Viernes, Febrero 2nd, 2007
No sé por qué incitación de mis biorritmos o porqué convergencia enigmática de los astros que presenciaron mi alumbramiento, todos mis diarios personales los he empezado a escribir en la primera decena de enero y se me han hecho insoportables, cansinos, al cambio de las lunas, dos meses después, cuando la irrupción floral de las primaveras. Así es como he escrito mis libros de diarios personales, Viajes hacia uno mismo, A corazón abierto y Animal de deseos. Las fechas, sin embargo, de mis diarios “didácticos” (Psicoanálisis para educar mejor, Anna, mi amiga, y Valores para vivir y crecer) corresponden a las fechas de los compromisos profesionales que me incitaron a escribirlos.
Este nuevo diario que emprendí ayer queda consignado y fechado en en un día plácido de invierno, con el cielo gris acero, brillante y húmedo, con un airecillo frío estimulador de todo mi sistema neurovegetativo.
Y ya que escribía ayer posicionándome entre fechas, días y estaciones, quiero hoy consignar mi convicción rebelde y contrariada de que hemos generado un concepto de tiempo excesivamente mercantil: ahorrar tiempo, ganar o perder tiempo, invertir el tiempo, tener o no tener tiempo: “El tiempo es oro”, o más explícitamente, como lo dicen los ingleses, “Time is money”, es moneda de cambio. Los griegos clásicos se referían al tiempo con dos palabras “Chronos”, el tiempo del reloj, que transcurre progresivamente y se experimenta con la angustia avariciosa de aprovecharlo o de perderlo. La otra palabra es “Kairós”, el tiempo como oportunidad, como suerte, para vivirlo, para disfrutarlo, para nadar en él, o flotar, como en el mar de las inmensidades ilimitadas.
De alguna manera, todo es elaboración del lenguaje: “Las enfermedades del alma son enfermedades del lenguaje”, sentenció, no sin razón, Nietzsche. Y yo tengo que elegir entre dos palabras: o chronos o kairós.
Pues ya lo digo: pretendo vivir cada día mi kairós. Experimentar el momento, transcendiendo el tiempo, eso es la felicidad, y también la experiencia mística”: Mi amado, las montañas, los valles solitarios, nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amoroso…”, cantó en su arrobo místico San Juan de la Cruz, así, sin verbos, sin pasado ni futuro, ni antes, ni después: sólo el presente total, pleno, plenificante, desbordante, cósmico y azul…
El tiempo es sólo autoconsciencia, creación subjetiva de la consciencia personal, que se objetiviza en las hojas del almanaque, y en las de los árboles.. Pero, en realidad, el tiempo solamente existe en el acto de pensarlo.
Lo que sí existe es el cambio, el recambio de las hojas de los árboles, las noches tras de los días, las albas y los ocasos, las estaciones con todas las variantes que refleja nuestro fenotipo y nuestro sistema neurovegetativo y endocrino. Y es a la consciencia de esos cambios y sucesiones a lo que llamamos tiempo. Un hilo tan sutil como el que pasa del “higo a la breva”, que es una regla medicional de la cultura rural.