Archive for Febrero, 2007

SÁBADO

Sábado, Febrero 24th, 2007

A propósito de lo que estuve comentando ayer, he buscado una definición sobre lo que se entiende por “ser intelectual”:
El Intelectual es aquel que escribiendo, manifestándose o enseñando, testimonia una lúcida posición cuestionadora frente a la situación histórica que vive la sociedad”,
Reconozco que hoy lo intelectual no está de moda, ensombrecido por la  gigantesca sobrevaloración de lo científico. Pero pienso que el científico, si no es también un intelectual o está asesorado por intelectuales,  no dejará de ser un contable, con toda la dignidad que esta función  merece, y con toda la necesidad y la utilidad práctica que reporta. El intelectual se mueve en otra órbita no materializable: la del pensamiento intangible, que inspira todo el sentido de la existencia, incluso el que reporta las contabilizadas adquisiciones científicas y tecnológicas.
 

Hemos estado en el cine viendo “París, j’aime”. Esperaba encontrame con el París de mis recuerdos y de mis largas experiencias, y volvemos, Julia y yo, totalmente decepcionados….

VIERNES

Jueves, Febrero 22nd, 2007

De mis años de profesor universitario me ha quedado la convicción de que la Universidad tiene que ser selectiva por esencia. No me refiero, por supuesto, a una selección injusta por privilegios de clases sociales o de suficiencias económicas. Sino a la selección natural de la convicción, de la decisión personal, desde una motivación individual profunda. En otras palabras: la Universidad como vocación intelectual. La masa no se determina por vocación, sino guiada ab extrínseco, empujada, condicionada por la propaganda, por los convencionalismos sociales o familiares, que en este caso se resumen en “buscarse un apaño para toda la vida”, no el que uno elija, sino el que le permitan las estrechas rendijas entre los “numeros clausos”. Esta es la razón por la que esta Universidad masificada ha dejado de ser sementera de formación intelectual y de cultura humanística y ha devenido en puramente tecnocrática, es decir: proporcionadora de un entrenamiento técnico -siempre fatalmente insuficiente- en las diversas materias disciplinares, para “ir aprendiendo después con la práctica”. Mi contraargumento frente a la orgullosa autosatisfacción de mi excolega es que la Universidad tecnocrática hace de la mediocridad un ideal social. Por eso echo de menos una universidad de “elites” intelectuales (no, por supuesto, de clases sociales o poder económico), entendiendo por elite el grupo, más o menos extenso, de personas vocacionadas y movilizadas por ideas superiores.
                        Los exámenes de “selectividad”, que pretenderían, por su mismo nombre, una selección eficaz de los intelectualmente aptos e intrínsecamente motivados, solo ha venido sirviendo para desalentar a unos pocos (que evidentemente no estaban motivados por una genuina motivación intelectual), aunque no a otros, social o familiarmente coaccionados o movilizados confusamente por el slogan ideo-operativo de “llegar a ser alguien en la vida”. La mayoría de los restantes quedan frustrados y existencialmente desorientados por tener que conformarse, en virtud del numerus clausus, con unos estudios que no corresponden a su aspiración inicial o a su auténtica vocación. El resultado se constata en unas aulas amorfas, repletas de una masa indolente, frustrada, desmotivada y desorientada, cuya única aspiración es la de “ir pasando” sucesivos exámenes, de materias cada vez más fraccionadas, para que puedan medio abarcarse en los pocos días que le dedican al estudio de “los folios” que las totalizan. Profesores que dictan apuntes, “dictadores”, como antes de que existieran las fotocopias y las imprentas, han sustituido al “Maestro universitario”, que piensa, enseña a pensar, a razonar y argumentar, al mismo tiempo que inspira, trasmite, ilusiona, abre horizontes mentales…, en lugar de limitarse a repetir o a dictar, como es usual en las clases universitarias de hoy en día,  lo que ya está en los manuales o lo que se podría repartir, con economía de tiempo, de esfuerzo y de errores, en folios multicopiados.

