus propios objetivos existenciales. Y repito ahora que es esta una lúcida imagen  filosófica de lo que constituye al ser humano como autónomo, integrado, realizado y libre. La inteligencia como función reguladora de  los instintos, las emociones y las pasiones, encaminándolas al objetivo final de toda dinámica humana, que es la Felicidad. Es lo que hoy se entiende por inteligencia emocional, que es la auténtica función conductora y realizadora del enamoramiento y del amor.  Porque es que el Amor, y el proyecto de vivirlo y compartirlo en una situación estable, permanente y fecunda (“el deseo de envejecer juntos”, como lo definió Albert Camus),  no puede subsistir sin equilibrio, autocontrol y libertad. Y, aunque el amor actúa impulsado por la fuerza del instinto y del apasionado anhelo, se ejerce desde la responsabilidad, se fundamenta en los valores que dan sentido a la vida, y es lo único que nos realiza como personas, en Libertad dignificante y en Plenitud existencial. Lo contrario no es más que inmadurez humana o patología psicopática.

Sábado, Marzo 17th, 2007

 

El lunes pasado se inauguró en Moguer, en el precioso convento mudéjar de Santa Clara, la Exposición sobre Juan Ramón Jiménez, trasladada desde la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde se ha estado exhibiendo durante estos últimos meses. Me mandaron una invitación personal, aunque no pude asistir por compromisos profesionales ineludibles. Me gustó muchísimo la invitación porque está diseñada con  una foto donde aparece mi madre junto a Juan Ramón (mi madre tenía 15 años en esa foto). Precisamente estos días he recibido la revista Ateneu de Malgrat de Mar, el pueblo de tía Zenobia (así la llamaba mi madre y así la hemos llamado siempre nosotros; a Juan Ramón lo llamábamos “tío Juan”), en la que se publica un artículo mío titulado “Cartas a Blanca, de Zenobia Camprubí”. Mejor que explicar el motivo, o la razón, de este artículo voy a reproducirlo aquí, con la primera de esas cartas, en la me nombra a mí expresamente. Tenía yo también entonces 15 años…

  

                        Para justificar el título, “CARTAS A BLANCA”,  y qué relación tiene con su corresponsal Zenobia Camprubí, la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez, esa “hada de ojos azules y una nube rubia sobre sus sienes” (que así la describió Ortega y Gasset), tendré que explicar –más bien, desvelar- quién es Blanca…

 

                        Para hacerlo voy a recurriré al libro más emblemático de Juan Ramón Jiménez, “Platero y yo”, y voy a seleccionar de él varios pasajes:

 

                        El primer pasaje lo tomo del capítulo XC de “Platero y yo”, titulado “El racimo olvidado”. Dice así:

                                                Después de las largas lluvias de octubre, en el oro celeste del día abierto, nos fuimos todos a las viñas. Platero llevaba la merienda y los sombreros de las niñas en un cobujón del seroncillo, y en el otro, de contrapeso, tierna, blanca y rosa, como una flor de albérchigo a Blanca”. 

                                               Aquí aparece, por primera vez en el recuerdo literario de Juan Ramón Jiménez, el nombre de esta pequeña Blanca, y se evoca su tierna imagen, tan leve que cabía en el serón del burrito, haciendo contrapeso a los sombreros de las niñas y a sus meriendas. Por dos veces se la nombra en este capítulo y se alude también a sus hermanas, Victoria y Lola. Son las hijas de Victoria Jiménez, hermana de Juan Ramón, casada con José Hernández-Pinzón, con quien tuvo seis hijos, la tercera de los cuales fue Blanca.

 

                                               Otro pasaje de “Platero y yo” que se ilumina con la evocación de la pequeña Blanca es en el capítulo titulado “Susto”. Describe a la madre, su hermana Victoria, “mientras las niñas comían como mujeres, y los niños discutían como algunos hombres”(…) “Al fondo, dando el pecho blanco al pequeñuelo, la madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardín, la clara noche de estrellas temblaba, dura y fría. De pronto, Blanca huyó, como un débil rayo de sol, a los brazos de su madre… Se había asustado, ¡tan pequeña!, de la sombra de Platero asomado a la ventana.

