MARTES

 En relación al caso que estuve comentando ayer,  vengo reflexionando sobre cómo  la vida nos exige, inevitablemente, representar papeles. Esto puede sonar a falsedad o insinceridad, pero no es así. Siempre he entendido, con Calderón de la Barca en “El gran teatro del mundo”,  que todos somos actores. Actor es el que actúa en una situación, asumiendo un  papel  (un rol) y superándose para hacerlo lo mejor posible. Quiero recordar que un famoso psicólogo americano, cuando alguien  le preguntaba ¿cómo soy yo? o ¿cómo es tal persona?,  respondía, invariablemente: ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con quién? Repito que esto no es fingir. Es ajustarse al abanico de la realidad, desde actitudes y con comportamientos que intentan adecuarse  a las diversas circunstancias de tiempo, de lugar o de personas. Y esto, desde las distintas necesidades de ajuste que las variadas circunstancias  vitales requieren. Si es una necesidad de seguridad, protegiéndonos; si es necesidad de participación y comunicación, abriéndonos o entregándonos, o por el contrario, cerrándonos y recelando, cuando las circunstancias no están clarificadas o la situación es ambigua, o tal vez, amenazante… Así, desde estas actitudes y comportamientos, es como intentamos responder o situarnos ante las expectativas de los demás sobre nosotros. Así nos defendemos de posibles sufrimientos. Así intentamos adaptarnos a las demandas de las realidades circundantes y preservar nuestra propia estabilidad y seguridad existencial. Es un aprendizaje lento, evolutivo, singular que vamos realizando, inconscientemente muchas veces, por el sistema elemental del ensayo y el error. Los inevitables errores repercuten en nosotros de un modo desestabilizador y doloroso, y nos movilizan a ensayar nuevas soluciones de ajuste, que no siempre son las adecuadas y reportan nuevos errores, sufrimientos y conflictos. Por eso, cuando mi superyóico paciente L. levanta el dedo para sentenciarse severamente, castigándose a sí mismo, “Los errores se pagan”, yo siempre le contesto que, si queremos, los errores también se rentabilizan…
                        El que acude a la consulta del psicólogo  con frecuencia está estrenando un papel nuevo, el de necesitado de ayuda, el de enfermo o el de débil. Desde esta actitud, y con los comportamientos verbales y gestuales correspondientes, tratan de ajustarse y adecuarse a la nueva situación terapéutica, con el fin de cambiar, de superarse y de sanar.  También hay quien quizás pretenda, al acudir a mi consulta, completar o afirmarse es ese papel de necesitado y débil que ya tenían asumido desde siempre, por un erróneo ensayo de autoprotección. Estos manifestarán siempre una sutil o descarada resistencia a cualquier posibilidad de cambio o de mejora que les posibilite salir de esa mazmorra de sus padecimientos en los que, a pesar de los pesares, se sienten seguros y protegidos. En algunos casos, también ese papel de necesitado de ayuda entra en colisión con otro papel autodefensivo, el de el duro, con actitud desafiante para “no dejarse influir”, con la reiterada afirmación de que “yo no estoy enfermo”, y que si acude a la consulta es para ayudar a su pareja, o a su hijo…”que es quien verdaderamente lo necesita”.
                                                                                             
 

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