LUNES

Lunes, Febrero 19th, 2007

El fin de semana, además del traslado del despacho, encontramos tiempo para ir a Costa Lago y para ver en Plaza Mayor la deseda película BABEL: algo horrible, acongojante, trágico, revelador, bellísimo, insuperable…Una parábola de la humanidad, como horror y como amor. Una Babel de lenguas, estilos de vida, culturas, costumbres… Las consecuencias insospechables de nuestras acciones, como el aleteo de una mariposa que desencadena tempestades en cualquier otro lugar del mundo. Escribió el Director Alejandro González Iñárritu que lo que hace feliz a un japonés, a un marroquí o a un mejicano quizás sea muy diferente, pero lo que nos hace sentir mal es lo mismo para todos. Dentro de una red de acontecimientos imprevisibles, concatenados a nivel mundial, el mismo horror, el mismo dolor, la misma crueldad, la misma confusión, la misma impotencia, el mismo desamparo, la misma ternura…La familia como único espacio de consuelo y de amor. Excelente película. ¿La valorarán por debajo de VOLVER de Almodóvar?…

SÁBADO

Domingo, Febrero 18th, 2007

He estado haciendo poco a poco el traslado del despacho. Es el sexto despacho que ocupo como consulta, más adecuado a mi momento profesional: es decir, más pequeño, aunque por eso mismo más acogedor. Así me lo comentó el segundo paciente que lo estrenó ayer, aunque todavia no está completamente equipado. Estos traslados tienen siempre resonancias endopsíquicas de muerte: algo que termina, que se deja, se abandona… Cosas que no volveré a colocar por la reducción del espacio: por ejemplo, no colgaré ya mis títulos profesionales, ni algunos cuadros… Es muerte, sí, pero también resurrección y nueva esparanza de nueva vida. Como decía el actor Federico Luppi en aquella recordada película “Lugares comunes”. Cito de memoria: Toda la experiencia de la vida se reduce a nacer y morir. Y la gente piensa que se nace y se muere en actos sucesivos… No son sucesivos, son simultaneos.

El depacho que abandono, lo dejé descrito en mi libro “A corazón abierto”. Voy a buscar el texto y lo reproduciré aquí:

“He estado releyendo lo que dejé escrito el viernes, y pienso que quizás sea este un momento  apropiado para incluir aquí la descripción de mi despacho profesional: el ámbito material que acoge la mayor parte de mis horas diarias, testigo de tantos dramas humanos, tantas confidencias, ilusiones, llantos, sufrimientos, esperanzas, frustraciones, esfuerzos…

            Mi despacho, como casi todas las manifestaciones expansivas de mi personalidad, podría ser calificado de estilo expresionista. Abundan los colores rojos caldera en las alfombras, combinados con tonos beiges, que la continua pisada oscurece, y con los tonos crudos de las cortinas, bordeados de cenefas rojas. Las paredes, tapizadas de cuadros, destellan colores vivos mezclados o yuxtapuestos: verdes, rojos, amarillos, azulados y negros. El diván, emblema clásico del psicoanálisis, está cubierto y envuelto por una funda informal de color caldera, y las butacas que completan el tresillo son también del mismo color. A la derecha de mi roja butaca, hay un sofá dos-plazas tapizado de pana verde aterciopelada, y en el estante marrón de mi izquierda, y en el negro de la pared derecha, y en el de madera clara de detrás del escritorio, se suceden, no con demasiado orden, los lomos multicolores de los libros. Sobre el diván, testigo de tantos sueños, de tantas soledades y de tantas lágrimas, hay un óleo, en blanco y negro, obsequio de un antiguo paciente, pintor, en el que solo destaca un gesto: el de la acogida, la aceptación, la comprensión, el amor… en un abrazo entre dos figuras humanas esbozadas. Sobre mi butaca hay otro cuadro simbólico, regalo también de una antigua paciente: por encima de la copa de un árbol, contra un cielo azul y rosa, se eleva la imagen de un hombre, con bombín y traje negro a lo Charlot, que sostiene de la mano, ayudándola a elevarse, a una joven lugareña, en cuya otra mano lleva una flor.