 

                                               En el capítulo “Los reyes Magos”, también se enternece el poeta con el recuerdo de la pequeña Blanca, dormitando “en una silla baja”, rendida en la larga espera ilusionada de los Reyes, y enseguida subiendo temerosa la escalera “cogida muy fuerte de mi mano”, escribe Juan Ramón, y asegurándole con encantadora ingenuidad a su hermano menor: “A mi no me da miedo la montera, Pepe, ¿y a ti?”.

                                               Y en “El canario se muere”, hablándole a Platero de ir a enterrarlo en “la tierra del rosal grande”, le susurra: “La luna está ahora llena, y a su pálida plata, el pobre cantor, en la mano cándida de Blanca,  parecerá el pétalo mustio de un lirio amarillento”.                           

Se percibe claramente que esta niña, su pequeña sobrina,  tierna y dulce como una flor del albérchigo, estimulaba y enternecía la afectividad lírica y nostálgica del poeta de Moguer.

 

                                               Hay otro pasaje, en un libro distinto, publicado mucho más tarde, en 1986, donde aparece de nuevo la niña Blanca en su primer encuentro con Zenobia. El libro reproduce varios textos de Zenobia Camprubí Aymar, recopilados y editados por Arturo del Villar en la colección “Los libros de Fausto”, con el título “Vivir con Juan Ramón”.

 

En este pequeño libro se recoge un trozo del diario de Zenobia desde el día 12 de febrero de 1916, día que espera el desembarco de Juan Ramón y lo recibe en el muelle de Nueva York, con el que contraerá matrimonio a los veinte días de su llegada, el 2 de marzo.

 

                                   En este trozo de su diario, que transcurre hasta el lunes 14 de agosto, cuando ya están instalados en España, todo está descrito “muy telegráficamente”, como ella confiesa en sus posteriores diarios que solía hacerlo al principio.

 …Y ha ido contando que desembarcaron en Cádiz el día 19 de junio, que el día 24 salieron desde Sevilla para reunirse con toda la familia de Juan Ramón en Moguer…, y que, al llegar a San Juan del Puerto, les estaba esperando “Mama Pura, que no puede creer que vuelve a tener a su hijo. Viene con ella Blanca, que es una niña tan dulce y suavecita que me encanta”. 

                                   En aquella fecha, Blanca, la niña pequeña que cabía en el serón de Platero, había cumplido ya 9 años…

 

Y quiero aclarar que esa Blanca, “tierna, blanca y rosa” (Juan Ramón), “dulce y suavecita” (Zenobia), vivió hasta los 84 años, tuvo 11 hijos, el tercero de los cuales soy yo, que ahora, estremecido con el recuerdo, estoy pespunteando estas historias.

 

                                   Las “Cartas a Blanca que reproducimos, están redactadas por su tía Zenobia desde su destierro con Ramón en Puerto Rico, en una correspondencia de siete años, desde 1949, hasta el año 1956 pocos meses antes de su fallecimiento.

 

                                   La primera carta de Zenobia data, como he dicho, de 1949, cuando Blanca tenía ya 42 años y había dado a la luz  sus 11 hijos (“¡Qué satisfecha debía de estar tu madre (q.e.g.e.) con todos esos nietos” (exclama en la carta).

 

Y es que este mismo año había muerto su madre, mi abuela Victoria Jiménez, la hermana de Juan Ramón, que hasta entonces había sido, desde Moguer y Sevilla, una corresponsal familiar de ellos en el exilio. A partir de esta fecha, la sobrina Banca sustituye a su madre en la correspondencia familiar con ambos. Y así se explica el tono natural de las cartas de Zenobia, que dejan suponer una relación no interrumpida, continuada, ya muy establecida y familiarmente consolidada.

En esa primera carta, escrita el día de Navidad, día de cumpleaños de Juan Ramón, le dice al final: “Escríbenos contándonos todo lo que hacen todos los chicos, como lo hacía tu madre”… (En el margen inferior, tras la firma de Zenobia, hay unas palabras escritas a lápiz por Juan Ramón: “Con abrazos muy fuertes para todos de tío Juan, que os escribiré pronto”.) 

                                   La última de las “Cartas a Blanca” está fechada en junio de 1956, pocos meses antes de su muerte. En ella le hace a su sobrina Blanca esta confidencia conmovedora: “Estoy deshecha por la idea de morir antes que J.R.”…

                                                 ***  

                                               La grafología de Zenobia revela, en estas cartas, un carácter resolutivo y firme, orientado a una acción enérgica, casi audaz, aunque siempre modulada y pre-elaborada por la razón y la reflexión, e inspirada al mismo tiempo, tanto por demandas realistas y prácticas como por intereses y valores superiores del espíritu. Se aprecian rasgos de una inteligencia pragmático-intuitiva, junto con una dimensión acentuada de capacidad deductiva y creativa.

