He estado haciendo poco a poco el traslado del despacho. Es el sexto despacho que ocupo como consulta, más adecuado a mi momento profesional: es decir, más pequeño, aunque por eso mismo más acogedor. Así me lo comentó el segundo paciente que lo estrenó ayer, aunque todavia no está completamente equipado. Estos traslados tienen siempre resonancias endopsíquicas de muerte: algo que termina, que se deja, se abandona… Cosas que no volveré a colocar por la reducción del espacio: por ejemplo, no colgaré ya mis títulos profesionales, ni algunos cuadros… Es muerte, sí, pero también resurrección y nueva esparanza de nueva vida. Como decía el actor Federico Luppi en aquella recordada película “Lugares comunes”. Cito de memoria: Toda la experiencia de la vida se reduce a nacer y morir. Y la gente piensa que se nace y se muere en actos sucesivos… No son sucesivos, son simultaneos.
El depacho que abandono, lo dejé descrito en mi libro “A corazón abierto”. Voy a buscar el texto y lo reproduciré aquí:
“He estado releyendo lo que dejé escrito el viernes, y pienso que quizás sea este un momento apropiado para incluir aquí la descripción de mi despacho profesional: el ámbito material que acoge la mayor parte de mis horas diarias, testigo de tantos dramas humanos, tantas confidencias, ilusiones, llantos, sufrimientos, esperanzas, frustraciones, esfuerzos…
Mi despacho, como casi todas las manifestaciones expansivas de mi personalidad, podría ser calificado de estilo expresionista. Abundan los colores rojos caldera en las alfombras, combinados con tonos beiges, que la continua pisada oscurece, y con los tonos crudos de las cortinas, bordeados de cenefas rojas. Las paredes, tapizadas de cuadros, destellan colores vivos mezclados o yuxtapuestos: verdes, rojos, amarillos, azulados y negros. El diván, emblema clásico del psicoanálisis, está cubierto y envuelto por una funda informal de color caldera, y las butacas que completan el tresillo son también del mismo color. A la derecha de mi roja butaca, hay un sofá dos-plazas tapizado de pana verde aterciopelada, y en el estante marrón de mi izquierda, y en el negro de la pared derecha, y en el de madera clara de detrás del escritorio, se suceden, no con demasiado orden, los lomos multicolores de los libros. Sobre el diván, testigo de tantos sueños, de tantas soledades y de tantas lágrimas, hay un óleo, en blanco y negro, obsequio de un antiguo paciente, pintor, en el que solo destaca un gesto: el de la acogida, la aceptación, la comprensión, el amor… en un abrazo entre dos figuras humanas esbozadas. Sobre mi butaca hay otro cuadro simbólico, regalo también de una antigua paciente: por encima de la copa de un árbol, contra un cielo azul y rosa, se eleva la imagen de un hombre, con bombín y traje negro a lo Charlot, que sostiene de la mano, ayudándola a elevarse, a una joven lugareña, en cuya otra mano lleva una flor.
En una de las baldas de la estantería negra de la derecha, se exponen restos arqueológicos de la extensión romana que pisan nuestros pies, La Corduba de Séneca y de Claudio Marcelo, así como del asentamiento musulmán de los Abderramanes: vasijas, lucernas, pequeños idolillos o exvotos, piedras ornamentadas, etc.. Y en la estantería de la izquierda, a media altura, se acumulan pequeñas estatuillas, representaciones humanas de distintas culturas: desde orondos Budas orientales hasta mujeres africanas, colosos de la isla de Pascua, hechiceros, guerreros, campesinos del Paraná, diosas asiáticas, un derviche turco, señalando en su incesante giro el cielo y la tierra, además de un gato y un escarabajo egipcios y de una negra tortuga africana.
También en las paredes, contrastando con los cuadros, hay tres retratos significativos: uno de Juan Ramón Jiménez, en honor a mis ascendencias y como inspiración de la recreación poética del universo; el de Freud a su lado, con el puro encendido, aspirando de él su energía y destruyendo paulatinamente sus mandíbulas cancerizadas; y enfrente de mi butaca el de Anna Freud, símbolo y emblema de la lealtad, la fidelidad, la laboriosidad, la entrega y la modestia: todo al mismo tiempo. En la pared junto a la mesa de trabajo, colocada en chaflán sobre una alfombra de colores rojos, se combinan en equilibrado desorden mis títulos académicos, como señales de ruta de una larga trayectoria profesional. Sobre la mesa, el pequeño y fraterno ordenador portátil junto a varias pilas de libros, papeles escritos o emborronados y carpetas. Todo es expresión y prolongación de mí mismo, todo es testigo y testimonio de mi persona, de mi vida, de mi dedicación profesional, durante estos últimos treinta años. Así también como de las búsquedas ilusionadas, de los dramas familiares, de las soledades ominosas, de los naufragios existenciales… de tantas personas que pasaron por aquí. Pero también de ilusiones recuperadas, de resurrecciones del espíritu, de amores renovados, de esperanzas alcanzadas, de sonrisas reflorecidas…”
Me confirmo en lo que estuve comentando antes: que eso de nacer y morir son acontecimientos simultáneos…
Hoy mi hija viaja desde Madrid a Cádiz en el ALTARIA, para pasar tarde y noche disfrazada “de carnavales”, y regresar por la mañana a Madrid…”Sarna con gusto”, se llama a esto.