            En una de las baldas de la estantería negra de la derecha, se exponen restos arqueológicos de la extensión romana que pisan nuestros pies, La Corduba de Séneca y de Claudio Marcelo, así como del asentamiento musulmán de los Abderramanes: vasijas, lucernas, pequeños idolillos o exvotos, piedras ornamentadas,  etc.. Y en la estantería de la izquierda, a media altura, se acumulan pequeñas estatuillas, representaciones humanas de distintas culturas: desde orondos Budas orientales hasta mujeres africanas, colosos de la isla de Pascua, hechiceros, guerreros, campesinos del Paraná, diosas asiáticas, un derviche turco, señalando en su incesante giro el cielo y la tierra, además de un gato y un escarabajo egipcios y de una negra tortuga africana.

            También en las paredes, contrastando con los cuadros, hay tres retratos significativos: uno de Juan Ramón Jiménez, en honor a mis ascendencias y como inspiración de la recreación poética del universo; el de Freud a su lado, con el puro encendido, aspirando de él su energía y destruyendo paulatinamente sus mandíbulas cancerizadas; y enfrente de mi butaca el de Anna Freud, símbolo y emblema de la lealtad, la fidelidad, la laboriosidad, la entrega y la modestia: todo al mismo tiempo. En la pared junto a la mesa de trabajo, colocada en chaflán sobre una alfombra de colores rojos, se combinan en equilibrado desorden mis títulos académicos, como señales de ruta de una larga trayectoria profesional. Sobre la mesa, el pequeño y fraterno ordenador portátil junto a varias pilas de libros, papeles escritos o emborronados y carpetas. Todo es expresión y prolongación de mí mismo, todo es testigo y testimonio de mi persona, de mi vida, de mi dedicación profesional, durante estos últimos treinta años. Así también como de las búsquedas ilusionadas, de los dramas familiares, de las soledades ominosas, de los naufragios existenciales… de tantas personas que pasaron por aquí. Pero también de ilusiones recuperadas, de resurrecciones del espíritu, de amores renovados,  de esperanzas alcanzadas, de sonrisas reflorecidas…”

            Me confirmo en lo que estuve comentando antes: que eso de nacer y morir son acontecimientos simultáneos…

Hoy mi hija viaja desde Madrid a Cádiz en el ALTARIA, para pasar tarde y noche disfrazada “de carnavales”, y regresar por la mañana a Madrid…”Sarna con gusto”, se llama a esto.

 

MIERCOLES

Miércoles, Febrero 14th, 2007

Cuando cada mañana abro la ventana del ordenador y, como por arte de magia la ilumino con un leve toque de mi dedo, percibo en el estómago una sensación entre ilusionada y expectante, quizás también inquieta. ¿Quién me esperará hoy detrás de la ventana?

            Esta mañana he encontrado, esperándome, la sonrisa recuperada de J.S., antiguo paciente y perenne amigo, que quería contarme un cuento. Se lo agradezco especialmente, después de leerlo,  porque lo voy a introducir en el epílogo del libro que estoy rematando (o culminando) para mandárselo al editor. El cuento es éste:

            Hubo una vez una competición de sapos. El objetivo era llegar a lo alto de una gran torre. Se reunió en el lugar una gran multitud, mucha gente dispuesta a  aclamarlos y animarlos.
            Comenzó la competición.  Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era: “¡Qué pena! Esos pobres sapos no lo van a conseguir… ¡Es demasiado difícil!” .
            Los sapitos comenzaron a desistir. Pero había uno que persistía y continuaba subiendocon constancia y firmeza en busca de la cima. La multitud continuaba gritando:   “¡ Qué pena! ¡ No lo vais a conseguir!…”  Y los sapitos, uno tras otro, se iban dando por vencidos…
Salvo aquel sapito que seguía y seguía tranquilo, constante, cada vez  con más fuerza. Ya llegando el final de la competición  todos habían abandonado, menos ese sapito  que curiosamente, en contra de todos, seguía con paso firme, manteniendo todo su esfuerzo, hasta  llegar a la cima.
            Los otros querían saber qué le había pasado.  Alguien se acercó a preguntarle cómo él sólo había conseguido ganar la prueba. Y entonces descubrieron que ese sapito vencedor… ¡era sordo!
            Creo que la moraleja es evidente:  Ser siempre sordos cuando alguien nos quiera hacer creer que no podemos alcanzar la cima de nuestras ilusiones soñadas. Y me vienen ahora a la memoria unos versos sentenciosos de Miguel de Unamuno:

      “El secreto del alma redimida:
      Vivir los sueños.
                                       al soñar la vida”. 