 

                                               Sólo en la última carta a Blanca, escrita pocos meses antes de su muerte, se aprecian rasgos de desfallecimiento vital, de sufrimiento y de un abatimiento emocional al que intenta sobreponerse.    

                                                              *** 

                                               Treinta y cinco años más tarde, en junio de 1991, falleció

 Blanca. Para metabolizar la dolorosa experiencia de su dulce muerte, yo compuse un soneto que quiero consignar aquí como testimonio de que, hasta el último día de su vida, sus hijos la habíamos seguido viendo y sintiendo “tierna, blanca y rosa”, igual que la viera Juan Ramón, ¡tan leve y tan pequeña!, a lomos de Platero…

                 FUENTE ROTA 

"Tierna, blanca y rosa"

 

A media asta el corazón se queda.

Pálida rosa, y blanca, deshojada.

Es rosa tu recuerdo, y sonrosada

La lumbre de tus ojos, de agua y seda.

 

Avaramente guardo tu mirada:

su destello final, su luz postrera,

la que inundó mi surco, la primera

que alumbró mi arboleda. Iuminada

 

quedó la fuente, y blanca, desde el centro

donde brotó mi sangre, donde aun brota

 -tanto guardo de ti, y tan adentro­-

 

el agua de tus ojos, derramada

para regar mi huerto, ¡ oh fuente rota!

Que avaramente bebo en tu mirada.

                                                    1ª CARTA  

La primera carta de Zenobia Camprubí a Blanca está remitida desde Maryland, U.S.A., y fechada el día de Nochebuena, precisamente en el aniversario del nacimiento de Juan Ramón.

  

                                  

                                                 24, XII, 49 Querida Blanca:                                    En esta Nochebuena lo que más deseo hacer, aquí sentada junto a Juan Ramón, es escribirte. Hemos querido pasar unas Navidades completamente tranquilos y hoy ha sido bien difícil porque el teléfono sonaba cada poco rato para decirnos que alguien quería veneir a vernos. Tu retrato con tu marido y tus diez  hijos es una hermosura. ¡Qhé satisfecha debía de estar tu madre (q.e.g.e.) con todos esos nietos¡ Gracias por enviarnos el recorte sobre Fernando que por su retrato parece muy inteligente y sensitivo. ¡Qué gusto nos daría que todos esos chicos, y Jto. Ramón muy especialmente, pudieran entrar por aquó parloteando! Hace unas noches, diez estudiantes del Club Español de la Universidad de Maryland y una profesora joven, nos estuvieron cantando villancicos en español con velas encendidas debajo del balcón o mejor dicho de la ventana. Como pides una fotos te mandaremos una para ti y una para Paco. Son un poco más pequeñas pero están mucho mejor de color porque al ampliarlas no sé qué le pasa a los colores. Si encuentro unas instantáneas que nos hicimos cuando estuvieron aquí los simpáticos excursionistas Blanca  y su marido, te las enviaré. Me figuro que te las habrán enseñado. Lo que me choca es que no dices que recibiera tu tía Ignacia otra foto de Juan Ramón que la mandamos en el mismo correo. En cuanto J.R. tuvo la carta de Paco dándole detalles de los últimos momentos de tu buenísima madre, le contestó una carta larga que suponemos en su poder y que se cruzaría con otra de Paco que recibimos ayer. Escríbenos contando lo que hacen todos los chicos como lo hacía tu madre y danos noticias también de tu tía Ignacia. Muchísimas cosas a todos los tuyos y un abrazo muy fuerte de tu tía Zenobia. (A renglón seguido, Juan Ramón Jiménez añade unas líneas escritas a lápiz) Con abrazos muy fuertes de tío Juan, que os escribiré pronto.