 

DOMINGO

Domingo, Febrero 11th, 2007

 

                                 Para nuestro amanecer de este domingo en Costa Lago, he puesto el 2º movimiento de La pequeña serenata nocturna de Mozart, que en un atardecer de hace años, en París, nos cautivó, nos encantó su interpretación improvisada por un corro de jóvenes violinistas espontáneos, en una de las callejuelas del Barrio Latino.

                                 Durante nuestra rítmica marcha matinal, después de desayunar en el paseo marítimo, el día se fue abriendo en claridad dorada, a los destellos de  un mar que reverberaba chispas de luz…Mientras que, por contraste,  veíamos a lo lejos agolparse sobre los montes de Málaga una manta de nubes negras, amenazando descargar su furia.                                 Comimos en un chiringuito de la playa (gambas al pil-pil, pipirrana de huevas, boquerones al limón y lenguado a la plancha) y después de solucionar varios asuntos y estar con nuestros amigos Luisa y Juan (con sus preciosos hijos, Joaquín y Juan y con la princesa reciennacida), nos fuimos al cine en Plaza Mayor. Vimos  la película de Todd Field, nominada para diversos Oscars, “Juegos secretos”, que entrelaza un humor casi negro con emociones profundas de la vida real y cotidiana, en un ambiente convencional en apariencia, donde progresivamente se va urdiendo el drama, la tragedia… y la superación por la ternura.

                                 A la vuelta a Córdoba, vine medio dormido, mientras Julia conducía por la nueva autovía, en una tarde gris, aburrida y llorosa de este desconcertante invierno.

VIERNES

Viernes, Febrero 9th, 2007

 

                                       Estabamos Julia y yo preparándonos el ánimo para el nuevo fin de semana en Torremolinos (que siempre me inspiran armonía, crecimiento vital y vida en plenitud), cuando leo casualmente en el periódico la esquela de J. R..Tengo la convicción intuitiva (que coincida con la triste y dolorosa noticia que estos días cuentan todos los periódicos y televisiones)  de que se ha suicidado (autolisis decimos en griego para eufemizar el terrible hecho). Cuando hace varias semanas escuché su voz en el contestador automático pidiéndome nueva consulta, ya me vino a la cabeza intuitivamente la imagen del desenlace. Al llamar entonces a su casa para darle la cita, la voz de su hijo diciéndome que no estaba me alarmó. En realidad había ido con su mujer a una reunión familiar. Al despedirse de mí a los pocos días, después de la hora de consulta, me abrazó con una afectuosidad desacostumbrada y  me sostuvo la mirada con un enigmático esbozo de sonrisa. Yo sabía que en su pensamiento estaba hacerlo, que ya había habido intentos anteriores, y que la imagen recurrente del suicidio de su hermano estaba grabada a fuego en su cerebro.

                                       No sé lo que habrá significado para él: es el misterio de la existencia, en cuya oscuridad tantas veces me pierdo. Ha sido, eso sí, un final en cierto modo elegido, anunciado, preparado, fantaseado, como el oscuro objetivo de un turbio, indescifrable, deseo…