Viernes, Marzo 16th, 2007

Las palabras de ayer de Marina, abundando sobre el secreto que esconden las miradas como creadoras del mundo y delimitadoras, iluminadoras también,  de la consciencia de identidad,  completan las reflexiones de José Mª y las anteriores de CMJ y de Violeta, y me incitan a reproducir de mi libro Construye tu pirámide unas elucubraciones que hice sobrevolando un pensamiento de Panniker: que “las cosas separadas” son una ficción del lenguaje. Y lo interpreto en cuanto que  el lenguaje hace siempre un recorte conceptual y artificial de los aspectos distintos de una realidad total e inconsútil. La palabra “aspecto” deriva del término latino “aspicio” que significa ver: lo que veo de la realidad total en un momento determinado. Y viene a decir Paniker que  esto que veo, estos aspectos , son recortes practicados en la totalidad, que se definen, se conceptualizan y se hacen distintos por obra y gracia del lenguaje. El Adán bíblico, instalado en la existencia, empieza a ordenar el mundo, la totalidad que le rodea, a clasificarlo en moldes lingüísticos, poniéndole, como dice la Biblia, un nombre a cada cosa.Esos recortes de la totalidad -que se concretizan y delimitan en cada palabra de los lenguajes- no son más que  flashes  pasajeros, efímeros, fugaces, caducos, temporales…Y eso es también el tiempo: el paso de nuestra visión -enmarcada en cada palabra del lenguaje- por esos múltiples y sucesivos aspectos de la totalidad.          La Totalidad es atemporal, infinita, inagotable, perenne…como el mar. Mientras las olas sucesivas perecen desmayadas sobre la arena de las playas, el mar permanece eterno, inmutable, total. (Un día yo dejaré de ser ola, pero seguiré siendo mar, infinitamente). Cada ola es un presente perecedero, uno de los aspectos, captados sucesivamente, de esa totalidad infinita inabarcable.        Por eso, el presente no es más que una franja de eternidad, un aspecto puntualmente constatado y delimitado dentro  de la totalidad. Y cuando nombramos en las cosas presentes sus aspectos de único, bueno, bello, verdadero…estamos delimitando en la cosa y en su presente, la bondad total, la belleza total, la verdad sin límites, la totalidad única, atemporal, infinita y trascendente que se refleja en cada una de esas cosas. Porque la totalidad nos transciende: es la trascendencia, la trascendencia transparente, el Dios de todas las culturas que envuelve todas las cosas, “La transparencia, Dios, la transparencia” del clamor juanramoniano.                                      Lo contrario, la experiencia de lo que nombramos como maldad, falsedad,  fealdad,  desorden,  caos…es el precio de nuestra imperfección esencial, que se pudre en la temporalidad de un presente limitado y sucesivo. Es la carencia de la Transcendencia, de  esa bondad, unidad, belleza, orden, que nos transciende en su totalidad, pero que podemos hacerlos presente en las cosas, por participación temporal y efímera (como las imágenes reflejadas en las paredes de la caverna de Platón) gracias a esa función divina, divinamente humana, del lenguaje y la palabra, el “Logos”. Palabra eterna, transpersonal,  de la que derivan nuestras personales palabras delimitadoras de las cosas.         Desde estas premisas conceptuales, la muerte no existe ni consiste. Sólo se esfuma eso que nombramos y delimitamos como Yo, mi Yo, y que los demás llaman Tú, y que no es más que un  aspecto de la realidad recortado y elaborado por el lenguaje. Pero queda la Totalidad.          Se diluye una ola,  pero queda, eterno, el mar y el oleaje. 