MARTES

Martes, Febrero 6th, 2007

 En relación al caso que estuve comentando ayer,  vengo reflexionando sobre cómo  la vida nos exige, inevitablemente, representar papeles. Esto puede sonar a falsedad o insinceridad, pero no es así. Siempre he entendido, con Calderón de la Barca en “El gran teatro del mundo”,  que todos somos actores. Actor es el que actúa en una situación, asumiendo un  papel  (un rol) y superándose para hacerlo lo mejor posible. Quiero recordar que un famoso psicólogo americano, cuando alguien  le preguntaba ¿cómo soy yo? o ¿cómo es tal persona?,  respondía, invariablemente: ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con quién? Repito que esto no es fingir. Es ajustarse al abanico de la realidad, desde actitudes y con comportamientos que intentan adecuarse  a las diversas circunstancias de tiempo, de lugar o de personas. Y esto, desde las distintas necesidades de ajuste que las variadas circunstancias  vitales requieren. Si es una necesidad de seguridad, protegiéndonos; si es necesidad de participación y comunicación, abriéndonos o entregándonos, o por el contrario, cerrándonos y recelando, cuando las circunstancias no están clarificadas o la situación es ambigua, o tal vez, amenazante… Así, desde estas actitudes y comportamientos, es como intentamos responder o situarnos ante las expectativas de los demás sobre nosotros. Así nos defendemos de posibles sufrimientos. Así intentamos adaptarnos a las demandas de las realidades circundantes y preservar nuestra propia estabilidad y seguridad existencial. Es un aprendizaje lento, evolutivo, singular que vamos realizando, inconscientemente muchas veces, por el sistema elemental del ensayo y el error. Los inevitables errores repercuten en nosotros de un modo desestabilizador y doloroso, y nos movilizan a ensayar nuevas soluciones de ajuste, que no siempre son las adecuadas y reportan nuevos errores, sufrimientos y conflictos. Por eso, cuando mi superyóico paciente L. levanta el dedo para sentenciarse severamente, castigándose a sí mismo, “Los errores se pagan”, yo siempre le contesto que, si queremos, los errores también se rentabilizan…
                        El que acude a la consulta del psicólogo  con frecuencia está estrenando un papel nuevo, el de necesitado de ayuda, el de enfermo o el de débil. Desde esta actitud, y con los comportamientos verbales y gestuales correspondientes, tratan de ajustarse y adecuarse a la nueva situación terapéutica, con el fin de cambiar, de superarse y de sanar.  También hay quien quizás pretenda, al acudir a mi consulta, completar o afirmarse es ese papel de necesitado y débil que ya tenían asumido desde siempre, por un erróneo ensayo de autoprotección. Estos manifestarán siempre una sutil o descarada resistencia a cualquier posibilidad de cambio o de mejora que les posibilite salir de esa mazmorra de sus padecimientos en los que, a pesar de los pesares, se sienten seguros y protegidos. En algunos casos, también ese papel de necesitado de ayuda entra en colisión con otro papel autodefensivo, el de el duro, con actitud desafiante para “no dejarse influir”, con la reiterada afirmación de que “yo no estoy enfermo”, y que si acude a la consulta es para ayudar a su pareja, o a su hijo…”que es quien verdaderamente lo necesita”.
                                                                                             
 

LUNES

Lunes, Febrero 5th, 2007

                    
                                                                                  
Los  atardeceres, a estas alturas del invierno, se encienden en un tímido color rosáceo y malva, por encima de las ramas ateridas del parque de Vallellano que se enmarca, como un cuadro romántico, en el rectángulo de mi ventana.
                                                                                  