Miércoles, Marzo 14th, 2007

El comentario que me hace por e-mail mi lejano amigo José María (antiguo profesor de Filosofía en universidades argentinas y paraguayas)  es tan profundo y tan deslumbrante de bien decir y de clarificaciones filosóficas que merece transcribirlo entero, y creo que me lo agradecerá quien lo lea… Fernando, amigo:  He leído tu blog del 13 de Marzo. Tu “desierto silencioso” se puebla con multitud de nómadas que van perdiendo su carácter anónimo para centrarse, al menos durante unos minutos, en crear puentes de cercanía y amistad contigo. Es hermoso el diálogo: Violeta, la del burka de color azul-añil; Noelia, desde una Argentina tan recordada por mí; Marina… Todas  presentidas por mi, no conocidas, que, sin embargo tienden una mano amiga silenciosa, mientras desdibujan el perfil arenoso y anónimo de un desierto, muchas veces cruel y desgarrado, por inhóspito. Violeta, de la que sólo percibo su voz, en el desierto, dice: “Sólo existimos si nos damos cuenta  de que alguien reparó en nosotros. Los amigos son esa luz proyectada sobre nosotros, que nos otorga materialidad, que nos crea, incluso, a nuestros propios ojos”. A ella, este hecho le parece melancólico. Sólo somos por el “otro”. De ahí tu alusión al “gran ojo cósmico” que nos persigue siempre. Siempre, a pesar de la vulgaridad de determinadas miradas. Urge que se nos vea, “no pasar invisibles por la vida”. Es un tema éste del que hablaba a menudo en mis clases de filosofía. Por eso, he buscado papeles, he recreado antiguas páginas escritas. Te mando algo que sirve para acortar distancias de pensamiento y vida.   Sin duda, se da una primera dimensión de la mirada: aquella en la que somos porque nos ven, porque somos visibles para otros. Sin embargo, creo que hay otra perspectiva del tema: la mirada, nuestra mirada, como hacedora del mundo. Con la mirada vamos descubriendo el sentido del cosmos. Las cosas se nos muestran en actitud pasiva y oferente. Y es el hombre quien construye, al mirarlas, su ser hondo, sus horizontes múltiples.  Las cosas son anónimas. Y para hacer nuestro pequeño mundo sólo sirven los acontecimientos: las cosas “ya miradas”. Descubiertas. Por eso, el mundo, en sí, es algo inexistente. Nuestra mirada lúcida es la que da “sentido” al mundo del anónimo. Nuestro “ver” es hacedor de entornos. Es quien propicia que lo intrascendente se integre en nuestra vida como proyecto y acontecimiento. Nos parece a los hombres que el mundo está presente, en actitud sonora y acabada. Pero, en verdad, las cosas circundantes son fluyentes. Se desvanecen siempre sin dejar una huella definida. Las múltiples facetas de nuestro mundo íntimo, cuando éste es profundo, las vamos construyendo al convertir en vida lo que se ofrecía, al principio, como suceso anónimo. Fuimos cambiando así el tono impersonal de lo que nos circunda, gracias a la mirada, en ámbito cercano, intransferible, íntimo. La mirada, a su vez, se afana, al crear sus entornos, en realizar y percibir un mundo siempre compartido. Pero percibe rápido que el paisaje es opaco. El mundo de los otros es, casi siempre, mundo impenetrable. Todo son siempre perspectivas únicas que van en paralelo. Pasar desde “mi mundo” al mundo del “nosotros”, supone mirar conjuntamente el horizonte. Descubrir en las cosas la dirección idéntica. Una misma visión. Sólo entonces el acontecimiento adquirirá sentido compartido. No es posible realizarse en “lo nuestro” mirando divergente.  Creer, ingenuamente, que mi mundo es el mundo de todos, es, simplemente, vivir un autoengaño. No todos ven las cosas con igual perspectiva. Los acontecimientos, multitud de veces, son horizontes oscuros y agrisados, en los que solo se percibe bruma. Por eso hay tantos mundos que jamás se conforman al unísono. Para que nuestro mundo –“el mundo del nosotros”- tenga tintes brillantes, es necesario contemplar en mirada conjunta el horizonte. Así tendrá sentido de espectáculo único lo que en la desunión son solo bambalinas, tramoyas ilusorias… Así, la arena del desierto dejará de ser de tintes amarillos, ocres, para brillar al paso de los nómadas…    

Miércoles, Marzo 14th, 2007

El comentario que me hace por e-mail mi lejano amigo José María (antiguo profesor de Filosofía en universidades argentinas y paraguayas) es tan profundo y tan deslumbrante de bien decir y de clarificaciones filosóficas que merece transcribirlo entero, y creo que me lo agradecerá quien lo lea…

Fernando, amigo: He leído tu blog del 13 de Marzo. Tu “desierto silencioso” se puebla con multitud de nómadas que van perdiendo su carácter anónimo para centrarse, al menos durante unos minutos, en crear puentes de cercanía y amistad contigo. Es hermoso el diálogo: Violeta, la del burka de color azul-añil; Noelia, desde una Argentina tan recordada por mí; Marina… Todas presentidas por mi, no conocidas, que, sin embargo tienden una mano amiga silenciosa, mientras desdibujan el perfil arenoso y anónimo de un desierto, muchas veces cruel y desgarrado, por inhóspito. Violeta, de la que sólo percibo su voz, en el desierto, dice: “Sólo existimos si nos damos cuenta de que alguien reparó en nosotros. Los amigos son esa luz proyectada sobre nosotros, que nos otorga materialidad, que nos crea, incluso, a nuestros propios ojos”. A ella, este hecho le parece melancólico. Sólo somos por el “otro”. De ahí tu alusión al “gran ojo cósmico” que nos persigue siempre. Siempre, a pesar de la vulgaridad de determinadas miradas. Urge que se nos vea, “no pasar invisibles por la vida”. Es un tema éste del que hablaba a menudo en mis clases de filosofía. Por eso, he buscado papeles, he recreado antiguas páginas escritas. Te mando algo que sirve para acortar distancias de pensamiento y vida. Sin duda, se da una primera dimensión de la mirada: aquella en la que somos porque nos ven, porque somos visibles para otros. Sin embargo, creo que hay otra perspectiva del tema: la mirada, nuestra mirada, como hacedora del mundo. Con la mirada vamos descubriendo el sentido del cosmos. Las cosas se nos muestran en actitud pasiva y oferente. Y es el hombre quien construye, al mirarlas, su ser hondo, sus horizontes múltiples. Las cosas son anónimas. Y para hacer nuestro pequeño mundo sólo sirven los acontecimientos: las cosas “ya miradas”. Descubiertas. Por eso, el mundo, en sí, es algo inexistente. Nuestra mirada lúcida es la que da “sentido” al mundo del anónimo. Nuestro “ver” es hacedor de entornos. Es quien propicia que lo intrascendente se integre en nuestra vida como proyecto y acontecimiento. Nos parece a los hombres que el mundo está presente, en actitud sonora y acabada. Pero, en verdad, las cosas circundantes son fluyentes. Se desvanecen siempre sin dejar una huella definida. Las múltiples facetas de nuestro mundo íntimo, cuando éste es profundo, las vamos construyendo al convertir en vida lo que se ofrecía, al principio, como suceso anónimo. Fuimos cambiando así el tono impersonal de lo que nos circunda, gracias a la mirada, en ámbito cercano, intransferible, íntimo. La mirada, a su vez, se afana, al crear sus entornos, en realizar y percibir un mundo siempre compartido. Pero percibe rápido que el paisaje es opaco. El mundo de los otros es, casi siempre, mundo impenetrable. Todo son siempre perspectivas únicas que van en paralelo. Pasar desde “mi mundo” al mundo del “nosotros”, supone mirar conjuntamente el horizonte. Descubrir en las cosas la dirección idéntica. Una misma visión. Sólo entonces el acontecimiento adquirirá sentido compartido. No es posible realizarse en “lo nuestro” mirando divergente. Creer, ingenuamente, que mi mundo es el mundo de todos, es, simplemente, vivir un autoengaño. No todos ven las cosas con igual perspectiva. Los acontecimientos, multitud de veces, son horizontes oscuros y agrisados, en los que solo se percibe bruma. Por eso hay tantos mundos que jamás se conforman al unísono. Para que nuestro mundo –“el mundo del nosotros”- tenga tintes brillantes, es necesario contemplar en mirada conjunta el horizonte. Así tendrá sentido de espectáculo único lo que en la desunión son solo bambalinas, tramoyas ilusorias… Así, la arena del desierto dejará de ser de tintes amarillos, ocres, para brillar al paso de los nómadas…