Nuestra hija, Julia Victoria, llegó a Madrid ayer hacia las 8. Nosotros ya estábamos de vuelta en Córdoba. Por la noche, casi de madrugada, nos llamó por teléfono: tenía fiebre de 39 y medio, le dolia el pecho, tosia y no podía dormir. Le dio Julia las indicaciones de emergencia: tomar  Espidifen, leche caliente etc. Esta mañana le había bajado la fiebre, pero todavía tenía 37 y medio. Le hemos dicho que no vaya a la Guardería, donde está haciendo las prácticas, y Julia ha cogido el Ave de las 9 para llevarla al médico y pedir que le hagan una exploración a fondo. Es extraño que después de una semana tomando antibióticos todavía tenga estos accesos de fiebre. Yo me he encargado de llamar a su directora y también al Colegio de Julia…
El problema que ha traido a mi consulta a M., profesional casado de 40 años, es que  ha perdido los papeles. No sabe cómo resituarse en las distintas situaciones de su vida (laboral, de pareja, familiar, etc.) y la tensión se le acumula de tal modo que parece que se le van a triturar las mandíbulas.  El papel de bueno, de formal, de sumiso, siempre complaciente, simpático, es el que ha configurado predominantemente su personalidad desde la infancia, como respuesta a las expectativas de su madre, que se compensa con él de la dureza, la antipatía y el desagrado “de tu padre”. Pero este papel lo hace débil ahora, ante el rechazo que su madre le manifiesta contra su mujer “que le ha arrebatado a su querido hijo”. Reactivamente, ha ensayado frente a sus suegros el papel contrapuesto de distante, de duro, de cortante, para aplacar los celos de su madre y para que “no seduzcan a sus hijas”  (inconscientemente se está defendiendo, en ellas, de la influencia sobre él de su propia madre). Pero esta actitud, este rol, le hace entrar en conflicto con su mujer, con la que quiere representar un rol de complicidad, del leal compañero, amante, participativo, comprensivo, entregado. Por otra parte, ha ensayado compensatoriamente el papel de triunfador en el arte de la escultura, en el que en poco tiempo ha conseguido un desarrollo increíble, obteniendo premios y selecciones en diversos certámenes. Con esto satisface su necesidad de recibir muestras de admiración, reconocimiento y valoración, fuera de ese rol de complaciente, simpático y sumiso que lo hace sentirse débil y manipulado. Pero teme que en el terreno de su empresa, donde representa un papel de trabajador incondicionalmente entregado, se le considere ventajista y desertor.
                        Es este tan fuerte  conflicto de papeles vitales en colisión, lo que me trajo ayer a M, hipertensionado y exhausto, a ensayar el nuevo rol de el que necesita ayuda psicológica y, a través de él, lograr integrar y armonizar sus necesidades con sus valores, sus actitudes existenciales y sus comportamientos interpersonales, familiares y laborales

Domingo, Febrero 4th, 2007

Acabamos de llegar, Julia y yo, después de haber pasado el fin de semana junto al mar, en nuestro apartamento de Torremolinos. Recogimos a Julia Victoria, nuestra hija, a las 10. 30 de la noche en el Talgo que venía directamente desde Madrid. Nos dirigimos rápidamente a casa de los amigos Luisa y Juan, donde nos esperaban con la tarta y las 6 velas encendidas para celebrar el cumpleaños del pequeño y encantador Juan…

La mañana del sábado amaneció nublada y decepcionante…Casi de repente empezó a instalarse un sol robusto de ivierno, reflectando sobre el mar que ya lució todo el día como un tapiz  fulgurante de color azul turquesa. Traigo todavía impregnados los ojos de ese color verde del  verdor rutilante (y la esplendente  luz mediterránea) de los jardines de la urbanización. Dicen que la palabra Paraíso deriva de un antiguo vocablo persa que significaba Jardín. Y es que un jardín como el nuestro, de luz y de verdores azules frente al mar, es como un trasunto del Paraíso original, donde los adanes y evas actuales nos paseamos descalzos y desnudos (o “semi”) en armonía vital con la naturaleza.

               El jardín representa el equilibrio esencial entre naturaleza y cultura: es  un trozo de naturaleza viva, pero conservada, cultivada, modulada, dominada en su furor imprevisible por manos humanas y por inteligencias enamoradas.   Dice Gertrude Stein, interpretando el “cubismo” de Picasso, que la naturaleza se opone al hombre, como lo redondo se opone al cubo, y es el arte el resultado de buscar la armonía entre las fuerzas naturales y las humanas. Recuerdo también con relación a esto el libro de Levy Strauss De lo crudo a lo cocido. El jardín es siempre lo “cocido”, el producto de la sensibilidad y la inteligencia humanas al “cocer” elementos de la naturaleza cruda para nuestro alimento espiritual y nuestro expansivo deleite. O sea, el Paraíso.

 A las 3 de hoy dejamos a Julia Victoria en el Talgo camino de Madrid. Cuando al llegar a Córdoba, abrió Julia el maletero… ¡horror! Habíamos olvidado la maleta en Torremolinos…