MARTES

Martes, Marzo 13th, 2007

Hoy me he encontrado en el blog con Violeta, otra nómada en este “desierto silencioso”, que ya no está tan desierto y es mucho menos silencioso. Violeta, escondida en el burka de color azul-añil de su nombre, junto al amarillo arenoso del desierto, me comenta en relación a lo que escribí ayer: “Qué melancólico en el blog de esta mañana…Rotundamente necesitamos existir, y sólo existimos si nos damos cuenta de que alguien reparó en nosotros. Los amigos son esa luz proyectada sobre nosotros, que nos otorga materialidad, que nos crea incluso a nuestros propios ojos.”
Yo ya había escrito, a propósito de esto, y casi con la misma idea de Violeta, un comentario en mi libro “Construye tu pirámide”. Fue a raíz de haber visto la película de Richard Gere, Shall we dance?, donde escuché una reflexión profunda, como clave antropológica de las más acuciantes necesidades existenciales del ser humano y de la humanidad. La necesidad de que se nos vea, de no pasar invisibles por la vida.
En un pasaje de la película se hace la pregunta (en referencia a un problema del matrimonio de los protagonistas) ¿por qué nos casamos?. Y se responde más o menos así: “para tener un testigo permanente de nuestra vida. Porque cada persona es nadie, es nada, en medio de los millares y millares de personas que pueblan nuestro mundo, que componen la humanidad y que se suceden en los tiempos… Para no quedar totalmente anónimos e invisibles, para tener todos los días un testigo de nuestro existir”.
Quizás esta sea la clave que explique unitariamente los comportamientos, a veces extrañísimos y absurdos, en esta civilización nuestra de la imagen, la propaganda, la muerte por infarto de la privacidad (infarto significa “atasco”), bajo la mirada omnipresente de la televisión, cuya sinécdoque más expresiva viene a ser el ojo logotípico de “El Gran Hermano”. Vivir ha venido a significar “salir en la televisión”, ser vistos, o identificarnos imaginariamente con los que se ven en la pantalla iluminada. “Con tus ojos me miran las estrellas más altas”, le dijo Neruda a su amada, significando la sensación de plenitud de caer bajo el haz luminoso de una mirada, testigo de su paso por la vida.
Hoy, el testigo de la vida es la pantalla de televisión y el ojo de “El Gran Hermano”, donde seres insignificantes, y anónimos, como cualquiera de nosotros, se convierten en habitantes de nuestras vidas, referentes de nuestras conversaciones, héroes nacionales, omnipresentes, poderosos…
Y la propaganda nos lo inocula como refuerzo de sus intereses comerciales: vestirnos como ellos, como cualquier persona más o menos significada en la vida real, pero que su imagen aparezca por nuestra pantalla, calzar sus zapatos, los de Maradona por ejemplo, o peinarse con los rizos de Bisbal, o lucir el reloj de Julio Iglesias, o el collar a la espalda de Nicole Kidman…
No es de extrañar que la primera palabra, primer lexema, del primer documento literario de nuestra lengua, El cantar de mío Cid, sea la palabra “ojos” : “…de los suos oios tan fuertemientre yorando / tornava la cabeça e andávalos catando…”
Los ojos, la mirada, mirar y ser mirado…es existir, coexistir, estar vivo, dejar el testimonio de nuestro fútil paso por la vida.
Tal vez todo lo que emprende un ser humano, el “pobre hombrecillo” de W. Reich, cualquier persona (trabajar, estudiar, enamorarse, procrear, militar en un partido, ejercer un deporte, realizar una obra de arte, incluso cometer un delito…) tenga como finalidad, en última instancia, ser visto, que haya unos ojos que nos miren, que nos rescaten del anonimato y nos hagan sentirnos vivos, reales, protagonistas de nuestra propia historia…

Cuando menos me lo esperaba, me encuentro con otros habitantes del que yo creía “desierto del blog” (ya no lo volveré a nombrar así). A Noelia que, a propósito de lo que escribí el miércoles 14 de febrero, me comenta desde Argentina: “Con respeto me dirijo a usted y refutando sobre la frase de Unamuno digo: “Está la muerte para soñar la vida”. Mientras estemos vivos, debemos ser realistas. Ahora… buscar una vida o vivir la misma de ensueño, eso sería otro “cantar”. Muy bueno su diario. Saludos desde Argentina.” Me encuentro también con Marina: “Que alegría encontrarte en el desierto de la soledad… tan fertil a veces, y en el oasis de las palabras y los sentimientos compartidos: amistad, luz benéfica, horizontes identicos, Fernando Jimenez… Un lugar donde lanzar los hilos de seda de las afinidades e ir tejiendo un bellísimo tapiz que nos una y nos mezcle en la tribalidad de lo humano.
Gracias por crear ese espacio, querido Fernando”, y con C.M.J. (me parece saber quién se esconde dentro de esas iniciales) que me dice generosamente: “No sabes qué gran idea has tenido con este blog…Se hacía necesario para los que nos apetece compartir contigo tus pensamientos pero no estamos en tu órbita cotidiana. Recorrer la vida a través de tus ojos y tus palabras, desde una película hasta el pensamiento más profundo, siempre es una experiencia asombrosa y enriquecedora.”
Ya este blog no es un desierto, sino un bosque encantado lleno de sorpresas y de hallazgos…